Mango biche y sin limón

Creo que uno a veces debería quitarse la piel y dejarla madurar un poco. Y mientras tanto, mientras seca, por ejemplo, coger un poco de colores y pintarse como los niños pequeños pintan cuando están aprendiendo a pintar. Entonces uno saldría a la calle siendo una persona colorinchuda, felizmente colorinchuda. Y tendría sonrisas y rayas por todas partes. De seguro, cuando vuelva a su piel, los rezagos de color tienen, por demás, que pintoretear su madurez. Indiscutible.

Día del padre

Mientras otros celebran, uno opta por el olvido. Entonces no piensa, no pregunta, no habla del asunto. Como un cero a la izquierda, como una nada, en medio de la felicidad de tantos. Porque pese a que la muerte se haya entendido, no significa que el dolor no vaya a estar, en menos proporción, para el resto de la vida. Y recordar a los muertos será parte del no olvido. A Eduardo, por ejemplo, Mónica lo va a extrañar toda la vida. Y decir Feliz día del padre, papá, aunque parecerá hablarle al viento, entre los dos, saben que de la memoria depende que los muertos sean inmortales, por el nombre mismo. Y sus hazañas dependen de lo que alguien quiera recordarlas. Ella lo quiere recordar, como el papá que le dio una pasa cuando apenas cumplía un año y que está en la foto, para que no quede alguna duda de que a ella, algún día, le gustaron las pasas. Bueno, y por tantas cosas más, que los otros le cuentan. Porque la memoria también puede ser colectiva y porque algunos están destinados a escribir a los padres.

Exorcismo

Va por ahora:

Tiene ganas de inventarse una noticia de ficción, con el ladrón que le robó a la señora de vestido verde. Bueno, que casi le roba. El ladrón es alto, también es gordo, y tiene una barba descuidada, pero de esas barbas pobres, con bozo, de los que doña Marina llamaría bozo de lulo, de pre-púber que le salen tres pelos en la parte de abajo de la nariz, delgadísimos. Hasta monos, porque el ladrón es blanco, para su pesar. Tan blanco que si roba de noche no necesitaría una linterna y menos porque es un ladrón poco ágil, que si corre media cuadra la respiración no le da para tanto. Culpa de los gordos que le cuelgan, de la falta de ejercicio. De no rechazar  la “sopita” ningún día, ni jamás decirle no a uno de esos brownies recién hechos con la receta de la abuela. Sin embargo, el ladrón es muy ágil con las manos. Es capaz de meterla en uno de esos bolsos de mujer, tan desordenados ellos. Es como si tuviera ojos de súper héroe, capaz de mirar a través de las cosas. Tiene un imán para los celulares y la billetera. Y le encanta, como agüerodespués de un robo, mirar la fecha de nacimiento de su víctima. Luego recuerda la cara asustadiza de la señora robada y le hace un análisis. Sí, si aparenta la edad aquella o no, muy vieja para los años que tiene. Es el pelo, seguro que es el pelo. Y así. Lo que pasa es que no midió las consecuencias de la señora de verde. Jamás se hubiera imaginado que la señora de verde, que parecía tan flaquita, tan chiquita, tan morenita, con pelo tan negrito fuera a ser una dama (no en apariencia, repito) de esas gigantes, de cuerpo grande, que siempre parece que vienen de un partido de rugby. Qué fuerza la de la señora de verde. Es más, qué “águila” la señora de verde. Porque cuando el ladrón le metió la mano al bolso, cuando ya el celular se había pegado a su mano, la señora de verde le suspendió la mano ahí mismo. No lo miró. No lo delató, ni siquiera. Sacó las uñas, las rojas, las que parecen las de una lora, por lo dobladas, y en un minuto, una por una, le fue dejando la marca en la parte de la mano, por donde las uñas se les ocurrió divertirse. Y el ladrón se puso de todos los colores, pero no se podía soltar, como si lo hubiesen electrocutado. No había forma de gritar, porque ese señor tan grande, con esa señora tan indefensa, qué vergüenza tan infinita la del ladrón. Ella no moduló. Lo disfrutó por milésima de segundo y luego, como una de esas cosas del destino, un giro a la muñeca -pensó él- y su ego -su ignominia, mejor- cayó en pleno pavimento. Y ese señor tan grande y tan gordo y tan ladrón, pa’ que vea usted, quedó tendido en el suelo, con un tatuaje de uñas en la mano ladrona. Víctima de su propio invento, le escupiría la dama. Y siguió esperando el bus, como si no tuviera uñas.

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Devuelve los pasos. Por la misma esquina, al lado del mismo lago. Sí, también pasó por la sombra de ese árbol, que parece detenida en el pedazo de cemento que ahora le tiene. Y más allá estaba el túnel, pero en el túnel tampoco lo encontró. Contó los pasos, tres, dos, cinco. No estuvo en las puertas del teatro, donde estuvo tocando y nadie le abrió. Y mucho menos lo encontró en la primera esquina, la que volteó de primera, cuando saludó al señor aquel de sombrero que se le pareció a su abuelo. Se devolvió todos los pasos. Uno por uno. Incluso en el sitio exacto de las huellas. Y no lo encontró. Ni un rastro, siquiera. Ni las bacterias, siquiera. No hubo nada. Ni una gota de él. Y ella solo espera que lo haya recogido alguien. Y, por lo menos, que no le esté haciendo mala cara. Que por lo menos le esté dando calorcito. Más le vale que se haya valido tanto detalle para devolverse por el mismo camino por el que empezó.

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Hasta el último segundo uno se va pensando algo. Incluso cosas vacuas, como que la cobija tiene ganas de que le apaguen la luz, que ya son las doce, que es hora de dormir, y que una pendeja, sí, pendeja, no la quiere dejar. En fin. Cosas aquellas del cansancio, de la oscuridad, de la falta de sentido. No importa. A estas alturas, hasta un punto vale tanto como la vida.

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Adportas de dejar de ser alguien y mutarme en una parte más de la cobija. Todavía puedo pensar, pero no quiero. Me conformo con dejar que las letras se escriban a su antojo, así ellas se conformen con estupideces. No importa, a estas horas, tan cercanas de Cenicienta. Me gusta mi cobija. También me gusta Morfeo, así esté pensando que Telémaco, el de la Odisea, tiene tanto de mí, o, al derecho, yo tengo tanto de él. Su peor aflicción fue crecer sin papá. Cualquier coincidencia con la realidad, en fin.

D

Porque me hizo temblar los pies, como un terremoto de muchos grados, de esos grados en los que se miden los terremotos. Y con los pies temblando, incluso, fue una época perfecta para semejante sorpresa: esas cosas aquellas de donde salen lágrimas, están en temporada de sequía. No hay lágrimas. No alcanza a ser Tsunami.

Aló!

La del otro lado: ¿Aló? ¿Camila?

La de este lado: ¿Quién?

La del otro lado: Camila

La de este lado: Está equivocada.

La del otro lado: ¿Equivocada?

La de este lado: Sí.

La del otro lado: Titubea. Bueno. Titubea. Gracias. Cuelga.

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Escribe cualquier letra. Sin significado. Le salen lágrimas porque sí, porque la mujer de la película lloró, porque a la mujer de la película le quitaron el amor, porque a la mujer de la película le pasó lo que le tenía que pasar en la película. Y ella llora, a cántaros y muerta de la risa. Es una llorona por causas ajenas. Por esas causas por las que pocos llorarían. Por esas causas por las que dirían tantos que no vale la pena gastar lágrimas, sabiendo que hay cosas tan tenaces afuera por las que valdría la pena llorar. Y pese a todo, ella llora. Las lágrimas bajan por los cachetes, los cachetes se ponen rojos, las manos le quitan el rumbo a las lágrimas y entonces la boca no puede saber si las lágrimas todavía conservan la sal. Ella es feliz mientras llora, porque puede llorar por nada, gastar lágrimas porque sí, ser libre de llorar por nada. Es feliz, no sólo por las repeticiones. Lo es tanto como un palito que algunos llaman ele. Por lo menos tiene nombre.

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Derivaciones de la felicidad: una hoja en blanco, tres colores y la posibilidad de dibujar un carrito o un sol o una muñeca o un paisaje o no dibujar nada. Como en los viejos tiempos!