CUANDO LOS TAMBORES SUENAN EN LA ESPALDA

Sé que no debería, pero a mí me gustó y por eso, quería compartirlo. Este escrito lo hice y lo publiqué para EL COLOMBIANO. Es sobre un grupo de Israel muy chévere. Y como me gustó, aquí se los dejo. Ahí perdonan!

Los fantasmas sí existen. Tienen luces, pueden aparecer varias veces y se mueven al ritmo de la música. Todo está oscuro.

Fantasmas vestidos de negro, con pies y con manos, que bailan, que hacen piruetas y que en lugar de asustar causan risa o algún “¡sin palabras!”, de una mujer que se acerca al oído de un hombre, habla bajo y no despega los ojos del frente.

Fantasmas al estilo de Mayumaná. Esa es una de las impresiones. Más allá, todo un juego de luces y movimiento, de golpes en el cuerpo y en objetos, de gritos, de teatro, de humor, de diez actores que juegan en el escenario.

Continuar leyendo

ADÁN Y EVA

… (Suspiro) … Porque no haya existido para Adán y Eva, no significa que no pueda existir para nosotros … (Suspiro)… que más da, en esta vida, todo puede inventarse, y hasta dos veces.

—————————
LADRÓN

No lo hiciste, es cierto, pero ya era tarde. El miedo vino con él, y no se iría, aunque no fuera nada, aunque no me hubiese hecho nada, aunque no me hubiera dado cuenta. No fueron los papeles, ni los objetos, ni nada. Fue la confianza. Esa misma que es apática al tiempo corto, que vuelve después de años. Ahora es la paranoia. El caos. Todos me siguen. Todos me miran. Todos vienen por mis papeles. Las calles ya no son las mismas. Ni serán las mismas. Ahora son miedo, más que miedo.

————————–
ÁLBUM FOTOGRÁFICO

Iba a dibujar su sonrisa en aquella hoja amarilla. Iba a usar un lapicero de tinta indeleble. Iba a trazar unas cuantas obsesiones. Iba a escribir la forma para olvidar su piel, rozando mi piel. Incluyendo los pelos de gallina. Iba a decir que hubo algo, algún día. Iba, iba, eso iba hacer. En ese momento. Justo antes de apagar la luz. Y la oscuridad llegó antes. Fueron pocos días. Los otros, físico invento. Ya no importa. Voy a dibujar los recuerdos. El pasado está escrito, y hay que dejarlo ahí, en el álbum de fotografías de la memoria.

OLVIDO

A veces no es necesario tanto tiempo, ni tantas esperas. No es necesario ni siquiera forzar los pensamientos, para que no le piensen, para que no le olviden. A veces, el olvido llega y se repite, muchas veces. Todo se va. Hasta lo bonito. Sólo hace falta una única cosa que se odie, que duela, que reproche los errores y la equivocación. Una única cosa que haya hecho, que sea tonta, que permita dudar de todo.

Cómo duele que haya pasado por la vida, que se le haya creído, que todo fuese una mentira, una idiotez. Bien, no hay que arrepentirse. Igual, a veces no es necesario tanto tiempo. El corazón sabe cuando olvidar. A veces, el olvido puede repetirse, miles de veces. Ha de repetirse, y volverse a repetir, porque el amor y el odio son la misma cosa, el mismo sentimiento, pero al contrario. Se puede olvidar cuantas veces se quiera. Basta una única cosa, que lo cubra todo. Cuántos olvidos se paran frente a todos los recuerdos. No se sabe. El olvido existe. Hasta para lo bonito.

UN POEMITA

No tengo computador. Cosa grave en estas épocas de apego a esos bichos. Debe ser por eso que tengo un hueco en el estómago. Lo que sí sé es que hemos mejorado. En otros tiempos me daba taquicardia. Será esas cosas de crecer. Aunque el vacío puede ser, o compartirse mejor, por una pregunta tormentosa que me da vueltas: ¿por qué no me vio? y no me ve, todavía. En fin. Hoy hace cinco años, que es muchísimo tiempo, y no lo siento tanto, se murió mi abuela. Se le extraña porque por estos días he comprobado que era de las pocas cosas vivas que hacía lazo con Eduardo.

Y como voy de afán, porque andar en computador prestado es difícil, y me trasladé al papel por estos días, les dejo este poemita que me encontré y me gustó. Hoy tengo exceso de confianza. Ustedes dirán.

Respiro
con el aire
que te sobra.
Ese que sale
después de un plon
de cigarro
de marihuana.
Cada noche
es lo mismo.
La siguiente
y la que viene.
Respiro
con el aire
maldito,
de tu falta
de cordura.

BARRIENDO

Odia saber que otros ya escribieron eso que a ella le hubiese gustado escribir. Esas dos palabras que cuando lee, se parecen a ella. Física envidia, diría. Envidia pura y a secas, porque la buena no existe. La mala es siempre. Odia además que haya una cucaracha encima de su cama, pegada a la pared, destrozada. Un cadáver con pocos minutos de serlo. Odia tener sueño y no querer dormir. Cosas aquellas en las que no coincide el cuerpo y la cabeza. Odia tantos odios y hablar tanto del amor, si no existe. Odia dar tantos consejos que no puede seguir, que se quedan en palabras, y que por tanto, el viento se los lleva. Odia pasar tantas horas frente al computador. Odia odiarle y odiarse tanto. Odia que no haya películas interesantes en el televisor y que todavía haya gente despierta. Odia cuando ella duerme mientras otros tienen los ojos y viceversa.

Después de varios odios, no queda más que volver a empezar. Hay suficiente espacio para rayar.

TRESVUELTAS

Le da vueltas. No tiene intención de llegar ni al principio, ni al fin. Ni siquiera sabe a dónde no tiene intención de llegar. Solo que no quiere llegar. El panorama está obscuro. Tal vez omnisciente. Y sin embargo el cielo está tan poco blanco, tan azulísimo, tan vacío. Suda y las gafas se le resbalan de ese sitio donde se hacen los ojos. Y sus ojos están tan claros. No dicen nada esta vez. Tienen la pupila abierta, gigante, más grande que ese que está al frente.

Tiene ganas de derretirse en sus brazos. De amarle, de besarle los labios. Él tiene unos labios grandes, rosados, brillantes. Tiene ganas de que le toque un poco. Solo un poco. Y tiene ganas, además, de enamorarse perdidamente. Suspira un poco. Tiene ganas de dedicarle un poema. Luego se pregunta, y qué diablos es el amor. El amor, ese tan indefinible. Valientes aquellos que se atreven a preguntar por su significado. Ese mismo tan intangible, a veces tan inhumano. El amor, qué diablos es el amor. Un cliché necesario. Un cliché al que la gente le gusta pegarse, del que le gusta leer, con el que se aprovechan para unir los cuerpos en una noche sudorosa, de deseos, de muchas excitaciones. El amor, tiene ganas de odiarle un poco.

Le da vueltas. Elige la pijama de ovejas. Las cuenta una a una. Son veinte. El mundo da giros al revés. ¿Por qué el día tiene tantas horas? Le da vueltas. No tiene intención de llegar ni al principio, ni al fin. Ni siquiera sabe a dónde no tiene intención de llegar. Solo que, tampoco quiere llegar.

MÁS MARIPOSAS

Los dos lo sabían, independientemente de que no se conocían, ni se habían visto nunca, ni siquiera pequeños. Los pocos contactos habían sido a través del messenger o del facebook. No más. Los dos sabían la forma exacta en que iban a reaccionar en el estómago las mariposas: se golpearon una tras otra y revolotearon de aquí para allá, felices. Síntoma de enamoramiento. Sin embargo, al golpe bajo en el estómago le hicieron el quite. Se miraron, con un poco de desprecio. Se dieron la mano, cortésmente. Hablaron. Hablaron muchísimo. Sabían que debían quitarse la coraza, para después besarse varias veces. Un beso suave para comenzar, un beso con pasión para seguir, un beso largo para quedarse ahí, en infinito.

Sabían lo de las mariposas. Sabían además, y por eso el desprecio, que no pudieron controlar (cosas de la exitación) que el tiempo y el espacio, no estaban esa vez, y por una repetición más, de su lado. Tendrían que esperar. Si así lo quería la vida, que así fuera.

ODIOS ACUMULADOS

No más puntos, ni comas. Tanta puntuación en la vida es contraproducente. Por ahora, que se venga como la comida caliente en la boca, o como esas palabras que se escuchan en la radio, de que es perjudicial para la salud, después de una publicidad sobre cerveza. En fin.

———————–

Odia la coca cola, porque así como el vino tinto, le da dolor de cabeza. Duele en la mitad y en los lados y pone a girar el mundo en el sentido no obligatorio. Incluso de arriba a abajo. La odia tanto como así misma, por dejar que la cabeza haga lo que le de la gana. Pensar como le da la gana, sentir como le da la gana y enredarse cada vez en unas historias negras, en las que el cuerpo, no aguanta, no escribe, no hace nada. Y el cuerpo, es cuerpo, y por tanto, necesita manos que lo dibujen y lo rearmen. Odia la cabeza por su independencia, por su enojo. Odia eso y todo lo demás, y lo que sigue. Odia la palabra odio y que el calor le prohiba usar cobijas y poder compartir la cama.

El aire acondicionado la despeina. El carro la lleva a 80 kilómetros por hora, mientras pelea por la moto que le pasó rozando. Pelea sola, porque el motociclista siguió como si nada. Un milímetro y el camino sería el del tránsito que mide, ella que habla por teléfono, buscando un hombre, de seguro, por esos residuos machistas del otro siglo. La moto en el suelo y el hombre, quien sabe. Muerto, una posibilidad. Herido, una segunda. Pidiendo perdón, una tercera, y en fin. Para qué pensar en lo que no fue, se recuerda. Eso sería lo que diría su mamá.

Morfeo siempre aparece en el momento menos indicado. Hay un problema coincidencial. Cuando él quiere, ella no, y viceversa. Todas las noches es lo mismo. Entonces empieza un juego perverso, en el que, por supuesto, gana Morfeo. Que no se duerme, dice, que sí, dice él, y ella busca películas, escritos, libros o amigos, y él, la molesta un rato y luego se va. Entonces ella quiere dormir y no puede. Morfeo se ríe y tras verla revolotear por las cobijas varias veces, se acerca, le hace cara fea, le explica que no vuelva a pelear con él, y por fin, la deja desgastarse en sus manos.

Ahora cree que escribe inconclusamente. No tiene cómo decir fin. No hizo una línea coherente entre los párrafos como para contar una historia lo suficiente. Por eso va a poner punto y va a salir corriendo. Sí, corriendo, como harían los cobardes.

Un viaje por América con Gloria

Ésta fue una historia que escribí estos días para EL COLOMBIANO, y a mí me pareció bonita. Quería compartirla con ustedes.

TRES CANADIENSES DECIDIERON salir a recorrer América en una van, que es casi una casa andante. La intención no va más allá de conocer nuevos países y amigos y de vivir una aventura. Después de 16 mil kilómetros de recorrido, hoy están en Medellín.

La nieve cubría a Gloria y la hacía una más del paisaje. Estaba tan blanca y fría como todo afuera: unos diez grados bajo cero y una capa de nieve de medio metro. Y sin embargo, no los convenció. Era el día de partir, incluso de un “Ice escape (escape helado)”, como dirían.

Al último mes del año lo acompañaba el 22 y era, por tanto, el fin de los planes en papel. Los seis meses de averiguaciones, de mirar mapas, preguntar cómo cruzar fronteras, obtener visas y tomar decisiones, y los años de ahorrar, se habían acabado. Gloria estaba lista y a ellos, el corazón se les iba a salir.

De Vancouver, Canadá, salieron pese a la tormenta. Joshua Heisler, Tyler Lavoie y Ryan Sanders tenía la idea, inapelable, de recorrer en Gloria, una van que compraron para hacerlo, que es casi como una casa andante, toda América. Bueno, hasta Florianópolis y Santa Catalina, en Brasil.

Intenciones, ninguna en especial. Irse de aventura, conocer diferentes países y culturas y aprender portugués y español. Duración, tres meses. Eso hubiese sido un buen plan, sino se enamoraran de cada lugar, ni les diera por parar a surfear, a enseñar o a vivir un rato.

Son canadienses que están en una edad que no supera los 30. Amigos desde hace varios años porque, como dice Joshua, lo más importante del viaje “es planearlo con buenos amigos”. Eso significa flexibles, relajados, que no se enojen fácil después de manejar varias horas seguidas, con paciencia y sin miedo: las tierras a recorrer no las conocen, como tampoco los esperan en cada puerto.

Continuar leyendo