A la sombra

Uno vive a la sombra de sus muertos. Eso me parece ahora. Vivo a la sombra del mío desde que tengo un año y ocho meses, desde  ese dos de julio de 1988, en alguna hora de la tarde de ese sábado: mi papá.  De eso no me acuerdo. De él tampoco. Eduardo es mi muerto, sin embargo. Sé que tenía el pelo negro, que era blanco, que tenía los dientes de arriba separados. Lo sé por la foto tipo cédula que siempre he tenido por ahí para acordarme que es él, mi papá. Mi muerto de siempre. No me acuerdo tampoco del único cumpleaños que él me celebró: yo estaba de blanco de los pies a la cabeza, muy elegante, con una balaca sobre mi pelo mono. Él estaba detrás dándome una pasa con su mano, esas que tanto odio ahora, cuando alguien hizo clic. Lo sé por la foto de cumpleaños al lado de la torta que está en algún álbum viejo de la casa del pueblo. Sé que hablaba duro y opita por un casete que se grabó sin que nadie se diera cuenta. Sé que me llevaba a la guardería en hombros mientras me explicaba qué era una vaca, porque nos encontrábamos varias en el camino: las describía para mí. Lo sé porque la gente que lo veía me lo ha contado. Sé que tenía una librería que se llamaba La Pola, que también era papelería para poder sobrevivir, pero que fue la única librería que ha tenido Riosucio desde que yo tengo memoria. Eso lo sé por mi mamá y porque de La Pola, cuando mi mamá la cerró, quedaron miles de papeles marcados con ese nombre con los que yo jugué a hacerme la librera y la vendedora. Sé, por supuesto que eso lo sé, que era de izquierda, del Moir, y que por eso lo mataron ese sábado de julio. Todo eso lo sé desde que tengo memoria. Y sé, además, que he usado a mi papá para ocultar mis miedos, por ejemplo esa vez que mis compañeras de escuela me sacaron de un grupo de baile diciendo que era una tiesa que no bailaba, y yo les dije que me había acordado de mi papá y que por eso también lloraba y que por eso, por supuesto que solo por eso, también me iba de ahí. Siempre lo usaba cuando tenía ganas de llorar por otra cosa delante de la gente. Y cuando siento que estoy bloqueada en la escritura, que no sé qué escribir, entonces pienso en él y escribo y repito su historia: a Eduardo lo mataron por pensar diferente, porque les estorbaba. Por ese vicio de decirle a la gente de izquierda que es guerrillera. Por eso también. Aunque detrás hay más cosas, supongo. Un más que en este país es difícil de escudriñar. También salgo fácil de muchas vainas echándole la culpa: que me cueste perder un examen o un amor es culpa de mi papá, que fue mi primera pérdida en la vida; que no quiera meterme en política es culpa de mi papá, porque lo mataron por ser un político; que no sepa bailar, por supuesto es culpa de mi papá porque él sabía bailar y seguro me hubiera enseñado a bailar, pero lo mataron. Etcétera. Los muertos lo van siguiendo a uno como una sombra de la que uno no se puede separar. Tampoco es que quiera. Yo aprendí, por ejemplo, a no ir a entierros desde esa vez que enterraron al papá de un amigo al que mataron también, creo que por robarle, porque en la mitad del entierro estaba llorando tanto que me tocó salirme a llorar al parque que está al frente de la iglesia: no podía dejar de pensar en Eduardo. Desde eso no voy a entierros, porque aunque no piense en él, yo me pongo a llorar. Tal vez porque sé, desde muy bebé, qué es tener un muerto en la vida. Aunque pasen los años.

No sé que es un muerto importante como mi papá, cuando uno ya está grande. No tengo idea. Porque mi abuelita se murió hace cinco años y a mí me dolió mucho, porque era mi abuelita más querida, casi el reemplazo de mi mamá, una que me crió, que me hacía cuajada en exclusiva y me compraba pollitos de colores cuando estaba chiquita. La Blanquita aquella es la que me enseñó a usar zapatos, cuando casi cumplo dos a pie limpio. Y yo la extraño, claro, sobre todo cuando cocino (yo sé hacer arepas por ella) o cuando me acuerdo de sus consejos de abuelita como que no me bañe llena o no me serene si tengo gripa. Esas cosas. Solo que si bien yo la pienso mucho, si bien yo la extraño y la quiero, es una sombra muy clarita. A ella no le echo la culpa sino de que no sea tan buena para fritar buñuelos como ella, pero nomás. Supongo que es porque la Blanquita esa se murió de vieja y no por una bala, no antes de tiempo.

No sé si hay clases de muertos, tampoco si unos duelen más o duelen menos, pero esa sensación de que Eduardo se fue a los 33, cuando todavía había tanto por dar, es difícil de entender. Sobre todo esa sensación de que murió porque alguien quiso que muriera, que fue porque alguien le apuntó con un arma y disparó. Eso que es la violencia, tan difícil de entender, complica más ese muerto que me sigue. Porque si hubo una pregunta que me costó hasta hace poco es que Eduardo supiera que en el ejercicio de la política podía morir y que eso estaba bien para él: que morir era una posibilidad y él estaba dispuesto a asumirla, porque creía que la política era una manera de vivir, que ayudar a otros, que pensar en los otros, era importante, fundamental. Esa era su vida y lo mataron por hacer lo que le gustaba. Supongo que no creía que iba a morir, quién va a creer eso, pero supongo también que en el fondo sabía los riesgos, y más en este país. Y ahí es cuando alguien como yo, que sufrió las consecuencias de que la guerra lo deje sin papá, sabe que es muy difícil vivir en un lugar en el que no respetan la diversidad de pareceres. Cuando pensar diferente es lo que hace que el mundo sea un lugar más interesante. No es posible que te maten, porque lo que estás diciendo le incomoda a alguien. Y eso es un país triste. Y es más triste que después de 32 años, porque eso hace ya que no existe Eduardo en este mundo, esto no haya cambiado. Y por eso a veces es mejor callar (aunque no callemos todas las veces), sobre todo los que no somos como Eduardo. A los que nos da miedo, los que somos egoístas y no tenemos intenciones de morir por otros, de que nos maten por decir algo. Un día mi mamá me dijo que para esta familia un muerto era suficiente.

No escribo esta vez de mi papá porque no tenga nada más de que escribir, sino porque la muerte, pese a todo, es un tema que se me hace muy cercano, que aparece cada rato a cuestionarme, a no dejarme dormir. El jueves por la tarde murió ese cantante, a los 29 años. Estaba en un carro, quién sabe yendo hacia dónde, cuando una bala que no iba para él, eso dicen las noticias, lo mató. Desde ese día he buscado sus fotos para imaginar cómo era, casi de la misma manera que hago con mi papá: tenía una cara de niño ese muchacho. Entonces llegué a la foto en la que celebraba el año nuevo y los sueños que tenía para 2019. Y a uno ahí se le encharcan los ojos y la tristeza se entra. Mi papá tenía 33 años, que es la edad a la que voy a llegar este año. Eso, en perspectiva, parece tan poquito. Así que pienso en Legarda y me parece que es tan poquito. Y pienso en la joven que mataron esa misma semana que solo tenía 16. Dieciséis no es nada. Porque es injusto que una bala que no era para él ni para ella, haya llegado a él y a ella. Claro, supongo que es muy fácil decir que ese era su destino, que seguro ese era su día y demás, pero detrás hay un montón de problemas, entre ellos uno que enoja (a mí, por lo menos, porque se llevó a Eduardo): la violencia. Porque esa bala fue para Legarda y para la niña, y con él se volvió un cuento que supieron muchos porque era famoso, pero pudo ser para cualquiera que fuera al frente en un taxi o caminando. La cifra la leí en El Colombiano: 1.565 víctimas en 27 años (entre 1990 y 2017): 675 muertos. En 2019 van siete.

Y no es que haya muertos de primera o de segunda, porque de él se ha hablado mucho estos días y de ella muy poco. Quizá que su nombre fuera más conocido hace que la gente caiga en cuenta de un hecho que se repite pero que se queda en silencio, y a veces alguien, que genera cercanía porque algunos lo conocían, viene a recordar que no se vale ser indiferentes. Ni con él ni con ella ni con nadie.

Eso lo sabemos: la muerte llega en cualquier momento. De pronto se cae la cama y ya está. Solo que cuando alguien muere por la acción de otro, se hace más difícil de explicar. Porque hay muertos, mueran como mueran, que se vuelven sombras: no se vuelve a ser el mismo. Uno es uno más un muerto en su lista de muertos. Lo demás son las preguntas, ese sentido de injusticia.

Entonces pienso en la familia de Legarda: en su mamá, en su papá, en sus hermanas, en su novia. Y pienso en la joven de 16 años y en los que quedan: su mamá, su papá, sus hermanas, quién sabe. Porque yo creo que uno vive con sus muertos, aunque la vida, como siempre, no ha de parar por uno más.

Y es cuando el silencio llega.

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