Esa cosa con g

Tiene la leve sensación (impresión si es más preciso, y sólo leve, no clara) de que su mundo no huele a nada. Está inoloro (y aunque no exista el término), salvo tal vez para los mocos, los bichos y bichitos que tienen secuestrada la nariz.

Conejos

Para el señor P, que me contó la historia.

Por quince años dejó al conejo virgen. ¿15 años? Gritó ella, a la que le pareció una vida completa dejar virgen a un conejo que, no sabe si por naturaleza o por convención, están hechos para traer conejitos al mundo. Y entonces le pareció, además, que un conejo, vivir quince años, es una eternidad completa, porque, tampoco sabe quién se lo dijo, se supone que los conejos no viven tantos años. El chico aquel que dejó virgen al conejo le dijo que la veterinaria, o alguien así, le había dicho que era la primera vez que sabía de un conejo que vivía tantos años. Que el máximo caso conocido era de un conejo de 8 años, pero ¡15 años! 15 a- ño-sss… nunca, ni de fundas. Y entonces fue cuando pensó en la tonta conclusión, pero conclusión perfecta para darle fin al caso: fue que el conejo trató de vivir todo lo que más pudo, haber si de pronto le llegaba una conejita bien bonita, así fuera joven, pero conejita al fin y al cabo. Sin embargo, en la jaula, en las cuatro paredes esas de la jaula esperó 15 años, al lado de las zanahorias, sin cumplir ese destino por el que al parecer, vienen al mundo los conejos, y rompiendo todos los récords, de los récords que tienen los conejos. Ni las lágrimas sirvieron a estas alturas de la muerte. Y de la virginidad conejina, tampoco.

De muertos

Cuando la abuela se encontraba en frente de la tumba de su hijo, después de tantos años que pasaba sin poderla ir a visitar, además de rezarle con camándula en mano, le tocaba en la tumba. Tres veces, o hasta más, para que el hijo le escuchara lo que le iba a rezar y a decir y le alcanzara el oído incluso para el pequeño sonido de las lágrimas cayendo sobre las mejillas. Porque frente a la tumba la abuela siempre lloraba, por eso se le podían quedar las flores, pero nunca el pañuelo. Había que disimular las lágrimas, para que el hijo muerto no estuviera penando por su dolor por allá tan lejos. También, aunque era pequeña y rechonchita, tomaba a la nieta, chiquita y flaquita, y la levantaba hasta la tumba, que estaba en la tercera fila, y le decía que le tocara también, para que le ayudara a despertarlo. Y la nieta le tocaba al papá y lloraba siguiendo a su abuela, así eso de la muerte no lo tuviera claro todavía. Venían las palabras de la abuela, de que le tocara siempre, cada que viniera a visitarlo, aunque la nieta no iba a visitarlo tanto, incluso viviendo en la misma ciudad. La nieta estaba pequeña, todavía, pero ya se podía preguntar si los muertos oyen en la tumba, o más bien oyen en todas partes, por algo así como la omnipresencia. Y eso que no entendía la palabra. Igual le tocaba ahí justo en la parte de la lápida donde estaba el nombre y le decía papá y le contaba historias. Lo mismo que hacía todas las noches, cuando le preguntaba que si esa sí, la podía volver a dejar en la escuela, antes de levantarse.

La abuela ya está muerta. La nieta ya está grande. Y por si las moscas, para complacer a la abuela, cuando va al cementerio le toca en la tumba, justo encima del nombre… pero no le habla.

Coma

Tiene en la mitad de la cabeza un bloque de silencio que le alcanza para sonrojarse, de la ira, incluso. Y es como si la boca estuviera sellada para gritar las palabras, para decirle ese montón de pensamientos que tiene atarugados ahí y que, como en la caricatura de los Simpsons con la enfermedad del señor Burns, como todos quieren salir, al mismo momento, se quedan enredados en la puerta, apretujados uno contra otro y ninguno lo logra. Respira hondo, cierra la puerta, respira más hondo, regaña a las lágrimas (cuidadito se les ocurre), le da un minuto al tiempo y sigue. Como si el silencio no se fuera carcomiendo todo lo demás. Habrá que esperar una bomba, más que atómica, silentópica, haber si de pronto.

Oooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo

Y la hoja en blanco sigue vacía y han pasado ya 20 horas y 15 minutos desde que comenzó el día. Sigue vacía, pero ella, también, más despeinada. Como si por cada intento de palabra, el pelo tuviera la culpa. Como si se lo quisiera arrancar por culpa del ostensible blanco, que no se quiere ir.

.

Leo la frase de Mauricio en el Facebook: “No volveré a pisar las heces de las amarguras del destino. No más”. Entonces creo que el destino es directamente proporcional a las intenciones que uno tenga, tanto como que la tristeza es inversamente proporcional al sol picante. Y entonces me interrumpe el teléfono. Porque si bien el destino tiene mucho que ver con la frase aquella de la religión, la de ayúdate que yo te ayudaré, también tiene mucho de superstición y de cosas preescritas y de cosas que uno no esperaba. Lo que sí creo, por supuesto, es que uno puede hacer lo de Mauricio: asegurarse de no pisar, no más, nunca más, las heces de las amarguras del destino. Aunque puede seguir amando la tristeza.

De esas cosas que se me ocurren

Que los holandeses también tienen gallinas y las llaman kip. Y también tienen ojos que no son azules y no miden siempre un metro y ochenta y pico. También se queman la piel, los pican los zancudos, hacen “berrinches” y todo lo demás, como toda la demás gente del mundo. Y podría cambiar la palabra holandés por estadounidense, inglés, ruso y qué se yo. Lo que pasa es que me encontré un holandés y se me ocurrió lo de las gallinas. Entonces es cuando entiendo la palabra socialista.

Martina

Recorre el pedazo de vida que tiene. Podría resumirlo en una hoja de papel de un cuaderno de niño de primaria, arrancada a la ligera. Una vida cotidiana, escribiría con letra cursiva, para que quede claro que algún día alguna profesora de primaria la obligó a pegar las letras, porque era lo que se usaba entonces. Lo mismo de todos los días: pelear con el despertador, que ya es cualquier cosa menos un gallo. Bañarse con agua fría, porque es una completa gallina, a la que le gusta dejar la piel lista, como diría la abuela (a ella le encanta recordar lo que diría la abuela), para pelarla, desplumarla, exactamente. A veces, mientras el agua le cae piensa en la ropa. Ponerse el pantalón negro con la camisa negra y el collar colorinchudo aquel. No. Ponerse el pantalón blanco con la camisa blanca y el collar colorinchudo aquel. No. Ponerse el vestido. Tampoco. Ponerse, qué ponerse para que los otros no tengan tema para rajar en el día. En ese mundo en el que la moda de los demás importa tanto, pero no tanto como lo que los demás llevan puesto. Entonces opta por lo mismo: el jean (palabra que no aparece en la RAE), la camisa negra, sencillísima, y cualquiera de los zapatos, porque al negro todo le sale. Después maneja unos treinta minutos, trabaja unas doce horas, se devuelve a la casa, come algo ligero (o no), mira televisión (aunque crea que es un vicio popularmente estúpido), lee un rato (aunque está lo suficientemente cansada para hacerlo), chatea otro poco (por eso de la soledad) y se tira las cobijas encima unas ocho horas no consecutivas, por eso de que a veces el calor se la hace quitar, tanto como las ganas de ir al baño. Y entonces vuelve a sonar el despertador, a la misma hora, y luego todo se repite, casi exacto. Cotidianidad, diría ella. Monotonía, también lo diría ella. Pone el punto final a la hoja, la arruga como muestran en las películas que hacen los escritores desesperados por una frase y de la misma manera la lanza a la basura. Después se anda preguntando por qué un domingo, anda tan aburrida.

León

Y el león se paró y rugió tanto como le alcanzó la voz. Estaba solo y viejo, y de la selva de antaño solo quedaba un árbol, casi sin verde. Tampoco estaba la corona, ni los dientes. El león fue un punto y aparte, muy aparte.

Porque había que hablar de Facundo

Porque a uno, mágicamente, le duele la muerte de aquellos poetas que cantan. Nunca los vio, pero la música le entró hasta el rojo.

Me gusta estar tirado siempre en la arena… La lalalala, lalalalalala lalala lalalalalalala lalalalalalaaaaaaaaa

Siempre he querido tener voz de poeta, creo que a veces más que ser poeta, incluso. Y creo que Facundo Cabral era un poeta que tenía voz de poeta. Como los dioses, quizá. Porque la sensación cuando hablaba era que uno quería seguir escuchando cada frase, que era ya ensimisma una poesía. Y luego uno quería cantar con él y seguirle el ritmo, para poder cantar a todo pulmón. Uno no lo logra, realmente, salvo que sea cantante y poeta y tal vez Facundo. Creo que esta canción que a tantos les gusta, que gustar parece ser casi un cliché, me recuerda viejos tiempos. Estaba pequeña y mi mamá con los amigos escuchaba a Facundo y a Silvio y a Milanés. Y por eso creo que crecí con ellos, a medias, y por eso también me gustan tanto, quizá (Y aunque no los escuche a diario, sino a veces, no me sepa las canciones, sino una que otra y si acaso, y no me gusten todas, por demás). Por una extraña razón, además, hacen una conexión a Eduardo y yo pienso en el con No soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad, ni porvenir. Porque conmigo, Eduardo no es de aquí, ni es de allá. Creo que también pasará con Facundo. Facundo no es de aquí del todo, porque ya no está, ni es de allá, del todo, porque sus canciones le hacen saber a uno que todavía puede hablarle al oído. Y uno tiene que escuchar y devolverse en el tiempo. Al fin y al cabo, y por fortuna,  mi mamá todavía tiene los cassettes.