BENDITA SEA ENTRE TODOS LOS HOMBRES

Señor, que si la deja por ahí, por favor. Algo así. Señor, que muchas gracias. Más o menos. Señor, que en el paradero. “Es como si fueran ciegos”, dice. Y por cada señor, las facciones de su rostro cambian. Se hacen, tal vez, un poco más gruesas. “Después de haber viajado conmigo, de llevar treinta minutos”, hace énfasis, casi regañón. Le molesta que se les olvide, que no se acuerden que tiene pelo largo, ropa más pequeña, una voz más suave, y que además, incluso, maneja diferente. 

En edad, tiene 27. Es mujer. Se llama Diana. Es conductora de bus, y si se quiere, niña, señora, dama, mujer, muchas gracias, déjeme aquí. Como conductora de bus, dos años. 

Su papá siempre fue conductor y ella, desde pequeña, le gustaba acompañarlo a hacer sus viajes. “Aprendí a manejar a los 12”. Cuando salió del colegio, y en esas cosas de definir el futuro, Diana Paola Ramírez decidió que le gustaba el mercadeo e hizo una técnica, pero “nunca encontré como ejercer”.  Fue cuando vio en los buses la salida, dígase la puerta de entrada, a eso que le gustaría hacer toda la vida. Está bien, en realidad no toda, porque Diana sueña con tener su propio bus y eso sí, “quién lo trabaje, para dedicarme a vivir de él”. Luego se ríe.

Cuando está montada en el bus la miran extraño. Algunos prefieren no montarse y esperar la buseta que sigue. Ha tenido que cargar con el peso de las demás. “Para esa ruta antes trabajaba otra muchacha y no lo hacía muy bien, y a la gente le daba miedo montarse con una mujer”. Otros la miran, con unos ojos grandísimos, los vuelven a cerrar, para asegurarse que vieron lo correcto, pagan y siguen. Unos cuántos prefieren decirle que si se pueden hacer al lado, para conversar. No siempre le gusta, porque a veces “traen los zapatos empantanados y me ensucian la oficina”. Muchos la felicitan, le dicen que es una verraca. Ella sonríe, le gusta “ser el centro de atención”. Y hay unos cuantos que le gritan bruta, que las mujeres son para barrer la casa. “Si le da mucho miedo manejar, pues no maneje”. Así, más o menos.

Ella, mientras tanto, va en lo que va. Conduciendo su bus, y a su estilo. A Diana le gusta ser cuidadosa, y respetuosa, y le gusta saludar cada que la gente se sube y despedirse y tratar bien a las personas, aunque no siempre le respondan. Prefiere la prudencia, con ella y con los demás. “En cualquier parte no le recojo un pasajero”.  Hay sitios, especialmente de noche, en los que no se debe recoger a nadie, porque se trata de curarse en salud, de querer poder levantarse al otro día y volver a manejar. Y también, a cualquier hora, están los paraderos, aunque ello le pueda causar problemas. “La gente quiere que uno le pare en cualquier parte y no se puede. Yo si veo que no puedo parar en la calle o en un paradero, prefiero dejar al pasajero”.

Y ser cuidadosa, aunque no se crea, le ha traído problemas, y muchas risas, también. Esa vez no paró en Parque Berrío. “No le podía parar a la señora porque había un tránsito y me podía partir. Y esa señora me iba a pegar (hace un gesto con la mano hacia abajo, volviéndola a subir y aprieta un poco los labios, como recordando). Estaba brava, y yo me estaba asustando, hasta cuando un señor le dijo que si me tocaba, ella vería, pero que muchos me apoyaban y me defendían (suelta un suspiro)”. 

Diana cree que maneja diferente, que con los hombres, sí hay diferencia: “Las mujeres somos más prudentes. No nos metemos por donde no cabemos, ni paramos en cualquier parte”. Eso sí, también comete errores y se parece a sus compañeros, o eso dice. Hace una semana la pararon por estar hablando por celular. “Mi patrona me llamo y yo necesitaba hablar con ella y como a veces es tan difícil encontrarla pensé que no había problema y el tránsito me partió”. Ella lo tiene claro, “es que nosotros los transportadores a veces no obedecemos”.

Lo difícil fue al principio, cuando apenas se empieza. “Hay muchos nervios”. De ahí para allá, es cuestión de confianza, y de acelar, frenar, apretar el embrague y tener cuidado. En fin. 

Un bus rosa
En el gremio de los conductores, son pocas las mujeres. Cada vez se ven más al volante y menos las caras que hacen ‘ouch’, como si vieran un bicho raro. 

Los hombres se acostumbran. A ella, como mujer, sus compañeros la admiran y la respetan. Eso sí, Diana trabaja con ellos, los saluda, les habla bien, les sonríe, puede reírse con ellos, no mucho, pero se mantiene al margen. “No me gusta como se tratan, así que yo no me relaciono mucho con ellos”. Prefiere permanecer en el carro y solo se baja cuando lleva muchas horas conduciendo y quiere refrescarse un poco. 

Cuando se piensa en un conductor de bus, se piensa en un hombre con barriga, incluso de camionero, por eso de estar sentado todo el día, y comer mucho, aunque en realidad no suceda siempre. A Diana eso le da miedo. Tal vez no tiene cuerpo de reina, pero tampoco barriga de conductor. “Yo trato de cuidarme, porque lo que uno se para del bus es muy poquito”. Ella prefiere el líquido, y un almuerzo común y corriente, con lo necesario, y sin refrigerio después de cada vuelta. 

El bus también es a su estilo. Tal vez no es rosa, pero sí diferente. Los buses siempre tienen algo que caracterizan al conductor. A veces los nombres de las hijas, la imagen de la virgen, alguna foto, llaveros, mensajes, el equipo de fútbol. Algunos carros son coloridos, otros más simples, unos cuantos organizados, con basurero, con mensajes, con imágenes de mujeres. El de Diana, es como el de una mujer. La limpieza ante todo, y el orden. “Me gusta tenerlo y hacerlo lavar ligero, que se vea bonito por fuera y por dentro, que parezca de una mujer”, tanto como una tacita de té. En la oficina, dígase el espacio donde está la silla del conductor, la cabrilla, la caja del dinero, y a veces una sillita de más, no tiene muchas cosas, “no me gusta”. Sólo dos carritos y un muñequito, y el nombre del sobrino, y vuelve e insiste en el aseo y el orden. 

Del amor en bus
Diana prefiere buscar el amor en otros lados distintos, lejos de las calles que recorre a diario, que ya se sabe incluso de memoria. No siempre lo ha logrado. Primero lo piensa y luego dice, “un mismo despachador”. Estuvieron juntos hasta cuando en la empresa se dieron cuenta y a él lo echaron, “porque uno no puede tener novio en el trabajo”. Después de eso duraron dos meses y terminaron, y desde entones, “ya no me quedaron ganas” de otro novio, del gremio, por supuesto.

¿Diana y ahora tiene novio? Lo piensa un poco, mira para el lado, más que pensando con cara de enamorada, y dice, “sí, pero no tiene nada que ver con el trabajo”, aclara. ¿Y a él le gusta que usted sea conductora? “Pues así me conoció”, responde, y así la tiene que querer, o la quiere, lo que pasa es que no le gusta que la conozca tanta gente, por eso de los celos. A ella la molestan y la saludan mucho. “Entonces uno va por cualquier parte y le alzan la mano, le pitan y yo me rio y saludo y eso a él le molesta, pero de resto, no, él no dice nada”. Tampoco le gusta que se vaya con ella a montar en bus. Ella prefiere hacerlo sola, mejor, no mezclar el amor con el trabajo. 

Y también es coqueta, o le coquetean. “Se montan niños que uno se queda observando”, y se ríe, pone una cara enamoradiza, pero luego añade, “uno sólo los mira”. Hay hombres que quieren sentarse al lado, que le echan piropos, que le dicen que está bonita. Lo que pasa es que ella prefiere conducir, por eso de que se puede chocar.

Trabajo de mujeres

Las jornadas son pesadas. Diana se levanta a las cinco, se pone el uniforme, que es el mismo de los hombres, sólo que  más pequeño, se va por el bus, en taxi, le revisa el agua, lo enciende, son las seis, le pasa la tarjeta al controlador, se da la bendición y comienza a trabajar.  6:02 en punto, ni un minuto más ni uno menos,  hasta las once de la noche, o eso depende, pero es un promedio. Las tablas, léase el orden de salida, se lo dan un día antes, y depende del tráfico y del día. Las jornadas son extensas, se trabajan 15, 16, 17 horas. Es lo único que le molesta, y por lo que le gustaría que se dieran diferencias entre hombres y mujeres, porque se hace pesado y cansa, pero de resto, “me gusta mucho conducir”, y al final se acostumbra.

A Diana le encanta conducir, ama conducir, es feliz conduciendo, y así sucesivamente se pueden conjugar los verbos. Eso sí, le molesta ensuciarse las manos. Así que cuando el carro no le funciona, y aunque pueda saber que tiene, llama a la patrona, otra mujer,  o busca donde dirigirse, pero ante todo, mantener las manos limpias. ¿Y sí se le pincha la llanta? “No me ha pasado, pero llamaría un domicilio”.

Conducir bus no es un trabajo fácil. “Es complicado llevarle el genio al usuario”, escuchar sus opiniones, tan distintas, tan bonitas, a veces tan dolorosas.

Diana es un bicho raro entre tantos hombres, pero es mujer, ante todo. Una mujer, bendita entre todos los hombres.

4 comments

  1. jairo jose ballesteros morelly   •  

    quiero saber en que ciudad te desempeñas como conductora en que pais y si es posible hacer amistad contigo soy abogado y vivo en santa marta colombia

  2. Camila   •  

    Jairo yo le hice la crónica a Diana hace mucho tiempo. Ya perdí su contacto. De hecho, yo la llamé después y ya había cambiado de oficio.

  3. jairo ballesteros morelli   •  

    camilita necesito que montes en internet fotos de mujeres conductoras de buses en la costa atlantica no hay necesito contactar las que mas se puedan

    • Camila Avril Camila Avril   •     Autor

      Jairo, yo esta crónica la hice hace mucho tiempo. Ya no tengo ningún contacto. Es más, lo último que supe de esta señora es que ya había pasado a manejar taxi o estudió otra cosa. Sé que en la ciudad hay varias conductoras de buses, pero no sé ni dónde, ni quiénes.

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