Apenas un cuarto de historia

Este artículo lo hice para EL COLOMBIANO. Una buena historia sobre el Palacio de Cultura Rafael Uribe Uribe. En el impreso tiene una infografía. Aquí lo publico completo.

Al arquitecto belga Agustín Goovaerts le propusieron hacer una casa de gobierno, por allá en 1920, para modernizar la que estaba en la esquina, en Bolívar y Calibío, con más de cien años, y a punto de caer.  Y él, en cambio, propuso todo un Palacio, que ni siquiera cabía en el terreno. El anteproyecto tenía cinco planos y el presupuesto alcanzaba los 611 pesos oro. Oro de 20 quilates, ni más ni menos.

El gigante iba a ubicarse en donde ahora es el Museo de Antioquia, pero como no le alcanzaba el espacio, la propuesta fue subirlo una cuadra, y así aprovechaban el paisaje.

De lo pensado, de lo pintado y de lo que es, apenas alcanza a ser un poco más de la cuarta parte. Iba a ser tan grande, que si lo hubieran terminado, completo, se llevaría la Plaza Botero, y si se mira de frente, la fachada es sólo la mitad de lo que pudo haber sido.

Por eso algunos, como cuenta el arquitecto Guillermo Upegui, se preguntan por qué la puerta del Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe, como se quedó llamando por los cambios, está en una esquina, tan extraña ella.

Manos en la obra
Plata para hacer el proyecto del belga, no había. Así que le propusieron que se viniera para Medellín como director de la Oficina de Arquitectura de Ingeniería del Departamento de Antioquia (hoy Infraestructura física), y ahí le iba dando a la construcción de la obra y a otras muchas más que realizó en la ciudad, en la cuestión aquella de la modernización del Estado, que se inició en el período presidencial de Pedro Nel Ospina.

El edificio se hizo con mampostería de ladrillo y sólidas estructuras de concreto reforzado, construidas con cemento que se importó, en exclusiva para la obra, desde Europa.

De hecho ese fue uno de los elementos que incrementó el costo. Muchos de los materiales hacían un largo viaje en barco para llegar a ser pared, piso, vidrios o lámpara.

Sin embargo, como relata el arquitecto Upegui, en 1929, por la crisis económica mundial, la obra se suspendió y de ahí para allá comenzó a aplazarse, a hacérsele solo un detallito más, de a pocos, hasta finalmente decir, entre 1935 y 1938, que la obra quedaría inconclusa.

El Palacio sí se usó para gobernar. En el gran salón para las sesiones de la Asamblea Departamental, que tiene además el diseño más destacado, se realizaron importantes debates.

Y como no terminado no había espacio para tanta gente, el lugar empezó a “tugurizarse”, como lo llama el experto. Le hicieron intervenciones que nada tenían que ver con el diseño inicial.

Las oficinas de la Gobernación se trasladaron para La Alpujarra en 1987, y aunque alguna vez pensaron en convertirlo en centro comercial, el edificio fue declarado Monumento Arquitectónico Nacional, en 1982. Eso le salvó toda la historia, le permitió que en 1956 dejara de ser el Palacio de Calibío y tomara el nombre que tiene hoy, y que hace once años se entregara restaurado. Sin brujas y fantasmas, por demás.

Esos detalles
La idea de Goovaerts era que la fachada fuera en ladrillo a la vista, pero los que pagaban la obra le dijeron que era mejor cubrirlos. Ahí fue cuando diseñó el ajedrezado en negro y verde grisáceo.

“Eso confundió a la gente. No se imaginaban que era la gobernación, sino una iglesia”, cuenta Guillermo.

Aunque el ajedrez también ha servido para que la historia no se pierda. Si a la parte de atrás se le hubiera hecho, “la gente no se preguntaría por qué no le pusieron cuadritos” y no les podrían explicar que fue porque al Palacio le quedó faltando más de la mitad del cuerpo.

El arquitecto señala que eso es fundamental, incluso en las restauraciones interiores. “No se copia igual, hay que hacer una pequeña diferencia, para que quede constancia de que no es el original”.

El Palacio es de un estilo ecléctico, es decir, tiene muchos estilos: barroco, gótico, art deko, art noveau, árabe. Sólo en baldosas hay unas 17 diferentes, las lámparas fueron hechas sobre planos y la armazón de la cúpula es una obra maestra de la arquitectura matemática.

Ni hablar de las gárgolas, que están en lo alto de la torre, no sólo para desaguar, sino para fiscalizar cómo se invertía la plata. “Se las ponían a los reyes”, añade el experto.

Y eso que falta decir que el ascensor fue el tercero que llegó a Colombia, el segundo a Medellín y el primero público, tanto que la gente le hizo fila, haber qué era eso de montar en la caja aquella.

En la cúpula, lo confirma el arquitecto, “ya no hay fantasmas”. Los mitos de cuando estuvo abandonado se fueron con la restauración. Mejor, se fueron con los gatos casi salvajes, las palomas y el efecto de luces del pararrayos.

Queda el cine, que la gente se persigne cuando pasa por uno de sus lados, y toda la historia, también difícil, que cuelga, se pega o se nota en sus paredes. En el mar de arte que es el Palacio de la Cultura.

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