DE NEGRO

Ni una palabra.
Solo un recuerdo 
desenfocadamente triste.

.-,–.

Sus zapatos 
Fueron los últimos 
Que se quisieron ir.
No miró hacia atrás.
Ni un último beso.
Ni un último respiro.
Sus zapatos dorados
Tropezaron en la esquina.
El derecho quedó ahí,
como la zapatilla perdida
de La Cenicienta.
Sus zapatos 
Fueron los últimos,
y lo único
que le quedó de ella.
El aire de esa noche, y de las siguientes,
Fue más triste que de costumbre,
Más lúgubre que cualquier noche,
sobre todo en ese momento,
que toma el tacón dorado,
y lo estruja sobre su pie. 

..-..—

Una ciudad 
Que escatima todas sus ilusiones.
El humo de los carros
Forma una capa de nubes grises,
Y se sale con sombrilla, 
Por si de pronto llueve,
Porque nunca se sabe.
Las estrellas son escasas,
escasísimas.
Las noches son peligrosas
Para caminar.
El bolso hay que llevarlo adelante,
La gente no saluda, 
Ni se conoce al vecino. 
Esa ciudad 
exagera todos sus miedos,
hace analogías entre
las personas y los zapatos:
zapatos como todos los demás. 
Esa ciudad 
odiable,
que no es suya, 
Que no tiene el olor, 
de la madre,
Ni de su fantasma. 
Odia a esa ciudad,
Porque no está ella.
Está la cédula, solamente. 

.—…—.—

Fue una muerte como anillo al dedo,
Y uno no entiende como es una muerte,
Que le cabe al dedo como un perfecto anillo. 
La muerte, por lo general,
Tiene un poco de parsimonia, 
De tristeza,
De costumbre.
Con la muerte todos se quedan callados:
No hay nada que decir, ni que entender,
Ni siquiera que preguntar.
Una muerte como anillo al dedo,
Es una muerte que está lejos,
que les pertenece a otros.

-.–.—

Se arrodilló frente a su tumba
Por más de tres horas seguidas, 
una vida casi completa,
más de una lágrima
en su ojo derecho
y varias en su izquierdo.
Se arrodilló frente a su tumba,
De negro, con el manto,
Con la camándula en la mano.
No lloró, pese a la lágrima,
Pese al dolor, pese a la turba.
Se arrodilló
Con su flor favorita,
Con su canción favorita,
Con su melancolía favorita.
Hizo silencio,
casi como estar
en una coma profunda.
Estuvo hasta las cinco,
Hasta cuando el campo santo estuvo vacío,
su mano estuvo en su espalda,
y su dolor fue lo suficientemente grande
Para poner su cabeza sobre las flores, 
Deshojarlas una por una, 
Y escuchar como la muerte,
Se lo llevaba de espaldas.

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