De cosas políticas

horizonteCuando estaba pequeña quería ser abogada. Me parecía una buena carrera para buscar al hombre que mató a mi papá y meterlo a la cárcel. Era lógico: que alguien que le hace daño a otro pague por el dolor causado. La idea se me fue yendo con los años, porque también va uno aprendiendo a perdonar. Nada hace que el papá muerto vuelva a vivir. Ni encontrarse al asesino ni meterlo a la cárcel. Perdonar no causa nada en ese alguien, que ni se debe haber dado cuenta que uno lo perdonó, pero libera, y de esas pequeñas cosas se trata igual la libertad.

Después quise ser política, como Eduardo. Uno piensa que esas cosas se heredan, y yo alguna vez me sentí en la misión de seguir lo que él había empezado. Estaba muy pequeña todavía, pero supongo que pensaba que eso halaba, que era una responsabilidad. No duró mucho. Una vez mi mamá me dijo que un muerto en la familia era suficiente, y ante un argumento así, uno prefiere cambiar de profesión. Aunque quizá no fui política porque no quise ser política, no estaba en mí, como sí estuvo en él. Un político necesita compromiso, creer en su causa, en que puede aportar por un mundo mejor, aunque el mundo sea un pueblo pequeño, o una ciudad pequeña, o un país pequeño en una esquina. Y necesita no ser egoísta: el político piensa en los demás. Por lo menos en el deber ser. Yo nunca tuve ese compromiso. No me imaginaba que me mataran porque pensaba diferente. No, yo no estuve nunca dispuesta a morir por esa causa. Eduardo sí. Esa fue una lección importante, que aprendí hace muy poco: a mí me daba tristeza que si él sabía que morir era una posibilidad, porque no se salió de la política, si sabía que ya había una niña que hubiera querido tener un papá. Y esa fue la lección: que los papás tienen una vida, que sigue más allá de los hijos. No era que Eduardo quisiera morir, pero si por defender su causa había que morir, él iba a morir. Era un riesgo que estaba dispuesto a tomar. Es difícil de entender, en principio, pero no después. Aunque un deportista extremo sepa que puede morir mientras realiza su maroma, igual va a hacerla, porque esa es la vida que quiere para él. Arriesgarse es vivir, supongo, y Eduardo quería arriesgarse haciendo eso que le gustaba hacer. El miedo no lo ahuyentó.

Quienes estamos afuera podemos pensar que murió por una causa utópica. Tal vez. Hacer política es una cosa de locos, que pasa por las envidias, por los intereses personales, por el egoísmo, por el irrespeto a las ideas del otro, tan diferentes. Hay gente, como Eduardo, que piensa que vale la pena creer que los campesinos merecen un salario más digno. Y cosas así. Él murió feliz, si bien los que estamos vivos sepamos que pocas cosas han cambiado desde hace 29 años.

Yo decidí no ser política, casi ni hablar de política, incluso. Me molesta que haya tantos oídos sordos que solo quieran hablar, que no entiendan de conceptos y hablen sin saber. Que la gente solo lea los titulares de las noticias y ya tengan una opinión. Que respalden a alguien sin saber bien de qué está hablando, como unos borreguitos que no van más allá. Me molesta que generalicen: los de izquierda son guerrilleros. Y no, no lo son. Nos falta debatir, aprender, leer, ser ciudadanos críticos, responsables. Hay un amigo que le aprendió al papá una lección fundamental: que antes de hablar hay que conectar el cerebro con la lengua. Me molesta que no perdonemos.

Quizá solo se trata de entender que las vidas son individuales, siempre, y que lo que a uno le parece importante, a otros no, y eso está bien. Yo no moriría por lo que murió Eduardo, porque esa era su vida, así fue feliz. Él me quería, por supuesto, pero la vida son muchas cosas al tiempo. Mis causas son distintas. Tal vez ahí empiece todo, en entender lo diferentes que somos y, sin embargo, la posibilidad que tenemos de compartir el mismo pedazo de tierra.

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