Avalancha

A Alejo (y por mejorar)

Se los imagina corriendo, empacando de afán, sin tiempo. Empacando el atún, por lo de la gastritis, y los perros, y empacando algo de ropa, por si las moscas. Se los imagina pensando en desorden, qué deberían salvar de esa avalancha, esa que se acercaba silenciosa, entre las palabras miedosas del tumulto. Y ella que echa y él que no, que ni reacciona, que se monta en la moto, que no quiere andar: es más rápido ir a pie. Y la mujer montada en la parte de atrás, ve como su hermana va más arriba, y ella ahí, detenida, cuando en una avalancha un minuto es una eternidad. Y se lo imagina a él, que a las alturas del cuento ya se ríe, pensando que la mamá por allá, tan lejos, y él por acá, tan lejos también, sin poder hacer nada. Si se va, no podría, porque no es Supermán, pasarse por encima de la avalancha. Se imagina al perro, que no quiere salir, y la señora que lo llama, y que le explica que es una a-va-lan-cha, que se pueden morir, y el perro que la mira de reojo y que no le para bolas y que vuelve a poner la cabeza sobre su cuerpo, a seguir durmiendo. Debe andar pensando que él, a la una de la mañana, con ese frío, ni se va a mosquiar. Todos están afueran, subiendo. La avalancha puede ser perversa, pero todavía no sabe subir. Quizá, desde arriba, como lo imagina, pueden ver como la avalancha se lleva todo o lo deja todo. Que se pudiera cargar con la casa en el bolso y ya, uno hasta la empacaría de primera.

Se los imagina riéndose de la larga noche. Esa en la que una avalancha los sacó de la casa, los hizo empacar rápido, llamar a los hijos, pensar en la muerte. Y la avalancha los dejó vestidos y alborotados. Por lo menos la del barro, la del agua, la de la tragedia. La avalancha de rumores, también trasnochó con ellos.

Cotidianidad

Si ella fuera esa mujer se quedaría en la cama todo el día y toda la noche, escondida en las cobijas, camuflada con el colchón, que se la traga casi a la mitad. Y no es esa mujer. Ni siquiera está convencida que sea la mujer esa que se mira al espejo en las mañanas y se descubre el pelo más largo y más negro. Muchísimo más negro, con ojeras más negras y la piel más blanca. No es la mujer esa y entonces, pese a que sus pies no tienen ganas de trabajar hoy, de hacer nada hoy, de pensar nada hoy, les obliga a caminar tres pasos hasta al baño y obliga a sus ojos a encontrarse. Sí, un día más. Dos centímetros más de pelo sobre su espalda. Debe seguir. La mañana se está yendo. Ella todavía se siente acongojada. Responsabilidad. Esa palabra le está poniendo un arma en la espalda. Momento de arrojarse a la vida cotidiana.

Sin sentido comercial

Hay días en que tengo miedo. Soy una miedosa innata, despertada, como se despierta el león, por esas cosas que pasan y que dejan huella de elefante. Tengo miedo por el recuerdo, aunque esté segura que ya se fue y que nunca volverá a pasar. Soy una miedosa innata. Tautológicamente innata.

Apenas un cuarto de historia

Este artículo lo hice para EL COLOMBIANO. Una buena historia sobre el Palacio de Cultura Rafael Uribe Uribe. En el impreso tiene una infografía. Aquí lo publico completo.

Al arquitecto belga Agustín Goovaerts le propusieron hacer una casa de gobierno, por allá en 1920, para modernizar la que estaba en la esquina, en Bolívar y Calibío, con más de cien años, y a punto de caer.  Y él, en cambio, propuso todo un Palacio, que ni siquiera cabía en el terreno. El anteproyecto tenía cinco planos y el presupuesto alcanzaba los 611 pesos oro. Oro de 20 quilates, ni más ni menos.

El gigante iba a ubicarse en donde ahora es el Museo de Antioquia, pero como no le alcanzaba el espacio, la propuesta fue subirlo una cuadra, y así aprovechaban el paisaje.

De lo pensado, de lo pintado y de lo que es, apenas alcanza a ser un poco más de la cuarta parte. Iba a ser tan grande, que si lo hubieran terminado, completo, se llevaría la Plaza Botero, y si se mira de frente, la fachada es sólo la mitad de lo que pudo haber sido.

Por eso algunos, como cuenta el arquitecto Guillermo Upegui, se preguntan por qué la puerta del Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe, como se quedó llamando por los cambios, está en una esquina, tan extraña ella.

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Minutos

Son las 0:00. Exactas. Ella tiene momentos para mirar el reloj. Todos los días y a la misma hora: 3:24, 2:21, 9:25, 7:02. Fechas de esas que tiene que recordar cada año, pero que el reloj le hace recordar todos los días. A esas horas, por una extraña casualidad, abre el celular, mira el reloj del computador, pregunta la hora, en fin. Y eso que a veces intenta procrastinar el asunto. Hacerse la de la vista gorda. A las 0:00 horas, pensó, por ejemplo, que hizo la promesa de estar bajo las cobijas antes de que llegaran esos tres números tan vacíos, pese a los dos puntos. Miró hacia arriba, miró al pato, dijo que tenía ganas de colada (sí, a esta hora), le dio pico al caballo, abrió tres páginas de internet, escribió una, perdió el tiempo. Cuatro minutos han pasado desde entonces y ella no se ha parado de la cama, no se ha lavado los dientes, no ha pensado en la ropa que tendrá que ponerse mañana, ni se ha acordado que si no se acuesta ya, serán cinco minutos menos. Mañana es de esos días en que tiene que levantarse, pese a todo, a las siete dos puntos cero cero minutos.

Pd: Ella no se llama Mónica, ni Camila. Podría ser María o cualquiera con nombre Z.

Que adiós a los bichos

Quiero que la gripa me abandone, que me abandonen los mocos, que la nariz me abandone, que me abandone la cabeza, los ojos llorones, que se vaya el rojo de la cara, la garganta, las flemas, que se vayan, que se olviden de mí, que crean que ya estoy muerta por su culpa. Que molesten a otro y me dejen descansar en paz.

Era twitter

Camila Avril intenta entrar en las redes sociales. Bueno, ella no. Más bien Mónica y Camila se pega a veces. Allá sólo pensamientos, repeticiones y aviso de que actualizó, por fin. La pueden seguir, si quieren. @CamilaAvril. Y además del @ tengo un #: #camilaavril. Y ahí nos hablamos. Abrazo!

Agua

No creo que la idea de eacribir desde el cel sea buena, pero…

Se mojó hasta la poca piel que tenía tapada. Estaba emparamada, mojada, casi ahogada. El día había amanecido con un sol de verano y había terminado con una tormenta de invierno. El clima se ha vuelto indeciso y cambia de repente, como si de un momento a otro cambiara de genio, se pusiera triste. Tal vez tiene un transtorno bipolar. Quien sabe. Andaba caminando por la mitad de la calle, con el viento en contra, despeinada. Y fue cuando de pronto llovío y cayeron hasta novios. Y ella estaba tan preocupada por la lluvia, por su pelo cepillado, por sus pies con sandalias. Tuvo frío. Si el clima se hubiera puesto de acuerdo desde la mañana, ella se hubiera puesto botas. Seguro. Hasta pantaneras.

De adentro, de adentro me sale. Muy profundo, muy atrás, muy de allá. Y en estos casos puede estorbarme tanto el silencio. Casi odiable.

SIETE VIDAS

Cuando la tristeza entra, no avisa. Casi como la muerte. Silenciosa, de repente. Camina sigilosa como un gato y siempre cae parada. Tiene incluso hasta sus vidas. Entra, pinta de negro el corazón y se instala ahí un buen rato. Tiene sus motivos, por supuesto. Unos secretos, individuales y callados. No siempre es bueno eso de los cuatro vientos.