NOVENA DE AGUINALDOS

Día Uno

El viento toca la ventana para que le deje entrar y la mueve con fuerza para que no duerma. La casa está sola y una lagartija acaba de correr por debajo de la cama para esconderse de cualquier rastro humano, y seguramente, letal. Han pasado dieciséis días del último mes del año, el día más esperado por los niños para rezar la novena, pero sobre todo, para que llegue ese día en el cual, por obra de la magia (de los padres, por supuesto), aparece cerca a la almohada, o debajo del árbol, el regalo del Niño Dios, o de Papá Noel, según el caso. Dieciséis días, nueve menos del veinticuatro, para cantar, dar abrazos, comer dulces, jugar, tener la excusa perfecta para ver al chico que a la niña le gusta, entrar a la casa de los vecinos, hacer arroz con leche, dar un beso, tocar maracas o pelear con alguno de los primos por eso de la lectura. Y eso sí, todo sin necesidad de ser fieles fervientes del catolicismo. Basta con un amor gigantesco al Niño Dios, y a la familia.

Entrar a esta casa es encontrarse con un mes que tiene más cara de febrero, de marzo o de agosto, y nunca, ni en lo mínimo, de diciembre. Ni una gota del rojo y el verde, de los adornos con moños grandes, de un árbol decorado, de una chambrana con lucecitas de colores. Ni una pinta. La soledad, por lo general, se encarga de acabarlo todo. Bien, casi, la Navidad, pese a todo, se autoguarda un pedacito de corazón, para estos casos.

Cuando estaba chiquitina, por lo general, rezaba la novena unas dos, tres, y hasta cuatro veces. Primero con la mamá y los tíos, luego en la casa de Paula, la vecina, después en la del frente, y por último, ella sola, para rezarla en serio, y seria. Ahora, a decir verdad, quizá rece un ángel de la guarda, le ofrezca al Dios en el que cree unas cuantas palabras y por ahí derecho una que otra petición, y luego, el rezago de haber sido católica durante tanto tiempo, la bendición. Tal vez rece una que otra novena completa, cuando se encuentre a alguien que se compadezca de sí misma.

Llegar a estas fechas, y en especial al primer día, es un ejercicio de memoria. Aquel que haya rezado la novena durante todos los años de su vida, leáse 22 en el caso, encontrará que mínimo, la mitad de las oraciones se las sabe de memoria. Oración para todos los días. Benignísimo Dios de infinita caridad que tanto amaístes a los hombres, que les distes en vuestro hijo la mejor prenda de vuestro amor, para que hecho hombre en las entrañas de una virgen naciese en un pesebre para vuestra salud y remedio… Y así en sucesiva. Maravilloso, un airesito en el corazón.

La novena, en realidad, se crea o no en ella, es la manera más sencilla de reunirse en la sala de la casa, en familia, para después reírse y cantar villancicos, aún sin entenderlos. Por eso, casi siempre, no vale la pena hacer la novena si se está solo. Carece de sentido.  Ni siquiera comerse el dulcesito hace sonreír. Está bien, sin exageraciones.

Así que, día primero, Dios de esta cabeza, que la vida de los próximos nueve días, encuentre un poco de calor humano, una canción con cara de sonrisa, y unas ganas inmensas de abrazar, porque sí. Un chocolate no sobraría, por demás.

Acordaos ¡Oh dulcísimo Niño Jesús! Que dijisteis a la Venerable Margarita del Santísimo Sacramento, y en persona suya a todos vuestros devotos, estas palabras tan consoladoras para nuestra pobre humanidad agobiada y doliente: “Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y nada te será negado”.
Amén

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