CAMILA, CAMILA, DÓNDE ANDARÁS A ESTAS ALTURAS DE LA VIDA II

AQUÍ VA LA OTRA PARTE…

Leer la primera parte

No hablamos. No nos tocamos. Sólo nos miramos con un ansía inexplicable, con un deseo extraño, que erizaba la piel, que quitaba el frío. Entré a su apartamento y lo volví a coger de la mano, más por mí, que por él. Entonces nos fuimos del lado de la pared, como si nos sostuviera y nos guiara y nos construyera. Supuse que llegamos a su cuarto. Su apartamento debía tener los mismos espacios que el mío, pero al revés. Me senté en su cama, adivinando, y se sentó a mi lado. Nos miramos con lentitud, con dulzura, y eso que no veíamos nada, pero sé que fue así. Me acerqué un poco. Todo era tan despacio, tan tímido, tan suave, pese al impulsivo deseo. Puse mis manos en su cara y en su pelo como tratando de descifrarlo. El puso sus manos en mi cara y acarició mi pelo. Me acerqué lo suficiente para besar su mejilla y después su boca, y fue un beso profundo, y nuevo, y raro. Nos besamos largo tiempo y luego fue su camisa y después la mía, y las manos en su espalda y mi respiración en su cuello, y mi lengua que aparecía, y sus manos en mi pelo, y en mi espalda y en mi cuerpo, y sus palabras, tan ajenas, tan bonitas, tan silenciosas, y respiraba en mi oído, y a mi me pasaba un escalofrío, y lo sentía tan poco extraño, tan conocido, y todo era excitante, y lento, y suave, y a veces tembloroso. El tiempo estaba de nuestra parte, y parecía una película que se grababa en 24 cuadros, con unos actores que parecían conocerse, pero no eran más que dos hombres, que en la oscuridad, eran más que sí mismos. Estaríamos desnudos, acostados sobre su cama. Esa cama. Nos besamos con amor, de ese mismo que es pasajero. Nos fuimos acercando y luego mi cuerpo encima de su cuerpo, y luego el calor, y el sudor, y los besos breves, y el acelere, y las manos perdidas, y las palabras perdidas, y el placer, y la falta de aire, y el chillido de la cama, de aquí para allá y de allá para acá, y los gemidos que a veces se perdían, y más sudor, y dábamos vueltas sobre las sábanas, y nos amamos…,  y todo eso, que es bonito, que fue bonito, y todo eso que nos unía más, que nos alejaba más, y hubo más besos, y más calor, y mas respiraciones agitadas, y mas miradas. Y éramos yo y Franco, y Franco y Camila. 

No hablamos. No nos tocamos. Sólo nos miramos con un ansía inexplicable, con un deseo extraño, que erizaba la piel, que quitaba el frío. Entré a su apartamento y lo volví a coger de la mano, más por mí, que por él. Entonces nos fuimos del lado de la pared, como si nos sostuviera y nos guiara y nos construyera. Supuse que llegamos a su cuarto. Su apartamento debía tener los mismos espacios que el mío, pero al revés. Me senté en su cama, adivinando, y se sentó a mi lado. Nos miramos con lentitud, con dulzura, y eso que no veíamos nada, pero sé que fue así. Me acerqué un poco. Todo era tan despacio, tan tímido, tan suave, pese al impulsivo deseo. Puse mis manos en su cara y en su pelo como tratando de descifrarlo. El puso sus manos en mi cara y acarició mi pelo. Me acerqué lo suficiente para besar su mejilla y después su boca, y fue un beso profundo, y nuevo, y raro. Nos besamos largo tiempo y luego fue su camisa y después la mía, y las manos en su espalda y mi respiración en su cuello, y mi lengua que aparecía, y sus manos en mi pelo, y en mi espalda y en mi cuerpo, y sus palabras, tan ajenas, tan bonitas, tan silenciosas, y respiraba en mi oído, y a mi me pasaba un escalofrío, y lo sentía tan poco extraño, tan conocido, y todo era excitante, y lento, y suave, y a veces tembloroso. El tiempo estaba de nuestra parte, y parecía una película que se grababa en 24 cuadros, con unos actores que parecían conocerse, pero no eran más que dos hombres, que en la oscuridad, eran más que sí mismos. Estaríamos desnudos, acostados sobre su cama. Esa cama. Nos besamos con amor, de ese mismo que es pasajero. Nos fuimos acercando y luego mi cuerpo encima de su cuerpo, y luego el calor, y el sudor, y los besos breves, y el acelere, y las manos perdidas, y las palabras perdidas, y el placer, y la falta de aire, y el chillido de la cama, de aquí para allá y de allá para acá, y los gemidos que a veces se perdían, y más sudor, y dábamos vueltas sobre las sábanas, y nos amamos…, y todo eso, que es bonito, que fue bonito, y todo eso que nos unía más, que nos alejaba más, y hubo más besos, y más calor, y mas respiraciones agitadas, y mas miradas. Y éramos yo y Franco, y Franco y Camila.

Nos quedamos acostados mirando hacia el techo. Mi cabeza sobre su hombro y el sudor todavía intacto parecía confundirse. Entonces empezamos a hablar y hablar, como si fuéramos amantes de toda la vida. Y él hablaba para Camila, su Camila, y yo hablaba para Felipe, pese a ser Franco, y saber que lo era. Preguntas, muchas preguntas que teníamos frente a la confusa oscuridad.

—¿Recuerdas la posdata que te envié, creo, en la primera carta? —dijo Franco, en la cama, mientras mi cabeza se apoyaba en su hombro.

—Claro que me acuerdo —le respondí, con una respiración todavía agitada, todavía con una mezcla de recuerdos y realidades, de momentos impredecibles y a veces irreales–. Fue cuando descubrí que eras una necesaria palabra para seguir escribiendo.

—Aún no he podido olvidar aquellas frases que te escribí (no sé ni como lo hice, lo confieso)… Ah… y la frase final… Dime, ¿Qué sentiste cuando bajaba aquella mano y…?

—No sé de que hablas, Franco –y Franco siguió, como si no hubiese escuchado.

—Y sólo estabas varios pisos encima de mí… Mi mano estaba mucho más cerca de lo que pensé…

—¿Y por qué no me habías visto, si sabes que yo te espero casi siempre, e incluso con la puerta abierta?

—¿Tu puerta siempre estuvo abierta? Y como fue que yo no… ¿Acaso no percibí tus…?

—Yo puedo estar tan lejos de ti, como tan cerca. Y ahora la historia va a volver a comenzar, pero me gusta, como te dije hace rato, tu cuerpo pasajero y vacilante. Esperarte, sin tener fecha, sin tener nada, me produce un escalofrío excitante.

—Aún no entiendo bien lo que me dices, Camila, pero has hecho aflorar en mí muchas cosas que creía perdidas…

Fue un ruido estruendoso que nos sacó de todo. Las luces se prendieron y entonces despertamos de un caos. No era el hombre que yo estaba pensando, ni era su Camila. Y fue justo en el momento donde debía ser. Entonces lo miré a los ojos y no sabía que hacía, ni quién era. Fue como si se olvidara todo. Estaba ahí, en un lugar extraño, con un hombre extraño que me preguntaba cosas que no entendía, como si él pensara que yo era alguien que no era, y yo le contestaba, porque el timbre seguía sonando, y yo estaba en medio de una confusión importante. No sabía que Camila era. Si la del apagón, la del timbre, o la de la luz.

—¡Noooooo! ¡El maldito timbre otra vez!… Camila, ¿en qué íbamos?… ¡Apaguen esa cosa!…

—Camila, no sé ahora con qué carajos me sales, no entiendo tus palabras… pero esperá, aún no he terminado… lo único que necesito es que se calle esa mierda….

—No sé que hago acá, Franco, también estoy confundida… Pero cálmate, ya dejará de sonar, ya por lo menos hay luz…

—¡Voy a apagar esa porquería de timbre! ¡No lo soporto! ¡Maldita cinta! ¡Malditos vecinos!… Esperá, por favor –Franco se detuvo camino a la puerta, y me miró, y dijo con una desesperación inexplicable. ‘… ¿Qué sentiste cuando bajaba aquella mano, ah? ¿Qué sentiste? dime, dime…’. No sé si por el timbre o por su cabeza confundida, y luego se acercó tanto, que me sostuvo con fuerza, con dolor, un dolor q me atravesaba los huesos–.

—Franco, me estás lastimando.

—Yo no pude dormir aquel día, ¿sabías?… fueron más de treinta minutos tarde… treinta, treinta…

—¿Cuál mano? No entiendo, Franco, ¿Podrías explicarme? ¡No, Franco! ¡Me estás lastimando!… ¡Que me sueltes, te digo!

—Camila, Camila Acevedo, por favor… perdóname, perdóname, de verdad…

—¿Acevedo, Franco? No. Camila Collazos. ¡Mucho Gusto!, y déjeme yo arreglo ese timbre, que ya me cansé de gritar.

Entonces me fui hacia la puerta, con una sábana medio puesta. Sólo repetía en vos alta, ‘¿qué pasó Camila, qué pasó?’. Mis últimas palabras fueron sarcásticas. Un golpe que lo había noqueado, pero a mi no me importó tanto, como me importaba mi cabeza. Necesitaba quitarle la cinta al timbre. Necesitaba poner mis pies sobre la vida. Necesitaba, sobre todo, irme de ahí. No había arrepentimientos, salvo que me quería ir. Y entonces, ya en silencio, me devolví hasta su cuarto, y le dije, con un poco de lástima, por su posición, porque cuando apagué el timbre entendí que empezaba a ser la Camila después del apagón, ‘me quiero ir, Franco’. ‘Vístete’, me contestó con rabia, porque todavía le dolía, y yo, con una voz suave, más tranquila, le repetí, ‘me quiero ir’, y Franco, con una parquedad casi miedosa, ‘por supuesto que te vas, Cam…’. No era capaz de pronunciarlo, mejor, ese nombre. Me vestí con prisa, aunque Acasuso se había ido del cuarto. Creo que fue una eternidad, porque había que buscar la ropa y porque tenía que encajar las piezas en mi cabeza. Me daba tristeza por Franco porque me confundió, y pensaba en la oscuridad, porque creó que también me confundió. Y salí, y él me estaba esperando en una silla del comedor, y entonces le di un beso, por impulso, porque tampoco tenía remordimiento, y subí con prisa a mi apartamento y me bañe y me quité su olor, e incluso mi olor, y me quité a la Camila antigua y a la Camila solitaria de la oscuridad. Y entonces sonreí y me reí y me tiré en mi cama a oler el mundo. Ese mundo que se había prendido.

Y hasta ahí llegó Acasuso, y la verdad es que todo fue un nudo de cosas mezcladas. Un invento de la cabeza, y así es como quiero tenerlo. No nos hemos vuelto a ver. Hace días Francisco me preguntó por él, y yo le sonreí, porque no tenía clara la respuesta. Lo que pasó con Franco fue y nada más. Se quedó ahí, como un recuerdo oscuramente bonito, pero estruendoso y perturbador, que ambos preferimos guardar en el olvido, o que quise olvidar, más bien, porque no sé que pasó por su mente. Para ser sincera, Franco Acasuso es un personaje de alguno de mis cuentos. Es todo.

Y fue un apagón interesante y oscuro y estruendoso y necesario, y maravillosamente perturbador.No hablamos. No nos tocamos. Sólo nos miramos con un ansía inexplicable, con un deseo extraño, que erizaba la piel, que quitaba el frío. Entré a su apartamento y lo volví a coger de la mano, más por mí, que por él. Entonces nos fuimos del lado de la pared, como si nos sostuviera y nos guiara y nos construyera. Supuse que llegamos a su cuarto. Su apartamento debía tener los mismos espacios que el mío, pero al revés. Me senté en su cama, adivinando, y se sentó a mi lado. Nos miramos con lentitud, con dulzura, y eso que no veíamos nada, pero sé que fue así. Me acerqué un poco. Todo era tan despacio, tan tímido, tan suave, pese al impulsivo deseo. Puse mis manos en su cara y en su pelo como tratando de descifrarlo. El puso sus manos en mi cara y acarició mi pelo. Me acerqué lo suficiente para besar su mejilla y después su boca, y fue un beso profundo, y nuevo, y raro. Nos besamos largo tiempo y luego fue su camisa y después la mía, y las manos en su espalda y mi respiración en su cuello, y mi lengua que aparecía, y sus manos en mi pelo, y en mi espalda y en mi cuerpo, y sus palabras, tan ajenas, tan bonitas, tan silenciosas, y respiraba en mi oído, y a mi me pasaba un escalofrío, y lo sentía tan poco extraño, tan conocido, y todo era excitante, y lento, y suave, y a veces tembloroso. El tiempo estaba de nuestra parte, y parecía una película que se grababa en 24 cuadros, con unos actores que parecían conocerse, pero no eran más que dos hombres, que en la oscuridad, eran más que sí mismos. Estaríamos desnudos, acostados sobre su cama. Esa cama. Nos besamos con amor, de ese mismo que es pasajero. Nos fuimos acercando y luego mi cuerpo encima de su cuerpo, y luego el calor, y el sudor, y los besos breves, y el acelere, y las manos perdidas, y las palabras perdidas, y el placer, y la falta de aire, y el chillido de la cama, de aquí para allá y de allá para acá, y los gemidos que a veces se perdían, y más sudor, y dábamos vueltas sobre las sábanas, y nos amamos…, y todo eso, que es bonito, que fue bonito, y todo eso que nos unía más, que nos alejaba más, y hubo más besos, y más calor, y mas respiraciones agitadas, y mas miradas. Y éramos yo y Franco, y Franco y Camila.

Nos quedamos acostados mirando hacia el techo. Mi cabeza sobre su hombro y el sudor todavía intacto parecía confundirse. Entonces empezamos a hablar y hablar, como si fuéramos amantes de toda la vida. Y él hablaba para Camila, su Camila, y yo hablaba para Felipe, pese a ser Franco, y saber que lo era. Preguntas, muchas preguntas que teníamos frente a la confusa oscuridad.

—¿Recuerdas la posdata que te envié, creo, en la primera carta? —dijo Franco, en la cama, mientras mi cabeza se apoyaba en su hombro.

—Claro que me acuerdo —le respondí, con una respiración todavía agitada, todavía con una mezcla de recuerdos y realidades, de momentos impredecibles y a veces irreales–. Fue cuando descubrí que eras una necesaria palabra para seguir escribiendo.

—Aún no he podido olvidar aquellas frases que te escribí (no sé ni como lo hice, lo confieso)… Ah… y la frase final… Dime, ¿Qué sentiste cuando bajaba aquella mano y…?

—No sé de que hablas, Franco –y Franco siguió, como si no hubiese escuchado.

—Y sólo estabas varios pisos encima de mí… Mi mano estaba mucho más cerca de lo que pensé…

—¿Y por qué no me habías visto, si sabes que yo te espero casi siempre, e incluso con la puerta abierta?

—¿Tu puerta siempre estuvo abierta? Y como fue que yo no… ¿Acaso no percibí tus…?

—Yo puedo estar tan lejos de ti, como tan cerca. Y ahora la historia va a volver a comenzar, pero me gusta, como te dije hace rato, tu cuerpo pasajero y vacilante. Esperarte, sin tener fecha, sin tener nada, me produce un escalofrío excitante.

—Aún no entiendo bien lo que me dices, Camila, pero has hecho aflorar en mí muchas cosas que creía perdidas…

Fue un ruido estruendoso que nos sacó de todo. Las luces se prendieron y entonces despertamos de un caos. No era el hombre que yo estaba pensando, ni era su Camila. Y fue justo en el momento donde debía ser. Entonces lo miré a los ojos y no sabía que hacía, ni quién era. Fue como si se olvidara todo. Estaba ahí, en un lugar extraño, con un hombre extraño que me preguntaba cosas que no entendía, como si él pensara que yo era alguien que no era, y yo le contestaba, porque el timbre seguía sonando, y yo estaba en medio de una confusión importante. No sabía que Camila era. Si la del apagón, la del timbre, o la de la luz.

—¡Noooooo! ¡El maldito timbre otra vez!… Camila, ¿en qué íbamos?… ¡Apaguen esa cosa!…

—Camila, no sé ahora con qué carajos me sales, no entiendo tus palabras… pero esperá, aún no he terminado… lo único que necesito es que se calle esa mierda….

—No sé que hago acá, Franco, también estoy confundida… Pero cálmate, ya dejará de sonar, ya por lo menos hay luz…

—¡Voy a apagar esa porquería de timbre! ¡No lo soporto! ¡Maldita cinta! ¡Malditos vecinos!… Esperá, por favor –Franco se detuvo camino a la puerta, y me miró, y dijo con una desesperación inexplicable. ‘… ¿Qué sentiste cuando bajaba aquella mano, ah? ¿Qué sentiste? dime, dime…’. No sé si por el timbre o por su cabeza confundida, y luego se acercó tanto, que me sostuvo con fuerza, con dolor, un dolor q me atravesaba los huesos–.

—Franco, me estás lastimando.

—Yo no pude dormir aquel día, ¿sabías?… fueron más de treinta minutos tarde… treinta, treinta…

—¿Cuál mano? No entiendo, Franco, ¿Podrías explicarme? ¡No, Franco! ¡Me estás lastimando!… ¡Que me sueltes, te digo!

—Camila, Camila Acevedo, por favor… perdóname, perdóname, de verdad…

—¿Acevedo, Franco? No. Camila Collazos. ¡Mucho Gusto!, y déjeme yo arreglo ese timbre, que ya me cansé de gritar.

Entonces me fui hacia la puerta, con una sábana medio puesta. Sólo repetía en vos alta, ‘¿qué pasó Camila, qué pasó?’. Mis últimas palabras fueron sarcásticas. Un golpe que lo había noqueado, pero a mi no me importó tanto, como me importaba mi cabeza. Necesitaba quitarle la cinta al timbre. Necesitaba poner mis pies sobre la vida. Necesitaba, sobre todo, irme de ahí. No había arrepentimientos, salvo que me quería ir. Y entonces, ya en silencio, me devolví hasta su cuarto, y le dije, con un poco de lástima, por su posición, porque cuando apagué el timbre entendí que empezaba a ser la Camila después del apagón, ‘me quiero ir, Franco’. ‘Vístete’, me contestó con rabia, porque todavía le dolía, y yo, con una voz suave, más tranquila, le repetí, ‘me quiero ir’, y Franco, con una parquedad casi miedosa, ‘por supuesto que te vas, Cam…’. No era capaz de pronunciarlo, mejor, ese nombre. Me vestí con prisa, aunque Acasuso se había ido del cuarto. Creo que fue una eternidad, porque había que buscar la ropa y porque tenía que encajar las piezas en mi cabeza. Me daba tristeza por Franco porque me confundió, y pensaba en la oscuridad, porque creó que también me confundió. Y salí, y él me estaba esperando en una silla del comedor, y entonces le di un beso, por impulso, porque tampoco tenía remordimiento, y subí con prisa a mi apartamento y me bañe y me quité su olor, e incluso mi olor, y me quité a la Camila antigua y a la Camila solitaria de la oscuridad. Y entonces sonreí y me reí y me tiré en mi cama a oler el mundo. Ese mundo que se había prendido.

Y hasta ahí llegó Acasuso, y la verdad es que todo fue un nudo de cosas mezcladas. Un invento de la cabeza, y así es como quiero tenerlo. No nos hemos vuelto a ver. Hace días Francisco me preguntó por él, y yo le sonreí, porque no tenía clara la respuesta. Lo que pasó con Franco fue y nada más. Se quedó ahí, como un recuerdo oscuramente bonito, pero estruendoso y perturbador, que ambos preferimos guardar en el olvido, o que quise olvidar, más bien, porque no sé que pasó por su mente. Para ser sincera, Franco Acasuso es un personaje de alguno de mis cuentos. Es todo.

Y fue un apagón interesante y oscuro y estruendoso y necesario, y maravillosamente perturbador.Nos quedamos acostados mirando hacia el techo. Mi cabeza sobre su hombro y el sudor todavía intacto parecía confundirse. Entonces empezamos a hablar y hablar, como si fuéramos amantes de toda la vida. Y él hablaba para Camila, su Camila, y yo hablaba para Felipe, pese a ser Franco, y saber que lo era. Preguntas, muchas preguntas que teníamos frente a la confusa oscuridad. 

—¿Recuerdas la posdata que te envié, creo, en la primera carta? —dijo Franco, en la cama, mientras mi cabeza se apoyaba en su hombro.

—Claro que me acuerdo —le respondí, con una respiración todavía agitada, todavía con una mezcla de recuerdos y realidades, de momentos impredecibles y a veces irreales–.  Fue cuando descubrí que eras una necesaria palabra para seguir escribiendo. 

—Aún no he podido olvidar aquellas frases que te escribí (no sé ni como lo hice, lo confieso)… Ah… y la frase final… Dime, ¿Qué sentiste cuando bajaba aquella mano y…?

—No sé de que hablas, Franco –y Franco siguió, como si no hubiese escuchado.

—Y sólo estabas varios pisos encima de mí… Mi mano estaba mucho más cerca de lo que pensé…

—¿Y por qué no me habías visto, si sabes que yo te espero casi siempre, e incluso con la puerta abierta?

—¿Tu puerta siempre estuvo abierta? Y como fue que yo no… ¿Acaso no percibí tus…?

—Yo puedo estar tan lejos de ti, como tan cerca. Y ahora la historia va a volver a comenzar, pero me gusta, como te dije hace rato, tu cuerpo pasajero y vacilante. Esperarte, sin tener fecha, sin tener nada, me produce un escalofrío excitante.

 

—Aún no entiendo bien lo que me dices, Camila, pero has hecho aflorar en mí muchas cosas que creía perdidas…

Fue un ruido estruendoso que nos sacó de todo. Las luces se prendieron y entonces despertamos de un caos. No era el hombre que yo estaba pensando, ni era su Camila. Y fue justo en el momento donde debía ser. Entonces lo miré a los ojos y no sabía que hacía, ni quién era. Fue como si se olvidara todo. Estaba ahí, en un lugar extraño, con un hombre extraño que me preguntaba cosas que no entendía, como si él pensara que yo era alguien que no era, y yo le contestaba, porque el timbre seguía sonando, y yo estaba en medio de una confusión importante. No sabía que Camila era. Si la del apagón, la del timbre, o la de la luz.

—¡Noooooo! ¡El maldito timbre otra vez!… Camila, ¿en qué íbamos?… ¡Apaguen esa cosa!…
 

—Camila, no sé ahora con qué carajos me sales, no entiendo tus palabras… pero esperá, aún no he terminado… lo único que necesito es que se calle esa mierda….

 

—No sé que hago acá, Franco, también estoy confundida… Pero cálmate, ya dejará de sonar, ya por lo menos hay luz…

—¡Voy a apagar esa porquería de timbre! ¡No lo soporto! ¡Maldita cinta! ¡Malditos vecinos!… Esperá, por favor –Franco se detuvo camino a la puerta, y me miró, y dijo con una desesperación inexplicable. ‘… ¿Qué sentiste cuando bajaba aquella mano, ah? ¿Qué sentiste? dime, dime…’. No sé si por el timbre o por su cabeza confundida, y luego se acercó tanto, que me sostuvo con fuerza, con dolor, un dolor q me atravesaba los huesos–.

—Franco, me estás lastimando.

—Yo no pude dormir aquel día, ¿sabías?… fueron más de treinta minutos tarde… treinta, treinta…

 

—¿Cuál mano? No entiendo, Franco, ¿Podrías explicarme? ¡No, Franco! ¡Me estás lastimando!… ¡Que me sueltes, te digo!

 —Camila, Camila Acevedo, por favor… perdóname, perdóname, de verdad…

 

—¿Acevedo, Franco? No. Camila Collazos. ¡Mucho Gusto!, y déjeme yo arreglo ese timbre, que ya me cansé de gritar.

 

Entonces me fui hacia la puerta, con  una sábana medio puesta. Sólo repetía en vos alta, ‘¿qué pasó Camila, qué pasó?’. Mis últimas palabras fueron sarcásticas. Un golpe que lo había noqueado, pero a mi no me importó tanto, como me importaba mi cabeza. Necesitaba quitarle la cinta al timbre. Necesitaba poner mis pies sobre la vida. Necesitaba, sobre todo, irme de ahí. No había arrepentimientos, salvo que me quería ir. Y entonces, ya en silencio, me devolví hasta su cuarto, y le dije, con un poco de lástima, por su posición, porque cuando apagué el timbre entendí que empezaba a ser la Camila después del apagón, ‘me quiero ir, Franco’. ‘Vístete’, me contestó con rabia, porque todavía le dolía, y yo, con una voz suave, más tranquila, le repetí, ‘me quiero ir’, y Franco, con una parquedad casi miedosa, ‘por supuesto que te vas, Cam…’. No era capaz de pronunciarlo, mejor, ese nombre.  Me vestí con prisa, aunque Acasuso se había ido del cuarto. Creo que fue una eternidad, porque había que buscar la ropa y porque tenía que encajar las piezas en mi cabeza. Me daba tristeza por Franco porque me confundió, y pensaba en la oscuridad, porque creó que también me confundió. Y salí, y él me estaba esperando en una silla del comedor, y entonces le di un beso, por impulso, porque tampoco tenía remordimiento, y subí con prisa a mi apartamento y me bañe y me quité su olor, e incluso mi olor, y me quité a la Camila antigua y a la Camila solitaria de la oscuridad. Y entonces sonreí y me reí y me tiré en mi cama a oler el mundo. Ese mundo que se había prendido. 

Y hasta ahí llegó Acasuso, y la verdad es que todo fue un nudo de cosas mezcladas. Un invento de la cabeza, y así es como quiero tenerlo. No nos hemos vuelto a ver. Hace días Francisco me preguntó por él, y yo le sonreí, porque no tenía clara la respuesta. Lo que pasó con Franco fue y nada más. Se quedó ahí, como un recuerdo oscuramente bonito, pero estruendoso y perturbador, que ambos preferimos guardar en el olvido, o que quise olvidar, más bien, porque no sé que pasó por su mente. Para ser sincera, Franco Acasuso es un personaje de alguno de mis cuentos. Es todo.

Y fue un apagón interesante y oscuro y estruendoso y necesario, y maravillosamente perturbador.

3 comments

  1. Diana   •  

    Muy bien, que bien!

  2. SERGIO A HINCAPIE   •  

    Muy emocionante.

  3. Hèctor Fabio Herrera Ortega   •  

    ! UF !

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