Al voltear la curva, ahí está la finca de los abuelos

Antes de llegar a la finca había una curva que no la dejaba ver. Ese barranco del que sacaban tierra era de mi abuelo, entonces uno veía el barranco, pensaba que era del abuelo y, al terminar la curva, veía al fondo la finca anaranjada, más conocida entre los primos como la finca de los abuelos. Entonces la vi. No la veía desde que era una niña de unos 12 años, no me acuerdo, y pasaba las vacaciones con la abuela: toda una semana entre esas chambranas anaranjadas, echándole maíz a las gallinas a las que les tenía miedo, jugando con la batea que me prestaba mi abuelita Blanca, jugando con las vecinas de la tienda que se llamaban Isabel y Magdalena. Magdalena es la única persona que yo he conocido en la vida que se llama como mi mamá. Era una semana haciendo queso con la abuela, asando arepas de maíz maíz, que le ayudábamos a moler en una máquina que estaba en la cocina de atrás, en la vieja, donde se cocinaba con leña. Ahí llegaba uno recién levantado y despeinado, casi con los ojos cerrados a que la abuela le diera un pocillo de aguapanela para los niños como yo, o café con aguapanela para los que pasaban por ahí y saludaban a doña Blanca, preguntaban por don Beltrán y a veces se llevaban un queso o una botella de leche que había ordeñado el abuelo Beltrán a las 5:00 de la mañana y que la abuela Blanca vendía. El viernes yo casi siempre ya estaba aburrida y antes de abrir los ojos en una cama que era una cuna-cama al lado de la cama de los abuelos, que tenía debajo una bacinilla que mi abuela me ponía por si quería orinar por la noche, porque ni modo de salir al corredor oscuro, caminar veinte pasos y llegar al baño, antes de abrir los ojos, yo decía como una oración, que ya esté en Riosucio, que ya esté en mi casa, en mi cama, con mi mamá, y no, aparecían las puertas anaranjadas con sus barroticos arriba. Y la abuela ya no estaba, nunca, cuando yo me levantaba, sino que estaba en la cocina vieja, esperándome con la aguapanela, haciendo arepas y lista para decirme cómo amaneció la monita, pero la monita todavía tenía los ojos cerrados y le duraba unos diez minutos abrirlos para empezarle a ayudar a moler las arepas y pedirle un poquito de maíz para comer así solo o echarle leche más tarde. Entonces la vi, al frente, después de casi 15 años sin ir: estaba igualita, con las matas de la abuela alrededor, con su color de siempre, con sus chambranas de siempre, con la puerta de la pieza de la mitad abierta, de siempre. La finca de los abuelos, al frente, como la había dejado alguna vez. La vi y el carro se fue acercando a ella y yo lo único que hacía era llorar aunque no quisiera llorar. Y ahí estaba la abuela, al principio del camino, esperándome, tan raro. O quizá estaba arriba del camino, ahí donde empieza la finca, no me acuerdo. Y la abuela me vio llorando y me dijo cómo está la monita y yo no podía ni hablar, porque yo solo podía llorar de ver la finca, de ver a la abuela. No porque haya dejado de ver a la abuela, sino porque había dejado de ver a la abuela en la finca. Y porque sería la última vez de la abuela. Esa vez me dijo que fuera, por favor, que hace mucho no iba, y yo fui, porque hace mucho no iba, porque algo me dijo que tenía que ir. Hicimos arepas, hicimos queso, aunque esas labores las dirigió esta vez la tía Consuelo. De la tía Consuelo me acuerdo de otra vez que pisó un gatito que se escondió en el escalón de la cocina y la tía no lo vio y él tampoco vio a la muerte venir, pero terminaron él muerto y ella gritando, o diciendo ave maría o algo así. Nunca se me ha olvidado el gato ese, aunque haya más recuerdos de la tía Consuelo. La abuela, como siempre, mató su mejor gallina y comimos sancocho. O la cocinó la tía Consuelo, quien se acuerda pues. La abuela ya tenía 85. Nos sentamos en el corredor con el abuelo Beltrán y yo dormí, aunque no cupiera, en esa cama-cuna que era casi mía, con la misma cobija de siempre que la abuela tenía guardada todavía: la mía era la amarilla, la rosada era la de Marcela, la azul era la de Mauricio. Creo. No me acuerdo de las de ellos, la verdad, pero la mía sí era la amarilla. Me dolieron los pies y la espalda, porque no me pude ni estirar, y ese día, al amanecer, cuando abrí los ojos, deseé estar en la finca, con la abuela. Y ahí estaba, y ella estaba esperándome en la cocina para darme la última aguapanela de las dos. La última arepa de las dos. Yo solo podía llorar viendo la finca al frente, tanto que el señor del jeep ni se despidió. La abuela me estaba esperando, y a mí se me pasaron por delante todos esos años en los que yo fui feliz en la finca, con la abuela, cosiéndole la ropa a las barbies en esa máquina Singer y haciendo balacas que no me ponía. Las dos sabíamos, supongo, que era la última vez de las dos en la finca. Como si la muerte nos hubiera dicho el secreto, pero fuera invisible en ese momento. No nos tomamos ni una sola foto, pero yo todavía la veo ahí, con su pelo blanco todavía.

La abuela Blanca, mi abuelita, se fue un mes después. Era 14 de febrero, por la mañana.

 

abue

7 comments

  1. luis fernando vanegas   •  

    Simplemente hermoso, me trajo tambien unos recuerdos de mi abuela y mis tias, es como si estuviera viviendo tus recuerdos.
    te confieso, que el esfuerzo fue enorme para no llorar.

    • Camila Avril Camila Avril   •     Autor

      Luis, pero podemos llorar acompañados, eso siempre ayuda y es lo bonito de la escritura. Un abrazo, gracias por leer!

  2. william   •  

    simplemente hermoso

  3. Jaime Ivan Velez V   •  

    Que bien , así , y de esa manera se describe la palabra amor ,por el recuerdo, por las vivencias, por esa infancia ya partida, por ese recuerdo del mañana, por ese amor , que como abuelos, casi siempre nos cuida desde el cielo….Felicitación Abril, todo lo que sale del corazón y lo estampas en el papel, parece ser la perfección del escribir bien

    • Camila Avril Camila Avril   •     Autor

      Jaime, escribir de una abuela que uno quiso mucho inspira. Tiene razón, eso sale de lo más adentro

  4. Camila vienen a mi mente esas vacaciones donde los papas nos mandaban para donde la abuelita con las tías, éramos 3 hermanos y mi tía anhelaba la llegada de los sobrinos pues para ella vacaciones era sinónimo de arreglar la casa , la pintaba desde el techo hasta el piso , una casa grandísima en el barrio Laureles , donde se tenía un patio grade , mi abuela tenia matas había que cambiarle la tierra por que ya estaba llena de lombrices y mi abuelo nos dejaba para lo último el arreglo del jardín de afuera con una máquina de cortar prado que guardaba todo el año y solo la desempolvaba cuando los nietos llegaban , eran 20 días de trabajo arduo porque en vacaciones uno cambiaba de actividad , fueron momentos inolvidables donde allí aprendí a pintar , hacer el mejor jardinero porque usted mijito tiene una mano bendita para sembrar, eso me decía ella mi abuela , ya son 26 años que se fue para el cielo y la extraño demasiado tanto mi corazón como mi estómago por jamás volvi a comer los mejores frijoles que ella preparaba .

    • Camila Avril Camila Avril   •     Autor

      Carlos, los frijoles de mi abuela también eran la cosa más espectacular del mundo, y aunque los de mi mamá son ricos y los de mi tía, los de mi abuela tenían un no sé qué a ella. Son recuerdos bonitos, finalmente eso es siempre lo que nos queda.

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