TRESVUELTAS

Le da vueltas. No tiene intención de llegar ni al principio, ni al fin. Ni siquiera sabe a dónde no tiene intención de llegar. Solo que no quiere llegar. El panorama está obscuro. Tal vez omnisciente. Y sin embargo el cielo está tan poco blanco, tan azulísimo, tan vacío. Suda y las gafas se le resbalan de ese sitio donde se hacen los ojos. Y sus ojos están tan claros. No dicen nada esta vez. Tienen la pupila abierta, gigante, más grande que ese que está al frente.

Tiene ganas de derretirse en sus brazos. De amarle, de besarle los labios. Él tiene unos labios grandes, rosados, brillantes. Tiene ganas de que le toque un poco. Solo un poco. Y tiene ganas, además, de enamorarse perdidamente. Suspira un poco. Tiene ganas de dedicarle un poema. Luego se pregunta, y qué diablos es el amor. El amor, ese tan indefinible. Valientes aquellos que se atreven a preguntar por su significado. Ese mismo tan intangible, a veces tan inhumano. El amor, qué diablos es el amor. Un cliché necesario. Un cliché al que la gente le gusta pegarse, del que le gusta leer, con el que se aprovechan para unir los cuerpos en una noche sudorosa, de deseos, de muchas excitaciones. El amor, tiene ganas de odiarle un poco.

Le da vueltas. Elige la pijama de ovejas. Las cuenta una a una. Son veinte. El mundo da giros al revés. ¿Por qué el día tiene tantas horas? Le da vueltas. No tiene intención de llegar ni al principio, ni al fin. Ni siquiera sabe a dónde no tiene intención de llegar. Solo que, tampoco quiere llegar.

MÁS MARIPOSAS

Los dos lo sabían, independientemente de que no se conocían, ni se habían visto nunca, ni siquiera pequeños. Los pocos contactos habían sido a través del messenger o del facebook. No más. Los dos sabían la forma exacta en que iban a reaccionar en el estómago las mariposas: se golpearon una tras otra y revolotearon de aquí para allá, felices. Síntoma de enamoramiento. Sin embargo, al golpe bajo en el estómago le hicieron el quite. Se miraron, con un poco de desprecio. Se dieron la mano, cortésmente. Hablaron. Hablaron muchísimo. Sabían que debían quitarse la coraza, para después besarse varias veces. Un beso suave para comenzar, un beso con pasión para seguir, un beso largo para quedarse ahí, en infinito.

Sabían lo de las mariposas. Sabían además, y por eso el desprecio, que no pudieron controlar (cosas de la exitación) que el tiempo y el espacio, no estaban esa vez, y por una repetición más, de su lado. Tendrían que esperar. Si así lo quería la vida, que así fuera.

ODIOS ACUMULADOS

No más puntos, ni comas. Tanta puntuación en la vida es contraproducente. Por ahora, que se venga como la comida caliente en la boca, o como esas palabras que se escuchan en la radio, de que es perjudicial para la salud, después de una publicidad sobre cerveza. En fin.

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Odia la coca cola, porque así como el vino tinto, le da dolor de cabeza. Duele en la mitad y en los lados y pone a girar el mundo en el sentido no obligatorio. Incluso de arriba a abajo. La odia tanto como así misma, por dejar que la cabeza haga lo que le de la gana. Pensar como le da la gana, sentir como le da la gana y enredarse cada vez en unas historias negras, en las que el cuerpo, no aguanta, no escribe, no hace nada. Y el cuerpo, es cuerpo, y por tanto, necesita manos que lo dibujen y lo rearmen. Odia la cabeza por su independencia, por su enojo. Odia eso y todo lo demás, y lo que sigue. Odia la palabra odio y que el calor le prohiba usar cobijas y poder compartir la cama.

El aire acondicionado la despeina. El carro la lleva a 80 kilómetros por hora, mientras pelea por la moto que le pasó rozando. Pelea sola, porque el motociclista siguió como si nada. Un milímetro y el camino sería el del tránsito que mide, ella que habla por teléfono, buscando un hombre, de seguro, por esos residuos machistas del otro siglo. La moto en el suelo y el hombre, quien sabe. Muerto, una posibilidad. Herido, una segunda. Pidiendo perdón, una tercera, y en fin. Para qué pensar en lo que no fue, se recuerda. Eso sería lo que diría su mamá.

Morfeo siempre aparece en el momento menos indicado. Hay un problema coincidencial. Cuando él quiere, ella no, y viceversa. Todas las noches es lo mismo. Entonces empieza un juego perverso, en el que, por supuesto, gana Morfeo. Que no se duerme, dice, que sí, dice él, y ella busca películas, escritos, libros o amigos, y él, la molesta un rato y luego se va. Entonces ella quiere dormir y no puede. Morfeo se ríe y tras verla revolotear por las cobijas varias veces, se acerca, le hace cara fea, le explica que no vuelva a pelear con él, y por fin, la deja desgastarse en sus manos.

Ahora cree que escribe inconclusamente. No tiene cómo decir fin. No hizo una línea coherente entre los párrafos como para contar una historia lo suficiente. Por eso va a poner punto y va a salir corriendo. Sí, corriendo, como harían los cobardes.

FESTIVAL DE POESÍA

El domingo estuve en el Jardín Botánico, en una lectura del Festival de Poesía. Esto fue lo que escribí para este lunes en EL COLOMBIANO. Ahí se los dejó para que se animen y participen.

Domingo de flor y poesía

MEDELLÍN ANDA DE verso en verso. El Festival Internacional de Poesía inició este sábado y, sin importar si llueve o hace sol, las personas se dejan llevar por las palabras de los poetas, colombianos y extranjeros, que esta semana, dejaran sus versos en la ciudad.

El suelo los esperaba, justo en la última hora en que termina la mañana de domingo. Unos pusieron papel, otros llevaron silla y colchoneta, unos cuantos una manta de seda, y los demás, prefirieron el pasto.

Ahí se acomodaron. Sentados o acostados, recostados sobre el árbol, abrazados o sin zapatos. Cada uno encontró su punto perfecto, para dejarse llevar por la poesía del Festival.

El lobo me había devorado fue la última frase de un poema de Ersi Sotiropoulos. Lo leyó en griego y luego se lo leyeron en español. Los aplausos se dejaron venir, en manada, como un lobo que devora el silencio, e incluso que hace trizas el sol.

La gente, pese al de amarillo que se asomaba fuerte, permaneció en su sitio. Sacaron sus sombrillas, algunas en contraste con el paisaje del Jardín Botánico. Las había amarillas, verdes y rojas.

Concentración y oído, porque como dijo Jhony Moreno: “así no entienda, me gusta escuchar”.

La poesía llegó de cinco mujeres. Liana Mejía, de Colombia; Usha Akella, de India; Ersi Sotiopoulos, de Grecia; Fathieh Saudí, de Jordania, y Jayne Cortez, de Estados Unidos.

Y en el tono que suelen usar los poetas, un poco suave, con cierta melodía, la rapidez que a cada uno le parece que debe leerlo, y en su idioma, Fathieh Saudí, en frente del micrófono, y de pie, les leyó: Esta noche, esta noche/ ¿será mi última noche?/ En sus ojos vi mi muerte gritar,/ ¡Ya me había matado!/ ¡Y aún así yo seguía estando viva!
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1-128-22-66-2-774

Todos los nombres
enfilados
uno tras otro,
en un desfile
de letras
en orden alfabético.

Huyen.
No hay forma.
Otra vez.
No encuentran la manera
de abrir la compuerta.

El laberinto,
solitario.
Las ramas de los árboles
se tragan toda la luz
y el fuego
se deja permear
por el verde.

La muerte está cerca,
confabulada con una manada de lobos,
de hombres con fusiles:
sin cerebro.
Atrapada en la púa de los alahambres,
en la sed de un poco,
un poco, nada más,
de liberté.

Todos los nombres
enfilados como números,
1 detrás de otro,
como si para morir,
la masa no fuese suficiente
para perder la identidad.

Paradójico.
Piensa en los alambiques
y recuerda la noche en que,
ebrio, recorrió la ciudad.

Números…
y la falta de certeza.
Se le pierden
las palabras
en su lengua,
justo en ese momento,
cuando debería gritar.

Es lunes,
tal vez no,
si apenas comienza
la semana.

.

A veces no tengo ganas de escribir. Es como si tuviese gripa y se me tapara la nariz y tuviera muchos mocos en la cabeza que impiden sacar las ideas. A veces creo que es la ocupación, pero también, la mayoría de las veces, que solo es una excusa estúpida para esconder la realidad. A veces, no tengo ganas de escribir, porque el corazón está lo suficientemente negro para dejarse recoger los escombros que deja a su paso, lo que es vivir al diario, y no por un conjunto de días.

En fin.

Problema de carácter personal.

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En lo que podría ser
una descripción,
paulatina,
del oxímoron
entre tu nombre
y el mío,
y de la forma
que logran
las dos rayas
que le hacen
el juego al 1,
encuentro,
por demás,
un balón de fútbol
con el autógrafo
de algún jugador negro,
de buena pierna,
que te recuerda
insistente,
como lo hace
la pantalla del televisor
que titila
gracias a tu hermana,
necia y de pelo verde,
que mantiene
pegado al control,
el dedo gordo.

En lo que podría ser
una descripción,
paulatina de tí,
apareces oxidado,
olvidado,
y pidiendo
tanques de oxígeno.

Del oxímoron
y el uno,
no hay nada que decir,
salvo que son
mariposas transparentes
para pasar el tiempo,
para dormir, si quieres,
en reemplazo de las ovejas.

De los muertos
en cambio,
recordarte
que están muertos.

Muertísimos.

ANIVERSARIO

Cuando en el calendario aparece ese número, que resalta por demás en cualquiera que compre, indiferente del año, del color y la versión, la mente se prepara, en automático, para escribir. EscribirLE para ser más exactos, porque así como nacer hace de un día una fecha especial para recordar año tras año y poner bombas y comer ponqué, la muerte, hace de un día, una fecha triste e indeleble, que va con uno para siempre. 21 años son algo así como 21 calendarios en la basura, 21 días de una que otra lágrima (y a veces más), 21 escritos (en realidad son menos, porque pequeña no solía escribir), 21 aniversarios, 21 extrañamientos y 21 lo que se quiera que pueda pasar cada 2 de julio que Eduardo vuelve a morir.

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A Isabel, una Cosita la inspira

Este fue un artículo que escribí hace poco en El Colombiano y se los quería compartir. Es explorar temas y encontrarse cosas muy bonitas e interesantes. Ahí se los dejo, y ojalá digan algo. Un abrazo. Ya volveré a diario, y con escritos y poemas… Unos cuantos que les debo, además. :)

El corazón de Isabel Henao late por dos: el de Simona, su hija, y el suyo. Desde ahí, su mundo y su forma de crear y de diseñar, cambiaron. Ella será una de las protagonistas de Colombiamoda 2009.

Donde está Isabel Henao, está su Cosita, Simona. Con su pequeña, que tiene dos años, esta diseñadora colombiana ha vuelto a jugar a las muñecas, a ser una niña que sueña, que pinta el mundo, y por supuesto, que se deja llevar por el diseño y sus manos, para crear y conjugar la moda y el arte en sus colecciones.

“Todo va vínculado. No se puede separar la cabeza del corazón”, señala Isabel.

Simona cambió el color de su vida, porque “todo tiene que ver con ella” y eso se notará en su colección La moda se hace arte, que presentará en la pasarela Ésika de Colombiamoda, el próximo 28 de julio, dónde será protagonista.

Colores fuertes, en una paleta que pasa por los rojos, los amarillos, los violetas, los azules y los naranjas, sin olvidar el negro y el blanco. Colores puros y en contrastes, que es una novedad para Isabel, porque antes los desaturaba con gris.

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Con la red es mejor no ‘meter las patas’

Artículo publicado en EL COLOMBIANO, el 22 de junio de 2009

LAS REDES SOCIALES van más allá del compartir con otros. Si bien sirven para impulsar iniciativas sociales, también pueden convertirse en un karma, especialmente, cuando hay de qué reírse.

Equivocarse es una de esas cosas inevitables. Nadie está exento de caerse, de enredarse al hablar, chocarse con la pared, usar un objeto al revés y puntos suspensivos.

Las equivocaciones generan diversas emociones. Sin embargo, la risa, y la burla, parecen ser los compañeros perfectos del error. “Los humanos tenemos una tendencia a reírnos, a disfrutar de la tragedia de los demás”, explica Gabriel Cataño Rojas, director del Centro de Estudios Ciudad de Medellín del ITM.

Y con ello, llega el temor a hacer el ridículo, porque reírse del otro es muy bueno, pero que se rían de uno, ya no lo es tanto.

Las redes sociales han cambiado el asunto. Antes, alguien se equivocaba y sus compañeros se reían un rato y lo recordaban unos días.

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EJERCICIO DE ESCALERAS

Este fue un ejercicio de escritura que hice en algún momento, después de leer a Cortázar. Ejercicios que hay que hacer para jugar, para aprender de los grandes. No tiene ínfulas de nada, salvo el aprendizaje casual. Es todo. Creo que muchos ya lo han hecho.

INSTRUCCIONES PARA BAJAR UNA ESCALERA

“Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, par dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables…”, dice Cortazar en Instrucciones para subir una escalera. Esa es una escalera. El piso se pliega. En ángulo recto primero, luego en paralelo con relación a él y de nuevo 90°.  Las puede haber empinadas. Muy grandes. Pequeñas. En espiral. En círculo. Muy angostas. Anchas. Algunas son largas, muy largas. Otras son más cortas, de dos rectos y dos planos. Hay escaleras en todas partes. En las universidades. En los centros comerciales. En las montañas, donde no son tan rectas, ni tan planas. Las hay de granito, de tierra, de madera, de cemento. En las montañas son de tierra con decoraciones en pasto y piedra. A veces resbalosas y con un alto grado de posibilidad de romperse la cabeza, porque una caída en uno de sus adornos rocosos, puede llamar la sangre. Hay muchas escaleras. En todas partes. Seguramente quién encuentra las del cielo está hecho y el que se topa con las del infierno es mejor que lleve un buen ventilador.  A veces son bonitas. Muy útiles. A veces estorban. Ayudan a ejercitar la cola. A veces cansan y dan pereza. En su caso, se prefiere utilizar una cabina con botones que hace subir y bajar a la gente sin mover sus pies, y que algunos suelen llamar ascensor o elevador.

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