A medias

La casa está vacía. La niña está en la sala. El televisor está prendido. El bebé está llorando. Hay varios periódicos en el comedor. Hay un computador en el comedor. Hay varios cuadernos en el comedor. Los señores conversan en la cocina. Ella calienta una arepa de queso. Él está sentado en la silla, maniquieto. Los hombres no cocinan, le dijeron cuando estaba pequeño. Entonces espera que ella, entre conversada aquí y allá (la señora del frente se la pasa todo el día en el balcón. “Ja! Si hay gente muy desocupada en la vida”. Y esa vecina, que no dejó dormir. “¿A quién se le ocurre, por Dios, hacer una fiesta a la una de la mañana?” ¿Sabías que ya la ley protege a los “afrodescendientes”. Si alguien le dice negro a otro, le pueden me-ter-3-a-ñosa-la-cárcel. “¿A sí? Entonces mi tía no le va a poder decir más Negro al tío” Juajuajuajuajuajua…), le ponga la comida en la mesa. Y le lave el plato, por supuesto. Que use guantes, qué le va a tumbar ese hongo el dedo. Primero lo primero. La cocina, en la cocina están todas las partículas de polvo que no se han barrido en el último mes. Y la ropa está en la pieza de huéspedes, limpia sí, pero nadie, no ha habido nadie (Es que no ha habido tiempo, éste no me deja), que pueda plancharla (y es que ¿vos todavía planchás la ropa?). El carrito, el mico, el libro, los juguetes, la media, el control del televisor, el juego de mesa. Todo está en el piso o está por ahí. Tirado todo. Al dios me lleva y dios me traiga del viento. Suena el teléfono. A ella no le gusta contestar el teléfono. Nunca es para ella. Prefiere quedarse en el computador y en sus audífonos. Prefiere el chat, los amigos virtuales, chismosear qué puso en Twitter la pelada aquella, la novia del man, la que le cae tan mal. Qué sabe ella y qué saben los demás. La casa está vacía. Absolutamente vaciísima.

Confusión

Me voy enojada, qué digo, furiosa conmigo misma. O con Camila, qué se yo. Uno a las onceycincuentaynueve de la noche ya no piensa, ni siente, ni escucha, ni es nadie, ni siquiera. Ya lo dice el reloj: 0:00. Me voy enojada esta noche conmigo misma. Confundí la poesía con la prosa y él lo dijo sutil: ¿lo asumes como poesía? Sí, sí, sí, yo lo asumía como poesía. Yo quería que fuera un poema, como los de antes, y no como los de ahora. Entonces me tocó bajar la cabeza y decirle, que tenía mis serias dudas, que me iría ya mismo (aunque no lo hice) a quitarle los espacios, a convertirlo en prosa, en un texto como los de todos los días. En uno que no alcanza a ser cuento, ni tampoco poema, ni nada, como los números del reloj. Un texto, sin nombre, sin categorías, sin nada. Es que la verdad, tenía tantas ganas de ser poema.

Me voy furiosa conmigo misma. Quizá no pueda dormir. Es que confundir la prosa con la poesía, me parece a esta hora, ya las 00:05, imperdonable.

Tomás González y su luz difícil

(La escribí para EL COLOMBIANO, pero tenía que compartirla con Camila Avril. Totalmente recomendado).

Tomás González, el escritor, empieza su novela en pasado. Empieza en un recuerdo: “Esa noche pasé mucho tiempo despierto”. Luego se deja venir, en una escritura pausada a veces, más rápida en otras. Siempre construyendo un personaje que parece recoger sus pasos, y habría que decir, sus luces difíciles. Y aunque, también a veces, se aparece un Tomás, flaco y alto, como es él y también el personaje, inventándose, otras es sólo un hombre ya viejo llamado David, a punto de quedarse ciego, que se cuenta.

Desde esa frase, tan corta ella, ya se avizoran varias situaciones que se repiten a lo largo de La luz difícil, la nueva novela del escritor antioqueño, que presentó ayer en la Fiesta del Libro. El tiempo, por ejemplo. La luz, a la que le debe el nombre. La muerte, dolorosa ella, que aparece desde la primera página, cuando el narrador, que es el mismo protagonista, cuenta que la muerte de su hijo Jacobo, la “habíamos programado para las siete de la noche, hora de Portland, diez de la noche en Nueva York”.

 La historia es la de David, un pintor colombiano (después escritor), su esposa Sara y sus hijos Jacobo y Pablo (los mayores y más parecidos a la mamá) y Arturo (el igualito al papá). Residen en Estados Unidos, con una vida tranquila, hasta cuando a Jacobo un accidente de tránsito lo deja en silla de ruedas, con unos fuertes dolores que lo llevan a tomar la decisión, después de haber pasado por la esperanza y el desengaño, sensata para el caso, de buscar la eutanasia. Mientras David va narrando esos momentos, el tiempo va yendo y viniendo en tres: el de la vida antes del accidente, el de la tragedia y el de la actualidad del protagonista, que es el momento en el que escribe, ya viejo, año 2018. Y el juego que logra Tomás es perfecto: viaja en el tiempo de manera ordenada, llevando al lector suavemente entre los hechos, sin que se pierda, sumando detalles a la historia. La separación en pequeños capítulos ayuda, pero es la estructura, la de ir encadenando un momento con otro a través de David, de su vida, de lo que sintió. Porque en este caso los sentimientos sirven de hilo conductor.

También la primera persona. David cuenta la historia para alguien, desde sus recuerdos y su interior. Y no cae en un tono de biografía, sino que por el contrario le da uno intimista, cercano, que obliga a leer, se podría decir que por capas: cada historia trae preguntas, con la habilidad de que sobre la trama principal se desencadenan situaciones tan cotidianas como la descripción del paisaje, el montar en bus o darle un consejo a la señora que lo cuida porque el esposo la engañó.

El lenguaje es sencillo y poético. David está contándole una historia, a la manera de los abuelos cuenta cuentos, aunque no haya nieto. Tomás es cuidadoso con él. Cada frase está puesta exacta, cargada de emociones, de elementos que construyen la historia. Oraciones que hay que volver a leer, porque en sí mismas son un pequeño poema. Tomás tiene una estética propia, en la que no hay redundancias. Es precisa. La novela es corta y no está la sensación de que faltan o sobran hechos. Está lo justo. Incluso al final, que no es cerrado. Si bien la historia principal está completa, y David le da final a lo que está escribiendo, coincidiendo con el final de la Luz Difícil, queda la sensación de que hay un David que vive todavía, aún con la visión cada vez más apagada. Tomas, y el protagonista, se dan el lujo de jugar en la última página, de que el lector tenga, inevitablemente, que sonreír: hay un juego con la ortografía, con el hecho de que “la misma leche da la vaca con be grande que con ve pequeña”. Un juego en el que Tomás desinhibe esa estética juiciosa que ha tenido siempre con la escritura. Termina con la cotidianidad, con la vida misma. Con un “marabilloso”, maravilloso.

Me hizo falta tu voz esta noche, antes de abrir la cobija. Tal vez como una niña pequeña que necesita un cuento de princesas, donde la salve un príncipe de color azul. Creo que ella admitiría incluso, a estas alturas, un príncipe verde. Hasta el teléfono, con ese tono tedioso y largo y obscuro y terrible, estuvo silencioso. Esta noche no fue. Ni la anterior tampoco.  Y eso que dicen por ahí (a quién se le ocurriría semejante cosa), que el hombre es un animal de costumbre. A esperar la costumbre, será, y si es que llega. Soy pesimista frente a ese tipo de casos. Yo, por lo menos, no he podido aprender, después de veinteytantos, a sonreírle al gallo a las seis.

Lúgubre

¿Qué sería definir un día lúgubre? De pronto que haya amanecido lloviendo. La lluvia tiene esa sensación, pequeña, de hacer parecer que los días son tristes. De pronto, también, que las cobijas se le hayan pegado tanto, que ella se haya enamorado de ellas y no hubiese querido salir. Eran pocas horas, a decir verdad. Aunque un día lúgubre, tal vez, no tiene que ver con nada de eso, aunque eso sea representativo. Quizá al corazón no lo pintaron tan rojo mientras dormía. Y quizá tiene tantas preguntas en su cabeza, que la cabeza no tenga huecos para ver un día diferente. Tal vez faltó un abrazo, una de esas palabras rosas que son tan importantes, no leer lo que no debía, no descubrir chismes ajenos, un beso mudo, nunca se sabe. Puede ser que una palabra le hubiese quitado la lugubridad al día. No fue así. De seguro tiene que ver esa complicación por los puntos y comas, por los puntos suspensivos, por esas cosas tan simples y tan complejas al tiempo. Esas cosas que los demás no entienden. Es que cada quien tiene sus preocupaciones simples, sus potenciales estupideces, que son sus importancias, aunque para los demás no. Cada quien tiene sus días. Lo que depende es el número.

Cuento

Tiene la sensación de que no puede contar un cuento. Está enojada con Cortázar y con Borges. De nada le sirvieron esta noche ni la de ayer ni las de allá. Es que la teoría es cosa difícil y estorba, casi siempre. Por eso los teóricos suelen ser tan aburridos, empezando por el título. Tal vez lo primero que haya que hacer es lanzar la cobija para arriba y que caigan todos: El de la R, la G y el hombre de la H con m, que ya ni se acuerda. Que caigan, que se quemen como en el Quijote. A esa hora y a solas (porque nadie se va a dar cuenta), todo es posible. Nada es lo que parece. Ni su pelo liso.

Tal vez es que no sea cuentista.

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Cuando llega a la hoja en blanco se queda en blanco, sabiendo que lo venía pensando mientras caminaba al computador. Lo había escrito completo en su cabeza, con comas y todo, con nombres propios incluso. Y llega y se le olvida, como si su memoria fuera pasajera. Decía algo así de la tristeza, porque aunque la tristeza parece que se va por tiempos, viene, de visita. Quizá tiene que ver que pese a todo la tristeza está siempre de fondo, porque ella es una mujer que ha amado y amará siempre la tristeza. No está segura si tiene que ver con lo azul que es la tristeza, pero su amor se ha mantenido desde tiempos inmemoriales (por lo menos de los que se acuerda). Sonríe poco y evita compararse con los demás. Es que los demás realmente pueden ser fastidiosos o más talentosos o más bonitos o mejores dibujantes. Luego entonces ella termina reducida a una hormiga, a un nombre, a una mujer anónima. Vuelven sus miedos. No le gustaría morir en masa, con tanta gente. Es tímida. Preferiría morir silenciosamente, sin que se note mucho, sin que le duela mucho, sin que les duela mucho. Morir y que esos pocos que parecen amigos se acerquen y le lean un poema. Uno que le haya gustado mucho aunque sea ella de las que no se acuerda de lo que lee ni de lo que le gusta. En fin. Es tarde ya. Últimamente le han dicho, muchísimo, que es muy reiterativa. Sí, es una verdad a gritos, si a eso vamos. Y no sabe si es malo o es bueno o qué será. Tal vez tiene que ver que su vida es reiteradamente reiterativa. En fin, para que quede reiterado.

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Un señor habla de fondo del espacio público. Dice que no hay espacio público, que estamos atiborrados de gente y de casas y de edificios y de carros y de metros y de cemento. Yo creo que estamos atiborrados de naranja. Como la ciudad anaranjada de ese Thomás.

Del gato

Cuando se devolvió a recoger el gato, ya no estaba. Quedaba la sangre, un poco de pelos, el pavimento. Quedaba el recuerdo. El gato lo miró a los ojos, le dijo que no se quería morir, se movió rápido, que la llanta no lo alcanzara. No obstante, el gato no vio el taxi y fue a parar justo debajo de la llanta.  No le cabía en la cabeza. Pensó que el gato no se podía morir. Era gato y tenía que ser muy gato, tanto para esquivar la moto como para esquivar al amarillo. Cuando se devolvió, el gato ya no estaba. Quedaba el recuerdo y quedaba la sombra, amarilla también, del gato que no fue tan gato. Sus siete vidas se esfumaron de un solo pisón.

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A una amiga con C

Porque uno puede tener muertos en su vida, sin necesidad de que se hayan muerto para los demás. Basta con que su nombre desaparezca de la cabeza, que su cara desaparezca de nuestra cabeza, que su vida desaparezca de nuestra vida. Porque no se necesita morirse del todo, para morir en uno que otro corazón. Tiene que ver con eso del olvido, posiblemente. Los muertos no están muertos, si se les recuerda. Y los vivos no están tan vivos, si se les olvida.

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Después de que no tuvo más lágrimas para el amor, de que hubo pruebas suficientes para decir, qué tal ese, con todas esas pseudopalabras, amebióticas por demás, escribió las letras suficientes para empezar el entierro: estás muerto. Y entonces preparó el asesinato completo. Le sacó punta al lápiz, se aseguró de tener suficientes hojas blancas sin rayas, cerró la puerta, no puso un poco de música y menos la que le recordaba a él, dejó entrar al silencio y se aseguró de que las lágrimas se escondieran lo suficiente. Y ahí fue cuando empezó. Le escribió que era un descarado, un mentiroso, un hombre sin esas cosas de abajo que suelen tener los hombres. Que era más fácil que le dijera que se le había acabado el amor, que la otra le gustaba más, que quería a esa, en lugar de todo lo demás. Que no era suficiente borrarla del Facebook ni siquiera, porque los chismes llegan solos, sin preguntar. Que dejara de ser idiota, que ese dicho de que entre el cielo y la tierra todo se sabe es tan exacto como que el mundo es un pañuelo. Y que el error no estuvo en todo eso, que fue lo de menos. El error estuvo,  exactamente, y fue lo demás, en no haber dicho las palabras exactas, es decir, que hasta ahí, que el amor no va más, que adiós. Por eso optó por el asesinato, sin tocarle un pelo y sin derramar una gota de sangre. “Mírate aquí, escrito en varias palabras, muriéndote letrunamente”. Que no le importa ya, ni le va a importar más, ni le va a existir más. Y que, por supuesto, lo va a dejar con las ganas de verle destrozada la vida. No señor. Ni que fuera el único hombre y ella la última mujer. Ni que tuviera 90 años y la piel arrugada. Ni que se mereciera una vida completa pronunciando su nombre. Y que se olvide, mucho más, de que le va a decir que mire la mujer que se perdió, porque no hay nadie como ella, como a él le gustaría escuchar, porque ese, para lástima suya, no es su estilo. Para eso existen este tipo de puñaladas, más certeras y sin problemas de justicia. De ahora en adelante, levanta la cara, mientras pone la firma, se suma a la lista de muertos en vida de su corazón. Ni una lágrima, ni un kilo, ni una palabra más. “Buen día señor aquel. Que le vaya bonito de muerto”.