Adiós, X

A veces de verdad se me hace que la vida es, también, despedirse. Yo lo aprendí desde antes de poder ponerlo en palabras: despedirme de mi papá. Ser una niña sin papá. En la niñez uno no se da cuenta. Claro que era diferente, porque lo normal era que los demás tuvieran papá y yo no. Yo tenía solo mamá. De hecho, mientras pasan los años, cada vez soy menos distinta, a los amigos se les mueren los papás y esto es como entrar en un club, el club de no tener papá. A veces me dan ganas de decirles bienvenidos a este hueco en el que a uno le hace falta alguien a quien quiso mucho, incluso si uno no sabe a veces, como yo, por qué quiere tanto a alguien que ha sido un muerto la mayor parte de tu vida. Es más, mi club es aún más exclusivo, el club de los papás asesinados. El otro día estaba conversando con Héctor Abad sobre su autobiografía y justo hablábamos de eso: ser parte de la cofradía de los padres asesinados. Y somos muchos. Él dio varios ejemplos en su libro: Nabokov, Alfonso Reyes, Rulfo. Yo tengo ejemplos: Héctor, Sara mi amiga, la hija de la compañera del colegio, alguien que conozco en Twitter, en fin, somos muchos.

De Eduardo me despedí grande, cuando me cansé de pronunciar su nombre y llorar. Es que no había entendido que nunca le había hecho un duelo, que él se había ido de afán y yo no había alcanzado a decirle adiós, Eduardo, ojalá tengas una buena vida allá entre los muertos, aunque yo te vaya a extrañar el resto de la mía. Entonces me despedí, le escribí un día, y bueno, me he despedido varias veces más, porque la primera no fue suficiente. La última fue hace poco que le dije que él era parte de mí, que lo iba a ser siempre, que era muy importante, que escribirlo era parte de lo que soy, pero que lo dejaba tranquilo allá donde estuviera, si es que está en alguna parte. Le dije, más o menos, que yo entiendo que es un muerto y que bueno, a los muertos no hay que molestarlos tanto ni ponerles superpoderes. Porque a veces es normal pelear con ellos: te moriste Eduardo, y ahora no sé qué hacer. Te moriste, Eduardo, y te quiero reemplazar en amores pasajeros. La D, por ejemplo.

Aprendí a despedirme desde cuando ni siquiera sabía que me estaba despidiendo. Me obligaron a despedirme del padre, y por eso, quizá, se me hacen tan difíciles las despedidas. Me duele decir adiós. Adiós, D. Ni siquiera sé cuántas veces he repetido esas dos palabras: adiós, D. Una vez le dije adiós a una H que sonaba, y entonces no sonó más. Otra vez fue una F, que me dolió hasta los pies, y un día fue a una S, que me dolió por puro orgullo, como suelen doler muchas veces las personas: no es amor, es orgullo. Y me dolió la M, aunque volviera luego, como la F, que también volvió. Hay gente que se va y vuelve y hay que quienes se van para siempre. La H, por ejemplo. Ya ni siquiera sé si está calvo, si se engordó, si guardó algún recuerdo de los dos. Adiós, H.

A uno le duelen los amigos que se van. Una vez, María Eugenia se fue. Vivíamos en el mismo pueblo y ella se iba a vivir a miles de kilómetros. Me acuerdo que se montó en el carro y que yo me fui a la escuela llorando. Lloré toda la mañana, y a mí que se me notan las lágrimas. Me pongo roja y, eso me parece hermoso, los ojos se tornan de un color miel claro, cristalino. No sé disimular la tristeza, se me hace en la cabeza como un sombrero. Esa vez María Eugenia se devolvió y nos despedimos de nuevo al mediodía. No era una despedida para siempre, pero era que no comiéramos hojuelas los domingos. Nunca más, aunque nos hemos visto luego, hemos vuelto a comer hojuelas los domingos. Y eso dolía hasta la Patagonia, que era hasta donde yo sentía que se iba. Porque hay despedidas que son de espacios y hay otras que son muertes: morirse en la vida de alguien, aunque el cuerpo se mantenga en el mismo lugar.

Yo me he despedido tanto de la D, que me duele no irme del todo. Todavía no es un muerto, aunque duela hasta en la punta de la nariz, de la misma manera que cuando voy en el avión y el aire acondicionado hace que me retuerza de dolor justo en ese pedacito exacto. La estrategia es la misma: taparme toda, que solo se me vean los ojos, y destaparme al final del viaje. Aparecer un día, incapaz de matarlo del todo en mi cabeza. Muy triste. La respuesta del gato es echarse a dormir.

El otro día un amigo que quiero mucho decidió irse. Me voy, dijo, porque le duelo, digo. Yo todavía no entiendo eso de las coincidencias: yo quiero estar con la D, la D no quiere; la S quiere estar conmigo, yo no quiero. Tan extraño. Se me hace que hay gente a la que uno prefiere como amigo, porque los amigos suelen durar para siempre. Pocas veces los amigos se mueren, muchas veces los amores se mueren. Y yo quería que él no fuera un muerto, yo quería que fuera un amigo. Era mejor. Quién no necesita una S que te diga shhhhh y te acompañe en el silencio. Uno nunca se acostumbra a las despedidas, aunque las despedidas te dejen lecciones: la valentía de la S para irse, que es la valentía que me falta con la D. Aunque yo ya me fui de la D, hace mucho. Supongo. Quiero. Supongo. Me falta un poquito. A veces quisiera que fuera mi amigo, porque los amigos suelen durar para siempre. Pero duele. Yo tampoco quería que la D se fuera. Quién no necesita una D que te diga un poema.

Duele que alguien se vaya, cuando uno lo quiere tanto. Duele irse, cuando uno quiere tanto. Duele, cuando uno no se quiere ir. Es un loop.

Y más cuando uno se ha estado despidiendo desde los dos años.

Mi casa tomada

Santiago se lo había dicho. Si dejaba el cepillo de dientes él se iba a quedar viviendo en su casa. Al principio le pareció buena idea por lo de las pesadillas. No estaba mal tener a alguien al lado izquierdo de la cama cuando se levantara asustada, sudando, porque había tenido una conversación con alguno de sus muertos. Por esos días del cepillo de dientes, lo de los muertos había pasado durante una semana seguida, todos los santos días, como si sus muertos le trataran de decir algo y ella no entendiera. No entendió. Después de un mes, no obstante, ya se estaba arrepintiendo de no haberle dicho que se le había quedado el cepillo, que mejor y lo guardara en el bolso antes de que ella lo botara por equivocación. Ella, ante la imposibilidad de decir algo, sonreía, como si fuera feliz porque él le quitara la cobija a las tres de la madrugada.

Lo peor vino después. Lo primero fue que dijo que era mejor no dejar la luz de la cocina prendida si no se estaba haciendo nada en la cocina. Razonable, pensó ella, por lo de cuidar al planeta, y aunque explicó que era mientras hacía el almuerzo y para que no se le olvidara que había algo en el fogón, él dijo que mover un dedo para prender y apagar el bombillo no costaba nada. Ni un céntimo de energía.

Después vino lo de las cortinas de la sala. La regla era estar a obscuras, no abrirlas porque abrirlas hacía que la luz del sol entrara por la ventana y no sería bueno para los discos, los miles de discos que puso al lado derecho, en una pequeña biblioteca que no fue para libros –como ella hubiera querido– sino para música –como a ella, que tenía dos oídos izquierdos, no le importaba–. La luz deteriora los discos, dijo, y yo invierto mucho dinero. Ella sonrío.

La regla número tres fue la del celular. Según sus teorías las ondas del celular producen alzhéimer y recordá a la abuela tuya que se murió de alzhéimer, y la mía, que también se murió de alzhéimer. Hacía énfasis en las repeticiones, seguramente para que ella entendiera más rápido. Era mejor sacar el aparato ese, el bazuco electrónico, lo llamaba él, del cuarto. Ahora sonrió él. Ella lo hizo las tres primeras noches, y a la cuarta, que se le olvidó, recibió un correo en la mañana siguiente, a primera hora. Saludos de madrugador, saludó. Ya le estoy cogiendo fastidio a decirte lo mismo, pero no quiero seguir teniendo el celular en el cuarto con el wifi prendido. Por favor –aquí habló de usted, ¡de usted!– póngalo afuera. Es casi como un ruego, explicó, a mí me interesa mi salud. Volvió a decir lo del alzhéimer y le aumentó otras enfermedades, y lo de los estudios que lo demuestran. Primer regaño. El segundo vino después del punto y en comparación. Que él era complaciente con muchas cosas, como aceptar usar blackout en el cuarto y el desorden al lado de la cama ­–ella pensó en sus zapaticos dejados por pura pereza, pero en nada más–.

La lista de reglas fue creciendo con los días. No se podía entrar a la cocina después de las nueve de la noche, que porque de pronto se antojaba algo de comer y a esa hora la comida se convertía en grasa mala. No se podía poner música antes de las ocho de la noche para no despertar a los pájaros. No se podía dormir con el televisor prendido porque se alteraba el sueño. No se podía hacer ejercicio en la caminadora sino por la mañana o antes de las ocho pe eme para no molestar a los vecinos. Había que cambiarse la pijama cada dos días y lavar la ropa cada tres, y ojo, por Dios, con olvidarse de sacarla de la lavadora. Se le dañaba el gesto, alegaba tres horas. Tampoco se podía no lavar los platos bajo ninguna circunstancia y menos dejar la cama sin tender. La ropa debía ir organizada por colores y los panties, brasieres y bóxers en bolsitas marcadas. Se dormía con la puerta de la pieza cerrada. Había que cerrar el gas. Ella, sonreía. A las once se apagaba todo para ir a dormir. No se podía escribir después de las 10:30 ni hacer nada más que lavarse los dientes para que la mente estuviera lista para dormir. Ella sonrió.

Lo último fue lo del gato. Dijo que había muchos pelos, que la caja –que no le tocaba limpiar– olía feo, que el gato le rayaba los discos y le había rayado los bafles de un millón de pesos, profesionales, que el mueble estaba muy rasguñado y que el gato no lo quería, que ni siquiera lo saludaba en la mañana.

Prohibió al gato.

A la mañana siguiente, Violeta sacó el cepillo de dientes.

Día de limpieza

Arreglé la casa. Boté los papeles que había guardado desde hace tanto tiempo. Inclusó tiré a la basura el cuaderno de Lógica de primer semestre que guardé porque me encantaba esa clase y pensé que algún día, revisando las notas, me iba a acordar. No tengo tiempo para revisar las notas y creo que ya no me voy a acordar. Barrí al gato, porque es su actividad favorita. Moví todos los cajones, puse cada cosa en su lugar. Cambié las postales que tengo colgadas en la pared. La silla de la sala la llevé al cuarto y la del cuarto a la sala, y en ese mueble que pensaba quitar y no se me hizo necesario puse una fotografía que tomé el otro día y que un amigo la volvió cuadro. Puse la cama nueva del gato en la esquina de mi cuarto, pero el gato prefiere todavía mi cama. Así será siempre. Organicé la cocina, lavé los platos y los trapos y moví las ollas, a ver si quedan mejor. Eché límpido allí y allá, hasta que las manos no pudieron más. Lavé los baños, las duchas, el lavadero y la coca del gato. Barrí debajo del mueble, debajo de la cama y no escondí nada debajo del tapete, porque no tengo tapete, claro, pero también porque quería barrerme hasta los pies. Ya estoy soltera, ya qué. Y luego me tiré en la cama, porque las casas suelen ensuciarse ahí mismo que uno termina de limpiar. Rulfo, vuélvete estatua, Mónica, a la cama. Y nos quedamos quietos los dos debajo de las cobijas hasta las 10:00, que hubo que lavarse los dientes. Nos acompañó un libro y el televisor. A las diez, por supuesto, ya había polvo otra vez, ya había una taza que lavar otra vez, ya estaba sucia la caja del gato otra vez. Porque las casas son entes vivos que se mueven cuando uno no las está mirando. También es que nos quiere enseñar que la perfección no existe y que no pasa nada, nada, si ese día no tiendes la cama ni lavas el pocillo del café.

11:55. Llueve. El gato duerme. A veces se despierta por un trueno que lo asusta. Sigue durmiendo. La casa está casi limpia. Yo pienso en vos, todavía. Sos como esos pisos difíciles que hay que barrer varias veces.

Bye!

Me despedí,
otra vez.
Quizá la undécima vez,
o la veinteaba. Perdí la cuenta.
Dije que me iba ahora así,
que perdía lo que nunca, pese a todo,
había perdido: la fe.
Ya no hay montañas que mover,
es la vencida aquella de los vencidos.
Taché tu nombre de todas las posibilidades,
lo retaché.
Y te dije, una última vez,
que te quería.
Me voy porque te quiero, y no al revés.
Te dejo en esa vida en la que no hubo espacio,
te dejo tus poquitos ratos. Tan contados.
Y me voy, aunque uno no se va de esos no lugares,
porque hay gente que crea mundos imaginarios,
y hay quienes sabemos imaginar.
Hay amores invisibles, y vos.

-.-.-.

Te dije no, por primera vez en la vida.
No voy, dije, gracias, dije.
Lo escribí temblando.
Salté, corrí hasta el balcón, me devolví.
Me convertí en el gato.
Linda tarde, respondiste.
Lloré toda la tarde.
¿Acaso no nos habíamos ido?

 

 

Treintaytres

Treintaytres es uno de esos números sonoros: trein-ta-y-tres. Lo conozco desde que estaba muy chiquita. Lo esperé mucho tiempo, con miedo a que llegara alguna vez. Estuvo tan lejos, siempre. Cuando tenía cinco parecía imposible: para que pasen 28 años se necesita toda una vida, un montón de tiempo. Qué iba yo a llegar hasta ya, tan pronto. Y un día llegó: hoy llegó.

El día que lo mataron lo he contado muchas veces: era un dos de julio de 1988. Tenía 33 años, ese número que si uno crece en los temas católicos lo relaciona con la edad de Cristo. Hace días descubrí que cuando la bala traspasó su mano, la palma de la mano lo estaba mirando a él, y no al señor que lo mató, como me lo imaginé siempre. Lo leí en el acta de defunción. Le dispararon en la tarde, murió en la noche. No pronunció ninguna palabra. La herida era mortal. Yo tenía un año y 22 meses: me faltaban 85 días para los dos. Solo alcanzamos a celebrar juntos un cumpleaños. Mi mamá estaba hospitalizada y por eso en la foto solo aparecemos los dos: yo con un vestido blanco, él con una camisa blanca (creo), yo con mi pelo mono, corto, él con su pelo negro, negro, corto, yo seria (como casi siempre), él sonríe y se le ven sus dientes de adelante separados. Hay una torta que mide casi mi tamaño. En la foto que sigue, que es casi igual, Eduardo me está dando una pasa, como un recordatorio de que alguna vez, ya nunca más, me gustaron las pasas. Él tenía 32 (cumplía en noviembre según mi abuela, diciembre según mi mamá), yo uno. El siguiente cumpleaños no lo celebramos. Nunca estuvimos los tres para eso del cumpleaños.

A los 33 años, Eduardo tenía una librería, la única que ha tenido Riosucio. Era librero, aunque no de muchos de literatura, dijo don Héctor, el amigo que estaba al lado el día que se fue. Entre los que vendía repartía algunos de izquierda, supongo que algún Marx o un Mao. Los regalaba. Se había casado tres años antes y tenía una hija, yo. No terminó la universidad, lo dejó en el último semestre porque se fue de descalzo a Bonafont. Mi mamá le insistió mucho, es que no le faltaba nada para quedar con el diploma de Ciencias Sociales, pero él era terco y primero, siempre primero, la política: ese era un programa del Moir en el que dejaban todo y se iban a algún lugar a echar el cuento, a trabajar con los campesinos, a vivir con ellos. Vivió con el cura del pueblo, aunque era ateo. De mi mamá fue novio como ocho años y él fue el que se quiso casar. Fundó un barrio en Riosucio que se llamó  El primero de mayo, si bien cuando se murió tomó su nombre, pero eso se les olvidó luego a todos, y lo llaman como el original. Hizo un paro cívico muy famoso en Caldas contra la Chec, porque les subieron los servicios. Fue concejal. Se montaba en una mesa en el parque a echar un discurso que los demás escuchaban a escondidas, pero lo escuchaban: es que era de izquierda, en los ochenta. Era un buen orador. Muy estudioso, como son en general los del Moir. Se bañaba tres veces al día y hablaba opita, porque era opita. Me llevaba en hombros a la guardería, me describía el paisaje, me contaba historias. Quería que a los tres años ya supiera leer. La librería se llamaba La Pola. Lo mataron a una cuadra, cuando hablaba con don Héctor. A los cinco años me parecía que Eduardo era un señor que había vivido muchos años: es que treintaytres, a los cinco, es toda la vida. Mi papá, un día, vivió toda la vida.

Mi tío más joven, hermano de mi papá, ya tiene sesenta (tal vez uno menos o uno más). Si a Eduardo no lo hubiesen matado sumaría 65 en noviembre, o en diciembre, depende de a quien se le crea. Treintaytres no era ni la mitad de la vida de lo que hubiese podido vivir. Eduardo vivió tan poquito.

Un día, hoy, cumplo treintaytres, la edad en la que mataron a mi papá. Soy la misma niña mona, sin el vestido blanco y sin Eduardo. No me he casado, terminé la universidad, hice una maestría, doy clase. Tengo un trabajo que me gusta, escribo de Eduardo. Lo recuerdo, casi todos los días. Le perdoné que la política hubiese sido más importante que yo, tanto que morir fuese una posibilidad de la causa en la que creía. No lo quiero olvidar, porque no quiero que se muera de verdad. A veces me gustaría ser pastelera y tener una pastelería-librería, aunque no se va a llamar La Pola. Esa era su causa, no la mía. Me gusta escribir poemas. Tengo un gato y una mamá, la que él me dejó. Ya sonrío más en las fotos. Lo siento en la silla de adelante del carro para que me acompañe cuando estoy sola. Escribo artículos de literatura. Leo y releo poemas. Escribo en mi cabeza mientas tiendo la cama y luego no me acuerdo. Este escrito lo he escrito mientras camino al trabajo, muchas veces. Hago tortas de cumpleaños.

Tengo treinteytres y he vivido tan poquito. Pronto habré vivido más años que mi papá.

(En construcción, supongo).

Cuando dudes, un poema

Hay domingos,
mientras el profesor de baile dice que tomemos agua,
que me hago en la ventana a escuchar qué consejo trae el viento esta vez para el calor.
Miro hacia el fondo,
hacia ese lado en el que está tu casa.
No pienso en qué estarás haciendo
ni en todo lo que hubiese querido con vos.
Ya no.
Miro como cuando uno mira sin mirar,
al vacío,
como cuando uno decide acallar la conciencia
y hacer silencio y esperar.
Pasa tanto como la frase aquella de la bola de heno.
Es solo la tranquilidad de esos minutos en ese vacío
en el que existes, pero no. Cada vez menos.
A veces quisiera que cuando se acabe la clase
hubiese un mensaje tuyo
que dijera que lo has pensado, que aún me quieres,
que me quisiste alguna vez.
Y siempre quisiera que llegara el olvido a las 3:00,
que traspasara esa puerta
y ya no me acordara de tu nombre, de tu casa,
de todo vos. Que te hubieses ido.
El viento solo sopla, solo murmulla lo del calor.
Ninguna voz tuya.
Entonces el profesor dice que volvamos al espejo,
que haremos el paso del sombrero
y el péndulo y un cross con giro.
Imagino que algún día me verás bailar.
Tal vez en un mundo paralelo en el que no haya que olvidarte.
Hago el cross con giro,
y la vida, aunque duele, baila otro paso: una vuelta al mundo.
La canción sigue sin vos.

 

2 de julio

Si nos devolviéramos al 2 de julio de 1988, cuando faltan seis minutos para las 12:00, es decir para que sea 3 de julio, habría que decir que Eduardo ya estaba muerto, que mi mamá ya era una viuda, que yo ya era una niña sin papá.

Hace días leí a alguien que quiero todavía, que a veces cuando alguien se muere, si alguien busca consuelo en él, él dice a veces, así es la vida. Quizá eso tenía que pasar. Y yo he estado pensando en eso, tanto. Porque quizá es así, la muerte es eso que tenía que pasar, que a todos nos va a pasar un día, que le duele más a los que se quedan, aunque de eso no haya pruebas. Sin embargo, en estos 31 años que lleva muerto Eduardo, yo he aprendido que cuando alguien se muere, alguien importante en la vida de uno, porque los muertos ajenos poco duelen, también se muere un pedacito de uno. A veces, incluso, es un pedazote entero, porque nunca volveremos a ser esos que fuimos. Porque algo se apagó ese día de Eduardo. Cada que es 2 de julio yo sumo un año más y pienso en él, en  lo que pudimos haber sido juntos. Pienso en lo que no fuimos. Vuelve a sonar el disco rayado de mi papá, y me acuerdo que así como la gente cumple años, también los muertos cumplen años de muertos, y quizá por eso es que no se me olvida este día, quizá por eso está en mis fechas inolvidables del calendario. El 2 de julio difícilmente será un día no triste, un día cualquiera. Quizá porque creo que sentir es muy importante, aunque la vida siga. Así no siempre es la vida. Sentir y querer para sabernos vivos. Recordar. Y yo a Eduardo lo quiero, incluso desde que se convirtió en mi fantasma.

Este año, si vieras, Eduardo, llego a tu edad, 33, y se me hace que estabas muy joven para que alguien te haya hecho un muerto.

Feliz cumpleaños de muerto, Eduardo.

 

El disco rayado de mi papá

El otro día estaba leyendo un libro que me encantó por la forma: era un triángulo. Me gustó mucho que fuera no convencional, que uno lo abriera y no abriera del todo, que abierto dejara de ser triángulo, y en fin, yo andaba en esas, hasta que por fin hice lo que uno hace con los libros, leerlo. Pues bien, estaba dedicado al papá de la autora, él, que cuando ella le preguntaba a dónde iban, siempre le respondía a Pitchipoï. No importaba si era la playa, el bosque, un lugar cerca o lejos, frío o caliente. Y a mí se me hizo fácil pensar que yo nunca tuve un lugar para ir con mi papá, nunca tuvimos nuestro Pitchipoï. Fue triste. Es más, si un día escribo un libro y se lo dedico, pues nunca sabrá que hubo un libro con su nombre en la tercera página. Luego escribí una reseña sobre el triángulo aquel que tanto me gustó y puse ahí lo de mi papá. Quizá porque yo creo que precisamente la literatura es para eso: para encontrarnos en nuestros recuerdos y dolores. La pegué en la página en la que la iba a publicar, le dije a alguien que la leyera y ese alguien volvió y me dijo: te repetiste, ¿no? Ya habías escrito de tu papá en la reseña pasada. Algo así dijo. Tenía razón. La pasada era una sobre 4 3 2 1, de Paul Auster, en la que se arma un mundo paralelo. Alguien se muere y yo también pensé en mi papá y escribí de mi papá. Porque quizá es lo que he hecho en estos 32 años y un poco: inventar a Eduardo. Solo que ese día que él anotó lo de la repetición, sentí que tenía razón: que mi papá se haya muerto, que a mí me duela, que su historia me haya cambiado la vida, que yo ande con un muerto para arriba y para abajo, no le importa a nadie más que a mí. Soy monotemática. El mundo está más allá de Eduardo, no todo es Eduardo, Eduardo ya no existe. Eduardo es mi muerto, es todo.

Y en esas estaba yo, pensando en escribir de otras cosas, del olvido, por ejemplo, y pasó que a un niño le mataron a la mamá, frente a él. El niño lloró mucho, a gritos, y como no, era su mamá. Nadie abrazó al niño, no sé si luego, pero no en ese momento de desesperación en el que va y vuelve, y grita, y vuelve. Alguien lo grabó en ese momento tan íntimo, que no debió grabarlo porque son esos minutos en los que al niño le está cambiando la vida para siempre: su mamá ahora es su muerto para toda la vida. La llevara en su cabeza, aunque pasen los años. Y los muertos pesan. Se acordará de ella cada que los otros hablen de sus mamás. Recordará que le hacía la arepa, que lo abrazaba en las mañanas, que lo regañaba. Contará muchas veces que él estaba ahí, que alguien pasó en una moto (a veces no se acordará y quitará la moto), que le dispararon, que ella quedó ahí en el piso sin pavimentar. Sentirá que es un niño huérfano y le hará falta en las noches cuando tenga gripa y necesite una aguapanela hecha por la mamá. La extrañará para preguntarle por la tarea o para que lo llame a decirle que ya es hora de que vuelva a casa. Le mostrará a su primera novia una foto de ella y le dirá que la mataron y que nada ha vuelto a ser nunca como fue. Le hará falta en los grados (ojalá estudie ese niño, ojalá pueda estudiar) y en cada cumpleaños y en cada Navidad. Se preguntará por qué a él, por qué alguien le quitó a su mamá. Se preguntará por la guerra, por lo absurdo de la guerra, y nunca entenderá por qué alguien fue capaz de dispararle a su mamá, de matar a su mamá. Se volverá monotemático y cuando llegue a la edad de ella pensará que se fue muy joven, que la mataron muy joven. Sabrá un día que no está solo, que hay más como él: también te mataron a tu mamá, preguntará, y alguien le responderá que sí. Y entonces compartirán una, dos, tres tristezas. Muchísimas tristezas. Se sabrá acompañado en su dolor y triste, a la vez: que pasen los años y en este país sigan dejando niños huérfanos, sigan matando a otros seres humanos porque piensan diferente, porque sueñan con una casa, porque están donde alguien cree que no deben estar. Sonreirá a veces, claro, porque la vida siempre sigue. Porque el tiempo no ha de parar ni siquiera por un muerto ni por un niño que llora a su mamá muerta. Un día encontrará una palabra que lo define y va a llorar, mucho: motherless (fatherless, para mí).

Tal vez no debieron publicar ese video porque es el momento exacto en el que al niño también se le muere una parte suya. Y sin embargo, ese niño nos resume: qué país tan hijodeputa. Yo lo miré, yo lloré con el niño. Porque un día yo fui esa niña a la que le quitaron a su papá. Estaba muy chiquita para llorar, para gritar, muy chiquita para darme cuenta, aunque me di cuenta. Yo lo extrañé desde ese sábado que se fue. Este año, el 2 de julio, en menos de un mes, va a cumplir 31 años de muerto. En septiembre yo voy a cumplir 33, los mismos años que él tenía cuando lo mataron. Por supuesto que le hice el duelo, por supuesto que ya entendí que está muerto, por supuesto que todavía me hago muchas preguntas sobre su muerte. Por supuesto que lo necesito escribir. Por supuesto que es mi invento más importante. Por supuesto que le echo la culpa de todas mis ausencias, de mis problemas para aceptar que la gente se va, para querer. Por supuesto que me pregunto por qué lo quiero si no lo conocí, si no hay nadie a quien abrazar. Por supuesto que la vida sigue, que mi vida siguió, pero que nunca fue lo mismo.

Ya que publicaron el video, ojalá que ese momento tan íntimo del niño les haga entender a muchos que esa historia no se debe repetir. Que la violencia no ha de llevarnos a ninguna parte. Ojalá sirva para algo, para pensar que es  solo un niño entre muchos, una sola víctima entre muchas. Nadie se merece el dolor que va trayendo la guerra. Las ausencias que deja. Las incertidumbres, las preguntas. En 31 años han cambiado muchas cosas y nada al mismo tiempo: Eduardo era un líder social, un político de izquierda al que asesinaron. En este país sigue pasando lo mismo. 31 años es toda una vida.

Estaba pensando que debería silenciar a Eduardo, por un tiempo, no escribirlo tanto, no hablar tanto de él, pero con ese niño supe que eso es imposible mientras la historia se repita. Somos muchos a quienes la guerra nos ha dejado sin papá o sin mamá, muchos a quienes la violencia nos ha cambiado. Es difícil creer que haya gente que no crea en la paz. Que haya gente que no quiera hacer la paz. Porque eso no es tan fácil ni se termina con el fin de una guerrilla. Hay mucho detrás, muchos poderes encontrados, pero también empieza en lo simple. También está en las casas, en respetar al vecino aunque piense diferente. Está en hacer bien los duelos, para que no haya tanto odio. Está en entender que el odio nos hace mucho daño y que la venganza no lleva a ninguna parte, por lo menos no lleva a la importante, a la que uno quisiera: no devuelve a los muertos. Tampoco devuelve el tiempo. Yo no quiero más compañía en este dolor de no tener un papá. Ya somos suficientes.

A mí me salvó mi mamá, tener una mamá para abrazarme, para explicarme, para ayudarme a entender lo inentendible. Ojalá ese niño encuentre quien lo abrace, quien le diga que, pese a todo, pese a que no será el mismo nunca más, todo va a estar bien. Que finalmente también somos eso: esos niños sin papá, sin mamá. Hace parte de nosotros, de lo que terminamos siendo, y esa también es una decisión nuestra: qué queremos ser. Todo va a estar bien, niño. Tu mamá estará ahí a un ladito para hacerlo menos difícil. Cree en ella, invéntala, recuérdala. Habla de ella cuantas veces tengas que hablar. Y no odies, niño, por más dolor que sientas. Lo que no queremos es que nuestra historia se repita en otros, nunca. Tanto dolor no es necesario. No te digo que sea fácil, pero es más tranquilo. Más responsable. Más bonito.

Yo creo que Eduardo no podrá irse todavía. Los inventos, finalmente, no tienen fecha de caducidad. Y menos en este país. Que suene el disco rayado.

Gato

Vamos, le digo al gato. Enseñame a dormir como vos, que ponés la cabeza en la almohada y te vas, de una. Y el gato me mira, aperezado, y pone la cabeza otra vez y se va.

 

Otro olvido

Nos separa esta ventana,
los tres edificios que hay al frente,
el árbol que hay más allá,
el domo de la Dian,
unas casas,
tres nubes,
una universidad,
más edificios,
muchísimos más edificios,
los montones de carros que circulan
aunque sea domingo,
yo que no entiendo por qué la gente sale de casa los domingos.
Nos separa el pajarito que hay en el cable de la energía,
el puente peatonal del colegio,
unos 23 semáforos en rojo,
esos dos pisos que hay antes de tu casa,
el árbol de las avispas,
el árbol de mangos,
tu puerta sin portero,
las escaleras,
la puerta de tu apartamento,
tu balcón, tus matas,
el canto de la guacharaca,
tus libros,
la sábana de gatos.
Nos separa todo eso
y el silencio,
el mucho silencio que haces,
que hacemos.
Nos separa el olvido, sobre todo el olvido,
tu olvido,
que es una pared inquebrantable.
Nada más fuerte, más que el cemento incluso,
que ser invisible.