León

Y el león se paró y rugió tanto como le alcanzó la voz. Estaba solo y viejo, y de la selva de antaño solo quedaba un árbol, casi sin verde. Tampoco estaba la corona, ni los dientes. El león fue un punto y aparte, muy aparte.

Porque había que hablar de Facundo

Porque a uno, mágicamente, le duele la muerte de aquellos poetas que cantan. Nunca los vio, pero la música le entró hasta el rojo.

Me gusta estar tirado siempre en la arena… La lalalala, lalalalalala lalala lalalalalalala lalalalalalaaaaaaaaa

Siempre he querido tener voz de poeta, creo que a veces más que ser poeta, incluso. Y creo que Facundo Cabral era un poeta que tenía voz de poeta. Como los dioses, quizá. Porque la sensación cuando hablaba era que uno quería seguir escuchando cada frase, que era ya ensimisma una poesía. Y luego uno quería cantar con él y seguirle el ritmo, para poder cantar a todo pulmón. Uno no lo logra, realmente, salvo que sea cantante y poeta y tal vez Facundo. Creo que esta canción que a tantos les gusta, que gustar parece ser casi un cliché, me recuerda viejos tiempos. Estaba pequeña y mi mamá con los amigos escuchaba a Facundo y a Silvio y a Milanés. Y por eso creo que crecí con ellos, a medias, y por eso también me gustan tanto, quizá (Y aunque no los escuche a diario, sino a veces, no me sepa las canciones, sino una que otra y si acaso, y no me gusten todas, por demás). Por una extraña razón, además, hacen una conexión a Eduardo y yo pienso en el con No soy de aquí, ni soy de allá, no tengo edad, ni porvenir. Porque conmigo, Eduardo no es de aquí, ni es de allá. Creo que también pasará con Facundo. Facundo no es de aquí del todo, porque ya no está, ni es de allá, del todo, porque sus canciones le hacen saber a uno que todavía puede hablarle al oído. Y uno tiene que escuchar y devolverse en el tiempo. Al fin y al cabo, y por fortuna,  mi mamá todavía tiene los cassettes.

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Pienso en la ausencia,
en el amigo de la canción
que se va y deja un espacio vacío.
La ausencia,
como ese hueco en la mitad,
indescriptible, inpintable, innombrable.
El amigo, el vacío,
el corazón que se tiñe
de colores sublimes, tristes.
Y no solo el negro.
En la mitad queda el color vacío.
Y es indescriptible, inpintable, innombrable.
Porque la muerte tiene ese sabor.
Un dolorcito por ahí en la mitad.

De esa poesía

Por estos días es tiempo de poesía en Medellín. Este fue el tema para EL COLOMBIANO. Se los quería compartir.

De esa poesía que mantiene la esencia

Se necesita, antes de empezar, un pedazo de poema de William Ospina: Aunque conozcas todas las palabras / las verás volver vírgenes / y algo nunca soñado dirá el azar con ellas.

Porque hablar de poesía, coincidirán algunos, necesita antes un poema. Casi como el trago que se toma antes de un tema difícil.

A la poesía, salvo el diccionario, pocos la definen. Rafael Maya, el poeta colombiano, dijo que “responde a necesidades esenciales del espíritu humano”. Sixto Cabrera, mexicano invitado al Festival de Poesía de Medellín, habla de la palabra bella, incluso de escribir “la eternidad de la vida”. Y hasta en un poema, muy conocido por demás, Gustavo Adolfo Bécquer escribió: ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?/ Poesía eres tú.

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Tilde

Ni los cuentos ni los poemas llegan cuando uno los está buscando. Llegan y, como me lo dijo el escritor Tomás González, si uno deja ir la idea, no vuelve. Por eso creo que, independientemente de su calidad, muchas ínfulas de poemas se han quedado en la almohada y, la almohada, no quiere hablar.

Aquí uno, que quiso ser poema, pero que sigue siendo borrador (tal vez deje de serlo, después).

Afuera, una tórtola.
Una tórtola de esas chocolates
duerme en la ventana,
en un nido que hizo
para un pichón que todavía es huevo.
Duerme la tórtola
y duerme la sombra de la tórtola,
también.

Adentro está el ventilador
y está ella
y está el llanto de un bebé,
que no duerme todavía
y que no tiene sombra.
No por ahora.

Ella, un cero a la izquierda
que corre como una gallina.
Atrás dejó ese lugar, intacto,
como se suelen quedar los lugares,
cada que alguien vuelve a marchar.

Están las lágrimas.
Y las lágrimas corren dobles:
tienen la sombra
de los muchos retornos.

No sé

Cuando la hormiga nació por generación espontánea, las pequeñas partes del postre, que quedaron sobre esa mesa, comenzaron a temblar. Sólo que no tenían patitas, ni generación espontánea para desnacer. Temblaron hasta yendo a lomo de hormiga, a ese lugar inencontrable donde viven las hormigas.

Mango biche y sin limón

Creo que uno a veces debería quitarse la piel y dejarla madurar un poco. Y mientras tanto, mientras seca, por ejemplo, coger un poco de colores y pintarse como los niños pequeños pintan cuando están aprendiendo a pintar. Entonces uno saldría a la calle siendo una persona colorinchuda, felizmente colorinchuda. Y tendría sonrisas y rayas por todas partes. De seguro, cuando vuelva a su piel, los rezagos de color tienen, por demás, que pintoretear su madurez. Indiscutible.

Día del padre

Mientras otros celebran, uno opta por el olvido. Entonces no piensa, no pregunta, no habla del asunto. Como un cero a la izquierda, como una nada, en medio de la felicidad de tantos. Porque pese a que la muerte se haya entendido, no significa que el dolor no vaya a estar, en menos proporción, para el resto de la vida. Y recordar a los muertos será parte del no olvido. A Eduardo, por ejemplo, Mónica lo va a extrañar toda la vida. Y decir Feliz día del padre, papá, aunque parecerá hablarle al viento, entre los dos, saben que de la memoria depende que los muertos sean inmortales, por el nombre mismo. Y sus hazañas dependen de lo que alguien quiera recordarlas. Ella lo quiere recordar, como el papá que le dio una pasa cuando apenas cumplía un año y que está en la foto, para que no quede alguna duda de que a ella, algún día, le gustaron las pasas. Bueno, y por tantas cosas más, que los otros le cuentan. Porque la memoria también puede ser colectiva y porque algunos están destinados a escribir a los padres.

Exorcismo

Va por ahora:

Tiene ganas de inventarse una noticia de ficción, con el ladrón que le robó a la señora de vestido verde. Bueno, que casi le roba. El ladrón es alto, también es gordo, y tiene una barba descuidada, pero de esas barbas pobres, con bozo, de los que doña Marina llamaría bozo de lulo, de pre-púber que le salen tres pelos en la parte de abajo de la nariz, delgadísimos. Hasta monos, porque el ladrón es blanco, para su pesar. Tan blanco que si roba de noche no necesitaría una linterna y menos porque es un ladrón poco ágil, que si corre media cuadra la respiración no le da para tanto. Culpa de los gordos que le cuelgan, de la falta de ejercicio. De no rechazar  la “sopita” ningún día, ni jamás decirle no a uno de esos brownies recién hechos con la receta de la abuela. Sin embargo, el ladrón es muy ágil con las manos. Es capaz de meterla en uno de esos bolsos de mujer, tan desordenados ellos. Es como si tuviera ojos de súper héroe, capaz de mirar a través de las cosas. Tiene un imán para los celulares y la billetera. Y le encanta, como agüerodespués de un robo, mirar la fecha de nacimiento de su víctima. Luego recuerda la cara asustadiza de la señora robada y le hace un análisis. Sí, si aparenta la edad aquella o no, muy vieja para los años que tiene. Es el pelo, seguro que es el pelo. Y así. Lo que pasa es que no midió las consecuencias de la señora de verde. Jamás se hubiera imaginado que la señora de verde, que parecía tan flaquita, tan chiquita, tan morenita, con pelo tan negrito fuera a ser una dama (no en apariencia, repito) de esas gigantes, de cuerpo grande, que siempre parece que vienen de un partido de rugby. Qué fuerza la de la señora de verde. Es más, qué “águila” la señora de verde. Porque cuando el ladrón le metió la mano al bolso, cuando ya el celular se había pegado a su mano, la señora de verde le suspendió la mano ahí mismo. No lo miró. No lo delató, ni siquiera. Sacó las uñas, las rojas, las que parecen las de una lora, por lo dobladas, y en un minuto, una por una, le fue dejando la marca en la parte de la mano, por donde las uñas se les ocurrió divertirse. Y el ladrón se puso de todos los colores, pero no se podía soltar, como si lo hubiesen electrocutado. No había forma de gritar, porque ese señor tan grande, con esa señora tan indefensa, qué vergüenza tan infinita la del ladrón. Ella no moduló. Lo disfrutó por milésima de segundo y luego, como una de esas cosas del destino, un giro a la muñeca -pensó él- y su ego -su ignominia, mejor- cayó en pleno pavimento. Y ese señor tan grande y tan gordo y tan ladrón, pa’ que vea usted, quedó tendido en el suelo, con un tatuaje de uñas en la mano ladrona. Víctima de su propio invento, le escupiría la dama. Y siguió esperando el bus, como si no tuviera uñas.

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Devuelve los pasos. Por la misma esquina, al lado del mismo lago. Sí, también pasó por la sombra de ese árbol, que parece detenida en el pedazo de cemento que ahora le tiene. Y más allá estaba el túnel, pero en el túnel tampoco lo encontró. Contó los pasos, tres, dos, cinco. No estuvo en las puertas del teatro, donde estuvo tocando y nadie le abrió. Y mucho menos lo encontró en la primera esquina, la que volteó de primera, cuando saludó al señor aquel de sombrero que se le pareció a su abuelo. Se devolvió todos los pasos. Uno por uno. Incluso en el sitio exacto de las huellas. Y no lo encontró. Ni un rastro, siquiera. Ni las bacterias, siquiera. No hubo nada. Ni una gota de él. Y ella solo espera que lo haya recogido alguien. Y, por lo menos, que no le esté haciendo mala cara. Que por lo menos le esté dando calorcito. Más le vale que se haya valido tanto detalle para devolverse por el mismo camino por el que empezó.