Minutos

Son las 0:00. Exactas. Ella tiene momentos para mirar el reloj. Todos los días y a la misma hora: 3:24, 2:21, 9:25, 7:02. Fechas de esas que tiene que recordar cada año, pero que el reloj le hace recordar todos los días. A esas horas, por una extraña casualidad, abre el celular, mira el reloj del computador, pregunta la hora, en fin. Y eso que a veces intenta procrastinar el asunto. Hacerse la de la vista gorda. A las 0:00 horas, pensó, por ejemplo, que hizo la promesa de estar bajo las cobijas antes de que llegaran esos tres números tan vacíos, pese a los dos puntos. Miró hacia arriba, miró al pato, dijo que tenía ganas de colada (sí, a esta hora), le dio pico al caballo, abrió tres páginas de internet, escribió una, perdió el tiempo. Cuatro minutos han pasado desde entonces y ella no se ha parado de la cama, no se ha lavado los dientes, no ha pensado en la ropa que tendrá que ponerse mañana, ni se ha acordado que si no se acuesta ya, serán cinco minutos menos. Mañana es de esos días en que tiene que levantarse, pese a todo, a las siete dos puntos cero cero minutos.

Pd: Ella no se llama Mónica, ni Camila. Podría ser María o cualquiera con nombre Z.

Que adiós a los bichos

Quiero que la gripa me abandone, que me abandonen los mocos, que la nariz me abandone, que me abandone la cabeza, los ojos llorones, que se vaya el rojo de la cara, la garganta, las flemas, que se vayan, que se olviden de mí, que crean que ya estoy muerta por su culpa. Que molesten a otro y me dejen descansar en paz.

Era twitter

Camila Avril intenta entrar en las redes sociales. Bueno, ella no. Más bien Mónica y Camila se pega a veces. Allá sólo pensamientos, repeticiones y aviso de que actualizó, por fin. La pueden seguir, si quieren. @CamilaAvril. Y además del @ tengo un #: #camilaavril. Y ahí nos hablamos. Abrazo!

Agua

No creo que la idea de eacribir desde el cel sea buena, pero…

Se mojó hasta la poca piel que tenía tapada. Estaba emparamada, mojada, casi ahogada. El día había amanecido con un sol de verano y había terminado con una tormenta de invierno. El clima se ha vuelto indeciso y cambia de repente, como si de un momento a otro cambiara de genio, se pusiera triste. Tal vez tiene un transtorno bipolar. Quien sabe. Andaba caminando por la mitad de la calle, con el viento en contra, despeinada. Y fue cuando de pronto llovío y cayeron hasta novios. Y ella estaba tan preocupada por la lluvia, por su pelo cepillado, por sus pies con sandalias. Tuvo frío. Si el clima se hubiera puesto de acuerdo desde la mañana, ella se hubiera puesto botas. Seguro. Hasta pantaneras.

De adentro, de adentro me sale. Muy profundo, muy atrás, muy de allá. Y en estos casos puede estorbarme tanto el silencio. Casi odiable.

SIETE VIDAS

Cuando la tristeza entra, no avisa. Casi como la muerte. Silenciosa, de repente. Camina sigilosa como un gato y siempre cae parada. Tiene incluso hasta sus vidas. Entra, pinta de negro el corazón y se instala ahí un buen rato. Tiene sus motivos, por supuesto. Unos secretos, individuales y callados. No siempre es bueno eso de los cuatro vientos.

Enfermedad de mí

Los bichos entraron cuando no eran ni las seis. Ni siquiera se había ido el sol y ya habían entrado, casi desapercibidos. Así se la pasaron hasta la una, con una que otra falta de voz. Y a las 3, cuando es hora de dormir, sí les dio la gana de revolcarse, de hacer el amor en la garganta, de no dejar cerrar el ojo. Los bichos están dolorosos y se ríen felices (malvados). Todo su plan salió al dedillo: despacio, doloroso, contundente.

Cosas de niñas

El señor la mira malacaroso, malaclasudo y maladetodoloqueunosepuedaimaginar. Creo que debe estar pensando que no se comío el tomate, que que niña tan malcriada. Que piense lo quiera, dice ella entre labios. Luego se para, se acerca a la mesa del señor, se le pone de frente, más alta, más erguida, y de pronto: sí, señor. No me voy a comer el tomate. Y tampoco la lechuga.

Paga, no vuelve a mirar el plato, se va. Él que se queda con su misma cara.

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A ella le gusta que al final del día se escuche su voz, más pasito, más suavecita, más… Es lo único que necesita para terminar el día con una sonrisa y morir tranquila hasta la mañana siguiente. Y no.

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Y esta vez el carro de ojos blancos fue arrollado por un elefante que le doblaba su tamaño.