Domingo

Te despiertas. Le haces mala cara al despertador. No quieres, es domingo. Has dormido tan poco, y es tu culpa, por irte a donde no debías haberte ido. Le sacas la lengua, pero hay que levantarse. De la cama y de la vida. Sigues triste, lo sabes. Alguien se fue anoche. Tantas pérdidas en una misma semana. Alguien que querías, pero no sabías que tanto. Te dan ganas de llorar, pero no puedes llorar. No. Hay que levantarse, ir a trabajar. Hay que ser un zombie. No vale decir la verdad, piensas. Abres la nevera: vacía. No hay ni leche. El tiempo, nunca hay tiempo, te repites. El gato tiene la coca de su comida vacía, pero él si tiene comida. Primero el gato, te ríes, y le sirves un poco. Ojalá fueras gato. Ojalá pudieras sentarte a su lado a comer comida de gato. Ojalá pudieras quedarte a dormir con él. Y no pensar. Y no despedirte de nadie.

Disco rayado

Pienso en vos, como un disco rayado que repite tu nombre al revés. Es una espiral de recuerdos que te tiene a vos en casi cada rincón: en ese lugar de todos los días, en la sala, en la cocina, en la cama, en el balcón, en el otro balcón, en el gato. En el sushi, en el restaurante de mi amigo, en la esquina, en el parque, en el carro, en el computador, en la silla del parque. En el sofá y en esa conversación. Ahí es cuando busco una excusa para pensarte tanto: la relatividad del tiempo. Fue tan poco y estuviste en tantos de mis lugares. Tan poco tiempo para seguir como si nada. Como si solo hubieras sido un entretiempo. Así de corto. Fui un partido de fútbol perdido. Estuve siempre en fuera de lugar.

Quiero entenderte: conciliar la razón y el corazón son actos heroicos. No te entiendo, de todas maneras, y el no entendimiento es el problema.

Pensar en vos duele. Porque al final, en esa no conciliación entre el corazón y la razón, está la esperanza de que vuelvas. Quiero que vuelvas. Y duele, porque, de todas maneras, para qué vas a volver si no sé si quieres volver.

Entonces espero levantarme, y que ya te hayas ido (¿o que hayas vuelto?, qué contradicción).

Supongo que los partidos perdidos también se olvidan. O se vuelven a jugar.

-,.,.,–.-.-.

Extraño el árbol. A vos un poco, solamente. Te extrañé hace rato, cuando no vi el árbol, pero no te había extrañado hace mucho. Me acostumbré a que tu letra no esté en mi alfabeto. He perdido varias en los últimos tiempos, tristes, dolorosas, como la tuya, pero el tiempo, tan relativo, va encontrándonos de nuevo. Te recordé por la ausencia del árbol, por la sensación de que todo ha cambiado: vos, yo, el paisaje. No hay nada de lo que somos, y la memoria se hace más chiquita cada vez. No porque no te recuerde, el pasado es parte de lo que somos, sino porque te alejas del presente, y te vas borrando. Ya no hay árbol, ya no estás vos. Como una metáfora de los dos. De la ausencia. De decir adiós sin querer.

Adiós, Mauro

La muerte nos enfrenta a los afectos. Nos hace pensar en esos tiempos en que sonreíamos sin preocuparnos por nada, casi que ni por nadie. A esos tiempos en que las preocupaciones se quedaban en que la abuela nos regañara por haber movido la silla de su puesto o por haberle hecho mala cara a los frijoles porque tenían coles. La muerte nos devuelve en el tiempo: ¿Te acordás, Mauro, de cuando hacíamos túneles con las sillas del comedor, y entonces los más chiquitos corríamos por el corredor, a la velocidad de los pequeños pies, mientras los más grandes, tú por ejemplo, nos perseguían, y casi siempre nos cogían en esos túneles, nos tomaban de la pierna, nos arrastraban, y reíamos? Reíamos, a carcajadas, todos los primos, grandes y pequeños, mientras el abuelo roncaba y la abuela escuchaba las noticias.

La finca era para eso: para ser felices. Vos te levantabas con el abuelo y con Juan a ordeñar. Te ibas de botas pantaneras, así te recuerdo, y con tus crespos oscuros, y luego los veía pasar con las vacas desde las chambranas naranjadas. Yo le tenía pavor a las vacas, y por eso cuando yo iba a ordeñar me encerraban en el corral de los terneros y ahí me pasaban un vaso de leche recién ordeñado. Ustedes eran fuertes, los grandes, los hombres del abuelo. Ustedes ordeñaban y luego se iban, camino abajo, con el abuelo, con las vacas. Yo me quedaba haciendo el queso con la abuela: ella le regalaba a uno una bolita como premio.

¿Te acuerdas, Mauro, por Dios, que peleábamos por las tripas de la gallina? Ja!, ni que fueran del otro mundo: lavarles toda la mierda, bien lavadas, voltearlas, lavarlas más, echarles jabón, lavarlas más, y terminar con jugo de limón y sal que les quitaba lo suaves que eran, para terminar en la cacerola, en unas cosas miniaturas que no eran suficientes sino para una persona. Peleábamos por quién se iba a quedar con ellas, en batallas campales de palabras que terminaban en la decisión de la abuela: esta vez son para Mónica. Casi siempre ganaba yo, por chiquita, por no vivir en la finca. Por llorona.

La muerte nos enfrenta al tiempo: hace tanto que no nos encontramos en la  finca, hace tanto que la abuela se fue, y hace tan poco que ya no estás. Ya no cabemos por los túneles de sillas, ni siquiera, y ya los niños no somos nosotros. Quizá crecimos y cada quien se fue por un camino distinto. Hace tanto que no nos veíamos, Mauro, que da tristeza saber que no nos vamos a ver nunca más, por lo menos no en este estado de materia que somos ahora. La muerte nos enfrenta a los afectos, es cierto, y aun pese a la distancia, eras mi primo, el segundo de los grandes, y uno quiere mucho a los primos, pese a no verlos muy seguido. Luego, sos el primer primo que se va. Se descompleta la docena que fuimos un día, y eso nos recuerda, de golpe, que la muerte está detrás y llega de pronto: en un árbol, en una moto. Que te vayas es que se vaya un pedacito de familia.

La muerte nos enfrenta a los afectos, Mauro, y a las ausencias, y a los olvidos.

Que la abuela te acompañe, y que vos, que ya estás de ese otro lado, acompañes a tu pequeño.

M.

Un gato

IMG_3502Te dibujé un gato, como los niños que dibujan familias en palitos y luego los regalan para que los papás los peguen en la nevera. Lo dibujé para acordarte de tu gato, y acordarme de mi gato. También porque a tu gato lo dibujé muy fácil y a mi gato lo he borrado cuatro veces ante la imposibilidad de volverlo postal. Lo dibujé pensando en que pueda irse hacia vos en correo, que te llegue un día, que sea como los pelos que los gatos dejan en la ropa, para que uno se acuerde de ellos de pronto. Lo dibujé como una escalera hacia vos. Le puse los bigotes, los conté, uno por uno en su transparencia, y escribí un mensaje detrás, que no se ve. Es para seguir este acertijo que me imagino cuando te escribo. Porque escribirte me parece un rompecabezas. Tan extraño como un gato, con sus siete vidas.

El árbol

Me había olvidado de vos, pero la tarde de antes de ayer me asomé al balcón que está al lado del salón de clase. No estaba el árbol debajo del que tantas veces nos sentamos a conversar. No estaba la silla, tampoco, y en cambio los reemplazaba una construcción incipiente con trabajadores caminando y vigas y mucho desorden. No estabas vos.

Te recordé sin querer para darme cuenta de que hasta el pasado se esfumó esta vez. La memoria te ha hecho un recuerdo vagabundo que regresa con menos nitidez. Sos un fantasma que pierde color. No sos, incluso. La razón podría explicar que a la gente que se va se le deja de extrañar, y yo pensé que no te extrañaba más hasta que extrañé al árbol y extrañé a la silla y nos extrañé a nosotros dos conversando mañanas enteras acerca, ya no me acuerdo de qué hablábamos, pero supongo que de las piedras. Las piedras se fueron también.

Podría jurar, y no en vano, que ya no pensaba en vos. Te fuiste de pronto y rompiste todo pacto de los que hicimos en silencio de que ibas a explicar si algún día te ibas, pero fue un día, también en silencio, que te desvaneciste de la vida. De la nuestra. Rompiste todas las posibilidades, incluso las imposibilidades que había entre los dos. Me gusta imaginar, me conoces, que lo hiciste por razones exógenas a tu voluntad, que te faltó carácter para sostenerte de este lado y te dio miedo intentar tener los dos lados al tiempo. Darse explicaciones ante las inexplicaciones hace que duela menos. Fueron otros colores de pelo. Te faltó imaginación. Te faltaron años, supongo.

Creía que era como el poema de Neruda, ya no te quiero, es cierto, pero cuánto te quise. Yo te quiero, en pasado.

Aunque el pasado no exista. Como no existe el árbol ni existe la silla ni existen las piedras ni existes vos.

Supongo que ahora somos la posibilidad de despedirnos otra vez, un día de estos.

C.

Zombie

Estás vacía, como si debajo de la piel hubiese solo aire y no músculos y sangre y venas y todo eso que describiría a la perfección un médico. Miras y no ves nada más que piel y un cuerpo que se sostiene en los huesos prestados de una humana. Caminas, hablas, conversas, trabajas, almuerzas, vas, vuelves, saludas al gato, manejas, explicas, escribes, te enojas, sonríes, vuelves a caminar, hablas, vuelves a conversar, trabajas, vuelves a almorzar, vas, vuelves a volver, saludas al gato, vuelves a manejar, explicas, vuelves a enojarte, sonríes, y vuelves, en el mismo orden o parecido, o al revés, pero siempre la misma piel vacía sostenida por unos huesos prestados.

Estás vacía, como si debajo de algún lado que no recuerdas, hubieras dejado la cabeza y el corazón y todo lo que va llenando el cuerpo de eso que no se ve, pero que hace más espacio que los músculos y las venas y la sangre y los tejidos juntos.
Sos un zombie.

Oveja

Cuando una oveja muere, muere, como decía Jairo Aníbal Niño, una nube con paticas. Muere la ilusión de encontrarnos con el mundo que hay detrás de todo ese blanco encrespado que no deja ver más allá. Muere la esperanza de que nos encontremos, de pronto, en algún nudo, por esas casualidades serendípicas que tiene la vida a veces. Muere un pequeño poema que se vestía de blanco todos los días esperando encontrar algún lector valiente. Muero yo, y mueres tú, y eso que nunca nos dijimos por falta de valentía. Tal vez, y ahora lo dice Darío Jaramillo, puedes que seas el amor imposible de tu amor imposible, pero eso es un milagro.

Cuando una oveja muere, mueren millones de ovejas miniatura que hay en una sola oveja, y entonces, a su vez, mueren millones de nubes con paticas.

Muere una posibilidad. Muere el milagro en futuro.

Vecinos

Hace dos días que se fueron y ya los extraño. Me había acostumbrado al niño que montaba en su moto de juguete todas las tardes, a las 4:00. Desde abajo se oía que iba y venía en la sala de su apartamento, que es la misma sala del mío, pero en un piso diferente. Al principio era insoportable: 30 minutos de unas llantas encima del piso de un apartamento. Luego me acostumbré.  Las 4:00 eran ahora el momento para batir una torta, cepillarse el pelo, hacer jugo en la licuadora o aspirar los pelos del gato. Bulla con bulla era perfecto para olvidar. Dejé, también, de usar despertador. La señora se ponía los tacones a las 6:15 de la mañana, de lunes a viernes, y caminaba hasta el baño y volvía a la pieza y luego a la cocina y al comedor. Una rutina exacta, coincidiendo incluso en los segundos. A esa hora empecé a despertarme todos los días, con el natural sonido del que sabe taconear. No había necesidad de posponer el despertador porque ella sonaba varias veces, hasta las 6:30. Entonces habrían la llave de la ducha del baño social. Supongo que era la mamá de la señora, que me contó el portero vivía ahí con ellos y servía de niñera. La despedida de los ruidos empezaba a las 9:00. El perro corría detrás de una pelota, de pronto se caía un objeto, el niño daba una última vuelta en la moto, se cerraba la puerta del balcón, se movía una silla. Todo era perfecto: de noche los ruidos de los vecinos son las explicaciones lógicas a los fantasmas.

Hace dos días que se fueron a otro apartamento, dos torres más allá. A veces me asomo a la ventana y veo a la señora pasar con sus tacones a las 6:35 de la mañana. No me alcanza a ver, hay un árbol que me tapa.

Los nuevos vecinos no han hecho ruidos todavía, salvo el perro que corre a la 1:00 de la mañana.

Lo demás son los fantasmas, y el señor del lado que a veces me toca la pared, supongo, con el palo de la escoba. Yo pienso que tengo muy duro el televisor y le bajo el volumen. No me muevo. El señor no vuelve a aparecer hasta el mes próximo, o hasta cuando abre la puerta del balcón de atrás y llega el humo de la marihuana. A veces creo que es un señor loco que va a pasarse a mi casa, va a romper el vidrio y se va a robar al gato.

Al vecino del lado le tengo pánico.

A los vecinos de arriba, en cambio, apenas han pasado dos días, tres horas y 4 minutos, y ya los extraño.

Fantasmas

Esta mañana un fantasma se metió adentro. Los domingos, a esa hora, y a ninguna hora, hay exorcistas disponibles para sacar fantasmas que atacan el cuerpo. El cuerpo queda a la deriva, a la disposición de uno mismo con todas sus tristezas, con todas esas preguntas que susurran los fantasmas cuando están dentro de uno.

El gato y ella no conversan el mismo idioma y tienen los horarios trocados: a él le gusta dormir todo el día, menos por la mañana, cuando ella quiere dormir. Él se queda en la puerta con unos maullidos dolorosos, tan tristes, que a ella le da pesar y termina abriéndole la puerta, y él entra rápido a mirar que hay adentro, y adentro no hay más que lo mismo de antes: una cama, un televisor, dos nocheros, una chica acostada en la cama tratando de dormir. Perdida. El gato se sube encima de la cabeza, sale corriendo, vuelve a entrar, vuelve a subirse en la cabeza, maulla, trae el juguete, muerde cualquier pedacito de piel que esté fuera de las cobijas, vuelve a salir, vuelve a correr, vuelve a montarse encima de la cabeza, y cuando ella se despierta, cansada ya de que su despertador gatuno no se pueda aplazar más, se para de la cama, le echa comida, él come, y cuando ella no tiene más sueño, él se acomoda en la almohada y se echa a dormir. El despertador sucumbe.

El gato no entiende de fantasmas que se meten adentro y no dejan parar de la cama. No entiende de tristezas que llegan los domingos, con nombres que zumban en la cabeza con todas sus imposibilidades. Porque parece que hay una lección que aprender en las incoincidencias. No coincidir una vez, no coincidir dos veces. Llegar tarde. Creer que se ha llegado tarde, y esa pregunta innecesaria, pero ineludible: y si hubiera llegado a tiempo, será que no hubiera venido el fantasma esta mañana para opacar el cuerpo, para hacerlo pesado, para ponerle tantas preguntas a la vida, no sobre él, pero sí sobre ella. Qué hay que aprender de las inconcidencias, para coincidir por fin. Qué hay que esperar. Quizá, porque más allá de la incoincidencia, está la ingenuidad de no haber creído en las pequeñas profecías que hace la cabeza por desconfianza.

Querer es muy difícil. Quererse es muy difícil también.

Al final, siempre queda el gato.

Un segundo

Despedirse no tiene una fecha exacta, con horas y segundos, ni tiene que ver, tampoco, con la palabra adiós. Se da con los días que pasan, cuando la conciencia acalla lo vivido, los días en que compartíamos el mismo espacio en el mundo, las mismas ideas, la vida misma coincidiendo para los dos. Un día deja de doler y ya no apareces de primero cuando amanece. Tampoco de segundo, de tercero o de cuarto. Esa persona no aparece ya. No apareces ya, ni siquiera para el olvido. Despedirse es un proceso que empieza un día y termina otro, indefinido. Un golpecito al corazón, que solo se escucha si se pone atención y uno siente que alguien se va del todo, que se desprende. Hasta pronto, o hasta nunca, eso solo lo saben esos que están detrás, de guionistas.


Nos despedimos de los amigos, que no son eternos, de la gente que quisimos alguna vez, que no dura para siempre. Porque hay personas, y de eso aprendemos con el tiempo pasando encima de nosotros, que está en nuestra vida un ratico, solo un poquito, y eso debe ser suficiente.

Ojalá aprendiéramos a empezar a despedirnos a tiempo.

También a entender lo suficiente del poquito.

Bien lo dijo el conejo cuando Alicia le preguntó cuánto es para siempre, y él le respondió que a veces, solo un segundo.