HE DICHO

No quiere y no se merece ni un punto más. El calor quita todo. Hasta el aliento. Se lleva la sombra, porque el pavimento le quema. Se lleva las lágrimas, por la deshidratación. Y entonces, en esos días en que se corrobora la tesis de alguna cualquier persona, de que la felicidad es por segundos, uno no sabe de dónde pegarse para dibujar, aunque fuese, unas dos lágrimas. El calor, como diría mi amigo Santiago, es infame.