ADÁN Y EVA

… (Suspiro) … Porque no haya existido para Adán y Eva, no significa que no pueda existir para nosotros … (Suspiro)… que más da, en esta vida, todo puede inventarse, y hasta dos veces.

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LADRÓN

No lo hiciste, es cierto, pero ya era tarde. El miedo vino con él, y no se iría, aunque no fuera nada, aunque no me hubiese hecho nada, aunque no me hubiera dado cuenta. No fueron los papeles, ni los objetos, ni nada. Fue la confianza. Esa misma que es apática al tiempo corto, que vuelve después de años. Ahora es la paranoia. El caos. Todos me siguen. Todos me miran. Todos vienen por mis papeles. Las calles ya no son las mismas. Ni serán las mismas. Ahora son miedo, más que miedo.

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ÁLBUM FOTOGRÁFICO

Iba a dibujar su sonrisa en aquella hoja amarilla. Iba a usar un lapicero de tinta indeleble. Iba a trazar unas cuantas obsesiones. Iba a escribir la forma para olvidar su piel, rozando mi piel. Incluyendo los pelos de gallina. Iba a decir que hubo algo, algún día. Iba, iba, eso iba hacer. En ese momento. Justo antes de apagar la luz. Y la oscuridad llegó antes. Fueron pocos días. Los otros, físico invento. Ya no importa. Voy a dibujar los recuerdos. El pasado está escrito, y hay que dejarlo ahí, en el álbum de fotografías de la memoria.

OLVIDO

A veces no es necesario tanto tiempo, ni tantas esperas. No es necesario ni siquiera forzar los pensamientos, para que no le piensen, para que no le olviden. A veces, el olvido llega y se repite, muchas veces. Todo se va. Hasta lo bonito. Sólo hace falta una única cosa que se odie, que duela, que reproche los errores y la equivocación. Una única cosa que haya hecho, que sea tonta, que permita dudar de todo.

Cómo duele que haya pasado por la vida, que se le haya creído, que todo fuese una mentira, una idiotez. Bien, no hay que arrepentirse. Igual, a veces no es necesario tanto tiempo. El corazón sabe cuando olvidar. A veces, el olvido puede repetirse, miles de veces. Ha de repetirse, y volverse a repetir, porque el amor y el odio son la misma cosa, el mismo sentimiento, pero al contrario. Se puede olvidar cuantas veces se quiera. Basta una única cosa, que lo cubra todo. Cuántos olvidos se paran frente a todos los recuerdos. No se sabe. El olvido existe. Hasta para lo bonito.

UN POEMITA

No tengo computador. Cosa grave en estas épocas de apego a esos bichos. Debe ser por eso que tengo un hueco en el estómago. Lo que sí sé es que hemos mejorado. En otros tiempos me daba taquicardia. Será esas cosas de crecer. Aunque el vacío puede ser, o compartirse mejor, por una pregunta tormentosa que me da vueltas: ¿por qué no me vio? y no me ve, todavía. En fin. Hoy hace cinco años, que es muchísimo tiempo, y no lo siento tanto, se murió mi abuela. Se le extraña porque por estos días he comprobado que era de las pocas cosas vivas que hacía lazo con Eduardo.

Y como voy de afán, porque andar en computador prestado es difícil, y me trasladé al papel por estos días, les dejo este poemita que me encontré y me gustó. Hoy tengo exceso de confianza. Ustedes dirán.

Respiro
con el aire
que te sobra.
Ese que sale
después de un plon
de cigarro
de marihuana.
Cada noche
es lo mismo.
La siguiente
y la que viene.
Respiro
con el aire
maldito,
de tu falta
de cordura.

BARRIENDO

Odia saber que otros ya escribieron eso que a ella le hubiese gustado escribir. Esas dos palabras que cuando lee, se parecen a ella. Física envidia, diría. Envidia pura y a secas, porque la buena no existe. La mala es siempre. Odia además que haya una cucaracha encima de su cama, pegada a la pared, destrozada. Un cadáver con pocos minutos de serlo. Odia tener sueño y no querer dormir. Cosas aquellas en las que no coincide el cuerpo y la cabeza. Odia tantos odios y hablar tanto del amor, si no existe. Odia dar tantos consejos que no puede seguir, que se quedan en palabras, y que por tanto, el viento se los lleva. Odia pasar tantas horas frente al computador. Odia odiarle y odiarse tanto. Odia que no haya películas interesantes en el televisor y que todavía haya gente despierta. Odia cuando ella duerme mientras otros tienen los ojos y viceversa.

Después de varios odios, no queda más que volver a empezar. Hay suficiente espacio para rayar.

ODIOS ACUMULADOS

No más puntos, ni comas. Tanta puntuación en la vida es contraproducente. Por ahora, que se venga como la comida caliente en la boca, o como esas palabras que se escuchan en la radio, de que es perjudicial para la salud, después de una publicidad sobre cerveza. En fin.

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Odia la coca cola, porque así como el vino tinto, le da dolor de cabeza. Duele en la mitad y en los lados y pone a girar el mundo en el sentido no obligatorio. Incluso de arriba a abajo. La odia tanto como así misma, por dejar que la cabeza haga lo que le de la gana. Pensar como le da la gana, sentir como le da la gana y enredarse cada vez en unas historias negras, en las que el cuerpo, no aguanta, no escribe, no hace nada. Y el cuerpo, es cuerpo, y por tanto, necesita manos que lo dibujen y lo rearmen. Odia la cabeza por su independencia, por su enojo. Odia eso y todo lo demás, y lo que sigue. Odia la palabra odio y que el calor le prohiba usar cobijas y poder compartir la cama.

El aire acondicionado la despeina. El carro la lleva a 80 kilómetros por hora, mientras pelea por la moto que le pasó rozando. Pelea sola, porque el motociclista siguió como si nada. Un milímetro y el camino sería el del tránsito que mide, ella que habla por teléfono, buscando un hombre, de seguro, por esos residuos machistas del otro siglo. La moto en el suelo y el hombre, quien sabe. Muerto, una posibilidad. Herido, una segunda. Pidiendo perdón, una tercera, y en fin. Para qué pensar en lo que no fue, se recuerda. Eso sería lo que diría su mamá.

Morfeo siempre aparece en el momento menos indicado. Hay un problema coincidencial. Cuando él quiere, ella no, y viceversa. Todas las noches es lo mismo. Entonces empieza un juego perverso, en el que, por supuesto, gana Morfeo. Que no se duerme, dice, que sí, dice él, y ella busca películas, escritos, libros o amigos, y él, la molesta un rato y luego se va. Entonces ella quiere dormir y no puede. Morfeo se ríe y tras verla revolotear por las cobijas varias veces, se acerca, le hace cara fea, le explica que no vuelva a pelear con él, y por fin, la deja desgastarse en sus manos.

Ahora cree que escribe inconclusamente. No tiene cómo decir fin. No hizo una línea coherente entre los párrafos como para contar una historia lo suficiente. Por eso va a poner punto y va a salir corriendo. Sí, corriendo, como harían los cobardes.

Un viaje por América con Gloria

Ésta fue una historia que escribí estos días para EL COLOMBIANO, y a mí me pareció bonita. Quería compartirla con ustedes.

TRES CANADIENSES DECIDIERON salir a recorrer América en una van, que es casi una casa andante. La intención no va más allá de conocer nuevos países y amigos y de vivir una aventura. Después de 16 mil kilómetros de recorrido, hoy están en Medellín.

La nieve cubría a Gloria y la hacía una más del paisaje. Estaba tan blanca y fría como todo afuera: unos diez grados bajo cero y una capa de nieve de medio metro. Y sin embargo, no los convenció. Era el día de partir, incluso de un “Ice escape (escape helado)”, como dirían.

Al último mes del año lo acompañaba el 22 y era, por tanto, el fin de los planes en papel. Los seis meses de averiguaciones, de mirar mapas, preguntar cómo cruzar fronteras, obtener visas y tomar decisiones, y los años de ahorrar, se habían acabado. Gloria estaba lista y a ellos, el corazón se les iba a salir.

De Vancouver, Canadá, salieron pese a la tormenta. Joshua Heisler, Tyler Lavoie y Ryan Sanders tenía la idea, inapelable, de recorrer en Gloria, una van que compraron para hacerlo, que es casi como una casa andante, toda América. Bueno, hasta Florianópolis y Santa Catalina, en Brasil.

Intenciones, ninguna en especial. Irse de aventura, conocer diferentes países y culturas y aprender portugués y español. Duración, tres meses. Eso hubiese sido un buen plan, sino se enamoraran de cada lugar, ni les diera por parar a surfear, a enseñar o a vivir un rato.

Son canadienses que están en una edad que no supera los 30. Amigos desde hace varios años porque, como dice Joshua, lo más importante del viaje “es planearlo con buenos amigos”. Eso significa flexibles, relajados, que no se enojen fácil después de manejar varias horas seguidas, con paciencia y sin miedo: las tierras a recorrer no las conocen, como tampoco los esperan en cada puerto.

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Abichorado
al cuerpo.
Abichorado
a la piel.
Abichorado
al de rojo.
Abichorado
ahí, en el lado aquel
del cerebro
en que se hace
la tristeza.
Y como abichorado
no existe
en tu real academia,
te traduzco mi cabeza:
pegado como un bicho,
de tres patas,
morado
y de una sola antena,
a todo lo anterior.
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FESTIVAL DE POESÍA

El domingo estuve en el Jardín Botánico, en una lectura del Festival de Poesía. Esto fue lo que escribí para este lunes en EL COLOMBIANO. Ahí se los dejó para que se animen y participen.

Domingo de flor y poesía

MEDELLÍN ANDA DE verso en verso. El Festival Internacional de Poesía inició este sábado y, sin importar si llueve o hace sol, las personas se dejan llevar por las palabras de los poetas, colombianos y extranjeros, que esta semana, dejaran sus versos en la ciudad.

El suelo los esperaba, justo en la última hora en que termina la mañana de domingo. Unos pusieron papel, otros llevaron silla y colchoneta, unos cuantos una manta de seda, y los demás, prefirieron el pasto.

Ahí se acomodaron. Sentados o acostados, recostados sobre el árbol, abrazados o sin zapatos. Cada uno encontró su punto perfecto, para dejarse llevar por la poesía del Festival.

El lobo me había devorado fue la última frase de un poema de Ersi Sotiropoulos. Lo leyó en griego y luego se lo leyeron en español. Los aplausos se dejaron venir, en manada, como un lobo que devora el silencio, e incluso que hace trizas el sol.

La gente, pese al de amarillo que se asomaba fuerte, permaneció en su sitio. Sacaron sus sombrillas, algunas en contraste con el paisaje del Jardín Botánico. Las había amarillas, verdes y rojas.

Concentración y oído, porque como dijo Jhony Moreno: “así no entienda, me gusta escuchar”.

La poesía llegó de cinco mujeres. Liana Mejía, de Colombia; Usha Akella, de India; Ersi Sotiopoulos, de Grecia; Fathieh Saudí, de Jordania, y Jayne Cortez, de Estados Unidos.

Y en el tono que suelen usar los poetas, un poco suave, con cierta melodía, la rapidez que a cada uno le parece que debe leerlo, y en su idioma, Fathieh Saudí, en frente del micrófono, y de pie, les leyó: Esta noche, esta noche/ ¿será mi última noche?/ En sus ojos vi mi muerte gritar,/ ¡Ya me había matado!/ ¡Y aún así yo seguía estando viva!
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1-128-22-66-2-774

Todos los nombres
enfilados
uno tras otro,
en un desfile
de letras
en orden alfabético.

Huyen.
No hay forma.
Otra vez.
No encuentran la manera
de abrir la compuerta.

El laberinto,
solitario.
Las ramas de los árboles
se tragan toda la luz
y el fuego
se deja permear
por el verde.

La muerte está cerca,
confabulada con una manada de lobos,
de hombres con fusiles:
sin cerebro.
Atrapada en la púa de los alahambres,
en la sed de un poco,
un poco, nada más,
de liberté.

Todos los nombres
enfilados como números,
1 detrás de otro,
como si para morir,
la masa no fuese suficiente
para perder la identidad.

Paradójico.
Piensa en los alambiques
y recuerda la noche en que,
ebrio, recorrió la ciudad.

Números…
y la falta de certeza.
Se le pierden
las palabras
en su lengua,
justo en ese momento,
cuando debería gritar.

Es lunes,
tal vez no,
si apenas comienza
la semana.

.

A veces no tengo ganas de escribir. Es como si tuviese gripa y se me tapara la nariz y tuviera muchos mocos en la cabeza que impiden sacar las ideas. A veces creo que es la ocupación, pero también, la mayoría de las veces, que solo es una excusa estúpida para esconder la realidad. A veces, no tengo ganas de escribir, porque el corazón está lo suficientemente negro para dejarse recoger los escombros que deja a su paso, lo que es vivir al diario, y no por un conjunto de días.

En fin.

Problema de carácter personal.

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En lo que podría ser
una descripción,
paulatina,
del oxímoron
entre tu nombre
y el mío,
y de la forma
que logran
las dos rayas
que le hacen
el juego al 1,
encuentro,
por demás,
un balón de fútbol
con el autógrafo
de algún jugador negro,
de buena pierna,
que te recuerda
insistente,
como lo hace
la pantalla del televisor
que titila
gracias a tu hermana,
necia y de pelo verde,
que mantiene
pegado al control,
el dedo gordo.

En lo que podría ser
una descripción,
paulatina de tí,
apareces oxidado,
olvidado,
y pidiendo
tanques de oxígeno.

Del oxímoron
y el uno,
no hay nada que decir,
salvo que son
mariposas transparentes
para pasar el tiempo,
para dormir, si quieres,
en reemplazo de las ovejas.

De los muertos
en cambio,
recordarte
que están muertos.

Muertísimos.