La brisa de Río de Janeiro

El cielo no parecía de Río de Janeiro. Estaba tan gris, y tan triste, que no tenía nada que ver con la alegría que por estos días sienten los cariocas por eso de los Juegos Olímpicos del 2016 y la Copa del Mundo del 2014.

“Llevamos tres días acá y no ha parado de llover”, me dijo sin preguntarle, en su acento argentino, una turista. Luego se bajó del ascensor.

La neblina era espesa y en esas condiciones, al Corcovado solo se le ven los pies. Un sitio menos para visitar, de esos infaltables, según coinciden muchos cariocas, como Ronaldo Aguiar: “No puedes dejar de visitar el Cristo Redentor, es un símbolo de la ciudad. Desde allí puedes ver Río de Janeiro y es una visión bellísima”. Lo dijo en portugués, muy seguro de su recomendación.

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CUANDO LOS TAMBORES SUENAN EN LA ESPALDA

Sé que no debería, pero a mí me gustó y por eso, quería compartirlo. Este escrito lo hice y lo publiqué para EL COLOMBIANO. Es sobre un grupo de Israel muy chévere. Y como me gustó, aquí se los dejo. Ahí perdonan!

Los fantasmas sí existen. Tienen luces, pueden aparecer varias veces y se mueven al ritmo de la música. Todo está oscuro.

Fantasmas vestidos de negro, con pies y con manos, que bailan, que hacen piruetas y que en lugar de asustar causan risa o algún “¡sin palabras!”, de una mujer que se acerca al oído de un hombre, habla bajo y no despega los ojos del frente.

Fantasmas al estilo de Mayumaná. Esa es una de las impresiones. Más allá, todo un juego de luces y movimiento, de golpes en el cuerpo y en objetos, de gritos, de teatro, de humor, de diez actores que juegan en el escenario.

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BENDITA SEA ENTRE TODOS LOS HOMBRES

Señor, que si la deja por ahí, por favor. Algo así. Señor, que muchas gracias. Más o menos. Señor, que en el paradero. “Es como si fueran ciegos”, dice. Y por cada señor, las facciones de su rostro cambian. Se hacen, tal vez, un poco más gruesas. “Después de haber viajado conmigo, de llevar treinta minutos”, hace énfasis, casi regañón. Le molesta que se les olvide, que no se acuerden que tiene pelo largo, ropa más pequeña, una voz más suave, y que además, incluso, maneja diferente. 

En edad, tiene 27. Es mujer. Se llama Diana. Es conductora de bus, y si se quiere, niña, señora, dama, mujer, muchas gracias, déjeme aquí. Como conductora de bus, dos años. 
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