Coma

Tiene en la mitad de la cabeza un bloque de silencio que le alcanza para sonrojarse, de la ira, incluso. Y es como si la boca estuviera sellada para gritar las palabras, para decirle ese montón de pensamientos que tiene atarugados ahí y que, como en la caricatura de los Simpsons con la enfermedad del señor Burns, como todos quieren salir, al mismo momento, se quedan enredados en la puerta, apretujados uno contra otro y ninguno lo logra. Respira hondo, cierra la puerta, respira más hondo, regaña a las lágrimas (cuidadito se les ocurre), le da un minuto al tiempo y sigue. Como si el silencio no se fuera carcomiendo todo lo demás. Habrá que esperar una bomba, más que atómica, silentópica, haber si de pronto.

Oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo

Y la hoja en blanco sigue vacía y han pasado ya 20 horas y 15 minutos desde que comenzó el día. Sigue vacía, pero ella, también, más despeinada. Como si por cada intento de palabra, el pelo tuviera la culpa. Como si se lo quisiera arrancar por culpa del ostensible blanco, que no se quiere ir.

.

Leo la frase de Mauricio en el Facebook: “No volveré a pisar las heces de las amarguras del destino. No más”. Entonces creo que el destino es directamente proporcional a las intenciones que uno tenga, tanto como que la tristeza es inversamente proporcional al sol picante. Y entonces me interrumpe el teléfono. Porque si bien el destino tiene mucho que ver con la frase aquella de la religión, la de ayúdate que yo te ayudaré, también tiene mucho de superstición y de cosas preescritas y de cosas que uno no esperaba. Lo que sí creo, por supuesto, es que uno puede hacer lo de Mauricio: asegurarse de no pisar, no más, nunca más, las heces de las amarguras del destino. Aunque puede seguir amando la tristeza.

De esas cosas que se me ocurren

Que los holandeses también tienen gallinas y las llaman kip. Y también tienen ojos que no son azules y no miden siempre un metro y ochenta y pico. También se queman la piel, los pican los zancudos, hacen “berrinches” y todo lo demás, como toda la demás gente del mundo. Y podría cambiar la palabra holandés por estadounidense, inglés, ruso y qué se yo. Lo que pasa es que me encontré un holandés y se me ocurrió lo de las gallinas. Entonces es cuando entiendo la palabra socialista.

Martina

Recorre el pedazo de vida que tiene. Podría resumirlo en una hoja de papel de un cuaderno de niño de primaria, arrancada a la ligera. Una vida cotidiana, escribiría con letra cursiva, para que quede claro que algún día alguna profesora de primaria la obligó a pegar las letras, porque era lo que se usaba entonces. Lo mismo de todos los días: pelear con el despertador, que ya es cualquier cosa menos un gallo. Bañarse con agua fría, porque es una completa gallina, a la que le gusta dejar la piel lista, como diría la abuela (a ella le encanta recordar lo que diría la abuela), para pelarla, desplumarla, exactamente. A veces, mientras el agua le cae piensa en la ropa. Ponerse el pantalón negro con la camisa negra y el collar colorinchudo aquel. No. Ponerse el pantalón blanco con la camisa blanca y el collar colorinchudo aquel. No. Ponerse el vestido. Tampoco. Ponerse, qué ponerse para que los otros no tengan tema para rajar en el día. En ese mundo en el que la moda de los demás importa tanto, pero no tanto como lo que los demás llevan puesto. Entonces opta por lo mismo: el jean (palabra que no aparece en la RAE), la camisa negra, sencillísima, y cualquiera de los zapatos, porque al negro todo le sale. Después maneja unos treinta minutos, trabaja unas doce horas, se devuelve a la casa, come algo ligero (o no), mira televisión (aunque crea que es un vicio popularmente estúpido), lee un rato (aunque está lo suficientemente cansada para hacerlo), chatea otro poco (por eso de la soledad) y se tira las cobijas encima unas ocho horas no consecutivas, por eso de que a veces el calor se la hace quitar, tanto como las ganas de ir al baño. Y entonces vuelve a sonar el despertador, a la misma hora, y luego todo se repite, casi exacto. Cotidianidad, diría ella. Monotonía, también lo diría ella. Pone el punto final a la hoja, la arruga como muestran en las películas que hacen los escritores desesperados por una frase y de la misma manera la lanza a la basura. Después se anda preguntando por qué un domingo, anda tan aburrida.

León

Y el león se paró y rugió tanto como le alcanzó la voz. Estaba solo y viejo, y de la selva de antaño solo quedaba un árbol, casi sin verde. Tampoco estaba la corona, ni los dientes. El león fue un punto y aparte, muy aparte.

Porque había que hablar de Facundo

Porque a uno, mágicamente, le duele la muerte de aquellos poetas que cantan. Nunca los vio, pero la música le entró hasta el rojo.

Me gusta estar tirado siempre en la arena… La lalalala, lalalalalala lalala lalalalalalala lalalalalalaaaaaaaaa

Siempre he querido tener voz de poeta, creo que a veces más que ser poeta, incluso. Y creo que Facundo Cabral era un poeta que tenía voz de poeta. Como los dioses, quizá. Porque la sensación cuando hablaba era que uno quería seguir escuchando cada frase, que era ya ensimisma una poesía. Y luego uno quería cantar con él y seguirle el ritmo, para poder cantar a todo pulmón. Uno no lo logra, realmente, salvo que sea cantante y poeta y tal vez Facundo. Creo que esta canción que a tantos les gusta, que gustar parece ser casi un cliché, me recuerda viejos tiempos. Estaba pequeña y mi mamá con los amigos escuchaba a Facundo y a Silvio y a Milanés. Y por eso creo que crecí con ellos, a medias, y por eso también me gustan tanto, quizá (Y aunque no los escuche a diario, sino a veces, no me sepa las canciones, sino una que otra y si acaso, y no me gusten todas, por demás). Por una extraña razón, además, hacen una conexión a Eduardo y yo pienso en el con No soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad, ni porvenir. Porque conmigo, Eduardo no es de aquí, ni es de allá. Creo que también pasará con Facundo. Facundo no es de aquí del todo, porque ya no está, ni es de allá, del todo, porque sus canciones le hacen saber a uno que todavía puede hablarle al oído. Y uno tiene que escuchar y devolverse en el tiempo. Al fin y al cabo, y por fortuna,  mi mamá todavía tiene los cassettes.

.

Pienso en la ausencia,
en el amigo de la canción
que se va y deja un espacio vacío.
La ausencia,
como ese hueco en la mitad,
indescriptible, inpintable, innombrable.
El amigo, el vacío,
el corazón que se tiñe
de colores sublimes, tristes.
Y no solo el negro.
En la mitad queda el color vacío.
Y es indescriptible, inpintable, innombrable.
Porque la muerte tiene ese sabor.
Un dolorcito por ahí en la mitad.

De esa poesía

Por estos días es tiempo de poesía en Medellín. Este fue el tema para EL COLOMBIANO. Se los quería compartir.

De esa poesía que mantiene la esencia

Se necesita, antes de empezar, un pedazo de poema de William Ospina: Aunque conozcas todas las palabras / las verás volver vírgenes / y algo nunca soñado dirá el azar con ellas.

Porque hablar de poesía, coincidirán algunos, necesita antes un poema. Casi como el trago que se toma antes de un tema difícil.

A la poesía, salvo el diccionario, pocos la definen. Rafael Maya, el poeta colombiano, dijo que “responde a necesidades esenciales del espíritu humano”. Sixto Cabrera, mexicano invitado al Festival de Poesía de Medellín, habla de la palabra bella, incluso de escribir “la eternidad de la vida”. Y hasta en un poema, muy conocido por demás, Gustavo Adolfo Bécquer escribió: ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?/ Poesía eres tú.

Continuar leyendo

Tilde

Ni los cuentos ni los poemas llegan cuando uno los está buscando. Llegan y, como me lo dijo el escritor Tomás González, si uno deja ir la idea, no vuelve. Por eso creo que, independientemente de su calidad, muchas ínfulas de poemas se han quedado en la almohada y, la almohada, no quiere hablar.

Aquí uno, que quiso ser poema, pero que sigue siendo borrador (tal vez deje de serlo, después).

Afuera, una tórtola.
Una tórtola de esas chocolates
duerme en la ventana,
en un nido que hizo
para un pichón que todavía es huevo.
Duerme la tórtola
y duerme la sombra de la tórtola,
también.

Adentro está el ventilador
y está ella
y está el llanto de un bebé,
que no duerme todavía
y que no tiene sombra.
No por ahora.

Ella, un cero a la izquierda
que corre como una gallina.
Atrás dejó ese lugar, intacto,
como se suelen quedar los lugares,
cada que alguien vuelve a marchar.

Están las lágrimas.
Y las lágrimas corren dobles:
tienen la sombra
de los muchos retornos.