El disco rayado de mi papá

El otro día estaba leyendo un libro que me encantó por la forma: era un triángulo. Me gustó mucho que fuera no convencional, que uno lo abriera y no abriera del todo, que abierto dejara de ser triángulo, y en fin, yo andaba en esas, hasta que por fin hice lo que uno hace con los libros, leerlo. Pues bien, estaba dedicado al papá de la autora, él, que cuando ella le preguntaba a dónde iban, siempre le respondía a Pitchipoï. No importaba si era la playa, el bosque, un lugar cerca o lejos, frío o caliente. Y a mí se me hizo fácil pensar que yo nunca tuve un lugar para ir con mi papá, nunca tuvimos nuestro Pitchipoï. Fue triste. Es más, si un día escribo un libro y se lo dedico, pues nunca sabrá que hubo un libro con su nombre en la tercera página. Luego escribí una reseña sobre el triángulo aquel que tanto me gustó y puse ahí lo de mi papá. Quizá porque yo creo que precisamente la literatura es para eso: para encontrarnos en nuestros recuerdos y dolores. La pegué en la página en la que la iba a publicar, le dije a alguien que la leyera y ese alguien volvió y me dijo: te repetiste, ¿no? Ya habías escrito de tu papá en la reseña pasada. Algo así dijo. Tenía razón. La pasada era una sobre 4 3 2 1, de Paul Auster, en la que se arma un mundo paralelo. Alguien se muere y yo también pensé en mi papá y escribí de mi papá. Porque quizá es lo que he hecho en estos 32 años y un poco: inventar a Eduardo. Solo que ese día que él anotó lo de la repetición, sentí que tenía razón: que mi papá se haya muerto, que a mí me duela, que su historia me haya cambiado la vida, que yo ande con un muerto para arriba y para abajo, no le importa a nadie más que a mí. Soy monotemática. El mundo está más allá de Eduardo, no todo es Eduardo, Eduardo ya no existe. Eduardo es mi muerto, es todo.

Y en esas estaba yo, pensando en escribir de otras cosas, del olvido, por ejemplo, y pasó que a un niño le mataron a la mamá, frente a él. El niño lloró mucho, a gritos, y como no, era su mamá. Nadie abrazó al niño, no sé si luego, pero no en ese momento de desesperación en el que va y vuelve, y grita, y vuelve. Alguien lo grabó en ese momento tan íntimo, que no debió grabarlo porque son esos minutos en los que al niño le está cambiando la vida para siempre: su mamá ahora es su muerto para toda la vida. La llevara en su cabeza, aunque pasen los años. Y los muertos pesan. Se acordará de ella cada que los otros hablen de sus mamás. Recordará que le hacía la arepa, que lo abrazaba en las mañanas, que lo regañaba. Contará muchas veces que él estaba ahí, que alguien pasó en una moto (a veces no se acordará y quitará la moto), que le dispararon, que ella quedó ahí en el piso sin pavimentar. Sentirá que es un niño huérfano y le hará falta en las noches cuando tenga gripa y necesite una aguapanela hecha por la mamá. La extrañará para preguntarle por la tarea o para que lo llame a decirle que ya es hora de que vuelva a casa. Le mostrará a su primera novia una foto de ella y le dirá que la mataron y que nada ha vuelto a ser nunca como fue. Le hará falta en los grados (ojalá estudie ese niño, ojalá pueda estudiar) y en cada cumpleaños y en cada Navidad. Se preguntará por qué a él, por qué alguien le quitó a su mamá. Se preguntará por la guerra, por lo absurdo de la guerra, y nunca entenderá por qué alguien fue capaz de dispararle a su mamá, de matar a su mamá. Se volverá monotemático y cuando llegue a la edad de ella pensará que se fue muy joven, que la mataron muy joven. Sabrá un día que no está solo, que hay más como él: también te mataron a tu mamá, preguntará, y alguien le responderá que sí. Y entonces compartirán una, dos, tres tristezas. Muchísimas tristezas. Se sabrá acompañado en su dolor y triste, a la vez: que pasen los años y en este país sigan dejando niños huérfanos, sigan matando a otros seres humanos porque piensan diferente, porque sueñan con una casa, porque están donde alguien cree que no deben estar. Sonreirá a veces, claro, porque la vida siempre sigue. Porque el tiempo no ha de parar ni siquiera por un muerto ni por un niño que llora a su mamá muerta. Un día encontrará una palabra que lo define y va a llorar, mucho: motherless (fatherless, para mí).

Tal vez no debieron publicar ese video porque es el momento exacto en el que al niño también se le muere una parte suya. Y sin embargo, ese niño nos resume: qué país tan hijodeputa. Yo lo miré, yo lloré con el niño. Porque un día yo fui esa niña a la que le quitaron a su papá. Estaba muy chiquita para llorar, para gritar, muy chiquita para darme cuenta, aunque me di cuenta. Yo lo extrañé desde ese sábado que se fue. Este año, el 2 de julio, en menos de un mes, va a cumplir 31 años de muerto. En septiembre yo voy a cumplir 33, los mismos años que él tenía cuando lo mataron. Por supuesto que le hice el duelo, por supuesto que ya entendí que está muerto, por supuesto que todavía me hago muchas preguntas sobre su muerte. Por supuesto que lo necesito escribir. Por supuesto que es mi invento más importante. Por supuesto que le echo la culpa de todas mis ausencias, de mis problemas para aceptar que la gente se va, para querer. Por supuesto que me pregunto por qué lo quiero si no lo conocí, si no hay nadie a quien abrazar. Por supuesto que la vida sigue, que mi vida siguió, pero que nunca fue lo mismo.

Ya que publicaron el video, ojalá que ese momento tan íntimo del niño les haga entender a muchos que esa historia no se debe repetir. Que la violencia no ha de llevarnos a ninguna parte. Ojalá sirva para algo, para pensar que es  solo un niño entre muchos, una sola víctima entre muchas. Nadie se merece el dolor que va trayendo la guerra. Las ausencias que deja. Las incertidumbres, las preguntas. En 31 años han cambiado muchas cosas y nada al mismo tiempo: Eduardo era un líder social, un político de izquierda al que asesinaron. En este país sigue pasando lo mismo. 31 años es toda una vida.

Estaba pensando que debería silenciar a Eduardo, por un tiempo, no escribirlo tanto, no hablar tanto de él, pero con ese niño supe que eso es imposible mientras la historia se repita. Somos muchos a quienes la guerra nos ha dejado sin papá o sin mamá, muchos a quienes la violencia nos ha cambiado. Es difícil creer que haya gente que no crea en la paz. Que haya gente que no quiera hacer la paz. Porque eso no es tan fácil ni se termina con el fin de una guerrilla. Hay mucho detrás, muchos poderes encontrados, pero también empieza en lo simple. También está en las casas, en respetar al vecino aunque piense diferente. Está en hacer bien los duelos, para que no haya tanto odio. Está en entender que el odio nos hace mucho daño y que la venganza no lleva a ninguna parte, por lo menos no lleva a la importante, a la que uno quisiera: no devuelve a los muertos. Tampoco devuelve el tiempo. Yo no quiero más compañía en este dolor de no tener un papá. Ya somos suficientes.

A mí me salvó mi mamá, tener una mamá para abrazarme, para explicarme, para ayudarme a entender lo inentendible. Ojalá ese niño encuentre quien lo abrace, quien le diga que, pese a todo, pese a que no será el mismo nunca más, todo va a estar bien. Que finalmente también somos eso: esos niños sin papá, sin mamá. Hace parte de nosotros, de lo que terminamos siendo, y esa también es una decisión nuestra: qué queremos ser. Todo va a estar bien, niño. Tu mamá estará ahí a un ladito para hacerlo menos difícil. Cree en ella, invéntala, recuérdala. Habla de ella cuantas veces tengas que hablar. Y no odies, niño, por más dolor que sientas. Lo que no queremos es que nuestra historia se repita en otros, nunca. Tanto dolor no es necesario. No te digo que sea fácil, pero es más tranquilo. Más responsable. Más bonito.

Yo creo que Eduardo no podrá irse todavía. Los inventos, finalmente, no tienen fecha de caducidad. Y menos en este país. Que suene el disco rayado.

6 comments

  1. Darío de Jesús Fernández   •  

    Que escrito tan hermoso, jamás dejes que te arrebaten el recuerdo de Eduardo,es tu vida

  2. Ana María Cadavid   •  

    No creo que sea el disco rayado, creo que es la reelaboración, la reconstrucción de la vida en todas sus formas. Y es necesaria. Y es bella. Y es humana. Y es universal.

  3. María Eugenia   •  

    Tu vida lleva en sí misma la vida de Eduardo, todo lo que de ti proviene también es él porque eres su legado madurando a través del tiempo.El amor no es un invento, es la más bella realidad.

    • Camila Avril Camila Avril   •     Autor

      El amor no es un invento, tienes razón!

  4. Clarita Puerta   •  

    Es muy duro y solo ellos, -el hijo de Maria del Pilar Hurtado y Mónica Quintero Restrepo-, saben lo que han sentido. Dificilmente nosotros que no hemos pasado por eso y no sabemos que es eso, y quizás de manera cómoda podemos hablar. Por eso es grato leerlete, porque eso eso si compartimos el dolor de ambos. Eso si las palabras te las ofrecemosa a ti y a aquellos que compartimos ese dolor, pues hay de aquellos consejeros idiotas, de sicologos, curas o abogados indolentes que piensan que es más grande el sentimiento de dar palabras de consuelo a aquel de abrazar y apersonarse del dolor ajeno como suyo, y decir detengan tal infamia. Sigue escribiendo ese dolor o disco rayado, siguelo escribiendo…

    • Camila Avril Camila Avril   •     Autor

      Gracias Clarita. Seguiremos escribiendo

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