Mi casa tomada

Santiago se lo había dicho. Si dejaba el cepillo de dientes él se iba a quedar viviendo en su casa. Al principio le pareció buena idea por lo de las pesadillas. No estaba mal tener a alguien al lado izquierdo de la cama cuando se levantara asustada, sudando, porque había tenido una conversación con alguno de sus muertos. Por esos días del cepillo de dientes, lo de los muertos había pasado durante una semana seguida, todos los santos días, como si sus muertos le trataran de decir algo y ella no entendiera. No entendió. Después de un mes, no obstante, ya se estaba arrepintiendo de no haberle dicho que se le había quedado el cepillo, que mejor y lo guardara en el bolso antes de que ella lo botara por equivocación. Ella, ante la imposibilidad de decir algo, sonreía, como si fuera feliz porque él le quitara la cobija a las tres de la madrugada.

Lo peor vino después. Lo primero fue que dijo que era mejor no dejar la luz de la cocina prendida si no se estaba haciendo nada en la cocina. Razonable, pensó ella, por lo de cuidar al planeta, y aunque explicó que era mientras hacía el almuerzo y para que no se le olvidara que había algo en el fogón, él dijo que mover un dedo para prender y apagar el bombillo no costaba nada. Ni un céntimo de energía.

Después vino lo de las cortinas de la sala. La regla era estar a obscuras, no abrirlas porque abrirlas hacía que la luz del sol entrara por la ventana y no sería bueno para los discos, los miles de discos que puso al lado derecho, en una pequeña biblioteca que no fue para libros –como ella hubiera querido– sino para música –como a ella, que tenía dos oídos izquierdos, no le importaba–. La luz deteriora los discos, dijo, y yo invierto mucho dinero. Ella sonrío.

La regla número tres fue la del celular. Según sus teorías las ondas del celular producen alzhéimer y recordá a la abuela tuya que se murió de alzhéimer, y la mía, que también se murió de alzhéimer. Hacía énfasis en las repeticiones, seguramente para que ella entendiera más rápido. Era mejor sacar el aparato ese, el bazuco electrónico, lo llamaba él, del cuarto. Ahora sonrió él. Ella lo hizo las tres primeras noches, y a la cuarta, que se le olvidó, recibió un correo en la mañana siguiente, a primera hora. Saludos de madrugador, saludó. Ya le estoy cogiendo fastidio a decirte lo mismo, pero no quiero seguir teniendo el celular en el cuarto con el wifi prendido. Por favor –aquí habló de usted, ¡de usted!– póngalo afuera. Es casi como un ruego, explicó, a mí me interesa mi salud. Volvió a decir lo del alzhéimer y le aumentó otras enfermedades, y lo de los estudios que lo demuestran. Primer regaño. El segundo vino después del punto y en comparación. Que él era complaciente con muchas cosas, como aceptar usar blackout en el cuarto y el desorden al lado de la cama ­–ella pensó en sus zapaticos dejados por pura pereza, pero en nada más–.

La lista de reglas fue creciendo con los días. No se podía entrar a la cocina después de las nueve de la noche, que porque de pronto se antojaba algo de comer y a esa hora la comida se convertía en grasa mala. No se podía poner música antes de las ocho de la noche para no despertar a los pájaros. No se podía dormir con el televisor prendido porque se alteraba el sueño. No se podía hacer ejercicio en la caminadora sino por la mañana o antes de las ocho pe eme para no molestar a los vecinos. Había que cambiarse la pijama cada dos días y lavar la ropa cada tres, y ojo, por Dios, con olvidarse de sacarla de la lavadora. Se le dañaba el gesto, alegaba tres horas. Tampoco se podía no lavar los platos bajo ninguna circunstancia y menos dejar la cama sin tender. La ropa debía ir organizada por colores y los panties, brasieres y bóxers en bolsitas marcadas. Se dormía con la puerta de la pieza cerrada. Había que cerrar el gas. Ella, sonreía. A las once se apagaba todo para ir a dormir. No se podía escribir después de las 10:30 ni hacer nada más que lavarse los dientes para que la mente estuviera lista para dormir. Ella sonrió.

Lo último fue lo del gato. Dijo que había muchos pelos, que la caja –que no le tocaba limpiar– olía feo, que el gato le rayaba los discos y le había rayado los bafles de un millón de pesos, profesionales, que el mueble estaba muy rasguñado y que el gato no lo quería, que ni siquiera lo saludaba en la mañana.

Prohibió al gato.

A la mañana siguiente, Violeta sacó el cepillo de dientes.

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