Carta a la abuela

Querida abuelita,

Tú por allá, tan callada. Yo por acá, tan triste. No puedo saber si estás sonriente, ni en qué piensas. Es posible que no pienses en nada, que tengas la mente en blanco, que no sepas qué pasa. También, y es lo azul del cuento, que alguien te esté dando la mano, que pases el túnel ese del que hablan tanto y te vayas. Entonces, escribo eso, y me da un huequito en el corazón, donde sea que quede el corazón. Porque uno sabe, abuelita, que a esta edad tuya cualquier cosa es posible, hasta la muerte, pero uno quiere pensarte como cuando tenías 50 y me dabas la mano y yo trataba de comparar tu altura con la mía y tú, siempre, salías más alta que yo. Tan alta, que yo quería tener tu altura cuando fuera grande. No supe, la verdad, si fui más grande . Mientras yo crecía, tú, por esas cosas contrarias de la vida, decrecías. Finalmente fui más grande, pero no supe si tan grande como esas veces que te miraba desde abajo. Uno sabe, abuelita, que ya estás viejita, pero uno quiere creer, que el pelo blanco es tan blanco porque te gusta así, blanquísimo, peinadísimo. La última vez que te vi me volviste a regañar porque te despeiné, pero es que es tan lindo, abuelita, verte con esas manos tuyas tratando que, otra vez, te quede perfecto. Por eso imaginarte en esa cama como si estuvieras dormida, sin hablar, sin poder decir cómo está la Monita, con esa voz tuya, le conmociona a uno las lágrimas. Me da miedo señora Blanca que todo sea una premonición: ese día me dijiste que fuera a la finca, como si estuvieras pensando que sería la última vez que nos íbamos a ver en ese lugar, las dos. Por eso me puse a llorar, abuela, porque yo sé que a la muerte le gusta, sobre manera, la gente de tu edad.

¿Te acuerdas Blanquita, de esos días en que yo te acompañaba a la iglesia, tú a rezar, yo acompañarte, y como premio me dejabas prender la veladora? Tu pedías por todos y no se te olvidaba nadie. Yo era como un bastón, aunque en ese entonces estabas perfecta. Comíamos helado (de 200, ¡imagínate! Lo sacabas de esa carterita pequeñita), caminábamos, saludábamos, íbamos allí y allá. Hasta un día me dijiste que cuando yo creciera, tú sabías, yo te iba a dejar de acompañar porque los nietos crecen y se van. Dije que no, me acuerdo, en pataleta y todo, pero tú sabías más que yo. Solo que, abuela abuela abuela, uno te acompaña aquí o allá, pero te acompaña. Porque la abuela es la abuela, a la edad que tenga.

Doña Blanquita, déjeme ponerle como en los poemas de antaño: ¡Ay! ¡Ay, abuelita! Esta muerte tan poco humana a veces, que se le olvida que puede doler tanto. Esta última vez, me estuviste contando de cuando eras niña, de tus hermanas. Ahora que lo pienso, eres una niña, otra vez. No me quisiste entregar las llaves de ese lugar para que no usara la vajilla, porque la vajilla está nueva y solo es para esos momentos importantes. No sé cuáles son esos momentos importantes, señora enojona de los últimos tiempos. Te dije lo del disfraz de la cuadrilla: uno se muere y nada se lleva. Lo que pasa es que pensar en la muerte cuando no está tan cerca es menos difícil, que cuando uno la siente encima.

Es que como no te voy a querer abuelita, si uno te quiere solo por ser abuelita, pero uno te quiere más si eres la abuelita que mandaba “boletas” (cartas) con letra cursiva, que no le gustaba otro lugar que no fuera la finca, que era capaz de reducirles el queso a los demás porque a mí me gustaba más la cuajada: “Esa leche es para la cuajada de Mónica”. Es que molimos tanto maíz y tanto queso juntas en las vacaciones y me cuidaste tanto a la Saratana, que me seguiste el cuento que era mi gallina y no se podía comer, aunque estuviera con los muslos perfectos para el sancocho. Esa se murió de vieja, creo yo.

Abuela mía, uno quiere que dures cien años, pero yo quiero dejárselo a la señora de negro, para que decida el día que debe ser. Que no sufras eso sí. Solo quería decirte, doña Blanca bonita, que te quiero de aquí allá y que si te vas, ojalá Eduardo te dé la mano. Entonces ya tendré quien me mire al doble, quien me cuide al doble, quien me espere al doble. Solo que si te puedes quedar más, pues mejor, ¿verdad? Morirse es lo único que no podemos evitar, pese a que me desmorone por dentro.

Te amo yo,

Mónica

4 comments

  1. Laura Rincon Gómez   •  

    Me hiciste recordar cada momento hermoso con mi adorada abuela, que ya murió hace más de 10 años. Pero el amor y el recuerdo están intactos, ella es el amor de mi vida y tanto lo es, que todos dicen que soy igual que ella.
    No queda más que abrazarlas y besarlas mientras las tenemos vivas y cuando llegue ese momento que no nos gusta tanto y se nos mueren, pues no hay más opción que recordarlas y seguirlas queriendo siempre.
    Entre las lágrimas que tengo después de leerte, te mando un abrazo grande y mucho amor para que estos momentos sea tranquilos para ti y todos los tuyos.

  2. Natalia   •  

    Hace mucho, muchísimo que no te comentaba, pero siempre te leo y hoy te agradezco, tengo a mi abuelita a mi lado y me has dado un remezón, son tan bellas

  3. Undercover   •  

    uau… muchos remolinos de recuerdos esta publicación… tantas personas pasamos por lo mismo.. gracias por hacerme recordar!!.. mil gracias!!

  4. Paulo Cesar Barbatti   •  

    Lindo, lindo, lindo y hermoso artículo, que hasta te escirbo este humilde comentario, con mis ojos llenos de lagrimas y muy emocionado…
    Muchas gracias por brindar a nosotros con este momento tan lindo, por todo este bonito amor entre una abuelita y su querida nieta y vice-versa…
    Un fuerte y respetuoso saludo desde Brasil…
    Paulo… su amigo sincero.

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