AMANECE DOMINGO

Cuando la mayoría de gente duerme, por lo general, ando con los ojos abiertos, revoloteando por ahí, por aquí, y sobre todo, revoloteando en la cabeza. A veces quisiera una vida normal. Levantarme temprano, acostarme temprano, almorzar a las doce, comer a las seis, leer a las nueve, ver novelas a las ocho y así en sucesiva. En cambio veo como se van los días y como llegan. Siempre los veo terminar y venir, casi como si todos los días fueran 31 de diciembre. Por eso, casi siempre, vivo perdida en el tiempo. Acabo de descubrir que es domingo, con todo lo que implica el domingo (Aunque si lo pienso bien, yo amo el domingo). También sé que en algún día del calendario, y espero no lejano, la vida se vuelvenormal, y no solo por el trabajo, sino también por la mente. En fin, todo esto para llegar a decir que en la noche, es decir, en la madrugada, a la altura de las dos, y en el momento en que muchos deben andar con muchos tragos, no amargos precisamente, en la cabeza, yo ando pensando en la libertad.

Cuando el papá murió estaba muy pequeña para notarlo. De hecho, a veces creo, que es casi como no tener papá. Sólo sobrevive por una capacidad altamente inventiva, donde la imaginación tiene un montón de colores, que permite abrazarlo cada noche y darle un beso en las mañanas, y ponerlo en la silla de adelante cuando maneja en las noches, y también hablarle y saludarle, y por lo general, incluso ya de manera no consciente, pedirle en las noches, que sin asustarla, por supuesto, se le aparezca en los sueños, como esa vez, única por demás, que caminaron durante hora, y luego le dejo en la escuela. Tal vez es el horario, , o de pronto la edad, o quizá un problema logístico en los lados de la muerte. No sé. De pronto es un poco más complejo que la realidad. Cuestiones políticas, nunca se sabe.

Pensando en los liberados, no puedo dejar de sentir un toque, no mucho, de envidia, recordando que la envidia de la buena no existe. Esta envidia duele. Si a Eduardo lo hubieran secuestrado y luego lo hubieran liberado, entonces podría abrazarle. Al papá lo mataron, tiro fulminante a la cabeza. Y entre la muerte y el secuestro, que no habría porque elegir, ni aprender a sobrellevar, es, incluso, en la imaginación, difícil de preferir. Cuando hay muerte, se evita todo el sufrimiento y la incertidumbre, la misma que carcome de a pedazos el corazón. Cuando es secuestro, se mantiene, y se puede, la esperanza de, en algún momento, retornar a los abrazos. Difícil. La guerra es difícil, y altamente dolorosa.

A los demás, a los que la guerra, estúpida por demás, ya nos dejó lejos del juego, debe bastarnos los dibujos, los poemas, los escritos, y la esperanza, de que después de la muerte, haya tiempo para recuperar el que ya se perdió. A los que ya vienen, que les abracen por todos los demás. A los que se quedan, que ojalá vengan pronto a ocupar ese lugar, que aún cuando digan que en la vida no hay nada imposible, es imposible, valga la palabra repetida, de llenar.

Amanece domingo. Los minutos empiezan a tornarse eternos.

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