CONFESIÓN

Yo no fui, señor. Yo no quería disparar. Simplemente ella me miró a los ojos y se puso a hablar, a preguntarme cosas, que yo no sabía. Luego, algo me hizo disparar, pero la bala no llegó a su cuerpo. Se fue poniendo blanca y la sangre empezó a fluir. (Susurro) Aquí entrenos, señor, yo creo que había empezado a morir hace rato. Me miró en silencio, como escudriñando en mí, en la cara, en los labios, y hasta en los pies. Yo sí la quería matar, pero después de su mirada, me arrepentí, y luego fue el disparo, pero el disparo nunca le llegó y de pronto, estaba pegado al suelo, seducido por sus ojos. Ella se fue quedando ahí, sin aire, y después suspiró, y la sangre ya se había esparcido por el suelo. Todo estaba frío, y vacío, y muy frío. ¿La sangre? Roja como siempre, pero cautelosa. Muy cautelosa. Ella tenía la mirada perdida y estaba blanca, blanquísima. Usted sabe mi agente, que la sangre es escandalosa de por sí, pero traspasó la puerta con cuidado, como si se quisiera escapar. Para mí, señor, que fue ella. La sangre sabía que tenía que ver con el delito y por eso quería escaparse ¿No me cree? Yo no fui, yo sólo disparé, pero la bala no le pasó, si quiere le busca el huequito, y verá que no está. Se lo juro señor agente. Se lo juro.

DE POESÍA TAMBIÉN SE RESPIRA

A veces me pregunto como harían los poetas, los reales, por supuesto, para convivir en un mundo antipoético. Bien, puede ser, primera posibilidad, que para ese entonces, la cosa no fuera de grandes proporciones. Y digo antipoético porque parece ser que la poesía aparece poco, se escucha poco, se ve poco, como si estuviese en estado de extinción. La otra, segunda posibilidad, es que todavía Camila no esté nisiquiera en la p. En fin. Lo que sí creo es que la poesía anda perdiendo adeptos, y por tanto, compararla con otros gustos y placeres, carece de sentido, de sensatez, y sobre todo, de incompatibilidad. Algo así como poner en el mismo punto a un léon y a una hormiga.

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. suspensivo

 

Porque tu mano y mi mano encajan perfecto.
Ahora solo falta, que adentro, también encaje el de rojo.
.,.,.,……

Tu mundo
es un pequeño mundo,
que inventa mi cabeza
en las noches,
y desintegra mi cabeza
en las mañanas.

Tu mundo,
ese pequeño mundo,
esa oscuridad de mundo,
esa transparencia de mundo.

Mi mundo,
igual a tu mundo, 
pero más pequeño.

,.,…,………………………………….

Lejos de tí,
de mí,
de él,
de ellos. 

Lejos, y es lo que duele,
de tu silencio.

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GUERRA

Hay dos cosas que creo que, cuando pensaron en hacerme, leáse Dios o el encargado de poner en el molde los ingredientes, se les olvidó. Una, la capacidad y la voz de ser una cantante de rock, y por el contrario, me hicieron con ínfulas, solo ínfulas, de poeta. Dos, un espíritu aventurero e intrépido, tanto, que fuese una periodista de guerra, y por el contrario, me hicieron con un amor a la cultura, a la literatura y a la crónica, no guerrerista. No obstante, lejos de la guerra, le puedo querer un poco, en un sentido irónico, casi como a la muerte, pero sobre todo, le puedo pensar muchísimo.

La guerra, aunque duela, fue un invento, en algunas ocasiones, necesario. Con ella, se crearon países, por ejemplo, o se obligó al mundo a cambiar, a avanzar un poco. También fue la manera que se encontró para adueñarse de territorios o de tumbar del poder a algún dictador. La primera guerra mundial le sirvió a Colombia para industrializarse, porque por primera vez, se vio libre de mercado extranjero, especialmente inglés. Y que con ella se hayan conseguido cosas interesantes, no significa que haya sido la mejor manera de lograrlo. La cosa es que no estar dentro de ellas, es decir, ni en el tiempo, ni en el espacio, se hace más fácil comprenderlas. Elemento circunstancial, por decirlo de alguna manera. 

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DESNUDA

Cuando sabe que es domingo, es decir, cuando se despierta en domingo, se quita la pijama y luego, hace lo de todos los domingos: desvestirse. Se quita la pijama y no más. 

Así todo el día. Desnuda.

Toma la ropa, la del canasto, y prende la lavadora. Después se sienta en el butaco del patio, en el sofá de la sala, en la hamaca de la pieza de huéspedes o en la cama, y acerca el libro.

Así todo el día. De aquí para allá.

Sobrevive al domingo. Desnuda, que es una manera de pintarlo de otro color.

EN ESTE, POR AHÍ, NO SÉ DÓNDE NI CON QUÉ PRETEXTO, SE ME PIERDE LA MUSA EN ALGUNA FRASE. ¿ALGUNA SUGERENCIA?

VULNERABILIDAD

Todos los días, son días perfectos para morir. La muerte, por lo general, está en todas partes, encima del mundo. Por eso se vuelve común no pensar en ella, ni hablar de ella, y olvidarse de ella. Cuestión de costumbre. Está tan cerca, que no se mira. Luego, es inevitable, y ha de llegar, y entonces, para qué perturbase con ella.

Hay días, en que es inevitable. Vulnerables a la muerte, inevitables a ella. A veces, es difícil no pensarla. Difícil imaginarse el mundo con todos, pero sin uno. Mirar a todos, y saber, que en algún momento,también seremos recuerdo, y después, cuando no haya nadie que nos piense, nada. Atrás quedarán los besos, los bailes, las cogidas de mano, el trabajo, las lágrimas y en fin. Es también cosa de imaginarse con más años, en una vida, que posiblemente, ahora parece de viejos, de abuelos, de papá y nunca, plausible para sí mismo.

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PUERTAS ABIERTAS

Ella extraña esa época, cuando se podía dejar la puerta abierta, y a nadie se le ocurría entrar. Es más, si se le ocurría, primero tocaba. Tres golpes secos a la puerta y luego alguien, casi dormido, que se asomaba, y por allá, desde lejos, decía, ¿quién? ¡Ahhh, sí es Margarita, seguíte! Buenas épocas, diría su abuela, y eso que su abuela, no sabía lo de la puerta.

Extraña esa época, en la que Martín se asomaba a la puerta y quedaba en contraluz, por lo que parecía un fantasma. Era algo así como si Martín se hubiese quedado en casa, y a la casa de ella, solo llegara la sombra. Sabía que él, en cualquier momento, aparecía con su sombrero encintado, como el de Rin Rin Renacuajo. Le dejaba el lado derecho de la cama y le daba la espalda. Él, caminaba pausado, sigiloso, seguro. Una sombra ‘pinchada’, dirían por ahí. Se sabía la distancia exacta desde la puerta a la puerta de ella, en ese gran corredor de paredes blanqueadas. Entraba a ciegas, por eso del sol.

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FELIZ NAVIDAD

Ahondando en las profundidades del corazón, siempre, por más cara dura y amante de la tristeza ques se pueda ser, hay un pedacito de ser humano que sonríe. Algo así como eso que dicen del niño chiquito, que no crece, que está ahí siempre, sonriendo y listo para celebrar en Navidad. Por eso, pese a los años, es emocionante que llegue el 24 de diciembre y esperar que al Niño Dios. A veces, todavía me cuesta dormir, y en algún momento de la noche, abro uno de los ojos, para cerciorarme de que haya un regalito rondando por ahí y luego sí, cuestión de espera. La Navidad es algo así como ponerle un poco de magia, anual, a la vida, de regalar besos y abrazos a diestra y siniestra, y de tener la excusa perfecta para llamar a esos que están lejos por alguna cuestión de la vida. Incluso es una manera de acordarse de los muertos y volverles a hablar. 

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NOVENA DE AGUINALDOS

Día Uno

El viento toca la ventana para que le deje entrar y la mueve con fuerza para que no duerma. La casa está sola y una lagartija acaba de correr por debajo de la cama para esconderse de cualquier rastro humano, y seguramente, letal. Han pasado dieciséis días del último mes del año, el día más esperado por los niños para rezar la novena, pero sobre todo, para que llegue ese día en el cual, por obra de la magia (de los padres, por supuesto), aparece cerca a la almohada, o debajo del árbol, el regalo del Niño Dios, o de Papá Noel, según el caso. Dieciséis días, nueve menos del veinticuatro, para cantar, dar abrazos, comer dulces, jugar, tener la excusa perfecta para ver al chico que a la niña le gusta, entrar a la casa de los vecinos, hacer arroz con leche, dar un beso, tocar maracas o pelear con alguno de los primos por eso de la lectura. Y eso sí, todo sin necesidad de ser fieles fervientes del catolicismo. Basta con un amor gigantesco al Niño Dios, y a la familia.

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UN ALPINISTA DE EDIFICIOS

Asomarse da un vientecito frío en el estómago, y duele un poco, y eso que hay una ventana que detiene el cuerpo. Caerse significaría la muerte, en algo que podría denominarse un golpe fuerte contra el mundo, sería algo así como probar la fuerza de gravedad. Eso es lo que hace, desafiarla con una sonrisa en la cara, y como si nada. Así de campante, como si estuviera sobre el piso.

Trabaja sobre el aire, literalmente, y es libre, excepto por esas cuerdas que le permiten estar ahí, suspendido a gran altura. A veces, en los ratos de lo que ahora se conoce como ‘pausas activas’, se columpia un poco, le da la espalda al edificio y observa el mundo.

Desde las alturas las cosas son distintas. Todo es más pequeño, y por supuesto, la gente también. Para él están todos esos que lo señalan desde abajo, mientras gritan: “Mirá a ese señor, mami. Está bien alto”. O le gritan: “Señor, ¿no le da miedo?”, y él, si escucha, mueve la cabeza, y sonríe, pero sigue ahí, como si nada, mirando la panorámica del frente. Incluso se percata de la esposa que viene con el almuerzo, a unas cuadras antes de llegar.

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