La brisa de Río de Janeiro

El cielo no parecía de Río de Janeiro. Estaba tan gris, y tan triste, que no tenía nada que ver con la alegría que por estos días sienten los cariocas por eso de los Juegos Olímpicos del 2016 y la Copa del Mundo del 2014.

“Llevamos tres días acá y no ha parado de llover”, me dijo sin preguntarle, en su acento argentino, una turista. Luego se bajó del ascensor.

La neblina era espesa y en esas condiciones, al Corcovado solo se le ven los pies. Un sitio menos para visitar, de esos infaltables, según coinciden muchos cariocas, como Ronaldo Aguiar: “No puedes dejar de visitar el Cristo Redentor, es un símbolo de la ciudad. Desde allí puedes ver Río de Janeiro y es una visión bellísima”. Lo dijo en portugués, muy seguro de su recomendación.

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Un viaje por América con Gloria

Ésta fue una historia que escribí estos días para EL COLOMBIANO, y a mí me pareció bonita. Quería compartirla con ustedes.

TRES CANADIENSES DECIDIERON salir a recorrer América en una van, que es casi una casa andante. La intención no va más allá de conocer nuevos países y amigos y de vivir una aventura. Después de 16 mil kilómetros de recorrido, hoy están en Medellín.

La nieve cubría a Gloria y la hacía una más del paisaje. Estaba tan blanca y fría como todo afuera: unos diez grados bajo cero y una capa de nieve de medio metro. Y sin embargo, no los convenció. Era el día de partir, incluso de un “Ice escape (escape helado)”, como dirían.

Al último mes del año lo acompañaba el 22 y era, por tanto, el fin de los planes en papel. Los seis meses de averiguaciones, de mirar mapas, preguntar cómo cruzar fronteras, obtener visas y tomar decisiones, y los años de ahorrar, se habían acabado. Gloria estaba lista y a ellos, el corazón se les iba a salir.

De Vancouver, Canadá, salieron pese a la tormenta. Joshua Heisler, Tyler Lavoie y Ryan Sanders tenía la idea, inapelable, de recorrer en Gloria, una van que compraron para hacerlo, que es casi como una casa andante, toda América. Bueno, hasta Florianópolis y Santa Catalina, en Brasil.

Intenciones, ninguna en especial. Irse de aventura, conocer diferentes países y culturas y aprender portugués y español. Duración, tres meses. Eso hubiese sido un buen plan, sino se enamoraran de cada lugar, ni les diera por parar a surfear, a enseñar o a vivir un rato.

Son canadienses que están en una edad que no supera los 30. Amigos desde hace varios años porque, como dice Joshua, lo más importante del viaje “es planearlo con buenos amigos”. Eso significa flexibles, relajados, que no se enojen fácil después de manejar varias horas seguidas, con paciencia y sin miedo: las tierras a recorrer no las conocen, como tampoco los esperan en cada puerto.

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LOS BOYZ DE LAS CANECAS

Artículo publicado en El Eafitense (Aquí, sin editar)

Bulla. Sí, eso es lo que hacen, y lo admiten, como dice el dicho, frescos como la lechuga. Bulla en sentido figurado, se podría decir, porque tiene ritmo, se puede bailar, reír un poco, gritar un tanto, y al final, aplaudir. Bulla, tal vez, por los instrumentos nada convencionales, que sería así como algo parecido a la música. El principal, mejor, como dicen ellos, el baluarte del grupo: las canecas. Y de ahí el nombre: Los Canecas Boyz.

Tres con las canecas, que le van pegando, que les van tocando, al ritmo de alguna canción inventada, constante. Los otros dos, con otras tres, y se van empujando el uno al otro, y van jugando, y van poniendo más ritmo. Unas cuantas risas, otros tantos sonidos con la boca y ahí se van, con música a base de canecas, aunque las canecas no son siempre el único instrumento.

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BENDITA SEA ENTRE TODOS LOS HOMBRES

Señor, que si la deja por ahí, por favor. Algo así. Señor, que muchas gracias. Más o menos. Señor, que en el paradero. “Es como si fueran ciegos”, dice. Y por cada señor, las facciones de su rostro cambian. Se hacen, tal vez, un poco más gruesas. “Después de haber viajado conmigo, de llevar treinta minutos”, hace énfasis, casi regañón. Le molesta que se les olvide, que no se acuerden que tiene pelo largo, ropa más pequeña, una voz más suave, y que además, incluso, maneja diferente. 

En edad, tiene 27. Es mujer. Se llama Diana. Es conductora de bus, y si se quiere, niña, señora, dama, mujer, muchas gracias, déjeme aquí. Como conductora de bus, dos años. 
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UN ALPINISTA DE EDIFICIOS

Asomarse da un vientecito frío en el estómago, y duele un poco, y eso que hay una ventana que detiene el cuerpo. Caerse significaría la muerte, en algo que podría denominarse un golpe fuerte contra el mundo, sería algo así como probar la fuerza de gravedad. Eso es lo que hace, desafiarla con una sonrisa en la cara, y como si nada. Así de campante, como si estuviera sobre el piso.

Trabaja sobre el aire, literalmente, y es libre, excepto por esas cuerdas que le permiten estar ahí, suspendido a gran altura. A veces, en los ratos de lo que ahora se conoce como ‘pausas activas’, se columpia un poco, le da la espalda al edificio y observa el mundo.

Desde las alturas las cosas son distintas. Todo es más pequeño, y por supuesto, la gente también. Para él están todos esos que lo señalan desde abajo, mientras gritan: “Mirá a ese señor, mami. Está bien alto”. O le gritan: “Señor, ¿no le da miedo?”, y él, si escucha, mueve la cabeza, y sonríe, pero sigue ahí, como si nada, mirando la panorámica del frente. Incluso se percata de la esposa que viene con el almuerzo, a unas cuadras antes de llegar.

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PAPÁ NOEL VIVE EN MEDELLIN

Ésta es la historia de Papá Noel, bien, de un Papá Noel. Estamos en Navidad y es hora de compartir, proponer o sugerir todas esas historias que en este mes pasan. Un abrazo de Navidad!

EL VIDEO

De incógnito, así vive la mayoría del año. Presentándose como un actor de teatro, como profesor, como un papá y un esposo. Va de aquí para allá, y de allá para acá, y en medio de todo, aparece el verdadero: Carlos Arango es Papá Noel, y el Polo Norte, Medellín.

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GALERIA RODANTE II

Les dejo la segunda parte de la crónica. Ahí va!

Tirando compás

A Pingüino lo único que le exigen es el logotipo de la empresa, el color de fondo del carro, que lo pinta otro, y el paisaje. De resto, tirar compás a diestra y siniestra, según le mande su cabeza. A veces le han salido con cosas extrañas. Por lo general a los dueños de chivas les gusta poner en la parte de atrás la iglesia del pueblo, el sagrado corazón, un paisaje de los que recorren, la Virgen del Carmen o algo que se ingenie Pingüino según las líneas que le hace a los lados. “De resto, que le quede muy bonito”. En fin. A los dueños ya no les gustan las chivas sencillas.

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GALERÍA RODANTE

Otra crónica. Esta vez de un Pingüino, que no parece pingüino, salvo que pinta chivas con la facilidad que un pingüino tiene para nadar. Para El Eafitense, como cosa rara, pero la pegó aquí, como salió al principio, sin la mirada del editor. Ahí se las dejo, bien, la primera parte. Ojalá la disfruten, y digan algo, alguito, puede ser. Abrazo!

Los trazos son casi perfectos. Los repite por banca y son exactos, como si su mano fuese una fotocopiadora. Va y viene, pinta aquí, pinta allá, vuelve y va y empieza de nuevo. Círculo allí, círculo allá, y luego una línea, que hace sin regla y le queda perfecta. Tal vez este Pingüino no tiene traje negro y blanco, ni uñas largas y manos pequeñas. Este Pingüino tiene ropa de trabajo y en sus manos solo un compás “que es más grande y en madera, que da más capacidad para abrir y cerrar”, una regla y un pincel. Bien, y mucha creatividad. “Uno comienza con los trazos y tira compás y ahí van saliendo las cosas”.

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