Carta a vos

A veces es difícil entender. Lo miras, lo lees, sabes lo que dice ahí y lo que se ve, pero no quieres entender. No es un problema de comprensión lectora sino de intención, y la intención le gana a cualquier cosa. No te interesa entender. Querer no es difícil, eso ya lo sabes; que te quieran de vuelta es lo complejo. Has intentado con todas las explicaciones: que llegaste tarde, que tiene su cabeza enredada, que hay algo que no ha resuelto de su pasado. Y con ellas has ido yéndote en el tiempo, guardando la esperanza de que de pronto todo va a desenredarse y que eso que has imaginado antes de dormir va a pasar. Que va a ser como quieres que sea, no como ha sido desde el principio.

Te ha dolido, mucho. Y el dolor también te ha mantenido: que te duela te hace saber que lo quieres, que sientes mucho. En otras ocasiones te has preguntado qué es el amor, porque sigues ahí, pero no sabes si estás queriendo. Has sabido del amor cuando extrañas y has dejado que todo se reduzca a eso: amas si extrañas. Esta vez igual has entendido que amas si te duele. Y a él lo has querido porque lo has extrañado y te ha dolido. Todo es peor. Las dos al mismo tiempo. En el fondo sabes que no te debería doler, pero sigues ahí, manteniendo la esperanza. Sin entender nada.

No es que no te hayas tratado de ir. Hay momentos en que dices que vas a escapar y haces toda la parafernalia: borras su celular, escribes una carta, eliges un libro para entregarle, empacas en la parte de atrás del carro las cosas que son de él para devolverlas. Estás lista para irte, lo sabes. Tienes la fuerza y la voluntad. Y luego terminas devolviéndote, pensando en que todavía te falta mucho con él.

Es eso. Pensar que no han vivido lo suficiente. Te lo has imaginado en tantas cosas, que imaginarlo al revés, que no va a estar, sí que duele. Porque desde el principio has sentido que no ha podido estar completo, que no te ha dejado ser, que te ha puesto todas las barreras posibles. Como si hubiera miedo de muchas cosas, entre ella que te enamores o que te duela. Y hay cosas que no puedes evitar. Esas, por ejemplo. Esa sensación es la que no te deja ir. Sentir que falta mucho, conocerse sin tantas murallas encima.

Solo que la vida vuelve a halarte las orejas. Te encuentra de frente con la realidad. Te recuerda que la comprensión lectora es lo tuyo, que te has pangoniado diciendo que de eso sabes. Te pusiste roja, el corazón se aceleró, temblaste. Si le creyeras a tu intuición no hubieses ido allí, pero has dejado de creerle, por caprichosa que sos. Qué sentir, no supiste qué sentir. Agachaste la cabeza como si el celular pudiera esconderte y esconderlos, y cuando la levantaste, todo seguía ahí. Todavía no sabes qué sentir.

Quieres ser un fantasma que no siente. Quieres irte. Quieres que te diga que la incertidumbre esta vez está a tu favor. Quieres quedarte. No sabes qué quieres.

Quieres ser un gato.

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