PUERTAS ABIERTAS

Ella extraña esa época, cuando se podía dejar la puerta abierta, y a nadie se le ocurría entrar. Es más, si se le ocurría, primero tocaba. Tres golpes secos a la puerta y luego alguien, casi dormido, que se asomaba, y por allá, desde lejos, decía, ¿quién? ¡Ahhh, sí es Margarita, seguíte! Buenas épocas, diría su abuela, y eso que su abuela, no sabía lo de la puerta.

Extraña esa época, en la que Martín se asomaba a la puerta y quedaba en contraluz, por lo que parecía un fantasma. Era algo así como si Martín se hubiese quedado en casa, y a la casa de ella, solo llegara la sombra. Sabía que él, en cualquier momento, aparecía con su sombrero encintado, como el de Rin Rin Renacuajo. Le dejaba el lado derecho de la cama y le daba la espalda. Él, caminaba pausado, sigiloso, seguro. Una sombra ‘pinchada’, dirían por ahí. Se sabía la distancia exacta desde la puerta a la puerta de ella, en ese gran corredor de paredes blanqueadas. Entraba a ciegas, por eso del sol.

Se quitaba el sombrero, estiraba la mano y lo dejaba en el primer palo del perchero. Ella había optado por el perchero, porque al principio, era todo un dilema el sombrero, y él se demoraba más. También se quitaba el saco. Ese iba para el primer palo, pero del frente. Siempre mirándola. Siempre, creyéndose dormida.

Unos pasos hacia la cama, imperceptibles. Corría la sábana, color rosa. Observaba la pierna que ella dejaba descubierta, sin falta. La recorría desde el dedo meñique, hasta ahí, justo donde se acaba la pierna, y donde ella, premeditadamente, dejaba que se hiciera la sábana. Primero se sentaba, la olía un poco, de lejos, organizaba la almohada, y luego los pies, y luego que se ponía la sábana y la halaba un poco. Entonces la pierna quedaba descubierta. Se ponía de lado, le daba la espalda, miraba de reojo, y esperaba.

Con los ojos cerrados, casi cerrados, ella observaba entre pestañas todo el idilio que Martín hacía para llegar. El sombrero, va uno. El saco, va dos. Pasos hacia la cama, y se pierde la visibilidad, vigila la espalda, va tres. Sábana, va cuatro. Pierna, va cinco. Sentada, almohada y perfume, va seis. Pierna, va siete. De lado, va seis. Halar la sábana con la pierna, va siete.

Esperaba que ella hiciera algo y por debajo iba llevando su mano hacia la espalda, y después, como una pluma, la empezaba a recorrer. Terminaba mirando su espalda. Ella pasaba la mano, para encontrarse con él, y sobre todo, con él. Terminaba mirando su cara.

De ahí para allá, nada se hacía con sigilo, ni con silencio, ni premeditado. Ella lo recorría. Él, le daba besos.

La puerta permanecía abierta. A nadie se le ocurría entrar, ni tocar. Salvo alguno que otro niño, que a veces, ponía la oreja.

Extraña la época de las puertas abiertas. También extraña a Martín.

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