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Abichorado
al cuerpo.
Abichorado
a la piel.
Abichorado
al de rojo.
Abichorado
ahí, en el lado aquel
del cerebro
en que se hace
la tristeza.
Y como abichorado
no existe
en tu real academia,
te traduzco mi cabeza:
pegado como un bicho,
de tres patas,
morado
y de una sola antena,
a todo lo anterior.
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FESTIVAL DE POESÍA

El domingo estuve en el Jardín Botánico, en una lectura del Festival de Poesía. Esto fue lo que escribí para este lunes en EL COLOMBIANO. Ahí se los dejó para que se animen y participen.

Domingo de flor y poesía

MEDELLÍN ANDA DE verso en verso. El Festival Internacional de Poesía inició este sábado y, sin importar si llueve o hace sol, las personas se dejan llevar por las palabras de los poetas, colombianos y extranjeros, que esta semana, dejaran sus versos en la ciudad.

El suelo los esperaba, justo en la última hora en que termina la mañana de domingo. Unos pusieron papel, otros llevaron silla y colchoneta, unos cuantos una manta de seda, y los demás, prefirieron el pasto.

Ahí se acomodaron. Sentados o acostados, recostados sobre el árbol, abrazados o sin zapatos. Cada uno encontró su punto perfecto, para dejarse llevar por la poesía del Festival.

El lobo me había devorado fue la última frase de un poema de Ersi Sotiropoulos. Lo leyó en griego y luego se lo leyeron en español. Los aplausos se dejaron venir, en manada, como un lobo que devora el silencio, e incluso que hace trizas el sol.

La gente, pese al de amarillo que se asomaba fuerte, permaneció en su sitio. Sacaron sus sombrillas, algunas en contraste con el paisaje del Jardín Botánico. Las había amarillas, verdes y rojas.

Concentración y oído, porque como dijo Jhony Moreno: “así no entienda, me gusta escuchar”.

La poesía llegó de cinco mujeres. Liana Mejía, de Colombia; Usha Akella, de India; Ersi Sotiopoulos, de Grecia; Fathieh Saudí, de Jordania, y Jayne Cortez, de Estados Unidos.

Y en el tono que suelen usar los poetas, un poco suave, con cierta melodía, la rapidez que a cada uno le parece que debe leerlo, y en su idioma, Fathieh Saudí, en frente del micrófono, y de pie, les leyó: Esta noche, esta noche/ ¿será mi última noche?/ En sus ojos vi mi muerte gritar,/ ¡Ya me había matado!/ ¡Y aún así yo seguía estando viva!
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Todos los nombres
enfilados
uno tras otro,
en un desfile
de letras
en orden alfabético.

Huyen.
No hay forma.
Otra vez.
No encuentran la manera
de abrir la compuerta.

El laberinto,
solitario.
Las ramas de los árboles
se tragan toda la luz
y el fuego
se deja permear
por el verde.

La muerte está cerca,
confabulada con una manada de lobos,
de hombres con fusiles:
sin cerebro.
Atrapada en la púa de los alahambres,
en la sed de un poco,
un poco, nada más,
de liberté.

Todos los nombres
enfilados como números,
1 detrás de otro,
como si para morir,
la masa no fuese suficiente
para perder la identidad.

Paradójico.
Piensa en los alambiques
y recuerda la noche en que,
ebrio, recorrió la ciudad.

Números…
y la falta de certeza.
Se le pierden
las palabras
en su lengua,
justo en ese momento,
cuando debería gritar.

Es lunes,
tal vez no,
si apenas comienza
la semana.

.

A veces no tengo ganas de escribir. Es como si tuviese gripa y se me tapara la nariz y tuviera muchos mocos en la cabeza que impiden sacar las ideas. A veces creo que es la ocupación, pero también, la mayoría de las veces, que solo es una excusa estúpida para esconder la realidad. A veces, no tengo ganas de escribir, porque el corazón está lo suficientemente negro para dejarse recoger los escombros que deja a su paso, lo que es vivir al diario, y no por un conjunto de días.

En fin.

Problema de carácter personal.

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En lo que podría ser
una descripción,
paulatina,
del oxímoron
entre tu nombre
y el mío,
y de la forma
que logran
las dos rayas
que le hacen
el juego al 1,
encuentro,
por demás,
un balón de fútbol
con el autógrafo
de algún jugador negro,
de buena pierna,
que te recuerda
insistente,
como lo hace
la pantalla del televisor
que titila
gracias a tu hermana,
necia y de pelo verde,
que mantiene
pegado al control,
el dedo gordo.

En lo que podría ser
una descripción,
paulatina de tí,
apareces oxidado,
olvidado,
y pidiendo
tanques de oxígeno.

Del oxímoron
y el uno,
no hay nada que decir,
salvo que son
mariposas transparentes
para pasar el tiempo,
para dormir, si quieres,
en reemplazo de las ovejas.

De los muertos
en cambio,
recordarte
que están muertos.

Muertísimos.

ANIVERSARIO

Cuando en el calendario aparece ese número, que resalta por demás en cualquiera que compre, indiferente del año, del color y la versión, la mente se prepara, en automático, para escribir. EscribirLE para ser más exactos, porque así como nacer hace de un día una fecha especial para recordar año tras año y poner bombas y comer ponqué, la muerte, hace de un día, una fecha triste e indeleble, que va con uno para siempre. 21 años son algo así como 21 calendarios en la basura, 21 días de una que otra lágrima (y a veces más), 21 escritos (en realidad son menos, porque pequeña no solía escribir), 21 aniversarios, 21 extrañamientos y 21 lo que se quiera que pueda pasar cada 2 de julio que Eduardo vuelve a morir.

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A Isabel, una Cosita la inspira

Este fue un artículo que escribí hace poco en El Colombiano y se los quería compartir. Es explorar temas y encontrarse cosas muy bonitas e interesantes. Ahí se los dejo, y ojalá digan algo. Un abrazo. Ya volveré a diario, y con escritos y poemas… Unos cuantos que les debo, además. :)

El corazón de Isabel Henao late por dos: el de Simona, su hija, y el suyo. Desde ahí, su mundo y su forma de crear y de diseñar, cambiaron. Ella será una de las protagonistas de Colombiamoda 2009.

Donde está Isabel Henao, está su Cosita, Simona. Con su pequeña, que tiene dos años, esta diseñadora colombiana ha vuelto a jugar a las muñecas, a ser una niña que sueña, que pinta el mundo, y por supuesto, que se deja llevar por el diseño y sus manos, para crear y conjugar la moda y el arte en sus colecciones.

“Todo va vínculado. No se puede separar la cabeza del corazón”, señala Isabel.

Simona cambió el color de su vida, porque “todo tiene que ver con ella” y eso se notará en su colección La moda se hace arte, que presentará en la pasarela Ésika de Colombiamoda, el próximo 28 de julio, dónde será protagonista.

Colores fuertes, en una paleta que pasa por los rojos, los amarillos, los violetas, los azules y los naranjas, sin olvidar el negro y el blanco. Colores puros y en contrastes, que es una novedad para Isabel, porque antes los desaturaba con gris.

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Con la red es mejor no ‘meter las patas’

Artículo publicado en EL COLOMBIANO, el 22 de junio de 2009

LAS REDES SOCIALES van más allá del compartir con otros. Si bien sirven para impulsar iniciativas sociales, también pueden convertirse en un karma, especialmente, cuando hay de qué reírse.

Equivocarse es una de esas cosas inevitables. Nadie está exento de caerse, de enredarse al hablar, chocarse con la pared, usar un objeto al revés y puntos suspensivos.

Las equivocaciones generan diversas emociones. Sin embargo, la risa, y la burla, parecen ser los compañeros perfectos del error. “Los humanos tenemos una tendencia a reírnos, a disfrutar de la tragedia de los demás”, explica Gabriel Cataño Rojas, director del Centro de Estudios Ciudad de Medellín del ITM.

Y con ello, llega el temor a hacer el ridículo, porque reírse del otro es muy bueno, pero que se rían de uno, ya no lo es tanto.

Las redes sociales han cambiado el asunto. Antes, alguien se equivocaba y sus compañeros se reían un rato y lo recordaban unos días.

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PARÉNTESIS

Este fue un paréntesis inicial, más precisamente, el paréntesis de Camila Collazos, en Todo amor termina en el centro.

Ojala te acabes. Esta distancia sin sentido, tan lejana. Esta locura sin palabras, tan amnésica. Es justo. Ojala todo se apagará y pudiera amanecer siendo otra. Una Camila diferente, reinventada, mejor, reconstruida. Una Camila sin nombre, porque, ¿qué es un nombre? Sólo letras en conjunto. Camila, sí, ese es mi nombre. Mis letras en conjunto. Esas que puso algún titiritero, sin preguntarme si quería llamarme de esa forma. Ahora tengo que cargarlo, como si fuera mío, como si fuese la culpable. Detrás hay una mujer de cabello negro, muy negro, casi como un carbón, de piel blanca, muy blanca, casi como la nieve. Un metro setenta y cinco de estatura y un cuerpo delgado, a veces, sólo a veces. Y esa es Camila, es esa que camina y se sienta, esa misma que sueña e que imagina, esa misma que vive y que muere, casi cada noche. Perfectamente pudo haber sido Mónica o María o Anastasia, qué sé yo. A veces me pregunto si hubiese sido otra persona, si tuviese otro nombre. Complicado. Sólo quisiera reinventarme de nuevo. Dicen que una nueva casa es una nueva vida. Yo quiero la nueva vida. Las paredes están tan blancas, tan azules. El conejo está tan blanco, tan orejón. Yo estoy tan triste, tan melancólica. Esta ciudad me produce odio, tanto odio. Ojalá el mundo se apagara y perdiera la memoria. Ojalá fuere ella, sin pasado, sin recuerdos, sin nada. Camila, a secas.

Otros apartes del libro:

Todo amor termina en el centro
Camila, Camila, dónde andarás a estas alturas de la noche
Camila, Camila, dónde andarás a estas alturas de la noche II
Una completa mierda

POEMAS DE PARED

POEMA 7
En el recuerdo
incólume
de esos tiempos,
tan tuyos y tan míos,
apareces con un dejo,
innegable por demás,
de nostalgia.
Apareces extraño,
a medio cuerpo,
feliz, felicísimo.
Apareces
con una sonrisa
casi fantasmagórica.
Esa misma
en la que me perdí
varias noches,
y en la que me pierdo todavía,
pese a lo viejos que se hacen los años.

Poemas de Pared anteriores