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Otra crónica. Esta vez de un Pingüino, que no parece pingüino, salvo que pinta chivas con la facilidad que un pingüino tiene para nadar. Para El Eafitense, como cosa rara, pero la pegó aquí, como salió al principio, sin la mirada del editor. Ahí se las dejo, bien, la primera parte. Ojalá la disfruten, y digan algo, alguito, puede ser. Abrazo!

Los trazos son casi perfectos. Los repite por banca y son exactos, como si su mano fuese una fotocopiadora. Va y viene, pinta aquí, pinta allá, vuelve y va y empieza de nuevo. Círculo allí, círculo allá, y luego una línea, que hace sin regla y le queda perfecta. Tal vez este Pingüino no tiene traje negro y blanco, ni uñas largas y manos pequeñas. Este Pingüino tiene ropa de trabajo y en sus manos solo un compás “que es más grande y en madera, que da más capacidad para abrir y cerrar”, una regla y un pincel. Bien, y mucha creatividad. “Uno comienza con los trazos y tira compás y ahí van saliendo las cosas”.

Su nombre es parte del pasado. Hace 18 años, por eso de los apodos, o chapas, que ponen en los talleres, le dijeron que se parecía a un Pingüino y así se quedó. “En mi casa cuando se les olvida el nombre, me dicen Pingüino”, dice y luego se ríe. Uber Martínez es un pintor de escaleras, léase chivas. Tal vez lo único parecido a un Pingüino es el apodo. Es un hombre callado, que pinta solo, como si se metiera en el agua del arte, y allí nadara, incluso como el ave de color blanco y negro, que camina erguida, no sabe volar y nada muy bien. “Cuando uno es nuevo en un taller todo el mundo es tratando de buscarle apodo. Así como en la policía que se llaman por los apellidos, aquí es que el costeño, que el Pingüino, que sacarías, que el muerto”, expresa Martínez.

Así como un pintor pinta sobre lienzo su obra, para Pingüino, su lienzo, son las chivas y las galerías, las carreteras. Cuando una escalera sale del taller se emociona, pero cuando la ve en las calles, el corazón se agita más de lo normal. “Ah, es que es vehículo lo pinte yo, me quedo bonito”, y luego hace un suspiro, como si estuviera viendo pasar la chiva que está pintando. Como pocos, Uber Martínez, aunque vive de pintar chivas, no trabaja, se la pasa bueno. Para él es un arte que le gusta, que le apasiona, que le hace feliz.

No para. Sigue pintando y señalando y yendo de aquí para allá en el carro. Un circulo más grande, uno más pequeño, otro que es a la mitad, uno más arriba. Y entre bancas, todas son iguales.  Y lo hace sin pensarlo mucho, no que parezca, aunque en realidad el proceso es interno. No hace un bosquejo, sino que va pintando como la imaginación le va guiando y “va tirando compás” y haciendo figuras y figuras y más figuras geométricas, y también paisajes, y al final, su obra maestra. “En eso consiste el trabajo de la decoración. No hay catálogos específicos para eso, yo tengo la libertad para hacer lo que quiera. Comienzo a hacer los trazados y a imaginarme cosas, líneas y diferentes colores y curvas y rectas y semirectas”.

Un Pingüino geométrico

Martínez es un pintor de figuras geométricas y de paisajes. Dice que para hacer rostros hay que especializarse. Lo más difícil de pintar, según cuenta, son los paisajes, porque requiere talento, y estudiar, pero él es un pintor empírico que le ha tocado aprender haciendo, borrando y volviendo hacer. “Todo lo aprendí en los talleres. A medida que iba pasando el tiempo, me iba superando”.

Estudió hasta octavo y se retiró. Su mamá le dijo que tenía un primo que pintaba escaleras, y él, que no estaba haciendo nada, quería aprender algo. Era el 85 y el primo, Tarzán le decían, lo ayudó y lo metió en los talleres. Empezó como ayudante, “a volear lija y brocha” y se fue interesando por la decoración. Primero observaba, ahí calladito, para aprender. Luego se compró los pinceles y el compás y empezó a practicar y a ejercitarse “yo mismo”, hasta los 90, cuando “ya decoré prácticamente el primer carro”.

Las escaleras son típicas de esta región del país, aunque ya se encuentran en otras ciudades. Desde que se convirtieron en patrimonio intangible de la nación, los dueños, las cuidan más. Les gusta mantenerlas pintadas, arregladas, engalanadas y engalladas. Por eso, a los pintores de escaleras les espera trabajo para rato, o así lo cree Uber Martínez: “Estos vehículos llevan muchas décadas de trabajo, de arduas labores y ya como patrimonio no tienden a desaparecer. Es una galería donde nosotros plasmamos nuestro arte, nuestras imaginaciones”.

Sin embargo, hubo una época donde ser pintor de escaleras no era rentable. Las chivas, además de salir a desfilar en la Feria de las Flores y de servir de carros de turismo por la ciudad, son el transporte de muchos campesinos para ir desde las veredas hasta la ciudad, o para moverse en general de un sitio a otro.  Cuando en el país la violencia estuvo al máximo, las chivas estuvieron despintadas. “Ya los clientes no querían organizar las chivas que porque tal grupo armado la iba a quemar, no los iba a dejar trabajar, entonces la gente se desinteresó por estos carros”.

3 comments

  1. juan pacelli   •  

    Exelente que pongas tu mirada en estos artistas naturales de Colombia, ahora esos carros de Escalera son famosos y reconocidos en todos lados, nos enorgullece saber que existen, “que los inventamos nosotros”.

    Colombia es muy ingrata con sus Artìstas y Artesanos, los arrincona, los ignora, los empobrese, nunca les apoya, solo cuando quiere lucirce ante alguein los enarbola, los exibe

    Vuelve a ellos, a las raiz, a los debiles, los incultos iletrados artìstas talentosos artesanos imaginativos, a Sanalejo, a las manos, nuestro mejor patrimonio.

    en nombre de ellos, que la mayoria no tendrà internet, ni siquiera telèfono te damos las gracias.

    Mònica: Gracias! Son historias que estàn ahì, y que a veces, por el corre corre de la vida, se nos olvida. Y son historias, sobre todo, para sonreìr. Gracias a tì por leer.

  2. juan esteban henao   •  

    Hola Camila, muy muy chévere el reportaje, quisiera contactar a Pingüino, me puedes dar un correo o tel?

    • Camila Avril Camila Avril   •     Autor

      Juan, no. Eso fue hace tanto, que perdí el contacto

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