Adiós, X

A veces de verdad se me hace que la vida es, también, despedirse. Yo lo aprendí desde antes de poder ponerlo en palabras: despedirme de mi papá. Ser una niña sin papá. En la niñez uno no se da cuenta. Claro que era diferente, porque lo normal era que los demás tuvieran papá y yo no. Yo tenía solo mamá. De hecho, mientras pasan los años, cada vez soy menos distinta, a los amigos se les mueren los papás y esto es como entrar en un club, el club de no tener papá. A veces me dan ganas de decirles bienvenidos a este hueco en el que a uno le hace falta alguien a quien quiso mucho, incluso si uno no sabe a veces, como yo, por qué quiere tanto a alguien que ha sido un muerto la mayor parte de tu vida. Es más, mi club es aún más exclusivo, el club de los papás asesinados. El otro día estaba conversando con Héctor Abad sobre su autobiografía y justo hablábamos de eso: ser parte de la cofradía de los padres asesinados. Y somos muchos. Él dio varios ejemplos en su libro: Nabokov, Alfonso Reyes, Rulfo. Yo tengo ejemplos: Héctor, Sara mi amiga, la hija de la compañera del colegio, alguien que conozco en Twitter, en fin, somos muchos.

De Eduardo me despedí grande, cuando me cansé de pronunciar su nombre y llorar. Es que no había entendido que nunca le había hecho un duelo, que él se había ido de afán y yo no había alcanzado a decirle adiós, Eduardo, ojalá tengas una buena vida allá entre los muertos, aunque yo te vaya a extrañar el resto de la mía. Entonces me despedí, le escribí un día, y bueno, me he despedido varias veces más, porque la primera no fue suficiente. La última fue hace poco que le dije que él era parte de mí, que lo iba a ser siempre, que era muy importante, que escribirlo era parte de lo que soy, pero que lo dejaba tranquilo allá donde estuviera, si es que está en alguna parte. Le dije, más o menos, que yo entiendo que es un muerto y que bueno, a los muertos no hay que molestarlos tanto ni ponerles superpoderes. Porque a veces es normal pelear con ellos: te moriste Eduardo, y ahora no sé qué hacer. Te moriste, Eduardo, y te quiero reemplazar en amores pasajeros. La D, por ejemplo.

Aprendí a despedirme desde cuando ni siquiera sabía que me estaba despidiendo. Me obligaron a despedirme del padre, y por eso, quizá, se me hacen tan difíciles las despedidas. Me duele decir adiós. Adiós, D. Ni siquiera sé cuántas veces he repetido esas dos palabras: adiós, D. Una vez le dije adiós a una H que sonaba, y entonces no sonó más. Otra vez fue una F, que me dolió hasta los pies, y un día fue a una S, que me dolió por puro orgullo, como suelen doler muchas veces las personas: no es amor, es orgullo. Y me dolió la M, aunque volviera luego, como la F, que también volvió. Hay gente que se va y vuelve y hay que quienes se van para siempre. La H, por ejemplo. Ya ni siquiera sé si está calvo, si se engordó, si guardó algún recuerdo de los dos. Adiós, H.

A uno le duelen los amigos que se van. Una vez, María Eugenia se fue. Vivíamos en el mismo pueblo y ella se iba a vivir a miles de kilómetros. Me acuerdo que se montó en el carro y que yo me fui a la escuela llorando. Lloré toda la mañana, y a mí que se me notan las lágrimas. Me pongo roja y, eso me parece hermoso, los ojos se tornan de un color miel claro, cristalino. No sé disimular la tristeza, se me hace en la cabeza como un sombrero. Esa vez María Eugenia se devolvió y nos despedimos de nuevo al mediodía. No era una despedida para siempre, pero era que no comiéramos hojuelas los domingos. Nunca más, aunque nos hemos visto luego, hemos vuelto a comer hojuelas los domingos. Y eso dolía hasta la Patagonia, que era hasta donde yo sentía que se iba. Porque hay despedidas que son de espacios y hay otras que son muertes: morirse en la vida de alguien, aunque el cuerpo se mantenga en el mismo lugar.

Yo me he despedido tanto de la D, que me duele no irme del todo. Todavía no es un muerto, aunque duela hasta en la punta de la nariz, de la misma manera que cuando voy en el avión y el aire acondicionado hace que me retuerza de dolor justo en ese pedacito exacto. La estrategia es la misma: taparme toda, que solo se me vean los ojos, y destaparme al final del viaje. Aparecer un día, incapaz de matarlo del todo en mi cabeza. Muy triste. La respuesta del gato es echarse a dormir.

El otro día un amigo que quiero mucho decidió irse. Me voy, dijo, porque le duelo, digo. Yo todavía no entiendo eso de las coincidencias: yo quiero estar con la D, la D no quiere; la S quiere estar conmigo, yo no quiero. Tan extraño. Se me hace que hay gente a la que uno prefiere como amigo, porque los amigos suelen durar para siempre. Pocas veces los amigos se mueren, muchas veces los amores se mueren. Y yo quería que él no fuera un muerto, yo quería que fuera un amigo. Era mejor. Quién no necesita una S que te diga shhhhh y te acompañe en el silencio. Uno nunca se acostumbra a las despedidas, aunque las despedidas te dejen lecciones: la valentía de la S para irse, que es la valentía que me falta con la D. Aunque yo ya me fui de la D, hace mucho. Supongo. Quiero. Supongo. Me falta un poquito. A veces quisiera que fuera mi amigo, porque los amigos suelen durar para siempre. Pero duele. Yo tampoco quería que la D se fuera. Quién no necesita una D que te diga un poema.

Duele que alguien se vaya, cuando uno lo quiere tanto. Duele irse, cuando uno quiere tanto. Duele, cuando uno no se quiere ir. Es un loop.

Y más cuando uno se ha estado despidiendo desde los dos años.

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