CONVERSANDO

Hay días en que se pregunta varias veces, ¿cómo hacer para dejar de hablar hasta por los codos? Fue, sobre todo, el día que hizo una huelga de silencio y se puso un pedazo de cinta de enmascarar en la boca, con un letrero que decía, EN HUELGA, haber si de pronto, por lo menos, dejaba de hablar cinco minutos. No. No fue posible. Hablar es inherente. Hablar hasta por los codos. Hablar por hablar. Hablar, y seguir hablando, de cualquier cosa, incluso de insignificancias poderosas como si la silla se debió llamar mesa, y no silla, y viceversa. Cuando hace silencio, también habla. Cuando no habla, de pronunciar palabras, escribe. Cuando no escribe, manda muñequitos. El hecho es decir algo, de alguna manera. Hablar sola, escribirse a ella misma, o hacer edificios. A veces busca alargar conversaciones, y a veces, sigue hablando, de adentro hacia adentro, solo porque vio que el otro ya no tenía ganas de escucharle. Por eso, incluso, se duerme a las tres y no a las cinco, porque la mente sigue hablando, que sería algo así como pensando. En fin.

La cosa es que hay días en que escribir y conversar escribiendo, no es lo mismo que pronunciar las palabras, que comerse un helado para que las palabras salgan frías, dulces. Ahí, ¡qué no se daría por halarse el pelo! Esperar ya es difícil, pero esperar una hora para saber que piensa el otro, ya es dificilísimo. Creo que a los abuelos hay que envidiarles esos días en que se sentaban, de noche, a recibir la brisa, y a conversar. Tertulias largas en que Don Beltrán, por ejemplo, contó la historia de un reloj en la que no pasa nada, pero que por la parsimonia del abuelo, las respiraciones pausadas, las palabras, una detrás de la otra, no había como parar de reír. Ahora el messenger no es lo mismo, y más si conversas con Crazy, que cierra uno el messenger, y a las diez horas anda respondiendo la pregunta, de la que uno ya no se acuerda. Conversar cara a cara, al lado de un tinto (ésta preferiría algo más dulce), es incomparable. Hay cosas que se necesitan decir de frente, que se pierden en el teléfono o en el facebook, o en el correo electrónico. Creo que nadie podría estar feliz si el novio, o la novia, le manda un mensaje diciendo, hasta aquí fue. De muerte lenta. Hay cosas que se pierden con la distancia. Hasta hablar con uno mismo, estando lejos, ya duele un poco. 

Conversar mirando a los ojos, releyendo en los labios y observando como juega con las manos y el tarrito de sal, no tiene comparación. Hay cosas que solo se pueden hablar. Reunirse con los amigos debería ser impajaritable. Ese abrazo, único abrazo, que recuerda, que, hay que tocar. Existe. Ahí está.

° Para Juliana, porque me hubiera gustado conocerla, y hablar sobre BB, y no escribirlo tanto. Ni esperar. 

2 comments

  1. JAVIER OSORIO   •  

    mone es excelente leer todo lo que escribes, sabes de que me acorde leyendo este escritillo de un viaje donde HABLABAMOS de lo importante del idioma de las luces jejejeje, espero que haya sido de gran utilidad en tus clases.

  2. angelica   •  

    maravilloso el articulo para esta epoca en la que nos olvidamos de la importancia de compartir tiempo co la familia, con los amigos y nos limitamos simplemente a enviar un mensaje por correo por si acaso.
    Como es de maravilloso sentir la mirada a los ojos de una persona que amamos o poder apretar la mano de un amigo en un momento dificil.

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