CONFESIÓN

Yo no fui, señor. Yo no quería disparar. Simplemente ella me miró a los ojos y se puso a hablar, a preguntarme cosas, que yo no sabía. Luego, algo me hizo disparar, pero la bala no llegó a su cuerpo. Se fue poniendo blanca y la sangre empezó a fluir. (Susurro) Aquí entrenos, señor, yo creo que había empezado a morir hace rato. Me miró en silencio, como escudriñando en mí, en la cara, en los labios, y hasta en los pies. Yo sí la quería matar, pero después de su mirada, me arrepentí, y luego fue el disparo, pero el disparo nunca le llegó y de pronto, estaba pegado al suelo, seducido por sus ojos. Ella se fue quedando ahí, sin aire, y después suspiró, y la sangre ya se había esparcido por el suelo. Todo estaba frío, y vacío, y muy frío. ¿La sangre? Roja como siempre, pero cautelosa. Muy cautelosa. Ella tenía la mirada perdida y estaba blanca, blanquísima. Usted sabe mi agente, que la sangre es escandalosa de por sí, pero traspasó la puerta con cuidado, como si se quisiera escapar. Para mí, señor, que fue ella. La sangre sabía que tenía que ver con el delito y por eso quería escaparse ¿No me cree? Yo no fui, yo sólo disparé, pero la bala no le pasó, si quiere le busca el huequito, y verá que no está. Se lo juro señor agente. Se lo juro.

DESNUDA

Cuando sabe que es domingo, es decir, cuando se despierta en domingo, se quita la pijama y luego, hace lo de todos los domingos: desvestirse. Se quita la pijama y no más. 

Así todo el día. Desnuda.

Toma la ropa, la del canasto, y prende la lavadora. Después se sienta en el butaco del patio, en el sofá de la sala, en la hamaca de la pieza de huéspedes o en la cama, y acerca el libro.

Así todo el día. De aquí para allá.

Sobrevive al domingo. Desnuda, que es una manera de pintarlo de otro color.

EN ESTE, POR AHÍ, NO SÉ DÓNDE NI CON QUÉ PRETEXTO, SE ME PIERDE LA MUSA EN ALGUNA FRASE. ¿ALGUNA SUGERENCIA?

PUERTAS ABIERTAS

Ella extraña esa época, cuando se podía dejar la puerta abierta, y a nadie se le ocurría entrar. Es más, si se le ocurría, primero tocaba. Tres golpes secos a la puerta y luego alguien, casi dormido, que se asomaba, y por allá, desde lejos, decía, ¿quién? ¡Ahhh, sí es Margarita, seguíte! Buenas épocas, diría su abuela, y eso que su abuela, no sabía lo de la puerta.

Extraña esa época, en la que Martín se asomaba a la puerta y quedaba en contraluz, por lo que parecía un fantasma. Era algo así como si Martín se hubiese quedado en casa, y a la casa de ella, solo llegara la sombra. Sabía que él, en cualquier momento, aparecía con su sombrero encintado, como el de Rin Rin Renacuajo. Le dejaba el lado derecho de la cama y le daba la espalda. Él, caminaba pausado, sigiloso, seguro. Una sombra ‘pinchada’, dirían por ahí. Se sabía la distancia exacta desde la puerta a la puerta de ella, en ese gran corredor de paredes blanqueadas. Entraba a ciegas, por eso del sol.

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