OTOÑO HACIA ARRIBA

Todo es distinto aquí. Las hojas de los árboles no caen. No. Suben. Es como si no hubiese fuerza de gravedad para las hojas, y en cambio, hubiese una parecida, desde arriba, que las hiciera subir, como una fuerza de las hojas, atractiva por demás. Y suben, casi a manera de vuelo, casi solitario. Se mueven suavemente, de izquierda a derecha, siempre hacia arriba. Y entonces el techo ya no es azul, es de hojas. Y el mundo inevitablemente se siente al revés.

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AMARILLO

Es amarillo. Tiene una cuerdita que lo sostiene. Una niña lo mira. Y está cansado.

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AVESTRUZ

Para Liz Carelombriz…

Todos dicen lo mismo. He escuchado en las últimas 24 horas, más de… no sé, muchísimas opiniones tratando de convencerme de lo que debo hacer. Hablar, dicen todos, como si se hubiesen puesto de acuerdo. Hablar lo que significa que me quite la máscara y diga todo lo que hay por dentro, incluso la parte del corazón. Y no, no entienden que no es que no quiera decirlo, porque quisiera pronunciar palabra por palabra, sacarlas todas y descansar de una vez. Casi como morir un poco. No, no entienden. Dar la cara no es fácil, menos cuando no tienes la capacidad de leer lo que el otro está pensando. Además, cuando la vida te pone a tu servicio miles de máscaras, es dificil decidir. Muy dificil. Por algo el avestruz prefiere meter la cabeza en tierra. Yo soy como el avestruz, prefiero la cabeza en tierra. Soy cobarde, y eso me duele más.

°Estaba leyendo que el avestruz, en realidad, no mete la cabeza en la tierra. También sé, que aún si la metiera, no sería para esconderse. Lo bonito, sin embargo, es la metafora, y ahí, se vale todo.

TELÉFONO ROTO

(Mujer de pie, en el teléfono)

– Sí señor, ya le dije que me gusta, pero si quiere, se lo repito. 

– (Espacio para la respuesta del teléfono)

– Sí, también sé que yo no le gusto. Eso me lo ha dejado claro, y varias veces.  

(Un hombre la mira desde la mesa, con ceño.) 

- ¡Eso Susana! sígale rogando a ese hombre queasí se ve muy bonita. 

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FOTOGRAFÍA

Las fotos son un estado del tiempo en el que se congela el pasado, y son, a su vez, una manera de desafiarlo, de sacarle la lengua. Con ellas aparece todo lo anterior, y es difícil no pensar en la muerte, en su paso continuo por la vida. Tantas personas que ya se fueron, y tantas, que dejaron por ahí una que otra sonrisa, una que otra tristeza, una que otra vida. Luego, vuelve la realidad. En algún momento también seremos el segundo exacto de congelamiento, con la buena noticia, para las y los vanidosos, que a las fotos, la vejez no se los lleva por encima.

Cuando andaba chiquitolina y tenía el pelo rubio cenizo, le hice quitar a la madre las fotos de Eduardo de la pieza de huéspedes. La cosa es que, a veces, las fotos tienen vida, y se mueven. Es como si en lugar de un segundo se hubiesen congelado unos tres. Entonces veía como Eduardo me seguía con la mirada o incluso me alcanzaba a tocar con la mano. Perturbable para una niña de seis. Todavía. Punto aparte y si este párrafo quedó mal redactado, no me importa. No lo voy a volver a mirar. Es un recuerdo miedoso.

En fin. Las fotos contienen la historia de mi breve edad, de la larga edad, de una vida entera por vivir, como la canción aquella. Por fortuna, y perdonarán el final forzado de este texto que empezó con una frase para mi posteridad, a alguien, algún día, se le dio la fortuna de detener el tiempo. Qué después no digan que no es posible devolverse y mirar. Es más, hasta de re-vivir. Ahora, existe el photoshop.

UN ICEBERG EN LA MITAD

Recuerda,
por obligación.
Las imágenes
le traen su nombre.
Le resbala.

Recuerda.
Duele un poco.
Le mira.
Le hace suyo.
Le da besos.

Recuerdo.
Es odio.
Puro odio.

Recuerda.
A veces se cree dios.
Dios, puede
cambiarlo todo.

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Fin del suplicio.
Puede caer del cielo
lo que quiera caerse.
Puede caerse el mundo,
si el mundo quiere.
Puede caerse  
la ley de la gravedad.
Puedes caerte,
si se te antoja.
Puedes equivocarte,
también.
No hay atrás. Punto.

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Sin escapatoria.
El frío le persigue.
Sabe del abandono.
Lo descubrió
por las hojas vacías.

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Llega morfeo. Sucumbe.

INVIERNO

Afuera el cielo se cae y golpea duro contra el suelo. Se forman ríos de agua que alcanzan la altura de los andenes y se pegan con las llantas de los carros, que algún dueño, por no derretirse con el cielo que cae, dejó mal parqueado en la calle al frente de su casa. El cielo también se deja ver y luego, se deja escuchar en un estruendo que pareciese fuese a acabar con la tierra. Piensa en cuando estaba pequeña y solía decir, en repeticiones constantes, Dios está tomando fotos, de seguro. Está un poco enojada, a decir verdad. Los sábados, los últimos sábados, siempre está lloviendo. El sexto día tiene algo especial: a alguien, algún día, se le ocurrió designarlo para la noche y darle abrazos a los amigos más queridos, beso al novio o a la novia según el género y la sexualidad, embarrarla de cuando en vez, bailar un poco, conversar otro más, tomarse unos vodkas y en fin. Está enojada. Es sábado, tenía intenciones de verle,  y el cielo se cae encima de su casa.

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BENEDETTI, in memoriam


Viceversa
 °
Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte.

Tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte.

Tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte.

O sea,
resumiendo
estoy jodido
y radiante,
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.

–       

El domingo puede ser un buen día para morir, para hacer un inventario y decir que ya las letras son suficientes, que de su mano, por lo menos en la tierra, no saldrá una letra más. Y no deja de ser triste. Tristísimo, tristósomo. La muerte, siempre es así. Duele cuando hay sentimientos en la mitad. A Benedetti, cómo no quererlo. Era parte de la familia poética del corazón. La muerte tiene que llegar, en algún momento, a veces más tarde que temprano, y viceversa. Hay días en que nos parece que es más temprano. De pronto ya era hora. Ochenta y ocho, esos tenía Benedetti. Ya la parca estaba cerca, y se acercó tanto, que se lo llevó. Bien, no creo que sea tanto. De hecho, morir es olvidar un poco, y a Benedetti, es difícil olvidarlo. No importa que siempre, muchos, lleguen al mismo poema. El poeta anda y andará por ahí. Y mientras haya un poema para hacernos sonreír, hay un Benedetti vivo recitando al oído. 

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CONVERSANDO

Hay días en que se pregunta varias veces, ¿cómo hacer para dejar de hablar hasta por los codos? Fue, sobre todo, el día que hizo una huelga de silencio y se puso un pedazo de cinta de enmascarar en la boca, con un letrero que decía, EN HUELGA, haber si de pronto, por lo menos, dejaba de hablar cinco minutos. No. No fue posible. Hablar es inherente. Hablar hasta por los codos. Hablar por hablar. Hablar, y seguir hablando, de cualquier cosa, incluso de insignificancias poderosas como si la silla se debió llamar mesa, y no silla, y viceversa. Cuando hace silencio, también habla. Cuando no habla, de pronunciar palabras, escribe. Cuando no escribe, manda muñequitos. El hecho es decir algo, de alguna manera. Hablar sola, escribirse a ella misma, o hacer edificios. A veces busca alargar conversaciones, y a veces, sigue hablando, de adentro hacia adentro, solo porque vio que el otro ya no tenía ganas de escucharle. Por eso, incluso, se duerme a las tres y no a las cinco, porque la mente sigue hablando, que sería algo así como pensando. En fin.

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CANTANDO CON ESCALONA

“Si yo moría primero él me hacía un retrato o, si el se moría primero le sacaba un son. Ahora prefiero esta condición que el me hiciera el retrato y no sacarle el son”. Ese es un pedacito de una de las muchas canciones de Escalona. Y como esas que se le pegan a uno por ratos, y que uno no se las sabe si no está la canción sonando por ahí, esa se repite en mi cabeza una y otra vez. Dos y tres veces más. A veces, por supuesto, hay que morir. Y la gente se va yendo. Algunos de viejos, otros, por cosas inexplicables, de seguro, porque era el momento, porque la vida los tenía solo para un ratico. La muerte es tan inevitable como el dolor que causa. Eso no implica tenerle miedo, ni estar en su contra. Implica tener el corazón atascado en las personas. También, a veces, por supuesto, pese a la muerte, no hay muerto. Eso, por ejemplo, le pasa a Escalona. Tantas canciones en los oídos, le hacen inmortal. 

Y la canción me recuerda épocas dolorosas. Esas en las que Eduardo duele sobre manera. Creo que no tuvimos mucho tiempo para hacer condiciones, y, sin embargo, hubiese preferido que él me escribiera un poema, a tenerle yo, que escribirle tantos. Y no hablo de haber muerto primero que él. Hablo, de por lo menos tenerlo inmortal en algún recuerdo tangible. En fin.

A Escalona, que de seguro ya tiene una casa en el aire, desde donde anda escribiendo alguna nueva canción, que sus palabras, andan por ahí, inmortales. Yo no soy musiquera, pero el vallenato, a veces, suele hacerme sonreír. Maestro, que el cielo le de inspiración para seguir escribiendo.

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Lectorcícimos! Quería contarles que, por esas cosas de que la tecnología lo atrapa a uno, y más si uno tiene 22 y son pocos los amigos los que no andan por esos lados, decidí abrir una página de facebook para Camila Avril. Así, además del RSS, que no deben borrarlo, por ahí les contaré de las actualizaciones que se vayan dando en el blog. Los invito a que se hagan fans, y además, inviten a los amigos y así, se siga lo que es la viralidad de internet.

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