CONFESIÓN DE LA C

Todas las noches hago la misma promesa. Voy a escribir todos los días, así sea una letra, mísera. Y todas las noches, como esas promesas de los alcohólicos y los pasados de peso, digo que mañana, que prometo que mañana empiezo, que hoy ando muy cansada, que la cabeza está muy cansada. Y entonces es la posposición, de la posposición, de la posposición y de la posposición. También de la repetición insostenible de ideas. Yo digo todas las noches que voy a escribir a diario, como los grandes escritores. Y luego salgo con la disculpa estúpida (sí, sos una estúpida y todo), de que los grandes escritores tienen todo el tiempo para escribir todos los días. Como si ellos, de toda la vida, tuvieran en la tarjeta profesional: escritores. También, de seguro, fueron soldados rasos de alguna profesión desconocida y querida, por supuesto. No todo tiene que ser tan malo. Todos los días me hago la promesa de que voy a escribir a diario. Y yo escribo a diario, todos los días, infaltablemente, casi, con pseudónimo. Salvo que hablo de escribir de esas cosas extrañas y raras que suelo escribir, sólo por ese sueño absurdo (creo que en algún momento los sueños siempre parecen absurdos, necesariamente) de que debo ser escritora. Prometo, que voy a escribir diario, así me vaya quedando como la oveja.

FANTASMAS

No me pregunten tantas teorías. Yo no sé si eso es una crónica, un reportaje, una noticia, un ensayo literario, un texto académico o, es más, no es nada. A mí no importa, qué me va a importar eso, cuando tengo varios fantasmas rondándome el cuerpo completo, moviéndome la mano y obligándome, casi similar a tener un revólver en la cabeza, a que escriba, a que acabe conmigo, me tire en esta cama y no me vuelva a levantar. Solo tengo que escribir. Ni una letra más.

ENOJO

Los ojos los tiene secos. Lleva varios minutos con la cabeza en otro lado, como cuando los pies se alejan del suelo. Trata de no pestañear, de no moverse. Está frente del ventilador, esperando que el aire se choque contra su cerebro y le saque todo eso que no la deja dormir.

Odia que sea tan rara como el dicho ese que incluye un perro a cuadros. Odia además que algunos personajes, estúpidos e inútiles por demás, se le metan en su cabeza. Y odia no saber qué tiene, qué hay por ahí en el de rojo en un idioma no comprensible para sí misma.

El momento es extraño. Ha estado despierta y dormida en una conexión increiblemente cercana. No lo sabe, pero se ha inventado la mitad de lo que cree que ha pasado y viceversa. El fútbol estuvo siempre en la pantalla del televisor y creyó que, como es costumbre ya, su equipo había perdido. Ahora escribe frases inconexas.

Varias veces le ha preguntado a la vida para qué y en las mismas veces la vida se ha quedado callada. Las otras, le ha preguntado a su papá cuando piensa cumplirle la promesa aquella de volver a aparecerse en sus sueños. Las otras mismas su papá se ha quedado callado. Y no es que no le deje ser muerto, pero como tal, incluso, supone que debe cumplir las promesas.

De entierros, varios nombres a la basura. Incluye varias J, unas cuántas C y alguna que otra H. Luego se conmueve. Está enojada y eso es contraproducente para pensar.

Un correo menos hay hoy en la maraña de correos de internet. Le gustaría hacer lo mismo con el Facebook, pero la adicción está muy profunda. Debería existir una sociedad anónima de adictos a él. Está enojada con ella misma, con la bulla que hace la gente, con los que se hacen los tontos, los que no quieren ver y los que se atraviesan la calle sin mirar si viene carro. Está enojada por estar enojada, porque no llueve y porque aún cuando la oscuridad ya llegó y los ojos le pesan, no le da la gana de dormir. Está enojada porque todo se resume en cuatro letras y parezca escribiendo un post en esa página rosada, de un diario de niñas, que tiene seguro y una barbie en la carátula.

Está enojada porque sí. Punto final.

UN POEMITA

No tengo computador. Cosa grave en estas épocas de apego a esos bichos. Debe ser por eso que tengo un hueco en el estómago. Lo que sí sé es que hemos mejorado. En otros tiempos me daba taquicardia. Será esas cosas de crecer. Aunque el vacío puede ser, o compartirse mejor, por una pregunta tormentosa que me da vueltas: ¿por qué no me vio? y no me ve, todavía. En fin. Hoy hace cinco años, que es muchísimo tiempo, y no lo siento tanto, se murió mi abuela. Se le extraña porque por estos días he comprobado que era de las pocas cosas vivas que hacía lazo con Eduardo.

Y como voy de afán, porque andar en computador prestado es difícil, y me trasladé al papel por estos días, les dejo este poemita que me encontré y me gustó. Hoy tengo exceso de confianza. Ustedes dirán.

Respiro
con el aire
que te sobra.
Ese que sale
después de un plon
de cigarro
de marihuana.
Cada noche
es lo mismo.
La siguiente
y la que viene.
Respiro
con el aire
maldito,
de tu falta
de cordura.

POEMAS DE PARED

POEMA 7
En el recuerdo
incólume
de esos tiempos,
tan tuyos y tan míos,
apareces con un dejo,
innegable por demás,
de nostalgia.
Apareces extraño,
a medio cuerpo,
feliz, felicísimo.
Apareces
con una sonrisa
casi fantasmagórica.
Esa misma
en la que me perdí
varias noches,
y en la que me pierdo todavía,
pese a lo viejos que se hacen los años.

Poemas de Pared anteriores

FOTOGRAFÍA

Las fotos son un estado del tiempo en el que se congela el pasado, y son, a su vez, una manera de desafiarlo, de sacarle la lengua. Con ellas aparece todo lo anterior, y es difícil no pensar en la muerte, en su paso continuo por la vida. Tantas personas que ya se fueron, y tantas, que dejaron por ahí una que otra sonrisa, una que otra tristeza, una que otra vida. Luego, vuelve la realidad. En algún momento también seremos el segundo exacto de congelamiento, con la buena noticia, para las y los vanidosos, que a las fotos, la vejez no se los lleva por encima.

Cuando andaba chiquitolina y tenía el pelo rubio cenizo, le hice quitar a la madre las fotos de Eduardo de la pieza de huéspedes. La cosa es que, a veces, las fotos tienen vida, y se mueven. Es como si en lugar de un segundo se hubiesen congelado unos tres. Entonces veía como Eduardo me seguía con la mirada o incluso me alcanzaba a tocar con la mano. Perturbable para una niña de seis. Todavía. Punto aparte y si este párrafo quedó mal redactado, no me importa. No lo voy a volver a mirar. Es un recuerdo miedoso.

En fin. Las fotos contienen la historia de mi breve edad, de la larga edad, de una vida entera por vivir, como la canción aquella. Por fortuna, y perdonarán el final forzado de este texto que empezó con una frase para mi posteridad, a alguien, algún día, se le dio la fortuna de detener el tiempo. Qué después no digan que no es posible devolverse y mirar. Es más, hasta de re-vivir. Ahora, existe el photoshop.