ODIOS ACUMULADOS

No más puntos, ni comas. Tanta puntuación en la vida es contraproducente. Por ahora, que se venga como la comida caliente en la boca, o como esas palabras que se escuchan en la radio, de que es perjudicial para la salud, después de una publicidad sobre cerveza. En fin.

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Odia la coca cola, porque así como el vino tinto, le da dolor de cabeza. Duele en la mitad y en los lados y pone a girar el mundo en el sentido no obligatorio. Incluso de arriba a abajo. La odia tanto como así misma, por dejar que la cabeza haga lo que le de la gana. Pensar como le da la gana, sentir como le da la gana y enredarse cada vez en unas historias negras, en las que el cuerpo, no aguanta, no escribe, no hace nada. Y el cuerpo, es cuerpo, y por tanto, necesita manos que lo dibujen y lo rearmen. Odia la cabeza por su independencia, por su enojo. Odia eso y todo lo demás, y lo que sigue. Odia la palabra odio y que el calor le prohiba usar cobijas y poder compartir la cama.

El aire acondicionado la despeina. El carro la lleva a 80 kilómetros por hora, mientras pelea por la moto que le pasó rozando. Pelea sola, porque el motociclista siguió como si nada. Un milímetro y el camino sería el del tránsito que mide, ella que habla por teléfono, buscando un hombre, de seguro, por esos residuos machistas del otro siglo. La moto en el suelo y el hombre, quien sabe. Muerto, una posibilidad. Herido, una segunda. Pidiendo perdón, una tercera, y en fin. Para qué pensar en lo que no fue, se recuerda. Eso sería lo que diría su mamá.

Morfeo siempre aparece en el momento menos indicado. Hay un problema coincidencial. Cuando él quiere, ella no, y viceversa. Todas las noches es lo mismo. Entonces empieza un juego perverso, en el que, por supuesto, gana Morfeo. Que no se duerme, dice, que sí, dice él, y ella busca películas, escritos, libros o amigos, y él, la molesta un rato y luego se va. Entonces ella quiere dormir y no puede. Morfeo se ríe y tras verla revolotear por las cobijas varias veces, se acerca, le hace cara fea, le explica que no vuelva a pelear con él, y por fin, la deja desgastarse en sus manos.

Ahora cree que escribe inconclusamente. No tiene cómo decir fin. No hizo una línea coherente entre los párrafos como para contar una historia lo suficiente. Por eso va a poner punto y va a salir corriendo. Sí, corriendo, como harían los cobardes.

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