UNA RAZÓN PARA DEMERITAR

Cede, casi al final, pero termina cediendo, al fin y al cabo, con una razón lo suficientemente fuerte, bueno, no tan fuerte. El día que dijo que tenía ganas de no volver a usar comillas, ni signos de interrogación, que porque eran feos, pelió con todo el que trató de llevarle la contraria, tanto que ellos se olvidaron del asunto, y la dejaron seguir. No era difícil, o eso dijo, solo cuestión de ortografía. Así, si hay que poner tilde al qué, por ejemplo, en una pregunta, la tilde daría a entender, por sí sola, que sería pregunta. Qué quieres, en lugar de, ¿qué quieres? Sin embargo, tuvo que ceder, por eso de la convención, porque las personas, en su mayoría, no están acostumbradas a lo no convencional. Mejor dicho, tendrían que pasar varias generaciones completas y enseñarle a las nuevas, y así en sucesiva. En realidad, era mejor ceder. Bien, no para todo, no con todo, no con ella misma. 

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RELOJ

Golpea fuerte y desespera. Se mira al espejo y encuentra una mujer de ojos grandes y oscuros, donde es difícil encontrar la pupila. Es ella, y está viva, viva en el sentido categórico de la palabra, viva en el sentido de energía suficiente para respirar, suspirar, y hacer algo. El termostato no está funcionando de la forma correcta. Hace frío y calor al mismo tiempo. También tiene sueño y no sueño a la vez. Por eso cuando duerme sueña y no sueña al tiempo. Sueña porque así es y no sueña porque no se acuerda. Hace una búsqueda exhaustiva y extensiva. Quita las sábanas, tira las almohadas, mueve la mesa de noche, la lámpara y el colchón. Tampoco. Va al espejo. Sigue la misma mujer de ojos grandes y oscuros, donde es difícil encontrar el estado de la pupila, que, de seguro, debe estar en ese estado en el cual, la luz le molesta, o, mejor, esta expuesta a la luz. Es ella, otra vez, y sigue viva, o casi, casi en un sentido literal, casi porque tiene ganas de salir corriendo. El estómago grita un poco. Tal vez es hambre, o desespero, o ganas de ser más impaciente. Vuelve a la cama. Quita las sábanas, tira las almohadas, mueve la mesa de noche, la lámpara, el colchón y el computador. Tampoco. El reloj, que hace tic tac tac tic tic tac y así en sucesiva, está adentro. Golpea fuerte, desespera, y de nada, en absoluto, sirve el espejo.