Día dos. Retirada

No querés escribirle ni escribirlo. Ya no importa. Estás triste por cada cosa que no debió ser. Por la falta de reglas, de explicaciones, de claridad. De verdades. Una amiga te diría que de decoro.

Era tan fácil, sabes. Explicar, no ocultar. Intentar. Decir. Si las palabras existen, y vos las sabés y él las sabe, era simple.

Hay un minuto en el que lo entiendes, y ahí sí que duele. Luego ya no (eso esperas). Hay rabia. Decepción. Con vos, sobre todo: no haberlo querido entender antes. Inventar explicaciones.

No es que no te quieras ir, es que hay que irse.

Te queda cada cosa que pusiste en ese enredo tan extraño. Hay gente que llega y no sabes. Y gente que se va.

Pasar. Hay gente que pasa.

Día uno. Despedirse

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Siempre está el gato

No se puede describir la tristeza, pero se sabe, en cambio, que está ahí aunque sonrías. Una tristeza que se va a quedar por horas, por días incluso, porque al final no quieres que se vaya. La tristeza es saber que él está todavía. Así que ni te abracen, los amigos, tan bellos que son los amigos, ni te miren ni te pronuncien su nombre, porque vas a llorar, y cuando vos llorás se te pone roja la nariz y los cachetes y no hay cómo disimular.

Pensaste en él, claro. Quisiste escribirle, varias veces, porque, cómo hace alguien para pasar de escribir a no escribir. Te aguantaste. Mejor no. A veces es mejor así. No siempre es como vos querés y si él no sabe qué quiere, nada que hacer. Ya no te das explicaciones. Miras el computador, trabajas. No hablas.

Ojalá te hubiera escrito. Todavía estás pensando en romper las reglas. El gato te mira. Al final siempre está el gato.

Él te habló del silencio, alguna vez. Hacés silencio. Le hacés silencio. Quizá es lo único que esperas de despedirte: eso, la falta de ruido. La falta de todo.

Te preguntas si te extraña. Ojalá te extrañara. Extráñame, le dices.

Él sabe que lo extrañas. En cada pedazo de brazo que te duele, ahí está.

Lees el libro que te regaló.

Todavía lo querés.

Por qué hay que despedirse, cuando uno no se quiere ir.

Día cero. Despedirse.

Para una Owl.

Me quito la camisa, que todavía huele a vos. Me quito los aretes de gato, que te recuerdan. Quisiera quitarte a vos de mí, pero eso no es como lo de la camisa ni como los aretes. Habrá que esperar.

Ir es un verbo fácil de conjugar, cuando a uno le gusta conjugar verbos. Irse no lo es, aunque a uno no le guste nada. No hay cómo explicarse el vacío ni tampoco llenar el montón de preguntas: por qué no te quedaste, si era tan fácil. Y no te quedaste.

 

Ojalá se fuera
ahora que llueve
y se mojara justo al voltear la esquina.
No lo mires desde el balcón,
porque hay recuerdos.
No pienses,
todavía hay amor.
Ya te quitaste la camisa
para que se vaya su olor.
La lavaste, de una vez,
para que se vaya del todo.
Ya te quitaste los aretes de gato
para guardar ese recuerdo tan cercano,
para que se vaya su voz.
Ahora miras al gato
solo para que lo olviden juntos, durmiendo.
Con él,
cada noche quisiste ser un gato.
Te has ido, eso dices.
Ni siquiera hay una foto para mirar después,
cuando todo haya pasado,
cuando el tiempo te deje reír, otra vez.
En el fondo solo quieres que aparezca,
volteando la esquina,
y sufrir de amnesia.
Lo abrazarías, aunque esté mojado,
y le dirías lo que nunca quiso que le dijeras:
que lo quieres,
te quiero, sabes.
Ojalá lloviera más,
para llover juntos.

La muerte de Eduardo

2 de julio de 1988. Era sábado. Estaba en la esquina diagonal a la alcaldía, afuera de un bar que se llamaba Daiquirí. Ahí estaba él y don Héctor. La gente todavía se sienta en esa esquina a conversar, aunque ahora no hay un bar sino una tienda de ropa para bebés. Tampoco está la señora que estaba ese día, como todos los días, con un carrito de dulces. Entonces ya era una viejita. No eran todavía las cuatro. El sicario pasó a pie y le dio un tiro.

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Despedirse

Para una D

Esa sensación de estarse despidiendo cuando no te quieres despedir. Decirle adiós a esas cosas que sientes, cuando no estás preparado para irte. Tener esperanza, porque alguien te dijo que si se muere la esperanza, te mueres también, y no quieres morir con él. No todavía. Tan difícil decirle adiós a los afectos, cuando aún están ahí.

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Miedo

A veces me despido antes de tiempo, negándole la posibilidad al futuro. Me da miedo y entonces detengo todo: mejor no sentir antes de tiempo. Es más fácil. El miedo es eso que sientes en el pecho, que no puedes definir, que no te deja dar un paso ni olvidarte del pasado, que te hace pensar que adentro de vos no hay nada. El miedo es el vacío mismo, pensarte como un punto antes del cero.

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Carta a vos

A veces es difícil entender. Lo miras, lo lees, sabes lo que dice ahí y lo que se ve, pero no quieres entender. No es un problema de comprensión lectora sino de intención, y la intención le gana a cualquier cosa. No te interesa entender. Querer no es difícil, eso ya lo sabes; que te quieran de vuelta es lo complejo. Has intentado con todas las explicaciones: que llegaste tarde, que tiene su cabeza enredada, que hay algo que no ha resuelto de su pasado. Y con ellas has ido yéndote en el tiempo, guardando la esperanza de que de pronto todo va a desenredarse y que eso que has imaginado antes de dormir va a pasar. Que va a ser como quieres que sea, no como ha sido desde el principio.

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Dos poemas

Hay tristezas que uno no entiende. Entonces les das vueltas y vueltas y las miras y las piensas y las escribes, y no las entiendes. Incluso se las cuentas al gato, pero el gato no dice nada. Eso es lo bonito de los gatos, que te miran, que no te dicen nada, que no les importa, aunque luego cruzan la puerta y se hacen al lado de la cama. Las tristezas están, y los gatos también.

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Hay días en los que uno se despierta y tiene ese nombre que ronda, como una abeja a la que uno le tiene miedo de que lo pique, aunque la abeja no tenga la culpa. Duermes y no se va. Barres y no se va tampoco. Juegas con el gato y sigue ahí. Vuelves a dormir, lavas los baños, te bañas vos, bañas al gato. Tampoco.

En este cuarto apareces.
Te estoy pensando desde hace una hora,
quizá media más.
Te imagino allá,
te miro en la foto.
Te dibujo.
Espero.
Dibujar es mejor que extrañarte.
Te apareces otra vez,
como en la última noche.
Revuelco tu pelo,
te beso el cuello,
nos besamos.
Te quiero, en esa manera extraña
en que quieres que te quiera.
Afuera está el árbol.
A veces quiero ser una de tus avispas,
justo de las que no sabe aterrizar.
Ojalá me vieras en una gotita de mar
o en esa nube sin forma que tienes al frente.
En la sal
o en la piña colada.
Pienso en tu ebriedad constante.
Miro tu nombre.
Ojalá llegaras en la noche,
así de sutil como aparece la luna.

Carta a un amigo

A una F,

te extraño, sabes. Pensar en la silla en la que solíamos sentarnos a conversar debajo del árbol, siempre a la misma hora, el mismo día, escapados del trabajo (vos del estudio) y de la realidad, porque así era: como si solo fueras vos. Te extraño no porque te quiera, porque qué es el amor. Uno no sabe de esas cosas ciertamente, porque cuando uno piensa que está enamorado, le preguntas al otro y se queda callado y uno se va triste a su casa, con ganas de llorar, pero sin llorar. Y no sabe qué es eso de la mitad, porque el amor es una cosa que nos han enseñado de otra manera. Supongo que te quise, pero no supe qué era. En cambio todavía sé que extraño sentarme a tu lado a que conversemos de cualquier cosa, importante o no, pero dejando al tiempo pasar por encima, descubriendo que vivir puede ser solo eso: estar ahí. Extraño escucharte, que te rías conmigo, que me digas que debería irme de ahí, o mejor cómo quedarme sin que me doliera. Tal vez vos tampoco sabrías cómo, pero sentados en esa silla, bajo ese árbol, sin afán, hubiéramos descubierto qué hacer.

Tal vez uno no sabe distinguir entre el amor de los amigos y ese otro amor, y ahí nos perdimos. Esta sociedad no está hecha para parejas con amigos, porque nos morimos de los celos. Claro. Tan difícil. Hasta yo misma no sé qué hubiera hecho si hubiera sido ella y no yo. A veces supongo que se notaba mucho que ahí había más de ese otro amor, que cualquier otro. Aunque primero hubiéramos sido amigos. Y el amor pasa, sabes, pero los amigos no. Si vos me salvaste cuando estaba lejos, cuando fui tan feliz y al mismo tiempo me estaba encontrando, en ese proceso tan doloroso de descubrir tantos miedos que no te han dejado ser. Tantas cosas que nos has resuelto con tu pasado. Tantos silencios que no te han acompañado. Tantas M que fuiste solo porque los otros eran felices. Y vos estabas ahí, escribiendo y leyendo, como si eso fuera lo único que yo necesitara para volver sabiendo que allá, tan lejos, se había quedado alguien y había regresado un pedacito, más alguien más. Vos eras parte de ese alguien más.

Y por eso quizá he vuelto a extrañarte tanto, a pesar de pensar que eras ya uno de esos amigos muertos. Porque sin haberme ido a ninguna parte, otra vez estoy volviendo a mirar esos miedos, esas cosas que no he resuelto con el pasado, esos silencios. Esa C que no escribe porque no puede, o porque no quiere, qué se yo, esa M que se enamora aunque no entienda, aunque a veces le duela, aunque las A sean tan difíciles de querer. Porque parece que he olvidado tantas cosas, o porque quizá necesitaré aprender otras otra vez. Porque el camino no siempre es tan recto como uno quiere para poder manejar rápido y cantar sin volumen.

Qué será de vos. A veces me pregunto si serás feliz, vos y yo que aprendimos que la felicidad es solo esa cosa que explota de pronto y se va. Si habrás crecido, si tendrás de nuevo el pelo largo o te lo habrás cortado. Si estarás flaco todavía. Si habrás aprendido a comer más.

Porque uno empieza a entender qué es eso de que la vida sigue sin alguien, pero a veces uno necesita ese correo electrónico que llega, para que le diga que un buñuelo hizo que alguien pensara en vos y te recuerde que la vida es eso: los pequeños recuerdos. Las cosas pequeñas que te hacen reír. Eso fuiste, y eso es lo que extraño. Supongo.

C.