Feliz año

Un amigo que me hace el tarot de vez en cuando muy a su estilo, porque él no cree en el tarot, me dijo en la primera hora del año que tenía una palabra para mí: tranquilidad. Y sí, esa sería la palabra perfecta, aunque tan difícil de llevarla a todas partes. Ni siquiera de definirla, de llevarla en el tiempo, de sacarla cuando se está yendo. Sentirla es fácil: estoy en ese balcón que me ha dejado tantos recuerdos felices, esperando a alguien que quiero de esa manera extraña en que a veces la vida nos pone a querer, escuchando la lluvia y viendo el agua llegar al árbol. No pienso. Solo escucho y veo. Solo tengo esa imagen de postal en mi cabeza. Nada más importa. Si la vida se detiene a veces, es en ese momento, y eso es la tranquilidad. Supongo.

No es fácil empezar el año. Es la incertidumbre, el no saber qué traen esos nuevos 365 días que llegan. Otro amigo dice que eso de que se acaba el año no tiene nada que ver, porque al final será lo mismo que ayer y que mañana. Solo que a uno se le da por pensar que es como un corte, la posibilidad de volver a empezar, de olvidar lo triste, de despedirse de los amigos muertos. De creer en los amores nuevos. De que esas palabras lleguen. Tranquilidad, por ejemplo. Puede ser.

Hasta que llega el vacío, otra vez, a ponerse en la mitad, a traer pensamientos que dan vueltas sobre lo mismo, que se llevan la lluvia y el árbol. El vacío, o esa incapacidad de definir eso que estorba en la mitad, esas ganas de llorar de pronto, esa tristeza que se pone como una sombrilla. El vacío de querer de esa manera extraña y aún así seguir queriendo. Tan difícil. Hasta que la tarde vuelve a traer una sonrisa y te acuerdas que vas a volver a empezar. Me parece que se trata de ser más gatos y menos humanos: el gato se acuesta a dormir y se estira sin importarle si está mostrando la barriga o si se acostó en el lado de la cama de la humana. Duerme y ya. Eso debe ser la tranquilidad.

Con el nuevo año uno debería andar con algo que le recuerde que pese a cualquier cosa, como ese vacío indefinible que llega a veces, hay que sonreír. Porque la vida se va pasando, todos los días un poquito. Ojalá no se nos olvidara tan fácil.

Feliz año, ocho días después, que es el límite para esas dos palabras.

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