Exorcismo

Va por ahora:

Tiene ganas de inventarse una noticia de ficción, con el ladrón que le robó a la señora de vestido verde. Bueno, que casi le roba. El ladrón es alto, también es gordo, y tiene una barba descuidada, pero de esas barbas pobres, con bozo, de los que doña Marina llamaría bozo de lulo, de pre-púber que le salen tres pelos en la parte de abajo de la nariz, delgadísimos. Hasta monos, porque el ladrón es blanco, para su pesar. Tan blanco que si roba de noche no necesitaría una linterna y menos porque es un ladrón poco ágil, que si corre media cuadra la respiración no le da para tanto. Culpa de los gordos que le cuelgan, de la falta de ejercicio. De no rechazar  la “sopita” ningún día, ni jamás decirle no a uno de esos brownies recién hechos con la receta de la abuela. Sin embargo, el ladrón es muy ágil con las manos. Es capaz de meterla en uno de esos bolsos de mujer, tan desordenados ellos. Es como si tuviera ojos de súper héroe, capaz de mirar a través de las cosas. Tiene un imán para los celulares y la billetera. Y le encanta, como agüerodespués de un robo, mirar la fecha de nacimiento de su víctima. Luego recuerda la cara asustadiza de la señora robada y le hace un análisis. Sí, si aparenta la edad aquella o no, muy vieja para los años que tiene. Es el pelo, seguro que es el pelo. Y así. Lo que pasa es que no midió las consecuencias de la señora de verde. Jamás se hubiera imaginado que la señora de verde, que parecía tan flaquita, tan chiquita, tan morenita, con pelo tan negrito fuera a ser una dama (no en apariencia, repito) de esas gigantes, de cuerpo grande, que siempre parece que vienen de un partido de rugby. Qué fuerza la de la señora de verde. Es más, qué “águila” la señora de verde. Porque cuando el ladrón le metió la mano al bolso, cuando ya el celular se había pegado a su mano, la señora de verde le suspendió la mano ahí mismo. No lo miró. No lo delató, ni siquiera. Sacó las uñas, las rojas, las que parecen las de una lora, por lo dobladas, y en un minuto, una por una, le fue dejando la marca en la parte de la mano, por donde las uñas se les ocurrió divertirse. Y el ladrón se puso de todos los colores, pero no se podía soltar, como si lo hubiesen electrocutado. No había forma de gritar, porque ese señor tan grande, con esa señora tan indefensa, qué vergüenza tan infinita la del ladrón. Ella no moduló. Lo disfrutó por milésima de segundo y luego, como una de esas cosas del destino, un giro a la muñeca -pensó él- y su ego -su ignominia, mejor- cayó en pleno pavimento. Y ese señor tan grande y tan gordo y tan ladrón, pa’ que vea usted, quedó tendido en el suelo, con un tatuaje de uñas en la mano ladrona. Víctima de su propio invento, le escupiría la dama. Y siguió esperando el bus, como si no tuviera uñas.

1 comment

  1. Paulo Cesar Barbatti   •  

    Jajajajaja, luego cuando vuelvo a leer para comentar sus artículos, casi me mata de tanta risa con ese señor ladrón. Magnífica estoria de la vida real, que hasta es un buen ejemplo, para que otras mujeres los sigan en la hora de defenderse de estos hombres de mierda (disculpa), pero, es lo que son, porque aprovechárse de una mujer indefensa, no pasan de un monton de basura…
    Un feliz fin de semana, les deseo con todo mi corazón…
    Paulo, desde Rio de Janeiro en Brasil…

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