DETRÁS DE LA PUERTA

Cuando estaba dormida, dígase a las tres de la mañana, que es una hora en la que los viajeros nocturnos pueden llegar, tres golpes pausados en la puerta le dieron la noticia. No solía decir a qué horas vendría, ni que día, ni en que bus. Sólo se aparecía, como fantasma.

Tres golpes era la manera de avisarle que ya estaba en la puerta, que tenía menos de dos minutos para alistarlo todo, para que todo estuviera en perfectas condiciones. Y ella sabía que era mejor ser precavida y estar lista para cualquier cosa, pero pasaba como suele pasar, dejar todo para el otro día, o mejor, que nada daba indicios de que iba a llegar. Se levantó asustada, lo escondió y fue a la puerta, a darle un abrazo.

Él no conocía la casa. Ella se había cambiado hace poco, cuando su hijo había muerto, por eso del recuerdo, y él, desde entonces, por esas cosas del trabajo, no había venido. Ni siquiera para el entierro de su hijo. Era la primera vez, desde la última, y a esa hora, incluso, decidió revisarla, recorrerla minuciosamente, conocerla estrepitosamente. Ella se quedó en la sala, hablando como cuando se habla con pena, con miedo.

-Buenas días, señor – le acerca la mano -. No tiene que esconderse, ésta, también es su casa.

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