ESO DE LAS ABUELAS

Cuando uno está pequeño las abuelas no son tan viejas o no tienen tantos años. Después de hacer unas cuantas cuentas, y valga la rima, cuando yo nací mi abuela tenía unos 58 . No estaba vieja. Entonces, cuando te descubres con unos veinte años comprendes que la abuela tiene unos veinte de más y que se acerca a ese inevitable. Sabes que estás grande no sólo porque los sobrinos que viste nacer ya tienen ocho, sino además porque tu abuela está cada vez más arrugada, más temblereque, más pequeña -ahora incluso eres más grande que la abuela, cuando pequeño soñabas con alcanzarla y la veías gigante-, más canosa, más resabiada, más bonita. Sin embargo, sobre todo te das cuenta que estás grande cuando las abuelas de tus amigos empiezan a morir y cuando tus abuelas empiezan a morir.

Eso de comprender que la gente se muere no es difícil. Lo difícil es saber que tu gente se muere, que tu abuela se va a morir. Y entonces te preguntas, ¿quién quiere que su abuela se muera? Yo no, la abuela es la abuela. ¿Quién te consiente cómo la abuela? Nadie te consiente como la abuela. La abuela te sigue los caprichos, te hace arepa, te hace queso, te compra chocolates. La abuela tiene la sopa perfecta. Los frijoles de la abuela no los hace nadie, ni saben igual. La abuela siempre está rezando por ti, aunque seas ateo. La abuela, eso de las abuelas duele sustancialmente. Continuar leyendo