CONFESIÓN

Yo no fui, señor. Yo no quería disparar. Simplemente ella me miró a los ojos y se puso a hablar, a preguntarme cosas, que yo no sabía. Luego, algo me hizo disparar, pero la bala no llegó a su cuerpo. Se fue poniendo blanca y la sangre empezó a fluir. (Susurro) Aquí entrenos, señor, yo creo que había empezado a morir hace rato. Me miró en silencio, como escudriñando en mí, en la cara, en los labios, y hasta en los pies. Yo sí la quería matar, pero después de su mirada, me arrepentí, y luego fue el disparo, pero el disparo nunca le llegó y de pronto, estaba pegado al suelo, seducido por sus ojos. Ella se fue quedando ahí, sin aire, y después suspiró, y la sangre ya se había esparcido por el suelo. Todo estaba frío, y vacío, y muy frío. ¿La sangre? Roja como siempre, pero cautelosa. Muy cautelosa. Ella tenía la mirada perdida y estaba blanca, blanquísima. Usted sabe mi agente, que la sangre es escandalosa de por sí, pero traspasó la puerta con cuidado, como si se quisiera escapar. Para mí, señor, que fue ella. La sangre sabía que tenía que ver con el delito y por eso quería escaparse ¿No me cree? Yo no fui, yo sólo disparé, pero la bala no le pasó, si quiere le busca el huequito, y verá que no está. Se lo juro señor agente. Se lo juro.