CONVERSANDO

Hay días en que se pregunta varias veces, ¿cómo hacer para dejar de hablar hasta por los codos? Fue, sobre todo, el día que hizo una huelga de silencio y se puso un pedazo de cinta de enmascarar en la boca, con un letrero que decía, EN HUELGA, haber si de pronto, por lo menos, dejaba de hablar cinco minutos. No. No fue posible. Hablar es inherente. Hablar hasta por los codos. Hablar por hablar. Hablar, y seguir hablando, de cualquier cosa, incluso de insignificancias poderosas como si la silla se debió llamar mesa, y no silla, y viceversa. Cuando hace silencio, también habla. Cuando no habla, de pronunciar palabras, escribe. Cuando no escribe, manda muñequitos. El hecho es decir algo, de alguna manera. Hablar sola, escribirse a ella misma, o hacer edificios. A veces busca alargar conversaciones, y a veces, sigue hablando, de adentro hacia adentro, solo porque vio que el otro ya no tenía ganas de escucharle. Por eso, incluso, se duerme a las tres y no a las cinco, porque la mente sigue hablando, que sería algo así como pensando. En fin.

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