Me hizo falta tu voz esta noche, antes de abrir la cobija. Tal vez como una niña pequeña que necesita un cuento de princesas, donde la salve un príncipe de color azul. Creo que ella admitiría incluso, a estas alturas, un príncipe verde. Hasta el teléfono, con ese tono tedioso y largo y obscuro y terrible, estuvo silencioso. Esta noche no fue. Ni la anterior tampoco.  Y eso que dicen por ahí (a quién se le ocurriría semejante cosa), que el hombre es un animal de costumbre. A esperar la costumbre, será, y si es que llega. Soy pesimista frente a ese tipo de casos. Yo, por lo menos, no he podido aprender, después de veinteytantos, a sonreírle al gallo a las seis.

Lúgubre

¿Qué sería definir un día lúgubre? De pronto que haya amanecido lloviendo. La lluvia tiene esa sensación, pequeña, de hacer parecer que los días son tristes. De pronto, también, que las cobijas se le hayan pegado tanto, que ella se haya enamorado de ellas y no hubiese querido salir. Eran pocas horas, a decir verdad. Aunque un día lúgubre, tal vez, no tiene que ver con nada de eso, aunque eso sea representativo. Quizá al corazón no lo pintaron tan rojo mientras dormía. Y quizá tiene tantas preguntas en su cabeza, que la cabeza no tenga huecos para ver un día diferente. Tal vez faltó un abrazo, una de esas palabras rosas que son tan importantes, no leer lo que no debía, no descubrir chismes ajenos, un beso mudo, nunca se sabe. Puede ser que una palabra le hubiese quitado la lugubridad al día. No fue así. De seguro tiene que ver esa complicación por los puntos y comas, por los puntos suspensivos, por esas cosas tan simples y tan complejas al tiempo. Esas cosas que los demás no entienden. Es que cada quien tiene sus preocupaciones simples, sus potenciales estupideces, que son sus importancias, aunque para los demás no. Cada quien tiene sus días. Lo que depende es el número.

Cuento

Tiene la sensación de que no puede contar un cuento. Está enojada con Cortázar y con Borges. De nada le sirvieron esta noche ni la de ayer ni las de allá. Es que la teoría es cosa difícil y estorba, casi siempre. Por eso los teóricos suelen ser tan aburridos, empezando por el título. Tal vez lo primero que haya que hacer es lanzar la cobija para arriba y que caigan todos: El de la R, la G y el hombre de la H con m, que ya ni se acuerda. Que caigan, que se quemen como en el Quijote. A esa hora y a solas (porque nadie se va a dar cuenta), todo es posible. Nada es lo que parece. Ni su pelo liso.

Tal vez es que no sea cuentista.

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Cuando llega a la hoja en blanco se queda en blanco, sabiendo que lo venía pensando mientras caminaba al computador. Lo había escrito completo en su cabeza, con comas y todo, con nombres propios incluso. Y llega y se le olvida, como si su memoria fuera pasajera. Decía algo así de la tristeza, porque aunque la tristeza parece que se va por tiempos, viene, de visita. Quizá tiene que ver que pese a todo la tristeza está siempre de fondo, porque ella es una mujer que ha amado y amará siempre la tristeza. No está segura si tiene que ver con lo azul que es la tristeza, pero su amor se ha mantenido desde tiempos inmemoriales (por lo menos de los que se acuerda). Sonríe poco y evita compararse con los demás. Es que los demás realmente pueden ser fastidiosos o más talentosos o más bonitos o mejores dibujantes. Luego entonces ella termina reducida a una hormiga, a un nombre, a una mujer anónima. Vuelven sus miedos. No le gustaría morir en masa, con tanta gente. Es tímida. Preferiría morir silenciosamente, sin que se note mucho, sin que le duela mucho, sin que les duela mucho. Morir y que esos pocos que parecen amigos se acerquen y le lean un poema. Uno que le haya gustado mucho aunque sea ella de las que no se acuerda de lo que lee ni de lo que le gusta. En fin. Es tarde ya. Últimamente le han dicho, muchísimo, que es muy reiterativa. Sí, es una verdad a gritos, si a eso vamos. Y no sabe si es malo o es bueno o qué será. Tal vez tiene que ver que su vida es reiteradamente reiterativa. En fin, para que quede reiterado.

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Un señor habla de fondo del espacio público. Dice que no hay espacio público, que estamos atiborrados de gente y de casas y de edificios y de carros y de metros y de cemento. Yo creo que estamos atiborrados de naranja. Como la ciudad anaranjada de ese Thomás.

Del gato

Cuando se devolvió a recoger el gato, ya no estaba. Quedaba la sangre, un poco de pelos, el pavimento. Quedaba el recuerdo. El gato lo miró a los ojos, le dijo que no se quería morir, se movió rápido, que la llanta no lo alcanzara. No obstante, el gato no vio el taxi y fue a parar justo debajo de la llanta.  No le cabía en la cabeza. Pensó que el gato no se podía morir. Era gato y tenía que ser muy gato, tanto para esquivar la moto como para esquivar al amarillo. Cuando se devolvió, el gato ya no estaba. Quedaba el recuerdo y quedaba la sombra, amarilla también, del gato que no fue tan gato. Sus siete vidas se esfumaron de un solo pisón.

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A una amiga con C

Porque uno puede tener muertos en su vida, sin necesidad de que se hayan muerto para los demás. Basta con que su nombre desaparezca de la cabeza, que su cara desaparezca de nuestra cabeza, que su vida desaparezca de nuestra vida. Porque no se necesita morirse del todo, para morir en uno que otro corazón. Tiene que ver con eso del olvido, posiblemente. Los muertos no están muertos, si se les recuerda. Y los vivos no están tan vivos, si se les olvida.

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Después de que no tuvo más lágrimas para el amor, de que hubo pruebas suficientes para decir, qué tal ese, con todas esas pseudopalabras, amebióticas por demás, escribió las letras suficientes para empezar el entierro: estás muerto. Y entonces preparó el asesinato completo. Le sacó punta al lápiz, se aseguró de tener suficientes hojas blancas sin rayas, cerró la puerta, no puso un poco de música y menos la que le recordaba a él, dejó entrar al silencio y se aseguró de que las lágrimas se escondieran lo suficiente. Y ahí fue cuando empezó. Le escribió que era un descarado, un mentiroso, un hombre sin esas cosas de abajo que suelen tener los hombres. Que era más fácil que le dijera que se le había acabado el amor, que la otra le gustaba más, que quería a esa, en lugar de todo lo demás. Que no era suficiente borrarla del Facebook ni siquiera, porque los chismes llegan solos, sin preguntar. Que dejara de ser idiota, que ese dicho de que entre el cielo y la tierra todo se sabe es tan exacto como que el mundo es un pañuelo. Y que el error no estuvo en todo eso, que fue lo de menos. El error estuvo,  exactamente, y fue lo demás, en no haber dicho las palabras exactas, es decir, que hasta ahí, que el amor no va más, que adiós. Por eso optó por el asesinato, sin tocarle un pelo y sin derramar una gota de sangre. “Mírate aquí, escrito en varias palabras, muriéndote letrunamente”. Que no le importa ya, ni le va a importar más, ni le va a existir más. Y que, por supuesto, lo va a dejar con las ganas de verle destrozada la vida. No señor. Ni que fuera el único hombre y ella la última mujer. Ni que tuviera 90 años y la piel arrugada. Ni que se mereciera una vida completa pronunciando su nombre. Y que se olvide, mucho más, de que le va a decir que mire la mujer que se perdió, porque no hay nadie como ella, como a él le gustaría escuchar, porque ese, para lástima suya, no es su estilo. Para eso existen este tipo de puñaladas, más certeras y sin problemas de justicia. De ahora en adelante, levanta la cara, mientras pone la firma, se suma a la lista de muertos en vida de su corazón. Ni una lágrima, ni un kilo, ni una palabra más. “Buen día señor aquel. Que le vaya bonito de muerto”.

Esa cosa con g

Tiene la leve sensación (impresión si es más preciso, y sólo leve, no clara) de que su mundo no huele a nada. Está inoloro (y aunque no exista el término), salvo tal vez para los mocos, los bichos y bichitos que tienen secuestrada la nariz.

Conejos

Para el señor P, que me contó la historia.

Por quince años dejó al conejo virgen. ¿15 años? Gritó ella, a la que le pareció una vida completa dejar virgen a un conejo que, no sabe si por naturaleza o por convención, están hechos para traer conejitos al mundo. Y entonces le pareció, además, que un conejo, vivir quince años, es una eternidad completa, porque, tampoco sabe quién se lo dijo, se supone que los conejos no viven tantos años. El chico aquel que dejó virgen al conejo le dijo que la veterinaria, o alguien así, le había dicho que era la primera vez que sabía de un conejo que vivía tantos años. Que el máximo caso conocido era de un conejo de 8 años, pero ¡15 años! 15 a- ño-sss… nunca, ni de fundas. Y entonces fue cuando pensó en la tonta conclusión, pero conclusión perfecta para darle fin al caso: fue que el conejo trató de vivir todo lo que más pudo, haber si de pronto le llegaba una conejita bien bonita, así fuera joven, pero conejita al fin y al cabo. Sin embargo, en la jaula, en las cuatro paredes esas de la jaula esperó 15 años, al lado de las zanahorias, sin cumplir ese destino por el que al parecer, vienen al mundo los conejos, y rompiendo todos los récords, de los récords que tienen los conejos. Ni las lágrimas sirvieron a estas alturas de la muerte. Y de la virginidad conejina, tampoco.

De muertos

Cuando la abuela se encontraba en frente de la tumba de su hijo, después de tantos años que pasaba sin poderla ir a visitar, además de rezarle con camándula en mano, le tocaba en la tumba. Tres veces, o hasta más, para que el hijo le escuchara lo que le iba a rezar y a decir y le alcanzara el oído incluso para el pequeño sonido de las lágrimas cayendo sobre las mejillas. Porque frente a la tumba la abuela siempre lloraba, por eso se le podían quedar las flores, pero nunca el pañuelo. Había que disimular las lágrimas, para que el hijo muerto no estuviera penando por su dolor por allá tan lejos. También, aunque era pequeña y rechonchita, tomaba a la nieta, chiquita y flaquita, y la levantaba hasta la tumba, que estaba en la tercera fila, y le decía que le tocara también, para que le ayudara a despertarlo. Y la nieta le tocaba al papá y lloraba siguiendo a su abuela, así eso de la muerte no lo tuviera claro todavía. Venían las palabras de la abuela, de que le tocara siempre, cada que viniera a visitarlo, aunque la nieta no iba a visitarlo tanto, incluso viviendo en la misma ciudad. La nieta estaba pequeña, todavía, pero ya se podía preguntar si los muertos oyen en la tumba, o más bien oyen en todas partes, por algo así como la omnipresencia. Y eso que no entendía la palabra. Igual le tocaba ahí justo en la parte de la lápida donde estaba el nombre y le decía papá y le contaba historias. Lo mismo que hacía todas las noches, cuando le preguntaba que si esa sí, la podía volver a dejar en la escuela, antes de levantarse.

La abuela ya está muerta. La nieta ya está grande. Y por si las moscas, para complacer a la abuela, cuando va al cementerio le toca en la tumba, justo encima del nombre… pero no le habla.