Papá

Escudriño en el pedazo de corazón que tengo. No hay ningún recuerdo de él, salvo las fotos que vi cuando ya tenía edad para recordar. Su imagen no deja de ser una fotografía cuatro por cuatro, de fondo azul. Ese es mi papá. Un papel, pequeño, que a veces me mira, que a veces invento, que casi siempre me hace llorar.

Porque uno necesita abrazos y besos y palabras, que le recuerden que el amor está ahí y no se ha ido. Hasta eso hay que inventarlo a veces. Suponerlo, quizá.

Eso deja la guerra. Un montón de pequeños que crecen con padres inventados.

Esa casa

Ya no debe ser como la recuerda.
Los años pasan,
las paredes cambian,
las sillas ya no tienen
la sombra bajo las patas.

La casa ya no tiene la puerta,
ni la cocina,
ni el televisor negro,
ni la biblioteca grande de libros desordenados.

Ya no tiene ventana grande
y el pequeño bonsái murió.
Tampoco se calientan arepas,
ni se cocinan hojuelas todos los domingos.

No hay una niña que se pare en la cama
y a todo pulmón, sin voz, cante la Potrazaina.
La casa se la imagina, blanca, quizá.

Y la mamá asomada al balcón
como nunca se pudo en los viejos tiempos.
El ruido de los zapatos pequeños,
que subían las escaleras,
corriendo, ya no está.

Ella no está, tampoco.
Está lejos. Está donde no se quiere,
y cuando no se quiere estar donde se está,
se es de ese casa sin pintar
con la que soñó todas las noches,
junto a la mamá, cuando todavía era pequeña.
Ahora pinta todas las noches.
Pequeños edificios de rayas inexactas.

Al fondo, una casa.
Esa casa que no está aquí.
Que está allá. Que no tiene edificios.
La casa, por demás,
tiene las rayas más perfectas,
que cualquier Principito haya visto.

Muñecos

Se ha abandonado, paulatinamente. Los ha abandonado, paulatinamente también. En su cama ya no queda nadie, salvo un balón de fútbol y eso porque es almohada. Se acuerda de esa muchacha de cuando estaba pequeña, la que parecía payaso y que cantaba algo, en acento argentino, de un payassito de ella, que abandonó cuando creció. Ella ya creció y ya los abandonó. Están al lado del televisor, bien puestos sí, pero en un lugar secundario. Relegados de la conversación diaria, del beso diario, del apapuche diario. Suele pasar. Ya no quedan todos y a los que quedan les queda, valgan las repeticiones innecesarias, conformarse con que no se han ido. La niña ya creció y no quiso ser como Peter Pan, aunque, si se le pierde, sobre todo el perro, podría llorar tierras de lágrimas. Ellos siguen siendo tan pequeños como al principio.

La guitarra esa

Es que yo le dije que a mí me parecía lógico que si la guitarra no se podía arreglar porque no estaba quebrada del todo, pues entonces bastaba quebrarla del todo para que se pudiera arreglar. Él se echó a reír horas enteras y me volvía a mirar y se volvía a reír y yo, quieta como si me hubieran congelado, no hice nada más que quedarme suspendida ahí, con una sonrisa estúpida, que no pasaba de mostrar un poco de los dientes de arriba. Lo miré varias veces, tratando de grabarme esas risas tan graciosas, tan fuertes, tan poco premeditadas. Creo que ese día alcancé a enamorarme, pese a que mis pies se quedaron ahí sostenidos sobre la nada y yo no pude decir nada más. Es que yo era una niña reducida por un hombre alto, de pelo largo y mono, muy parecido a un señor que recordé que vi en alguna caricatura de cuando estaba realmente pequeña. Lo que logró con sus carcajadas era que me devolviera 20 años atrás, quedará en cinco y no pudiera soltar una palabra más. Es que la lógica, realmente, me decía que la guitarra se podía terminar de romper y que el luthier podría entonces arreglarla.

Esa fue la última vez que lo vi.

Me terminó de explicar que era que, la guitarra del señor estaba era rajada, no quebrada, que era una cuestión de palabras parecidas, que lo entorpecían todo cuando se utilizaba la que no era y sin embargo se seguía riendo, con esa sonrisota tan grande que, no obstante, le cabía en la cabeza sin desentonar. Ese día no hablamos más, pero se percató de que me había dejado inmóvil y me zarandeó un poco, que yo pude volver a ser la joven aquella de 25 años. Habló el silencio y los patos que nadaban tan tranquilos en ese laguísimo. A mí me sudaban las manos. Mis amigas dirían después que fue amor a primera vista. Yo diría después que fue presentimiento, aunque decir esas cosas después de la muerte es de esas obviedades tontas.

Esa noche, después de que conversamos, de que él se fue para la derecha y yo para la izquierda, todas las leyes desafiaron la gravedad. Un hombre se le acercó sigiloso, le pidió la última moneda de su vida y le atravesó dos puñaladas en el fondo de su abdomen de cuadros de chocolatina. El cuchillo atravesó lo que no debía atravesar, cuando el señor no quiso dejárselo enterrado en su abdomen de cuadros de chocolatina. Entonces su cabello dorado cayó primero sobre el asfalto. Luego fue lo demás. Cayó solitario, con el recuerdo de la bulla que esa tarde hicieron sus carcajadas y las de los patos. No hubo nadie que lo recogiera hasta la madrugada, cuando ya no quedaba más que limpiar la sangre, como si no hubiera muerto.

Ese día fue el último día, y el primer día que lo vi y que lo vi reírse tan estruendosamente. El día que me quedé callada, muerta de la pena por la ociosidad aquella. No lo volví a ver. Su muerte quedó en un periódico que envolvía un aguacate.  Y en una guitarra que nadie nunca pudo terminar de quebrar.

Fantasmas

Lo toca,
como sin tocarlo.
El hombre está en la calle,
a la deriva,
con un tambor,
que tampoco es tambor.
Nada es lo que parece.
Ni el hombre, siquiera.

La luna está
y todavía no está oscuro.
Ella no está
y todavía su nombre
está escrito sobre la piel.
Hace ruido,
como cuando sopla el viento
y se devuelve.

Anda solo.
Con el tambor,
con el nombre,
con el viento.
Está con él
y no está, tampoco.

Se toca,
como sin tocarse.
Como los fantasmas.

Fantasmas

Hay fantasmas en esta ciudad.
Fantasmas
con ojos pequeños,
con ojos grandes,
con labios torcidos,
con labios gigantes,
con labios que tragan.
Fantasmas,
miles de fantasmas desalmados,
que no tienen ni un peso,
que no dejan transeúnte
con cabeza.
Sus fantasmas
son amarillos,
verdes, azules,
violetas.
Sus fantasmas
son tan pocos transparentes,
que no caben en medio
de tantas, tantísimas, ventanas.

Poema

Este me lo compartió un amigo y yo tenía que compartirlo con ustedes. Es de Geraldino Brasil.

Clase media,

por Geraldino Brasil

Un médico.
Maravilloso en la familia.

Un ejecutivo.
Excelente.

Un ingeniero.
Un arquitecto.
Un abogado.
Magnífico.

Un poeta.
Mejor en otra familia.

A medias

La casa está vacía. La niña está en la sala. El televisor está prendido. El bebé está llorando. Hay varios periódicos en el comedor. Hay un computador en el comedor. Hay varios cuadernos en el comedor. Los señores conversan en la cocina. Ella calienta una arepa de queso. Él está sentado en la silla, maniquieto. Los hombres no cocinan, le dijeron cuando estaba pequeño. Entonces espera que ella, entre conversada aquí y allá (la señora del frente se la pasa todo el día en el balcón. “Ja! Si hay gente muy desocupada en la vida”. Y esa vecina, que no dejó dormir. “¿A quién se le ocurre, por Dios, hacer una fiesta a la una de la mañana?” ¿Sabías que ya la ley protege a los “afrodescendientes”. Si alguien le dice negro a otro, le pueden me-ter-3-a-ñosa-la-cárcel. “¿A sí? Entonces mi tía no le va a poder decir más Negro al tío” Juajuajuajuajuajua…), le ponga la comida en la mesa. Y le lave el plato, por supuesto. Que use guantes, qué le va a tumbar ese hongo el dedo. Primero lo primero. La cocina, en la cocina están todas las partículas de polvo que no se han barrido en el último mes. Y la ropa está en la pieza de huéspedes, limpia sí, pero nadie, no ha habido nadie (Es que no ha habido tiempo, éste no me deja), que pueda plancharla (y es que ¿vos todavía planchás la ropa?). El carrito, el mico, el libro, los juguetes, la media, el control del televisor, el juego de mesa. Todo está en el piso o está por ahí. Tirado todo. Al dios me lleva y dios me traiga del viento. Suena el teléfono. A ella no le gusta contestar el teléfono. Nunca es para ella. Prefiere quedarse en el computador y en sus audífonos. Prefiere el chat, los amigos virtuales, chismosear qué puso en Twitter la pelada aquella, la novia del man, la que le cae tan mal. Qué sabe ella y qué saben los demás. La casa está vacía. Absolutamente vaciísima.

Confusión

Me voy enojada, qué digo, furiosa conmigo misma. O con Camila, qué se yo. Uno a las onceycincuentaynueve de la noche ya no piensa, ni siente, ni escucha, ni es nadie, ni siquiera. Ya lo dice el reloj: 0:00. Me voy enojada esta noche conmigo misma. Confundí la poesía con la prosa y él lo dijo sutil: ¿lo asumes como poesía? Sí, sí, sí, yo lo asumía como poesía. Yo quería que fuera un poema, como los de antes, y no como los de ahora. Entonces me tocó bajar la cabeza y decirle, que tenía mis serias dudas, que me iría ya mismo (aunque no lo hice) a quitarle los espacios, a convertirlo en prosa, en un texto como los de todos los días. En uno que no alcanza a ser cuento, ni tampoco poema, ni nada, como los números del reloj. Un texto, sin nombre, sin categorías, sin nada. Es que la verdad, tenía tantas ganas de ser poema.

Me voy furiosa conmigo misma. Quizá no pueda dormir. Es que confundir la prosa con la poesía, me parece a esta hora, ya las 00:05, imperdonable.

Tomás González y su luz difícil

(La escribí para EL COLOMBIANO, pero tenía que compartirla con Camila Avril. Totalmente recomendado).

Tomás González, el escritor, empieza su novela en pasado. Empieza en un recuerdo: “Esa noche pasé mucho tiempo despierto”. Luego se deja venir, en una escritura pausada a veces, más rápida en otras. Siempre construyendo un personaje que parece recoger sus pasos, y habría que decir, sus luces difíciles. Y aunque, también a veces, se aparece un Tomás, flaco y alto, como es él y también el personaje, inventándose, otras es sólo un hombre ya viejo llamado David, a punto de quedarse ciego, que se cuenta.

Desde esa frase, tan corta ella, ya se avizoran varias situaciones que se repiten a lo largo de La luz difícil, la nueva novela del escritor antioqueño, que presentó ayer en la Fiesta del Libro. El tiempo, por ejemplo. La luz, a la que le debe el nombre. La muerte, dolorosa ella, que aparece desde la primera página, cuando el narrador, que es el mismo protagonista, cuenta que la muerte de su hijo Jacobo, la “habíamos programado para las siete de la noche, hora de Portland, diez de la noche en Nueva York”.

 La historia es la de David, un pintor colombiano (después escritor), su esposa Sara y sus hijos Jacobo y Pablo (los mayores y más parecidos a la mamá) y Arturo (el igualito al papá). Residen en Estados Unidos, con una vida tranquila, hasta cuando a Jacobo un accidente de tránsito lo deja en silla de ruedas, con unos fuertes dolores que lo llevan a tomar la decisión, después de haber pasado por la esperanza y el desengaño, sensata para el caso, de buscar la eutanasia. Mientras David va narrando esos momentos, el tiempo va yendo y viniendo en tres: el de la vida antes del accidente, el de la tragedia y el de la actualidad del protagonista, que es el momento en el que escribe, ya viejo, año 2018. Y el juego que logra Tomás es perfecto: viaja en el tiempo de manera ordenada, llevando al lector suavemente entre los hechos, sin que se pierda, sumando detalles a la historia. La separación en pequeños capítulos ayuda, pero es la estructura, la de ir encadenando un momento con otro a través de David, de su vida, de lo que sintió. Porque en este caso los sentimientos sirven de hilo conductor.

También la primera persona. David cuenta la historia para alguien, desde sus recuerdos y su interior. Y no cae en un tono de biografía, sino que por el contrario le da uno intimista, cercano, que obliga a leer, se podría decir que por capas: cada historia trae preguntas, con la habilidad de que sobre la trama principal se desencadenan situaciones tan cotidianas como la descripción del paisaje, el montar en bus o darle un consejo a la señora que lo cuida porque el esposo la engañó.

El lenguaje es sencillo y poético. David está contándole una historia, a la manera de los abuelos cuenta cuentos, aunque no haya nieto. Tomás es cuidadoso con él. Cada frase está puesta exacta, cargada de emociones, de elementos que construyen la historia. Oraciones que hay que volver a leer, porque en sí mismas son un pequeño poema. Tomás tiene una estética propia, en la que no hay redundancias. Es precisa. La novela es corta y no está la sensación de que faltan o sobran hechos. Está lo justo. Incluso al final, que no es cerrado. Si bien la historia principal está completa, y David le da final a lo que está escribiendo, coincidiendo con el final de la Luz Difícil, queda la sensación de que hay un David que vive todavía, aún con la visión cada vez más apagada. Tomas, y el protagonista, se dan el lujo de jugar en la última página, de que el lector tenga, inevitablemente, que sonreír: hay un juego con la ortografía, con el hecho de que “la misma leche da la vaca con be grande que con ve pequeña”. Un juego en el que Tomás desinhibe esa estética juiciosa que ha tenido siempre con la escritura. Termina con la cotidianidad, con la vida misma. Con un “marabilloso”, maravilloso.