ARÁCNIDA

Le tiene pavor a las arañas. Por eso María no deja araña sin cabeza destripada en el zapato. Le tiene más miedo que a los monstruos del techo. Teme que algún día, por culpa de la cama sin patas, alguna se le pare en la nariz.

EN EL CIELO YA ESCRIBE UN VIEJO NIÑO

Creo que la muerte de Jairo Aníbal Niño es un cuento. Murió en la mañana de un lunes y se fue hacia ese cielo que alguna vez dijo que era gordito y que tenía una camisa con botones que son aviones. Se fue a escribir a el cielo, a entretener a los pequeños ángeles que nacen. A nosotros nos quedan todas sus letras, sus encantadoras letras, que nos dejan derretidos ante el libro. “¿Me haces un favor?/ ¿Qué clase de favor?/ ¿Quieres tenerme mis avioncitos durante todo el recreo?/ ¿Durante todo el recreo?/ Sí, es que tu eres mi cielo”… Que te vayás a escribir al cielo, Jairo Aníbal Niño.

Les comparto el artículo que escribí para EL COLOMBIANO.

Jairo Aníbal Niño, el escritor de literatura infantil, con el que muchos se enamoraron y soñaron, murió en la mañana de este lunes. Su despedida, más que un adiós, es un montón de preguntas y poemas que se siguen leyendo.

Tal vez desde el apellido empieza el cuento de Jairo Aníbal Niño. Solo un niño, o alguien con corazón de niño, podría escribir que el sol no puede escaparse porque está amarrado a la pata de la cama del universo.

Y entonces, que un pequeño de esos que ya sabe leer, o un grande que se emociona con las letras, esboce una sonrisa y comprenda que el sol, en efecto, como lo escribió Jairo Aníbal en los Papeles de Miguela, es una pulga gigantesca.

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MARÍA

Se llama María. Está casi segura que sus padres le pusieron así por física pereza. No querían pensar y María es un nombre fácil. Para ellos, nada que ver con la religión. Su mamá es atea y su papá dice ser agnóstico. María ni es atea, ni es agnóstica, pero cree en su poder interior de reducir todo a la nada o al todo. Su nombre es igual a ella: simplísimo. Nombre de ejemplo, como Juan y Pedro. Siempre se usa en las escuelas: Si María le regala una manzana a Juan, cuántas le quedan. No le molesta. María es como María: de pelo negro, tan largo y lacio como virgen de pueblo. Blanca, sin maquillaje, y muy desgarbada.

LOS MONSTRUOS DE MARÍA

María tiene la leve impresión, solo la leve impresión, que cuando la cama está pegada del suelo (y no de esas que tienen espacio entre las tablas y el suelo, gracias a las patas, sino de las que las tablas están pegadas al suelo, sin espacio alguno salvo para el polvo, porque no tiene patas), los monstruos se hacen en el techo. Son transparentes, asustan en la tarde, en la mañana o en la noche. No dejan dormir, no dejan estar despiertos, no dejan nada. Los monstruos de la cama se enamoran cada cinco segundos del dueño de la cama y quieren estarle dando picos los otros cinco segundos que duran en desenamorarse y volverse a enamorar. Los monstruos esos no hablan, pero hacen que María tenga que estar acompañada y abrir todas las ventanas posibles que tiene el computador. Entonces escribe en word, en el messenger, en el blog. Escribe de novela, de la religión, de una niña que se llama María y tiene la leve impresión de que los monstruos de las camas, arriba o abajo, no existen, pero que, como las brujas, de que los hay, los hay.

LUNA

María vive de pasos lentos. Uno tras otro, como si jugara a que el derecho siguiera al izquierdo y viceversa, sin pisar ninguna línea que haya en la calle o las baldosas. A veces, camina en diagonal o al derecho. En luna llena se sienta en la misma silla de la cafetería de la esquina. Espera que la luz se vaya, que el sol se esconda. Camina despacio, paso tras paso. Alguien le dijo que es la manera perfecta de tragarse la luna -esa grandota, indescriptible, amarilla, completa-, a pedacitos.

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María se pone el reloj al revés. Quiere sembrarse en la cabeza la costumbre de que el tiempo lo domina ella y puede ir y venir. María no se preocupa. La muerte, atrás o adelante, ha de llegar.

VERANO

Se hunde en el calor de las cuatro paredes. Odia la cobija y la cama. Quisiera quedarse desnuda y tirarse sobre el suelo. Que la arrulle el frío momentáneo de la baldosa. Le puede más saberse conjugada con el polvo. Lo odia, incluso, y más cuando tiene la nariz tapada y un oído en el que alguna aguja le pincha constante. Odia el sudor, el calor, la falta de aire, la temperatura alta, el agua caliente. Se hunde en el calor, en el pensamiento constante de que tiene ganas de morir hasta mañana, sin alguna conexión posible con el mundo. En fin. Estupideces todas.

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Qué silencio tan minuscular, tan vacío, tan impreciso, tan poco inocuo. Un silencio que ni siquiera tiene ruido. Qué silencio hace en este blog. Un silencio tan… triste, por no ser grandilocuentes. Solo por ser sutiles.