A la sombra

Uno vive a la sombra de sus muertos. Eso me parece ahora. Vivo a la sombra del mío desde que tengo un año y ocho meses, desde  ese dos de julio de 1988, en alguna hora de la tarde de ese sábado: mi papá.  De eso no me acuerdo. De él tampoco. Eduardo es mi muerto, sin embargo. Sé que tenía el pelo negro, que era blanco, que tenía los dientes de arriba separados. Lo sé por la foto tipo cédula que siempre he tenido por ahí para acordarme que es él, mi papá. Mi muerto de siempre. No me acuerdo tampoco del único cumpleaños que él me celebró: yo estaba de blanco de los pies a la cabeza, muy elegante, con una balaca sobre mi pelo mono. Él estaba detrás dándome una pasa con su mano, esas que tanto odio ahora, cuando alguien hizo clic. Lo sé por la foto de cumpleaños al lado de la torta que está en algún álbum viejo de la casa del pueblo. Sé que hablaba duro y opita por un casete que se grabó sin que nadie se diera cuenta. Sé que me llevaba a la guardería en hombros mientras me explicaba qué era una vaca, porque nos encontrábamos varias en el camino: las describía para mí. Lo sé porque la gente que lo veía me lo ha contado. Sé que tenía una librería que se llamaba La Pola, que también era papelería para poder sobrevivir, pero que fue la única librería que ha tenido Riosucio desde que yo tengo memoria. Eso lo sé por mi mamá y porque de La Pola, cuando mi mamá la cerró, quedaron miles de papeles marcados con ese nombre con los que yo jugué a hacerme la librera y la vendedora. Sé, por supuesto que eso lo sé, que era de izquierda, del Moir, y que por eso lo mataron ese sábado de julio. Todo eso lo sé desde que tengo memoria. Y sé, además, que he usado a mi papá para ocultar mis miedos, por ejemplo esa vez que mis compañeras de escuela me sacaron de un grupo de baile diciendo que era una tiesa que no bailaba, y yo les dije que me había acordado de mi papá y que por eso también lloraba y que por eso, por supuesto que solo por eso, también me iba de ahí. Siempre lo usaba cuando tenía ganas de llorar por otra cosa delante de la gente. Y cuando siento que estoy bloqueada en la escritura, que no sé qué escribir, entonces pienso en él y escribo y repito su historia: a Eduardo lo mataron por pensar diferente, porque les estorbaba. Por ese vicio de decirle a la gente de izquierda que es guerrillera. Por eso también. Aunque detrás hay más cosas, supongo. Un más que en este país es difícil de escudriñar. También salgo fácil de muchas vainas echándole la culpa: que me cueste perder un examen o un amor es culpa de mi papá, que fue mi primera pérdida en la vida; que no quiera meterme en política es culpa de mi papá, porque lo mataron por ser un político; que no sepa bailar, por supuesto es culpa de mi papá porque él sabía bailar y seguro me hubiera enseñado a bailar, pero lo mataron. Etcétera. Los muertos lo van siguiendo a uno como una sombra de la que uno no se puede separar. Tampoco es que quiera. Yo aprendí, por ejemplo, a no ir a entierros desde esa vez que enterraron al papá de un amigo al que mataron también, creo que por robarle, porque en la mitad del entierro estaba llorando tanto que me tocó salirme a llorar al parque que está al frente de la iglesia: no podía dejar de pensar en Eduardo. Desde eso no voy a entierros, porque aunque no piense en él, yo me pongo a llorar. Tal vez porque sé, desde muy bebé, qué es tener un muerto en la vida. Aunque pasen los años.

No sé que es un muerto importante como mi papá, cuando uno ya está grande. No tengo idea. Porque mi abuelita se murió hace cinco años y a mí me dolió mucho, porque era mi abuelita más querida, casi el reemplazo de mi mamá, una que me crió, que me hacía cuajada en exclusiva y me compraba pollitos de colores cuando estaba chiquita. La Blanquita aquella es la que me enseñó a usar zapatos, cuando casi cumplo dos a pie limpio. Y yo la extraño, claro, sobre todo cuando cocino (yo sé hacer arepas por ella) o cuando me acuerdo de sus consejos de abuelita como que no me bañe llena o no me serene si tengo gripa. Esas cosas. Solo que si bien yo la pienso mucho, si bien yo la extraño y la quiero, es una sombra muy clarita. A ella no le echo la culpa sino de que no sea tan buena para fritar buñuelos como ella, pero nomás. Supongo que es porque la Blanquita esa se murió de vieja y no por una bala, no antes de tiempo.

No sé si hay clases de muertos, tampoco si unos duelen más o duelen menos, pero esa sensación de que Eduardo se fue a los 33, cuando todavía había tanto por dar, es difícil de entender. Sobre todo esa sensación de que murió porque alguien quiso que muriera, que fue porque alguien le apuntó con un arma y disparó. Eso que es la violencia, tan difícil de entender, complica más ese muerto que me sigue. Porque si hubo una pregunta que me costó hasta hace poco es que Eduardo supiera que en el ejercicio de la política podía morir y que eso estaba bien para él: que morir era una posibilidad y él estaba dispuesto a asumirla, porque creía que la política era una manera de vivir, que ayudar a otros, que pensar en los otros, era importante, fundamental. Esa era su vida y lo mataron por hacer lo que le gustaba. Supongo que no creía que iba a morir, quién va a creer eso, pero supongo también que en el fondo sabía los riesgos, y más en este país. Y ahí es cuando alguien como yo, que sufrió las consecuencias de que la guerra lo deje sin papá, sabe que es muy difícil vivir en un lugar en el que no respetan la diversidad de pareceres. Cuando pensar diferente es lo que hace que el mundo sea un lugar más interesante. No es posible que te maten, porque lo que estás diciendo le incomoda a alguien. Y eso es un país triste. Y es más triste que después de 32 años, porque eso hace ya que no existe Eduardo en este mundo, esto no haya cambiado. Y por eso a veces es mejor callar (aunque no callemos todas las veces), sobre todo los que no somos como Eduardo. A los que nos da miedo, los que somos egoístas y no tenemos intenciones de morir por otros, de que nos maten por decir algo. Un día mi mamá me dijo que para esta familia un muerto era suficiente.

No escribo esta vez de mi papá porque no tenga nada más de que escribir, sino porque la muerte, pese a todo, es un tema que se me hace muy cercano, que aparece cada rato a cuestionarme, a no dejarme dormir. El jueves por la tarde murió ese cantante, a los 29 años. Estaba en un carro, quién sabe yendo hacia dónde, cuando una bala que no iba para él, eso dicen las noticias, lo mató. Desde ese día he buscado sus fotos para imaginar cómo era, casi de la misma manera que hago con mi papá: tenía una cara de niño ese muchacho. Entonces llegué a la foto en la que celebraba el año nuevo y los sueños que tenía para 2019. Y a uno ahí se le encharcan los ojos y la tristeza se entra. Mi papá tenía 33 años, que es la edad a la que voy a llegar este año. Eso, en perspectiva, parece tan poquito. Así que pienso en Legarda y me parece que es tan poquito. Y pienso en la joven que mataron esa misma semana que solo tenía 16. Dieciséis no es nada. Porque es injusto que una bala que no era para él ni para ella, haya llegado a él y a ella. Claro, supongo que es muy fácil decir que ese era su destino, que seguro ese era su día y demás, pero detrás hay un montón de problemas, entre ellos uno que enoja (a mí, por lo menos, porque se llevó a Eduardo): la violencia. Porque esa bala fue para Legarda y para la niña, y con él se volvió un cuento que supieron muchos porque era famoso, pero pudo ser para cualquiera que fuera al frente en un taxi o caminando. La cifra la leí en El Colombiano: 1.565 víctimas en 27 años (entre 1990 y 2017): 675 muertos. En 2019 van siete.

Y no es que haya muertos de primera o de segunda, porque de él se ha hablado mucho estos días y de ella muy poco. Quizá que su nombre fuera más conocido hace que la gente caiga en cuenta de un hecho que se repite pero que se queda en silencio, y a veces alguien, que genera cercanía porque algunos lo conocían, viene a recordar que no se vale ser indiferentes. Ni con él ni con ella ni con nadie.

Eso lo sabemos: la muerte llega en cualquier momento. De pronto se cae la cama y ya está. Solo que cuando alguien muere por la acción de otro, se hace más difícil de explicar. Porque hay muertos, mueran como mueran, que se vuelven sombras: no se vuelve a ser el mismo. Uno es uno más un muerto en su lista de muertos. Lo demás son las preguntas, ese sentido de injusticia.

Entonces pienso en la familia de Legarda: en su mamá, en su papá, en sus hermanas, en su novia. Y pienso en la joven de 16 años y en los que quedan: su mamá, su papá, sus hermanas, quién sabe. Porque yo creo que uno vive con sus muertos, aunque la vida, como siempre, no ha de parar por uno más.

Y es cuando el silencio llega.

Cuadro I

La tía Amparo se sienta en la banca de la cocina de la tía Floralba. Aunque ya no hay banca si no una silla rimax, yo la veo sentada en esa banca con la que uno creció en esa cocina. Puede quedarse ahí, en silencio. A veces se ríe, pero nada más. Yo la miro y me acuerdo de la tía Judiela, que se murió hace tantos años. Era la que nos enseñaba, desde esa banca y esa misma esquina, que a la aguapanela caliente hay que echarle los cuadritos de queso y esperar. El otro día la tía Amparo estaba sentada raspándose la olla del arequipe. Estuvo media hora dándole con la cuchara, como si viera más arequipe del que nosotros veíamos. Que para qué le dieron la olla, dijo luego, cuando se la quitaron, sino para limpiarla. Y se rió, como si fuera una niña de nueve. Tiene más de 85, calculo yo, y ya no sabe hacer dulce de guayaba, que era lo que hacía cada tanto: nos lo entregaba en tarritos de Nescafé y uno se comía eso de una sola sentada, a punta de leche.

A veces  me parece que desde esa esquina y esa banca que ya no está, la tía Amparo, que ya tiene poca memoria, anda esperando que la muerte se acuerde de ella.

Al voltear la curva, ahí está la finca de los abuelos

Antes de llegar a la finca había una curva que no la dejaba ver. Ese barranco del que sacaban tierra era de mi abuelo, entonces uno veía el barranco, pensaba que era del abuelo y, al terminar la curva, veía al fondo la finca anaranjada, más conocida entre los primos como la finca de los abuelos. Entonces la vi. No la veía desde que era una niña de unos 12 años, no me acuerdo, y pasaba las vacaciones con la abuela: toda una semana entre esas chambranas anaranjadas, echándole maíz a las gallinas a las que les tenía miedo, jugando con la batea que me prestaba mi abuelita Blanca, jugando con las vecinas de la tienda que se llamaban Isabel y Magdalena. Magdalena es la única persona que yo he conocido en la vida que se llama como mi mamá. Era una semana haciendo queso con la abuela, asando arepas de maíz maíz, que le ayudábamos a moler en una máquina que estaba en la cocina de atrás, en la vieja, donde se cocinaba con leña. Ahí llegaba uno recién levantado y despeinado, casi con los ojos cerrados a que la abuela le diera un pocillo de aguapanela para los niños como yo, o café con aguapanela para los que pasaban por ahí y saludaban a doña Blanca, preguntaban por don Beltrán y a veces se llevaban un queso o una botella de leche que había ordeñado el abuelo Beltrán a las 5:00 de la mañana y que la abuela Blanca vendía. El viernes yo casi siempre ya estaba aburrida y antes de abrir los ojos en una cama que era una cuna-cama al lado de la cama de los abuelos, que tenía debajo una bacinilla que mi abuela me ponía por si quería orinar por la noche, porque ni modo de salir al corredor oscuro, caminar veinte pasos y llegar al baño, antes de abrir los ojos, yo decía como una oración, que ya esté en Riosucio, que ya esté en mi casa, en mi cama, con mi mamá, y no, aparecían las puertas anaranjadas con sus barroticos arriba. Y la abuela ya no estaba, nunca, cuando yo me levantaba, sino que estaba en la cocina vieja, esperándome con la aguapanela, haciendo arepas y lista para decirme cómo amaneció la monita, pero la monita todavía tenía los ojos cerrados y le duraba unos diez minutos abrirlos para empezarle a ayudar a moler las arepas y pedirle un poquito de maíz para comer así solo o echarle leche más tarde. Entonces la vi, al frente, después de casi 15 años sin ir: estaba igualita, con las matas de la abuela alrededor, con su color de siempre, con sus chambranas de siempre, con la puerta de la pieza de la mitad abierta, de siempre. La finca de los abuelos, al frente, como la había dejado alguna vez. La vi y el carro se fue acercando a ella y yo lo único que hacía era llorar aunque no quisiera llorar. Y ahí estaba la abuela, al principio del camino, esperándome, tan raro. O quizá estaba arriba del camino, ahí donde empieza la finca, no me acuerdo. Y la abuela me vio llorando y me dijo cómo está la monita y yo no podía ni hablar, porque yo solo podía llorar de ver la finca, de ver a la abuela. No porque haya dejado de ver a la abuela, sino porque había dejado de ver a la abuela en la finca. Y porque sería la última vez de la abuela. Esa vez me dijo que fuera, por favor, que hace mucho no iba, y yo fui, porque hace mucho no iba, porque algo me dijo que tenía que ir. Hicimos arepas, hicimos queso, aunque esas labores las dirigió esta vez la tía Consuelo. De la tía Consuelo me acuerdo de otra vez que pisó un gatito que se escondió en el escalón de la cocina y la tía no lo vio y él tampoco vio a la muerte venir, pero terminaron él muerto y ella gritando, o diciendo ave maría o algo así. Nunca se me ha olvidado el gato ese, aunque haya más recuerdos de la tía Consuelo. La abuela, como siempre, mató su mejor gallina y comimos sancocho. O la cocinó la tía Consuelo, quien se acuerda pues. La abuela ya tenía 85. Nos sentamos en el corredor con el abuelo Beltrán y yo dormí, aunque no cupiera, en esa cama-cuna que era casi mía, con la misma cobija de siempre que la abuela tenía guardada todavía: la mía era la amarilla, la rosada era la de Marcela, la azul era la de Mauricio. Creo. No me acuerdo de las de ellos, la verdad, pero la mía sí era la amarilla. Me dolieron los pies y la espalda, porque no me pude ni estirar, y ese día, al amanecer, cuando abrí los ojos, deseé estar en la finca, con la abuela. Y ahí estaba, y ella estaba esperándome en la cocina para darme la última aguapanela de las dos. La última arepa de las dos. Yo solo podía llorar viendo la finca al frente, tanto que el señor del jeep ni se despidió. La abuela me estaba esperando, y a mí se me pasaron por delante todos esos años en los que yo fui feliz en la finca, con la abuela, cosiéndole la ropa a las barbies en esa máquina Singer y haciendo balacas que no me ponía. Las dos sabíamos, supongo, que era la última vez de las dos en la finca. Como si la muerte nos hubiera dicho el secreto, pero fuera invisible en ese momento. No nos tomamos ni una sola foto, pero yo todavía la veo ahí, con su pelo blanco todavía.

La abuela Blanca, mi abuelita, se fue un mes después. Era 14 de febrero, por la mañana.

 

abue

Learning to drive

Todavía te imagino en la ventana

mirando al gato colectivo
que se trepa al árbol para dormir en el tejado.
Yo quisiera un árbol para huir de vos,
pero ya ni eso queda:
se murió el cactus y también la mata del pescador.
Afuera unas vecinas conversan,
aunque es más bien una pareja que pelea:
hay gritos,
ella llora,
él no dice nada.
Vos tampoco dijiste nada.
El gato ya se durmió.
Hace rato.
Yo todavía recuerdo a esa señora de la película
a la que dejó el esposo.
Eran 21 años de matrimonio, pero llegó alguien más.
La historia que se repite. Con vos fue igual, a la x.
Ella aprendió a manejar y se cambió de casa.
Ya está.
Miro el catálogo de posibles cursos alternos.
Qué dices del punto de cruz, le pregunto al gato.
Maulla pasito.
Lo nuestro es la salsa, pienso.
Aunque baile pensando en que vos y yo, nunca bailamos.
No, todavía no estoy.

 

Se me olvida escribir, a veces. Me paro aquí, frente a esa pantalla en blanco, porque no voy a decir que hay una hoja ni un lápiz. Eso también lo intenté y no funciona. Me siento frente al teclado, pongo mis dedos en cada letra de acuerdo con las leyes de la mecanografía que me enseñó mi mamá hace mucho tiempo, y no se unen las palabras, como si vos ya no fueras parte de esta historia. Fueras, en ese pretérito imperfecto según el diccionario, que tiene toda la razón: fuiste siempre imperfecto, aunque yo te viera en presente perfecto y vos en subjuntivo.

Quisiera decir que no te quiero ya. Qué voy a quererte después de tanto. Te quiero, sin embargo. Y sin embargo, qué más hay que decir que los minutos nunca han dejado de parar, aunque te hayas ido. Que la vida sigue sin vos, pese a las tristezas, que a veces son sobre todo certezas. Esa, por ejemplo, de que ya no me quieres. Es más, esa de que nunca me hayas querido lo suficiente. De que nunca, por ejemplo, hayas tenido tiempo para responder una carta más que con silencio. Y yo entiendo el silencio, lo sabes, pero el silencio, y sé que lo sabes también, no siempre alcanza.

A veces la gente se muere antes de tiempo en la vida de los otros, supongo.

Esos muertos

El día que la tía Judiela se murió, yo estaba estrenando zapatos. Era la primera vez que me dejaban usar unos zapatos sin correa y eso significaba que ya era una niña grande, o más grande que el día en que no podía usar zapatos sin correa. Me quedaban grandes, lo recuerdo, y mientras caminaba por la calle del Comercio de Riosucio, que es la misma en la que hace muchos años, 1800 y algo –yo no soy tan buena para la historia como mi mamá– hubo una cerca que separaba dos pueblos enemigos que fueron unidos en Riosucio porque a dos padres les pareció que debían unirse, y ellos, tan diferentes, arriba estaban los blancos y abajo los indígenas, se tiraban vainas y se decían cosas. Me veo con un ramo casi más grande que yo, que era una mona muy flaquita y chiquita entonces, bajando por esa calle, con mis primeros zapatos sin correa y agarrando con los dedos como pudiera la suela porque los zapatos me quedaban grandes, pero yo no iba a decir ni a quejarme: de pronto y me devolvían a ser una niña menos grande.

La tía Judiela fue la primera muerta de la familia de la que me acuerdo. El primero fue mi papá, pero estaba tan pequeña que solo sé lo que me han contado: que hubo un entierro con muchas personas gritando hasta siempre compañero –o algo así, un presente, quizá, porque ya se me olvidó también–. En cambio con la tía Judiela, que era tía-tía por ser la hermana de mi abuela Blanca, tuve unos cuantos años para hacerme un recuerdo tangible, si se quiere: era la que nos hacía las camisas del colegio, cosía cuánta cosa se les ocurriera a los demás y cuando ya estaba muy enferma me trajo de regalo unas medias de Manizales. Me acuerdo de eso exactamente, yo salí al portón verde de la casa verde, a despedirla porque iba a Manizales por unos exámenes, y aunque ella ya podía poco con la vida, prometió volver con un regalo, y yo lloré, como si se hubiera muerto. Entendí que se estaba yendo y que no iba a volver. No como esa tía que se sentaba conmigo en la mesa del comedor de la tía Floralba, en una banca de unos dos metros que había al fondo y que el año pasado la tuvieron que quitar porque se la comieron las polillas y a mí se me hizo un acto doloroso de entender que hasta a las bancas de toda la vida se les acaba el tiempo, a enseñarme que a la aguapanela caliente se le echaba el quesito en trocitos, se esperaba un momento y luego se le comía deliciosamente. Esa era la tía Judiela. Hubiésemos sido tan felices las dos cosiendo. Un cáncer. El primero de la familia y hasta ahora el último.

La tía Judiela fue mi primer muerto. En concreto.

Hace dos días se murió Herman, el esposo de la tía Floralba. Una de esas personas que están en la familia desde que uno está pequeño, que uno saludaba con cariño cada año que había que despedir el año viejo, y ya. Fue el que en una época prendía el equipo antes de las 12:00 para que escucháramos la canción esa de que ya casi llegan las 12:00 y hay que correr a la casa a saludar a la mamá. Jugaba con los niños y le ayudó a mi mamá a comprar la moto que me dio de 15 años, porque él ayudaba a vender y a comprar motos. Era roja, justo, y eso que el rojo y yo no nos gustamos mucho desde siempre, pero que aprendimos a acompañarnos hasta cuando llovía. YKE18. Algo así. Herman se murió hace dos días, después de una semana en la que estaban rezando para que Dios se acordara de él. Eso dijeron. Dios se acordó el sábado, menos mal, porque ya estaba muy mal. Yo pienso en la tía Floralba, pero aún no la he llamado, porque cuando alguien se muere yo nunca sé qué decir por teléfono. A mí solo se me da por pensar que los muertos vienen a recordarnos el paso del tiempo, y se nos hacen al lado con el tic tac del reloj para que no se nos olvide que algún día vamos a ser nosotros. Y no porque esté mal morirse, sino porque a veces se nos olvida vivir. Es como el abuelo, que ya tiene 92 años y se la pasa sentado en una silla de la casa de la tía viendo pasar gente. Qué hace, le pregunto, y dice que esperando que Dios se acuerde de él. Por supuesto, mi abuelo reza la biblia todos los días y dijo que reza por mí, porque yo no volví a rezar. Cuando su Dios quiera, porque eso está en manos de él. Y está bien, supongo yo, pero también, mientras lo miro, me pregunto si eso todavía es vivir.

Herman es el papá de Nancy, que es prima de mi mamá, pero por ser varios años más pequeña que ella y solo unos años más grande que yo, es decir, parecía más sobrina que tía, se quedó de sobrina de mi mamá y prima mía. Algo así. Ahora Nancy no tiene papá, como no tuve yo desde que tenía un año y medio. Hace días también se le murió el papá a M, un amigo muy amigo mío. Tampoco supe que decir cuando lo llamé y a veces todavía no sé qué decir. Cuando se le muere el papá a alguien a mí se me vienen todos los recuerdos de que el mío se murió cuando yo ni siquiera tenía posibilidades de acordarme de él, y me duele, muchísimo, y a su vez es una sensación extraña: cuando yo estaba pequeña lo normal era que la gente tuviera un papá y una mamá, así que yo pertenecía a ese lado de los seres extraños que no teníamos papá, solo mamá, y aunque eso estaba bien, yo nunca fui como los demás. Aprendí a decir que a mi papá lo habían matado y también a tenerlo de excusa cada que quería llorar por algo que me daba pena decir que estaba llorando por esa bobada. Ahora que estoy grande, que ya tengo un año y un poco más de los que lleva muerto mi papá, y que solo me falta un poco más de uno para llegar a la edad en la que lo mataron, 33, cada vez es más fácil encontrarse que tus amigos son más como vos: tampoco tienen papá. Y aunque eso no es bonito, es indescriptible la sensación: es como si entraran a un club al que has pertenecido dolorosamente desde siempre. No hay cómo explicarlo. Hasta la D, que tanto he querido en los últimos meses, hacía parte, aunque solo hayamos llegado hasta allá un par de veces.

Los muertos nos persiguen, siempre, sobre todo los que nos importan, los cercanos. El mío se llama Eduardo y me ha perseguido desde que tengo memoria. Yo lo quiero, si bien siempre me ha parecido difícil entender por qué quiero a alguien que no conocí. Porque yo quiero a Eduardo, tanto, que me lo he inventado, ahí sí, desde que tengo memoria. Es mi muerto, y eso lo sabemos los dos. Luego está mi abuela Blanca, y no porque no quiera a Consejo, que se fue primero y que me dolió mucho porque yo la llamé y le dije que me esperara hasta que yo llegara a Neiva, que no se fuera a morir, que quería despedirme, y ella no pudo y se murió diez horas antes de que yo llegara a esa tierra que es igual también a Eduardo. Claro que la quería, por eso mismo: era la mamá de mi papá. Se iba una conexión a él y con quien llorar solo por pronunciar su nombre. Mi abuela me enseñó a tocar en la tumba de Eduardo y a contarle cosas desde detrás de ese pedazo de mármol, aunque yo lo hice poco. Mi mamá me enseñó en cambio que Eduardo estaba en todas partes y poco en el cementerio. Allá no íbamos casi y no vamos todavía. Yo quise a la abuela Consejo, mucho, pero la abuela Blanca me crió en segunda instancia. Me enseñó, por ejemplo, a que los humanos usamos zapatos, porque mi mamá y mi papá no me los pusieron hasta que mi abuela dijo y eso fue después del año y pedazo. No sé si antes de la muerte de Eduardo o después, habría que preguntarle a mi mamá porque la abuela ya se murió. La abuela decía que me los puso y yo lloré tanto, que ella igual se hizo la desentendida porque si no no aprendía. Mi abuela me enseñó a hacer arepas y con eso sobrevivo todavía los fines de semana: hay que hacerlas redonditas, con las dos manos, con paciencia. También me enseñó a hacer buñuelos, también redonditos, sin apretar mucho porque se estallan, pero eso ya lo desaprendí. Ella era la que fritaba y yo nunca supe cuál es la temperatura exacta sin tener un termómetro. Yo doblaba los tamales con la abuela, la acompañaba a la iglesia a prender veladoras y a donde la tía Floralba a saludar. En las vacaciones me iba a la finca y ella me enseñaba a hacer queso y arepas, e intentaba mejorar mi relación con las gallinas, pero no lo logró. Nos tenía una cobija de distinto color a cada uno de los primos, la mía era la amarilla, y una bacinilla, porque para salir al baño en la finca había que abrir la puerta y enfrentarse al corredor oscuro oscuro, que tiene al frente una montaña y después de los cuentos de terror de Mauro, nadie se atrevía. El abuelo y la abuela, por supuesto, también tenían su bacinilla, aunque no sé si por pereza o por miedo. Yo me adueñé de la gallina saratana, que ponía huevos verdes. Murió de vieja. Yo todavía me acuerdo de mi abuela Blanca. Todos los sábados llegaba de la finca con una cuajada hecha en exclusiva para mí. Nadie podía tocarla sin mi autorización expresa de querer compartirla. Y eso pasaba poco. Era mi abuelita, tan blanquita como su nombre, la que un día me dijo que uno no se podía bañar después de almorzar, porque podía morirse.

Luego he aprendido que hay muertos que no se han muerto en la manera literal porque uno puede todavía encontrarlos de pronto en alguna calle, pero que son muertos porque se van de la vida. A veces pueden revivir, como una vez que maté a mi amigo Jerónimo porque se había ido, porque nos alejamos, porque nos pusimos raros, pero regresó y nos volvimos a querer. Hay otros que nunca vuelven y hay unos que uno no quiere que se mueran, pero que si no se mueren, duelen mucho. Mejor que se vayan y que si han de volver alguna vez, vuelvan entonces. Y esos también se cargan, porque uno los lleva a muchas partes: a esa vez, por ejemplo, que dormimos por primera vez en mi cama, que abrimos la ventana como de costumbre en su casa, que sacamos al gato y le cerramos la puerta para que no se lanzara precisamente por la ventana, y que se levantó tempranísimo, como casi siempre en ese momento, y lo vi, sin que él me viera todavía, mirar hacia afuera, como en un cuadro que se hizo en ese instante. Fue la primera vez que yo supe que por mi ventana se escuchaban pajaritos, a pesar de que hay tantos edificios y tan pocos árboles. Porque morirse no es dejar de querer, sino como Eduardo: saber que quieres a alguien, solo porque sí y aunque esté muerto –aunque se haya querido ir–. Y a esas tristezas no hay que huirles, porque al final nos dejan algún poema o algún recuerdo. Porque estamos viviendo, supongo, y nadie puede quitarte lo único que te queda ante la ausencia: sentirse triste.

Los muertos, tan humanos. Aunque nos duelan tanto.

Tan nuestros.

Bailar

La música suena y adentro hay algo que quiere moverse. Se mueve. El señor dice que si bailas y vos decís que sí, que de pronto bailás, y salís a bailar con él. Te empinas, así dijo el profesor que se baila mejor porro –y de verdad funciona–, y dejas que el señor empiece. Todavía te acuerdas, piensas, sabiendo que no bailas porro como hace más de ocho meses. Hasta que hace una vuelta rara, que aunque sabes que has hecho antes, esta vez no llega, y te pierdes. Te ríes. Señor, le dices, es que hace tanto que no bailo. Se ríen los dos y repiten el paso. Te acordaste esta vez.

Prometiste no bailar bachata con desconocidos, pero qué hacés si estás en una fiesta que programó el profesor, es decir, se supone que todos son alumnos o se creen que han tomado algunas clases. El muchacho de rojo ya te había sacado a bailar porro y ahí bailaron más o menos –resultó con un paso que ni en tus tres niveles se te había pasado por la cabeza–. Que el muchacho del lado, también de rojo, dijo que vos sabías bailar bachata, dijo, y a vos esas palabras como que te borraron todo conocimiento bachatesco: ni los cuatro pasos hacia los lados te funcionaron y eso es lo más fácil. Te reíste, le pediste disculpas al muchacho, te volviste a reír. Se te fue la bachata, total. Al muchacho de rojo no lo volviste a ver bailar el resto de la noche, se mantuvo sentado en la esquina comiendo crispetas. Te dio remordimiento, pero bueno, allá él. Entonces te sacó otro señor, que tenía la camisa mojada de sudor, pero que dijo que él no recibía noes por respuesta. Y ahí te fuiste de nuevo a intentar con la bachata: ajá, que sí sabías, dijo el señor. Te salieron hasta los pasos difíciles que en clase se te olvidaban. Culpa del señor de rojo, y te liberaste.

Con el viejito que no sabía hablar bailaste porro de lo lindo. Es que el señor sabía bailar y vos como que ya habías calentado, porque eso fue como si hubieras bailado porro toda la vida. Lo mío es el porro, alcanzaste a decir. Hasta que te encontraste a un viejo compañero de salsa, que se cree que sabe mucho porque se sabe todos los pasos, pero que es todo alto y todo flaco y todo desgarbado y así son también sus movimientos, tanto que a veces no alcanzas a llegar a tiempo (ni él ni vos) y entonces se puso a hacer unos pasos que vos los habías hecho alguna vez, pero que ya tu cabeza los puso en el lugar de no usados por mucho tiempo. Te reíste, te miró como, qué pasó, no te rías que esto es serio y terminaron con un adiós sutil de no bailemos más, mejor.

Te reíste tanto, como hace días no. Bailas porque descubres que ahí se detienen las tristezas, te detenés vos, se detiene él, se detiene el miedo que te da por bailar con alguien desconocido, por no ser capaz de hacer algo que sí sos capaz. Con los desconocidos es maravilloso, ya lo descubriste: nunca se sabe quién va a llegar ni cómo y entonces bailar se vuelve eso que te duele tanto a veces, pero que ahí es toda una lección: la incertidumbre puede ser felicidad. Porque está el viejito que te quiere abrazar fuerte, el joven al que le da miedo dar vueltas, ese que está aprendiendo pero ya quiere hacer el paso más difícil, el señor que lleva años bailando y no se sienta ni un segundo y que si te equivoca te dices que vuelvan a intentarlo, el señor otro con el que no bailaste, pero sabes que con él pareces experta; el profe, que es como si fueras una profesional que lleva bailando muchos años; el que no cae nunca en el ritmo y a vos te toca romper esa regla de que en el baile el hombre manda, y entonces le mueves el hombro para que entienda, y ese al que no le pones expectativa y terminas bailando maravillosamente. El baile es la vida misma, supones, solo que moviéndose un poquito más.

Bailar para entender y, por estos días, también para el olvido.

Cualquier día. Ya no hay tres puntos.

Hace tanto frío que la cobija no alcanza. Tal vez soy yo, porque el gato todavía no ha dicho nada.

Sos vos, otra vez. Te he dicho adiós varias veces, de distintas maneras. He borrado tu nombre, varias veces también, en todos los papelitos que lo tenían. Es difícil imaginarte allá y no acá. Eso duele.

Hasta que uno entiende, a regañadientes, que no hay más esperanza. Se acabó, de verdad. Las posibilidades se volvieron nada y en el vacío es difícil quedarse.

Te fuiste también.

Dejo acá esta tristeza y este silencio. Te dejo este amor que no alcanzó y estas ganas de quererte más. Dejo aquí las preguntas que no se respondieron y las incertidumbres. También esas noches que te imaginé conmigo en el nevado, en una fotografía con el cielo rojo atrás, comiendo papas fritas en ese lugar que te conté un día y llegando a ese pueblo del que nunca te aprendiste el nombre. Me hubiera gustado que llegaras hasta allá, que entendieras por qué quiero al Diablo del Carnaval, que me hubieras visto esa única vez de cada dos años en que no me llamo de ninguna forma conocida. Me despido del balcón, de la hamaca que no volvimos a ver, de ese rincón donde también hay un gato. Voy a dejar de pensar en tus crespos despeinados y en tu labio de abajo. No más agua para reemplazar el ron que no alcanzamos a tomarnos ni la torta que nunca hicimos para ver si tu horno funcionaba. Dejo aquí el árbol de mangos y los dos gatos que solo se dejaban ver desde arriba, salvo que el señor les estuviera dando comida. Y dejo la posibilidad de imaginar las vidas de los señores del frente. Dejo la luna que se ve desde tu cama y la brisa que entra aunque haga frío en la madrugada. También me despido de la moto, de verte llegar en ella, de abrazarte para no caerme, pero sobre todo por abrazarte. De poner el carro justo cuando la llanta de atrás llegaba a la zanja y darle un besito a la R de lejos. De las idas a nadar y las comidas para volver a recuperar las calorías perdidas. Dejo aquí que canses al gato, que podamos ver los Simpsons aunque te quedes dormido. Dejo que ya no necesite televisor y que prefiera el silencio.

Te dejo aquí.

Es mejor pensar que hubo una vez una D, a la que quise. No más.

Día seis. Enredarse

Estuve en clase de baile. Bailar es esa manera de entender que a veces crees que no puedes hacer algo y, si intentas, si dejas el miedo a un lado y la pena, terminas haciendo el paso más imposible. El que dijiste, a primera vista, que ese no te salía ni de fundas. Y eso es magia: una lección en minutos. Sí podés, sabes. Hay que querer, sabes. Intentar. A veces me parece que eso te falta: ni siquiera has intentado bailar conmigo.

Lo demás es fácil. Bailo para olvidarte, podría decir, porque mientras bailo no puedo pensar en vos. Ni un segundo. Solo me pasó con el primer parejo. Me parece que ya me sé el paso, que me encanta, y entonces me emociono a hacerlo pensando en vos, ojalá fueras vos el parejo, digo, y cuando estoy en esas, imaginando, ya me he elevado tanto que no estoy más en ese salón de espejos y se me ha olvidado el paso cuando vuelvo. Entonces decido tirarte al final de la cabeza y me concentro. Y todo fluye. Bailar es sinónimo de que no estés, y eso da una tranquilidad. Por lo menos momentánea.

También me río. Me gusta una canción. Quizá es la única con la que siento que mi cuerpo de palo se conjuga bien con el ritmo. Ahora creo que hasta me sale con vos, y canto (en realidad fui a buscar la letra): “Hoy me encuentro enfermo/ ya no como, ni duermo/ solo pienso en ti/ y en la falta que has hecho
No no no…// Como imaginar/ que otro te besa/ que otro puede dar/ el amor que un día te di/ No puede ser/ si tanto te quise/ si por ti yo luché/ como es que te olvidaste de mí”. Me da una risa que me guste una canción así. ¿Yo, bachata?, digo a veces. Y de pronto ahí estoy, envuelta en ese ritmo y en esa canción mañé, que dice tanto, supongo.

De todas maneras, todavía quiero que vuelvas. Aunque haya visto esa foto que hace un hueco en los lugares donde uno ni siquiera llega. Y duele. Dolió mucho. Al principio, claro, rabia; después ni siquiera hay más. No hay nada. El vacío de siempre. Extrañarte, pese a todo. Querer una varita mágica que desaparezca los inconvenientes no naturales.

Ojalá volvieras, pienso, aunque yo me haya ido. Y eso no lo entiende nadie más que ese ser que hay adentro, queriéndote tanto todavía.

A veces me pregunto cómo era la vida antes de que llegaras. Me pasa igual con el gato. Ya no me acuerdo qué era no tener un gato. Porque si no hay esperanza, cuándo será que vuelve la vida sin que estés.

Día dos. Retirada

No querés escribirle ni escribirlo. Ya no importa. Estás triste por cada cosa que no debió ser. Por la falta de reglas, de explicaciones, de claridad. De verdades. Una amiga te diría que de decoro.

Era tan fácil, sabes. Explicar, no ocultar. Intentar. Decir. Si las palabras existen, y vos las sabés y él las sabe, era simple.

Hay un minuto en el que lo entiendes, y ahí sí que duele. Luego ya no (eso esperas). Hay rabia. Decepción. Con vos, sobre todo: no haberlo querido entender antes. Inventar explicaciones.

No es que no te quieras ir, es que hay que irse.

Te queda cada cosa que pusiste en ese enredo tan extraño. Hay gente que llega y no sabes. Y gente que se va.

Pasar. Hay gente que pasa.

Día uno. Despedirse

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Siempre está el gato

No se puede describir la tristeza, pero se sabe, en cambio, que está ahí aunque sonrías. Una tristeza que se va a quedar por horas, por días incluso, porque al final no quieres que se vaya. La tristeza es saber que él está todavía. Así que ni te abracen, los amigos, tan bellos que son los amigos, ni te miren ni te pronuncien su nombre, porque vas a llorar, y cuando vos llorás se te pone roja la nariz y los cachetes y no hay cómo disimular.

Pensaste en él, claro. Quisiste escribirle, varias veces, porque, cómo hace alguien para pasar de escribir a no escribir. Te aguantaste. Mejor no. A veces es mejor así. No siempre es como vos querés y si él no sabe qué quiere, nada que hacer. Ya no te das explicaciones. Miras el computador, trabajas. No hablas.

Ojalá te hubiera escrito. Todavía estás pensando en romper las reglas. El gato te mira. Al final siempre está el gato.

Él te habló del silencio, alguna vez. Hacés silencio. Le hacés silencio. Quizá es lo único que esperas de despedirte: eso, la falta de ruido. La falta de todo.

Te preguntas si te extraña. Ojalá te extrañara. Extráñame, le dices.

Él sabe que lo extrañas. En cada pedazo de brazo que te duele, ahí está.

Lees el libro que te regaló.

Todavía lo querés.

Por qué hay que despedirse, cuando uno no se quiere ir.