CAMILA, CAMILA, DÓNDE ANDARÁS A ESTAS ALTURAS DE LA VIDA

Este es un capítulo de Todo amor termina en el Centro, de mi personaje, Camila Collazos. Fíjese bien, no Camila Avril. No. Camila Collazos. No es el original del libro, es decir, editado por los demás letrosos. Aparece Franco. Espero pronto poderles dejar aquí la misma historia, pero desde la versión de Franco Acasuso. Me cuentan. Espero puedan decir algo. 

Mónica
.,..,…,,..,…………. 

Me despertó el hambre. Ya era justo. Dos noches sin luz. Tenía ganas de yogur, pero en la nevera todo se había dañado. Estaba vacía, pero contenta, como si hubiese un poco de otra Camila, como si algo se hubiese movido. Quería yogur, es todo. La madre estaba lo bastante preocupada. Relájese madre, todo es bonito, le dije, pero no fue suficiente. Seguiría llamando muchas veces. El agua se demoró para calentar, lo suficiente para hablar con ella más de media hora. Era raro bañarse con agua tirada, pero era más difícil bañarse con agua fría. Una sudadera, cinco mil en el bolsillo, la moneda de cincuenta, unas cuantas muchas escaleras para llegar al primer piso. Eso es lo difícil de vivir en el noveno piso, sin ascensor. Yogur. Difícil encontrar yogur cuando no hay energía por varios días. Esos caprichos, pero sólo salir a la puerta del apartamento me daba pánico, de ahí que salir a la calle fuese imposible. Bajé hasta el quinto piso, con más que miedo, más que perdida. Calculé el apartamento. No era difícil. Estaba oscuro, pero estaba el celular.  El 502. Ese era. 

Había llamado al portero para preguntarle si sabía algo de la luz. 

- No –me dijo. 

¿Sabes si puedo conseguir yogur en algún lado?

Bien difícil, señorita Camila. Salir en esta oscuridad puede ser peligroso.

¿Francisco, vos sabes qué es la oscuridad a solas y con miedo?

A oscuras, tal vez. Con miedo, tal vez no. Lo que le puedo recomendar es que busque compañía. Si me promete que queda entre los dos, el hombre del 502, Franco Acasuso, también vive solo, y también necesita compañía. 

¡Ay Francisco! Esas cosas suyas. 

Le colgué. Seguía pensando en el yogur, pero había que conformarse con leche en polvo. Entró un viento helado por la ventana, pero era un viento que traía soledad. Un viento perturbable. Fue miedo. Recordé las palabras de Francisco. Franco, vive solo. Estaba en confusión. Está bien, me dije, puedes preguntarle si tiene yogur. Así fue que llegué al 502. Toque tres veces. Esa costumbre de tocar despacio, con espacio, con suavidad. Hola, dijo. Hola, le contesté agitada, por eso de las escaleras. La verdad es que no podía verlo con claridad, aunque note que se recostó en la puerta. Sin pensarlo mucho, tal vez por romper el hielo, susurré, esto de no tener luz es difícil, subir hasta el décimo piso a pie…. Además este frío y la navidad, y pobres niños sin luces…. Me interrumpió, ¿qué querés? A mi me sonó a rechazo, a por qué estás acá, qué necesitas, dilo rápido, y creo que no escuchó mis primeras palabras. Tan directo. Tan franco, como su nombre. Yo me quedé callada. Fue extraño. La misma sensación que tuve cuando saludé a Felipe por primera vez. Sería algo pasajero. Era eso. Algo pasajero, porque ni siquiera me gusto su actitud, porque me pareció rara la sensación de pensar que pudiese pasar algo con él.

- Nada, no ha pasado nada -le dije. Mirá, tengo en mi casa agua caliente y unas aromáticas, y usted vive solo y yo también, así que me dio miedo está oscuridad y pensé en que usted podría hacerme compañía. Me parece que eso es suficiente. En estos momentos de soledad a oscuras, es fácil anhelar compañía, por lo menos hasta el amanecer, o hasta que la luz venga. ¿No le parece?

- Pues, ehhh… 

- No diga nada. En mi balcón podemos conversar sobre cualquier cosa. Igual, si no quiere conversar, nos hacemos compañía. ¿Qué le parece?

- Hmmm, bueno. Está bien. En cinco minutos estoy en su casa. ¿Cuál es su apartamento?

- Nueve cero uno.

- De acuerdo, nos vemos entonces.

- Espera –le dije antes de que cerrará la puerta. ¿Tenés yogur?

Me cerró la puerta. Insisto, y no es que lo quiera justificar, que no escuchó mis palabras. A veces, y más a oscuras, puedo susurrarlas, decirlas imperceptiblemente. La puerta se cerró del todo y me quedé quieta un momento, ahí, como estática, como esperando que del orificio apareciera algo. Camila, le dije, a la puerta, y seguí mi camino. Supongo que la puerta no escuchó y que Franco tampoco. No importa, pensé, porque los nombres, a veces, pueden ser lo de menos.

Subí despacio. Esa oscuridad. No me sentía Camila. Yo, que siempre había buscado la individualidad, que me había gustado la soledad, tenía que contradecirme buscando a un desconocido sin rostro, sin nada, para calmar el miedo. Era absurdo. Podía haberlo hecho de otra forma, pero ya era tarde, y no me arrepentía, de hecho. Era necesario. Preparé las aromáticas. Fueron más de 5 minutos, y eso que cuando se espera algo, el tiempo parece demorarse más.

Un ruido en la puerta. Hola, dijo. Hola Franco, le dije. Con su nombre, para personificarlo, para que fuera alguien en ese momento. Tenía un aire raro, algo así como miles de confusiones en sus ojos. No sé si fue la oscuridad, pero ellos fueron tan claros y tan azules que me perturbaron casi todo el tiempo. Fue la oscuridad la que me hizo verlos así. Era extraño. Se sentía extraño, porque pareciera que no era él, porque sentía que ya lo había visto, que ya le había escrito, que ya le había hablado. No era así.  Sólo la oscuridad que hacía de las suyas conmigo. Le volví a decir mi nombre, por eso de que se lo había dicho a la puerta, y para que fuera alguien para él, en ese momento. Me llamo Camila, le dije con una voz suave, con cariño. Lo cogí de la mano. Insisto que fue extraño. Era cogerle la mano a un desconocido, tocarle la piel a alguien que no existía para mí hasta entonces. Lo llevé al balcón. Ya estaba acostumbrada a la oscuridad y conocía el apartamento, y además, había pocas cosas. Directo al balcón. Ni una palabra. Fui por las aromáticas. Nos sentamos en el suelo. Preferiría yogur, le dije, pero que va, en esta oscuridad, donde todo es raro, vaya y venga si es aromática, o yogur.  Aunque hay que entender que es sólo una fijación mía por el yogur… Y hubo más silencio. Desde la cocina había estado hablando sola, y Franco no dijo nada, como si estuviese ensimismado, como si no estuviese ahí. Para mí era suficiente saberlo ahí, en cuerpo, aún sin alma, sin pensamiento y sin nada. Sólo era su cuerpo lo que me interesaba. Y hubo más silencio, hasta cuando empecé a hablar y hablar, en un monólogo interminable, o casi interminable. Hablaba sin puntos, casi sin respiración, como si necesitará hablar mucho, como si no hubiese hablado en mucho tiempo, lo cual era cierto.

- La verdad es que me da miedo la oscuridad. Creo que fue fácil bajar a tu apartamento, porque estaba sola y es otra noche a oscuras y ya no tengo sueño. La otra fue difícil, porque todos los recuerdos fueron llegando, uno por uno, y me golpeaban fuerte, y era como luchar con muchos hombres, ellos con un cañón y yo con una navajita. Ahora todo está tranquilo y vacío, y yo estoy tranquila y vacía, pero aún le temo a la oscuridad. Ya fue suficiente la catarsis. Así que vinieras es perfecto y la aromática  perfecta –más silencio…. Es lindo mirar las estrellas con alguien al lado. Es romántico, y cursi, bastante cursi, pero es bonito, quién dijo que no se podía ser cursi, a veces, y más con alguien que no se conoce… ¿Sabes?, las estrellas, aunque aquí son pocas, las estrellas siempre dicen algo y dibujan algo y muestran algo….

Y ahí terminé. Acasuso seguía ahí, sentado, con el pocillo vacío, retraído, como pensando en algo que no me había querido decir. Me respondía, aja, o movía la cabeza, como si escuchara, pero no lo hacía. Después de quedarme con la palabra y él retraerse del mundo, yo estaba ahí, sentada, con la aromática en la mano, ya fría. Paré en medio de mi frase, que no era costumbre, porque lo miré y me hizo una mueca distinta. Sus ojos habían cambiado. Si lo conociera diría que iba a llorar, pero como no, podría ser sólo impresión. Así que me quedé callada. Sólo unos cuantos tragos a la aromática de manzanilla. Entonces lo miré y me quedé mirándolo. Uno siente cuando lo miran y él me miró también, y yo me fui acercando lentamente y él estaba quieto, como si no se diera cuenta de nada, ahí aletargado, mirando a una Camila, que no era Camila, que era la Camila de una noche a oscuras. No sé que hacía, realmente, pero sentí unas ganas inmensas de besar a ese hombre desconocido, que me miraba sin mirarme, como haciéndose miles de preguntas sobre mí, o sobre cualquier cosa, o incluso, sobre nada. Se paró. Me voy, dijo, y yo no alcancé a decirle nada, porque estaba estupefacta y apenada y quién sabe qué más, de eso que solía ser sin oscuridad. Perdón, si le dije algo, ¿tan rápido? 

—Parece que el silencio no resultó siendo tan incómodo… —dijo Franco mirándome. Disculpe la parquedad, de verdad, pero tengo que irme —dijo muy cortésmente, de pie sobre la baranda, y mirando hacia La Playa—. Nunca había recordado tenerla a usted de vecina. Pero ya sabe: cuando me necesite simplemente toque. Pero eso sí, le agradecería que lo hiciera justo como lo hizo hoy, tocando la puerta, no el timbre, ¿de acuerdo? — hizo una pausa, lo suficientemente larga para mí pena—. Bueno, hasta luego —y se fue. 

Acepté que se fuera sin más ni más. Qué hacer. Uno no puede detener a las personas. Me estrechó la mano y yo, que todavía andaba apenada, le miré los ojos, y él parpadeó raramente, mejor, lentamente, y a mí me pareció extraño, pero mágico, y sentí un impulso mayor al anterior por besarlo, pero él se había ido hacia la puerta. Tenga cuidado, no vaya a ser que se tropiece con algo, le dije para romper cualquier espacio de silencio, mientras se iba, y volvía a quedar sola. Creo que sonrío. 

- Je t’ai connu auparavant  –se fue cantando, o tatareando, yo qué se, mientras llegaba a la puerta. 

- j’ai déjà vu ces yeux qui se baladent   –le contesté, pero casi sin darme cuenta, y hablando, sin cantar. 

No sé qué pasó, pero Franco se detuvo. Por favor, venga conmigo, me dijo. Y yo me acerqué y le toqué su cara con suavidad y puse mi frente en su frente y cerramos los ojos, balanceándonos tontamente. Vamos, le dije, sin pensarlo, como todo lo que había dicho. 

CONTINÚA… QUEDABA MUY LARGO.

5 comments

  1. DILIAN DEL RIO   •  

    QUE DESCRIPCION TAN FABULOSA Y FRESCA DE UNA SITUACION TAN SENCILLA Y PERTURBABLE, COMO ES ESTAR A OSCURAS. HACE DEMASIADO TIEMPO NO LEIA ALGO TAN DELICIOSO….. LO VIVI CON USTED.. AL LEERLO SENTI HASTA EL MIEDO QUE USTED SENTIA. GRACIAS POR ESCRIBIR ASI. FELICITACIONES.

  2. DILIAN DEL RIO   •  

    AHHH¡¡¡ Y POR FAVOR CONTINÙE LA HISTORIA…. NO IMPORTA QUE SEA HAGA LARGA¡¡¡

  3. Camila Avril Camila Avril   •     Autor

    Dilian, bienvenido al blog! Me alegra que la oscuridad se te haya pegado.

    Y la historia sigue, ya mismo. Solo que había que causar esa emoción que se causa cuando la historia queda congelada justo en la mejor parte, y hay que esperar, con ansiedad, que llegue lo que sigue. jeje!!! :) Exagero, ya sé. ;)

  4. Claudia   •  

    Excelente Camila, me transporté… quienes vivimos o hemos vivido solas, entendemos ese sentimiento, y en el fondo, siempre, o algunas veces, queremos que llegue alguien como tu Franco.

  5. Camila Avril Camila Avril   •     Autor

    Clau, pero esta Camila es un personaje que se llama Camila Collazos, muy diferente a Camila Avril o a Mónica. Me alegra que te hayas transportado!!

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