ANIVERSARIO

Cuando en el calendario aparece ese número, que resalta por demás en cualquiera que compre, indiferente del año, del color y la versión, la mente se prepara, en automático, para escribir. EscribirLE para ser más exactos, porque así como nacer hace de un día una fecha especial para recordar año tras año y poner bombas y comer ponqué, la muerte, hace de un día, una fecha triste e indeleble, que va con uno para siempre. 21 años son algo así como 21 calendarios en la basura, 21 días de una que otra lágrima (y a veces más), 21 escritos (en realidad son menos, porque pequeña no solía escribir), 21 aniversarios, 21 extrañamientos y 21 lo que se quiera que pueda pasar cada 2 de julio que Eduardo vuelve a morir.

La mañana de ese 2 del 88, no fue normal. La abuela lo había llamado, como todos los días, infaltable y muy temprano. Él, se estaba bañando. Supongo que pudo gritar desde el baño que ahorita hablaban y ella, muy obediente, le dijo a doña Consejo que andaba mojado. Mónica estaba con los abuelos, los papás de la mamá. Se la llevaban casi cada miércoles, hasta casi cada sábado. Creo que de vacaciones, porque conoció la guardería desde muy chiqui. Eduardo se demoró más de lo normal, y eso que lo esperaba, paradójicamente, su almuerzo favorito. No se acuerda, realmente, cuál era. Habría que preguntarle a la Nena. La cosa es que ella estaba pintando y de pronto, la ambulancia que se escucha y luego una llamada y que le dicen que vaya al hospital y ella se imagina al hermano o a cualquiera, menos a él. Se va hasta allá, caminando las tres cuadras de distancia y  se encuentra un montón de gente que hace corrillo en la entrada y ella que abre la puerta y que lo ve en la camilla con un tiro en la cabeza. No estaba muerto, pero se iba a morir. Había puesto su mano en la frente como si pudiese detener la bala, pero la bala, que es en sí misma avispada, la traspasó y se ubicó en alguna parte del cerebro. Dadas las cosas, si no se moría, quedaba como un vegetal o algo así. Y se montaron, después de las respectivas demoras médicas, en una ambulancia hacia Manizales, que en ese entonces quedaba como a tres horas. No llevaban una, cuando se fue de este mundo, y ella, con una fuerza de esas que la caracterizan, le dijo al conductor que se devolvieran, que era mejor. Esa vez fue sábado.

Cuentan que al entierro, que en los pueblos se hace en un recorrido por sus calles, a manera de desfile, fue mucha gente, y de muchas partes. Y le cantaban al Eduardo. Se había ido, por alguna razón conveniente de la vida, qué se yo. Por alguien al que se le ocurrió en su mente que le estorbaba, y por otro que, sin cabeza suficiente para decidir por sí mismo, y de seguro por unas cuantas insignificantes monedas, le disparó, como a muchos.

Esa es la historia que ha logrado inventar. Sí, inventar, porque es una reconstrucción de historias que cuentan los que en ese entonces eran grandes. A Mónica le faltaron meses para celebrar su cumpleaños número dos, y por eso, los recuerdos son escasos. La historia real de seguro tiene nombres propios y más detalles. Dirán ustedes que esto no les importa, y es cierto. Solo que esos ejercicios de inventar hacia atrás y recordar son interesantes, y de hecho, se deberían hacer más a menudo.

A Eduardo, y permítanme cambiar de persona y hablar en primera, lo enterré hace poco. Fue un duelo difícil, de escritura y lágrimas. De decirle adiós y de entender, que es un muerto. Y no es que no duela todavía, porque eso sería mentirme. Duele, y mucho, pero no tiene ni rencor, ni pretende reproches. Duele porque no tener un papá duele, porque la ausencia duele, y porque los muertos, inherente, duelen. Tampoco significa que le haya dejado de pensar y de hablar, pues pese a lo que muchos puedan creer, no me parece que sea lo ideal. Ahora tengo un ángel que no habla, pero que escucha, y vaya oídos los que debe tener. Los demás deben reírse de ver a una mujer que va por ahí hablando o cantando, aparentemente, en solitario.  Aparente, al lado, va él.

Querido papá, aquí está la carta de aniversario, de todos los años. Y si preguntas por qué me devolví a ese día, tendré que decirte que para poderlo reinventar.

2 comments

  1. Johanna Escobar   •  

    wooww… genial, es duro hacer un duelo pero cuando lo logramos nos permite crecer. me gusto mucho lo de reinventar ese dia…

  2. Johanna Escobar   •  

    Wooww… genial. Es dificil hacer un duelo pero cuando lo logramos nos permite crecer. Me gusto mucho lo de reinventar ese dia.

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