Lecturas de noche

He estado leyendo a Doris Lessing, pensando que estoy leyendo a Wislawa Szymborska. Todo hasta que Doris hace aparecer su nombre en el texto y me acuerdo que tengo una confusión de nombres. No sé por qué. Quizá tenga ganas de leer a Wislawa. Es la biografía de Lessing y a veces se pone buena y a veces se pone aburrida. Yo miro la página y ya me acerco a la cien, pero me faltan 400. Entonces me dan ganas de abandonarlo, como he repetido tantas veces que tiene uno derecho de abandonar los libros. Y me lo niego y sigo y entonces pasa algo interesante y vuelvo a confundir los nombres y espero que me perdonen algún día, cuando sean fantasmas. Al fin y al cabo nunca se darán cuenta y nunca les importará y por lo menos comparten lo del Nobel. Cuando confundo los nombres pienso en Cien años de Soledad y en Gabriel García Márquez. En ese pedazo en el que se olvidan los nombres de las cosas y hay que ponerles en papel cómo se llaman. Aunque luego se les olvida cómo se usan. A mí, a veces, se me olvidan los nombres de las personas. Creo que es por despistada. En algún momento, y no me importa si ya lo dijo alguien alguna vez, tendré que ponerle papelitos con sus nombres a la gente. Y cuando se me olviden para qué se usan, entonces quizá re-entenderé que la gente se usa para algo. Siempre. Incluso para que lo quieran a uno.

Confesión

Me había desconectado de esta dirección y, creo, de este nombre. A veces uno no tiene ganas de escribir, ni siquiera cosas tontas. Entonces entraba a mirar los últimos post y a ver que la fecha del último caducía cada día mas. Y era todo. No pasaba la contraseña, ni le daba Añadir entrada nueva. Me iba a dormir sin una palabra. Entonces recordaba esas épocas en que estaba pequeña y escribía poemas de los que ahora me río. Una de las frases que más repetía, que me gustaba tanto, era que el silencio era más elocuente que las palabras. Y no era que quisiera ser elocuente, sino que las palabras estaban silenciosas y ajenas. Nunca le han dado la talla al silencio, pero pocas veces han estado tan calladas. A veces creo que es culpa de la tristeza. Yo he confesado mi amor incondicional a la tristeza, no a esa dolorosa y deprimente, sino a esa tristeza que uno elige, en la que deja que el corazón se abra y se sienta ese dolor de la soledad, de la incapacidad de entender el mundo, del negro de la muerte. Esa tristeza que lo deja a uno escribir y ser nostálgico y que no hace daño, sino que es deliciosa. Creo que por estos días la traicioné a diario. Y no es que se haya venido la felicidad absoluta, que también es pasajera, sino que la abandoné como cuando uno se traiciona así mismo. Yo creo que Camila se inventa con la tristeza y que de otra forma no puede ser posible. No sé si la tristeza volverá todos los días, por supuesto, aunque quiera dejarla entrar, pero entonces, como cuando la vida lo pone a elegir y uno quiere decir adiós, diré que tendré que escribir de otras cosas y de otras formas. Y que Camila tendrá que sobrevivir así. Yo, por supuesto, nunca dejaré de ser nostálgica. Es que las palabras azules suenan más bellas, más poéticas, como quizá le suena la luna a un amigo con D, aunque a mí, realmente, me suene a cliché.

No voy a ser (no hacer) una promesa de principio de año. Sólo quiero decirme a mí misma, y por ahí derecho a cualquiera de ustedes, que volveré a escribir de cualquier cosa, gústeme o no, gústeles o no. Y que, hasta que no cambie el cabezote del blog, omitiré mirarlo y quedarme sólo y exclusivamente en las palabras.

También he de confesarles, que los he extrañado un poco o mucho, que es lo mismo, dependiendo de cómo se lea el poco. No importa, valga la repetición, que no seamos muchos.

En fin.

Nada

Se encuentra justo en el lugar en el que nunca hubiera buscado. Ahí estuvo. Sola. La soledad es la única manera en que la vida se pone de frente y se puede dibujar sobre ella. Todo estuvo callado esa noche. Hasta ella. Todo estuvo oscuro esa noche. Hasta ella. No encontró los colores. No pensó. Ese lugar tenía una esquina imposible.

Mi marcha

Todos caminan. En el fondo, como dijo esa señora desconocida por la tarde, cada uno tiene sus propias dependencias. Yo diría que cada uno tiene sus propias dolencias. La guerra ha dejado muchos muertos. Y uno en su cabeza intenta devolverse al pasado y arreglar el asunto: si ese día hubiera hablado con la abuela y no se estuviera bañando, si hubiera ido a almorzar temprano, si no se hubiera hecho en la esquina, si al que disparó se le hubiera dañado la pistola, si se hubiera arrepentido. Si le hubiera salido el tiro por la culata. Tal vez entonces lo hubieran matado al otro día o al mes siguiente. De pronto ese día era el día que le tocaba morirse. No creo. Cuando matan a alguien le quitan la libertad de seguir viviendo. No creo que sea una decisión del destino. Es del que dispara el arma y del que está detrás, que dijo que lo mataran. Ese es un muerto de guerra, pero son miles de muertos y miles de víctimas y miles de niños y madres y padres y hermanos y amigos sabiendo que se fue y que el abrazo no volverá o no llegará. Por eso es que se desgarra el alma. Cada quien tiene su dolor, pero sólo cuando el dolor es en primera persona se entiende un poco de la guerra. De lejos es muy difícil. Aunque lo importante sea no dejarla de mirar.

Todos caminan. Caminar es una manera de decir que estamos cansados de luchar un conflicto que no nos pertenece. No son sólo los secuestros lo que se debe acabar. Es la guerra misma. La libertad se acaba donde empieza la violencia. Caminan. Cada quien tiene su historia y si no, la historia ajena que es capaz de apuñalar el corazón, incluso estando tan lejos.

Papá

Escudriño en el pedazo de corazón que tengo. No hay ningún recuerdo de él, salvo las fotos que vi cuando ya tenía edad para recordar. Su imagen no deja de ser una fotografía cuatro por cuatro, de fondo azul. Ese es mi papá. Un papel, pequeño, que a veces me mira, que a veces invento, que casi siempre me hace llorar.

Porque uno necesita abrazos y besos y palabras, que le recuerden que el amor está ahí y no se ha ido. Hasta eso hay que inventarlo a veces. Suponerlo, quizá.

Eso deja la guerra. Un montón de pequeños que crecen con padres inventados.

Esa casa

Ya no debe ser como la recuerda.
Los años pasan,
las paredes cambian,
las sillas ya no tienen
la sombra bajo las patas.

La casa ya no tiene la puerta,
ni la cocina,
ni el televisor negro,
ni la biblioteca grande de libros desordenados.

Ya no tiene ventana grande
y el pequeño bonsái murió.
Tampoco se calientan arepas,
ni se cocinan hojuelas todos los domingos.

No hay una niña que se pare en la cama
y a todo pulmón, sin voz, cante la Potrazaina.
La casa se la imagina, blanca, quizá.

Y la mamá asomada al balcón
como nunca se pudo en los viejos tiempos.
El ruido de los zapatos pequeños,
que subían las escaleras,
corriendo, ya no está.

Ella no está, tampoco.
Está lejos. Está donde no se quiere,
y cuando no se quiere estar donde se está,
se es de ese casa sin pintar
con la que soñó todas las noches,
junto a la mamá, cuando todavía era pequeña.
Ahora pinta todas las noches.
Pequeños edificios de rayas inexactas.

Al fondo, una casa.
Esa casa que no está aquí.
Que está allá. Que no tiene edificios.
La casa, por demás,
tiene las rayas más perfectas,
que cualquier Principito haya visto.

Muñecos

Se ha abandonado, paulatinamente. Los ha abandonado, paulatinamente también. En su cama ya no queda nadie, salvo un balón de fútbol y eso porque es almohada. Se acuerda de esa muchacha de cuando estaba pequeña, la que parecía payaso y que cantaba algo, en acento argentino, de un payassito de ella, que abandonó cuando creció. Ella ya creció y ya los abandonó. Están al lado del televisor, bien puestos sí, pero en un lugar secundario. Relegados de la conversación diaria, del beso diario, del apapuche diario. Suele pasar. Ya no quedan todos y a los que quedan les queda, valgan las repeticiones innecesarias, conformarse con que no se han ido. La niña ya creció y no quiso ser como Peter Pan, aunque, si se le pierde, sobre todo el perro, podría llorar tierras de lágrimas. Ellos siguen siendo tan pequeños como al principio.

La guitarra esa

Es que yo le dije que a mí me parecía lógico que si la guitarra no se podía arreglar porque no estaba quebrada del todo, pues entonces bastaba quebrarla del todo para que se pudiera arreglar. Él se echó a reír horas enteras y me volvía a mirar y se volvía a reír y yo, quieta como si me hubieran congelado, no hice nada más que quedarme suspendida ahí, con una sonrisa estúpida, que no pasaba de mostrar un poco de los dientes de arriba. Lo miré varias veces, tratando de grabarme esas risas tan graciosas, tan fuertes, tan poco premeditadas. Creo que ese día alcancé a enamorarme, pese a que mis pies se quedaron ahí sostenidos sobre la nada y yo no pude decir nada más. Es que yo era una niña reducida por un hombre alto, de pelo largo y mono, muy parecido a un señor que recordé que vi en alguna caricatura de cuando estaba realmente pequeña. Lo que logró con sus carcajadas era que me devolviera 20 años atrás, quedará en cinco y no pudiera soltar una palabra más. Es que la lógica, realmente, me decía que la guitarra se podía terminar de romper y que el luthier podría entonces arreglarla.

Esa fue la última vez que lo vi.

Me terminó de explicar que era que, la guitarra del señor estaba era rajada, no quebrada, que era una cuestión de palabras parecidas, que lo entorpecían todo cuando se utilizaba la que no era y sin embargo se seguía riendo, con esa sonrisota tan grande que, no obstante, le cabía en la cabeza sin desentonar. Ese día no hablamos más, pero se percató de que me había dejado inmóvil y me zarandeó un poco, que yo pude volver a ser la joven aquella de 25 años. Habló el silencio y los patos que nadaban tan tranquilos en ese laguísimo. A mí me sudaban las manos. Mis amigas dirían después que fue amor a primera vista. Yo diría después que fue presentimiento, aunque decir esas cosas después de la muerte es de esas obviedades tontas.

Esa noche, después de que conversamos, de que él se fue para la derecha y yo para la izquierda, todas las leyes desafiaron la gravedad. Un hombre se le acercó sigiloso, le pidió la última moneda de su vida y le atravesó dos puñaladas en el fondo de su abdomen de cuadros de chocolatina. El cuchillo atravesó lo que no debía atravesar, cuando el señor no quiso dejárselo enterrado en su abdomen de cuadros de chocolatina. Entonces su cabello dorado cayó primero sobre el asfalto. Luego fue lo demás. Cayó solitario, con el recuerdo de la bulla que esa tarde hicieron sus carcajadas y las de los patos. No hubo nadie que lo recogiera hasta la madrugada, cuando ya no quedaba más que limpiar la sangre, como si no hubiera muerto.

Ese día fue el último día, y el primer día que lo vi y que lo vi reírse tan estruendosamente. El día que me quedé callada, muerta de la pena por la ociosidad aquella. No lo volví a ver. Su muerte quedó en un periódico que envolvía un aguacate.  Y en una guitarra que nadie nunca pudo terminar de quebrar.

Fantasmas

Lo toca,
como sin tocarlo.
El hombre está en la calle,
a la deriva,
con un tambor,
que tampoco es tambor.
Nada es lo que parece.
Ni el hombre, siquiera.

La luna está
y todavía no está oscuro.
Ella no está
y todavía su nombre
está escrito sobre la piel.
Hace ruido,
como cuando sopla el viento
y se devuelve.

Anda solo.
Con el tambor,
con el nombre,
con el viento.
Está con él
y no está, tampoco.

Se toca,
como sin tocarse.
Como los fantasmas.

Fantasmas

Hay fantasmas en esta ciudad.
Fantasmas
con ojos pequeños,
con ojos grandes,
con labios torcidos,
con labios gigantes,
con labios que tragan.
Fantasmas,
miles de fantasmas desalmados,
que no tienen ni un peso,
que no dejan transeúnte
con cabeza.
Sus fantasmas
son amarillos,
verdes, azules,
violetas.
Sus fantasmas
son tan pocos transparentes,
que no caben en medio
de tantas, tantísimas, ventanas.