Clases de baile

Clase I

Te saliste de clase antes de tiempo. Eso no pasó nunca con el otro profesor, pero es que a este lo odiaste desde esa vez que reemplazó a tu profesor, y te dijo que no te enseñaba ese paso, y ni siquiera te dejó intentar, a ver si de pronto te salía. Desde que entraste al salón y lo viste al frente lo odiaste. Te equivocaste de clase, pensaste, pero cómo te devolvías si además estabas tarde. Guardaste el bolso, miraste el celular –la M se mantiene en su pacto de silencio– y te hiciste en la última fila. Pie izquierdo adelante, pie derecho hacia atrás, y luego pie derecho hacia atrás y pie derecho hacia atrás, y que des una vuelta. Por Dios, no supiste dar esa vuelta la primera vez, aunque sí a la tercera, y luego otra vez pie izquierdo adelante, pie derecho hacia atrás. Miraste a tus compañeros: el doble de mujeres. Suele pasar. Que ya repasamos, dijo el profesor, y vos seguiste con tu mala cara. Fastidiosa que estás, te dijiste, y te pusiste a mirar los tenis. Hoy te dijeron que no a los tenis, y vos te reíste. Si los tenis ahora caben con todo, incluso con la falda plisada que te hace sentir como colegiala. Vuelve a la clase, te dices, en presente, que así menos que hacés los pasos. Pie izquierdo adelante, pie derecho hacia atrás. Todavía no estamos en porro, dice el profesor aquel, seguimos repasando. Te desesperas. Vos querés un porro de una vez, a ver si eso te emociona. Primera pareja, un viejito que te coge la mano aunque no estén bailando, y te mira a los ojos. Señor, que no me mire a los ojos, le dices con los ojos, y entonces vuelves a mirar los tenis. Pobres Converse. Primera canción. Bien, viejito que baila, aunque de esos que se cree el genio de la clase. Un momentico, lo miras, que vos ya no estás en nivel uno, y pones la mano como te enseñó el otro profesor, y le seguís el ritmo. A mí no me enredás, lo volvés a mirar, y entonces te prueba con la vuelta de segundo nivel. No creas, señor, que esa también me la sé, y sonreís. Hoy estás fastidiosa, M, te repites. El siguiente señor te aumenta la mala cara. No sabe nada, ni el paso básico de pie adelante, pie atrás, pie adelante, pie atrás. Que cómo lo dejaron entrar a porro uno sin hacer bailes tropicales, lo miras a los ojos, y te deja haciendo el mismo paso por toda la canción. Que muchas gracias, señor, pero que siga, que no te interesa. Estás muy subidita, piensas. Ni que todavía no fueras una tiesa de tiempo completo. Te ríes. Espere y verá. El tercer parejo tampoco pasa la lección. Mejor conversas con la señora con la que te tocó compartir pareja. Ahora están diciendo que son hermanas. Se ríen juntas, y esperan al parejo que sigue. Está bonito, piensas, y de tu edad, por fin, y cuando te toca bailar con él, es tan tímido que mira para otro lado y pregunta que si puede hacer esta vuelta, que si cruzan al mismo tiempo. Hacé lo que te dé la gana, lo mirás, pero él no te mira. Y estaba lindo, volvés a pensar. Ahora el profesor. Se queda cuatro canciones con tu hermana y con vos, que están bailando muy bien, dice, y le perdonás un poquito. Solo un poquito. Te cae mal el profesor, nada que hacer. El último parejo es un señor que tiene afán. Con calma señor, bailas un poquito más despacio, pero él va rápido, que no te alejes mucho de mí, te dice, pero vos te alejás porque no estás en el mood de bailar cerquita, ¿bueno? Fastidiosa, te repites por última vez, muy creidita por haberte devuelto un nivel. Piensas en la M. Le habías prometido hacerlo bailar, un día, por lo menos, pero la M se fue porque no sabía si le gustabas. Te hace falta la M, pero la M no quiere hablar ni bailar ni nada con vos. Se fue para enseñarte que uno se va ante la incertidumbre y la desventaja, que uno no espera que lo elijan. Qué teso, piensas, pero vos, que no sabés nada, pensás que te hace una falta, que quieres que vuelva. Y no le escribes. Qué le vas a decir si no sabes nada. Tan gallina, como cuando te ponen a hacer ochos y morís del miedo. Te vas, a escondidas, antes de tiempo. Hay días que no son para bailar, y menos cuando un gato te espera en casa.

Clase II

Volviste a bailar. Esta vez con el profesor que te gusta. El ritmo es una prueba a tus caderas tiesas: bachata. Fuiste tan feliz por dos horas, vos que creés que la felicidad es un estado pasajero, que explota de pronto. Te reíste con los viejitos, que hoy resultaron bailar mejor que ayer. Te reíste con los de tu edad, cuando el profesor te puso a que coordinaras las manos con los pies, y la mano derecha había que pasarla por la cabeza y luego subirla, con los dedos como si estuvieran sosteniendo un lápiz, y desenrollarse mientras movías las manos, para devolverlas igual por la cabeza, en lo que el profe llama peinarse, mientras te vuelves a enrollar y el hombre te gira. Todo al ritmo de la música, y de las caderas, que todavía no moviste. El profesor dijo que doblaras las rodillas un poco, que así se mueven las caderas por inercia, pero tus caderas, piensas, todavía no les da la gana de entender. Te ríes. Te ríes mucho, y hasta te miras al espejo, vos que le tenés pavor al espejo. Hace días no eras tan feliz. Cuatro pasos a la derecha, cuatro a la izquierda, te devuelves en una vuelta que repites para el otro lado. El pelo está suelto y vuela, de aquí para allá. Volvés a pensar en M, y en él también. Nunca bailaste con él tampoco. M sigue en su pacto de silencio. Te acuerdas que se reían del viejito que tenía tanta fuerza que te dejaba doliendo la espalda. Extrañar, piensas, siempre te ha gustado extrañar. Bailas con el profe. Ja! Con el profe sos capaz de hacer hasta lo impensable, como esa vuelta triple que termina tirando la mano derecha en un círculo. Sí podés, pensás. Cuestión de tiempo. Lo mismo que con M, que con él, que con vos misma. Mejor vivir en una canción, así que agarrás al chico que conociste en salsa. Siempre te ha gustado bailar con él.

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