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Tres horas hablando del tiempo. Como si el tiempo tuviera la culpa.

MAR

Ayer, María no dijo nada. Salió como todos los días, a la misma hora, que puede ser cualquiera. Puso el hombro en el bolso, los ojos en las gafas y los pies en los mismos zapatos. Y así se fue hasta las 6. Traía el pelo azul. Azulísimo, totalmente azul, requeteazul. Los padres la miraron extraño. Dijo que quería un pedacito de mar en su pelo. Uno de los tantos azules que tiene el mar. Luego se hundió en sus cuatro paredes.

ARÁCNIDA

Le tiene pavor a las arañas. Por eso María no deja araña sin cabeza destripada en el zapato. Le tiene más miedo que a los monstruos del techo. Teme que algún día, por culpa de la cama sin patas, alguna se le pare en la nariz.

MARÍA

Se llama María. Está casi segura que sus padres le pusieron así por física pereza. No querían pensar y María es un nombre fácil. Para ellos, nada que ver con la religión. Su mamá es atea y su papá dice ser agnóstico. María ni es atea, ni es agnóstica, pero cree en su poder interior de reducir todo a la nada o al todo. Su nombre es igual a ella: simplísimo. Nombre de ejemplo, como Juan y Pedro. Siempre se usa en las escuelas: Si María le regala una manzana a Juan, cuántas le quedan. No le molesta. María es como María: de pelo negro, tan largo y lacio como virgen de pueblo. Blanca, sin maquillaje, y muy desgarbada.

LOS MONSTRUOS DE MARÍA

María tiene la leve impresión, solo la leve impresión, que cuando la cama está pegada del suelo (y no de esas que tienen espacio entre las tablas y el suelo, gracias a las patas, sino de las que las tablas están pegadas al suelo, sin espacio alguno salvo para el polvo, porque no tiene patas), los monstruos se hacen en el techo. Son transparentes, asustan en la tarde, en la mañana o en la noche. No dejan dormir, no dejan estar despiertos, no dejan nada. Los monstruos de la cama se enamoran cada cinco segundos del dueño de la cama y quieren estarle dando picos los otros cinco segundos que duran en desenamorarse y volverse a enamorar. Los monstruos esos no hablan, pero hacen que María tenga que estar acompañada y abrir todas las ventanas posibles que tiene el computador. Entonces escribe en word, en el messenger, en el blog. Escribe de novela, de la religión, de una niña que se llama María y tiene la leve impresión de que los monstruos de las camas, arriba o abajo, no existen, pero que, como las brujas, de que los hay, los hay.

LUNA

María vive de pasos lentos. Uno tras otro, como si jugara a que el derecho siguiera al izquierdo y viceversa, sin pisar ninguna línea que haya en la calle o las baldosas. A veces, camina en diagonal o al derecho. En luna llena se sienta en la misma silla de la cafetería de la esquina. Espera que la luz se vaya, que el sol se esconda. Camina despacio, paso tras paso. Alguien le dijo que es la manera perfecta de tragarse la luna -esa grandota, indescriptible, amarilla, completa-, a pedacitos.

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María se pone el reloj al revés. Quiere sembrarse en la cabeza la costumbre de que el tiempo lo domina ella y puede ir y venir. María no se preocupa. La muerte, atrás o adelante, ha de llegar.

VERANO

Se hunde en el calor de las cuatro paredes. Odia la cobija y la cama. Quisiera quedarse desnuda y tirarse sobre el suelo. Que la arrulle el frío momentáneo de la baldosa. Le puede más saberse conjugada con el polvo. Lo odia, incluso, y más cuando tiene la nariz tapada y un oído en el que alguna aguja le pincha constante. Odia el sudor, el calor, la falta de aire, la temperatura alta, el agua caliente. Se hunde en el calor, en el pensamiento constante de que tiene ganas de morir hasta mañana, sin alguna conexión posible con el mundo. En fin. Estupideces todas.