Día cero. Despedirse.

Para una Owl.

Me quito la camisa, que todavía huele a vos. Me quito los aretes de gato, que te recuerdan. Quisiera quitarte a vos de mí, pero eso no es como lo de la camisa ni como los aretes. Habrá que esperar.

Ir es un verbo fácil de conjugar, cuando a uno le gusta conjugar verbos. Irse no lo es, aunque a uno no le guste nada. No hay cómo explicarse el vacío ni tampoco llenar el montón de preguntas: por qué no te quedaste, si era tan fácil. Y no te quedaste.

 

Ojalá se fuera
ahora que llueve
y se mojara justo al voltear la esquina.
No lo mires desde el balcón,
porque hay recuerdos.
No pienses,
todavía hay amor.
Ya te quitaste la camisa
para que se vaya su olor.
La lavaste, de una vez,
para que se vaya del todo.
Ya te quitaste los aretes de gato
para guardar ese recuerdo tan cercano,
para que se vaya su voz.
Ahora miras al gato
solo para que lo olviden juntos, durmiendo.
Con él,
cada noche quisiste ser un gato.
Te has ido, eso dices.
Ni siquiera hay una foto para mirar después,
cuando todo haya pasado,
cuando el tiempo te deje reír, otra vez.
En el fondo solo quieres que aparezca,
volteando la esquina,
y sufrir de amnesia.
Lo abrazarías, aunque esté mojado,
y le dirías lo que nunca quiso que le dijeras:
que lo quieres,
te quiero, sabes.
Ojalá lloviera más,
para llover juntos.

La muerte de Eduardo

2 de julio de 1988. Era sábado. Estaba en la esquina diagonal a la alcaldía, afuera de un bar que se llamaba Daiquirí. Ahí estaba él y don Héctor. La gente todavía se sienta en esa esquina a conversar, aunque ahora no hay un bar sino una tienda de ropa para bebés. Tampoco está la señora que estaba ese día, como todos los días, con un carrito de dulces. Entonces ya era una viejita. No eran todavía las cuatro. El sicario pasó a pie y le dio un tiro.

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Despedirse

Para una D

Esa sensación de estarse despidiendo cuando no te quieres despedir. Decirle adiós a esas cosas que sientes, cuando no estás preparado para irte. Tener esperanza, porque alguien te dijo que si se muere la esperanza, te mueres también, y no quieres morir con él. No todavía. Tan difícil decirle adiós a los afectos, cuando aún están ahí.

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Miedo

A veces me despido antes de tiempo, negándole la posibilidad al futuro. Me da miedo y entonces detengo todo: mejor no sentir antes de tiempo. Es más fácil. El miedo es eso que sientes en el pecho, que no puedes definir, que no te deja dar un paso ni olvidarte del pasado, que te hace pensar que adentro de vos no hay nada. El miedo es el vacío mismo, pensarte como un punto antes del cero.

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Carta a vos

A veces es difícil entender. Lo miras, lo lees, sabes lo que dice ahí y lo que se ve, pero no quieres entender. No es un problema de comprensión lectora sino de intención, y la intención le gana a cualquier cosa. No te interesa entender. Querer no es difícil, eso ya lo sabes; que te quieran de vuelta es lo complejo. Has intentado con todas las explicaciones: que llegaste tarde, que tiene su cabeza enredada, que hay algo que no ha resuelto de su pasado. Y con ellas has ido yéndote en el tiempo, guardando la esperanza de que de pronto todo va a desenredarse y que eso que has imaginado antes de dormir va a pasar. Que va a ser como quieres que sea, no como ha sido desde el principio.

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Dos poemas

Hay tristezas que uno no entiende. Entonces les das vueltas y vueltas y las miras y las piensas y las escribes, y no las entiendes. Incluso se las cuentas al gato, pero el gato no dice nada. Eso es lo bonito de los gatos, que te miran, que no te dicen nada, que no les importa, aunque luego cruzan la puerta y se hacen al lado de la cama. Las tristezas están, y los gatos también.

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Hay días en los que uno se despierta y tiene ese nombre que ronda, como una abeja a la que uno le tiene miedo de que lo pique, aunque la abeja no tenga la culpa. Duermes y no se va. Barres y no se va tampoco. Juegas con el gato y sigue ahí. Vuelves a dormir, lavas los baños, te bañas vos, bañas al gato. Tampoco.

En este cuarto apareces.
Te estoy pensando desde hace una hora,
quizá media más.
Te imagino allá,
te miro en la foto.
Te dibujo.
Espero.
Dibujar es mejor que extrañarte.
Te apareces otra vez,
como en la última noche.
Revuelco tu pelo,
te beso el cuello,
nos besamos.
Te quiero, en esa manera extraña
en que quieres que te quiera.
Afuera está el árbol.
A veces quiero ser una de tus avispas,
justo de las que no sabe aterrizar.
Ojalá me vieras en una gotita de mar
o en esa nube sin forma que tienes al frente.
En la sal
o en la piña colada.
Pienso en tu ebriedad constante.
Miro tu nombre.
Ojalá llegaras en la noche,
así de sutil como aparece la luna.

Carta a un amigo

A una F,

te extraño, sabes. Pensar en la silla en la que solíamos sentarnos a conversar debajo del árbol, siempre a la misma hora, el mismo día, escapados del trabajo (vos del estudio) y de la realidad, porque así era: como si solo fueras vos. Te extraño no porque te quiera, porque qué es el amor. Uno no sabe de esas cosas ciertamente, porque cuando uno piensa que está enamorado, le preguntas al otro y se queda callado y uno se va triste a su casa, con ganas de llorar, pero sin llorar. Y no sabe qué es eso de la mitad, porque el amor es una cosa que nos han enseñado de otra manera. Supongo que te quise, pero no supe qué era. En cambio todavía sé que extraño sentarme a tu lado a que conversemos de cualquier cosa, importante o no, pero dejando al tiempo pasar por encima, descubriendo que vivir puede ser solo eso: estar ahí. Extraño escucharte, que te rías conmigo, que me digas que debería irme de ahí, o mejor cómo quedarme sin que me doliera. Tal vez vos tampoco sabrías cómo, pero sentados en esa silla, bajo ese árbol, sin afán, hubiéramos descubierto qué hacer.

Tal vez uno no sabe distinguir entre el amor de los amigos y ese otro amor, y ahí nos perdimos. Esta sociedad no está hecha para parejas con amigos, porque nos morimos de los celos. Claro. Tan difícil. Hasta yo misma no sé qué hubiera hecho si hubiera sido ella y no yo. A veces supongo que se notaba mucho que ahí había más de ese otro amor, que cualquier otro. Aunque primero hubiéramos sido amigos. Y el amor pasa, sabes, pero los amigos no. Si vos me salvaste cuando estaba lejos, cuando fui tan feliz y al mismo tiempo me estaba encontrando, en ese proceso tan doloroso de descubrir tantos miedos que no te han dejado ser. Tantas cosas que nos has resuelto con tu pasado. Tantos silencios que no te han acompañado. Tantas M que fuiste solo porque los otros eran felices. Y vos estabas ahí, escribiendo y leyendo, como si eso fuera lo único que yo necesitara para volver sabiendo que allá, tan lejos, se había quedado alguien y había regresado un pedacito, más alguien más. Vos eras parte de ese alguien más.

Y por eso quizá he vuelto a extrañarte tanto, a pesar de pensar que eras ya uno de esos amigos muertos. Porque sin haberme ido a ninguna parte, otra vez estoy volviendo a mirar esos miedos, esas cosas que no he resuelto con el pasado, esos silencios. Esa C que no escribe porque no puede, o porque no quiere, qué se yo, esa M que se enamora aunque no entienda, aunque a veces le duela, aunque las A sean tan difíciles de querer. Porque parece que he olvidado tantas cosas, o porque quizá necesitaré aprender otras otra vez. Porque el camino no siempre es tan recto como uno quiere para poder manejar rápido y cantar sin volumen.

Qué será de vos. A veces me pregunto si serás feliz, vos y yo que aprendimos que la felicidad es solo esa cosa que explota de pronto y se va. Si habrás crecido, si tendrás de nuevo el pelo largo o te lo habrás cortado. Si estarás flaco todavía. Si habrás aprendido a comer más.

Porque uno empieza a entender qué es eso de que la vida sigue sin alguien, pero a veces uno necesita ese correo electrónico que llega, para que le diga que un buñuelo hizo que alguien pensara en vos y te recuerde que la vida es eso: los pequeños recuerdos. Las cosas pequeñas que te hacen reír. Eso fuiste, y eso es lo que extraño. Supongo.

C.

Feliz año

Un amigo que me hace el tarot de vez en cuando muy a su estilo, porque él no cree en el tarot, me dijo en la primera hora del año que tenía una palabra para mí: tranquilidad. Y sí, esa sería la palabra perfecta, aunque tan difícil de llevarla a todas partes. Ni siquiera de definirla, de llevarla en el tiempo, de sacarla cuando se está yendo. Sentirla es fácil: estoy en ese balcón que me ha dejado tantos recuerdos felices, esperando a alguien que quiero de esa manera extraña en que a veces la vida nos pone a querer, escuchando la lluvia y viendo el agua llegar al árbol. No pienso. Solo escucho y veo. Solo tengo esa imagen de postal en mi cabeza. Nada más importa. Si la vida se detiene a veces, es en ese momento, y eso es la tranquilidad. Supongo.

No es fácil empezar el año. Es la incertidumbre, el no saber qué traen esos nuevos 365 días que llegan. Otro amigo dice que eso de que se acaba el año no tiene nada que ver, porque al final será lo mismo que ayer y que mañana. Solo que a uno se le da por pensar que es como un corte, la posibilidad de volver a empezar, de olvidar lo triste, de despedirse de los amigos muertos. De creer en los amores nuevos. De que esas palabras lleguen. Tranquilidad, por ejemplo. Puede ser.

Hasta que llega el vacío, otra vez, a ponerse en la mitad, a traer pensamientos que dan vueltas sobre lo mismo, que se llevan la lluvia y el árbol. El vacío, o esa incapacidad de definir eso que estorba en la mitad, esas ganas de llorar de pronto, esa tristeza que se pone como una sombrilla. El vacío de querer de esa manera extraña y aún así seguir queriendo. Tan difícil. Hasta que la tarde vuelve a traer una sonrisa y te acuerdas que vas a volver a empezar. Me parece que se trata de ser más gatos y menos humanos: el gato se acuesta a dormir y se estira sin importarle si está mostrando la barriga o si se acostó en el lado de la cama de la humana. Duerme y ya. Eso debe ser la tranquilidad.

Con el nuevo año uno debería andar con algo que le recuerde que pese a cualquier cosa, como ese vacío indefinible que llega a veces, hay que sonreír. Porque la vida se va pasando, todos los días un poquito. Ojalá no se nos olvidara tan fácil.

Feliz año, ocho días después, que es el límite para esas dos palabras.

Horas indeseadas

Cuando sabes que hay que irse
pero no te has ido.
Qué es el dolor
sino la posibilidad de marchar
cuando no quieres marchar
cuando hay esperanza
(solo en vos)
aunque todo esté nublado. Brumoso.
Dices algo.
Esperas. Vuelves a decir.
Intentas.
Intentar es posible.
Crees.
Y esa noche, a las 9 y 19
(vaya número para entender),
entiendes que irse no es una posibilidad,
es preciso. Ineludible.
Aunque no te hayas ido,
aunque no te quieras ir.
Aunque quieras quedarte.
Irte, decir hasta luego,
desear buenos deseos
despedirte de las noches en que había gatos de compañía.
No mirar atrás
ni siquiera para revisar que todavía hay morados en la espalda.